09 - El reflejo vivo

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En el fondo de aquel laberinto, fui arrancado de allá por un ruido del mundo, con una parada de bus menos en la cabeza y con una cosa encendida que ninguna derrota me apagó.

Alguien más había estado ahí dentro. Eso me llevé. No el escarmiento, no el susto de casi no volver: el otro.

La derrota la tapé rápido, que para eso siempre fui bueno. La parada que se me borró, la misión que dejé sin cumplir, el cansancio con derrota metida adentro: los enterré con tierra fresca y seguí. Lo otro no se dejó enterrar. Se me quedó arriba, encendido, tirando de mí hacia la cama cada noche como una deuda que se cobra en sueños.

Me decía que era curiosidad, nada más. Que cualquiera, después de seis entradas solo, se quedaría pensando en la primera persona que ve. Me lo decía y no me lo creía, igual que no me creí tantas cosas de aquellos días, porque debajo de la palabra curiosidad había otra más grande y más fea que yo no me atrevía a usar, y era la que de verdad me acostaba temprano.

Desde aquella madrugada dejé de bajar a ganar. Empecé a bajar a buscarlo.

Me acomodé como me acomodo siempre para contarte esto: la espalda contra la pared acolchada, la libreta sobre las piernas, la vista baja en la nada de siempre. Tú seguías en lo tuyo, la mirada puesta en un punto de la pared donde no había nada que mirar.

Aquella noche, cuando te fuiste callando, dejaste una frase: que el que corre detrás de alguien es el que se pierde primero. No te la contesté. La oí, y seguí.

Y esta noche que te voy a contar bajé a correr detrás de alguien otra vez. Pero el sitio adonde bajé ya no era el laberinto.

Era otro. Y en el otro, por primera vez, correr detrás de alguien no me perdió.

Volví.


Esos días los viví de reojo. Iba a clase, cruzaba la ciudad sin verla, cumplía con el cuerpo lo justo para que me dejaran en paz, y todo el rato con media cabeza puesta abajo, en un pasillo, detrás de una espalda que se metió por donde el muro la tapó y que no alcancé. Ya no me acostaba con hambre de ganarle a Babel, como antes. Me acostaba a buscar una cara.

Llegó el fin de semana y por primera vez en mucho lo agradecí, y no por descansar: el sábado no tenía turno ni clase, y podía acostarme temprano, en mi cama, y quedarme abajo todo lo que el cuerpo aguantara.

Me metí bajo las cobijas con la luz todavía cruda en la ventana, como un castigado que se acuesta por gusto. Abrí la palma izquierda por vieja maña; no había números, claro, estaba en mi cama. Cerré la mano y cerré los ojos casi con prisa.

Me dormí de corrido, de un solo trago, hondo, sin los tirones de las noches en vela. Y mientras el cuerpo se hundía en la cama, yo bajaba, por fin, a buscar la cara que no me dejaba en paz.

Y no bajé al laberinto.

Lo supe antes de terminar de abrir los ojos, por el aire. El laberinto tenía un aire suyo —frío sin temperatura, un eco pisándome un latido atrás, un silencio de piedra que yo llevaba en el cuerpo—. Esto no. Esto olía a cerrado, a madera vieja, a un adentro con muchos cuartos.

Abrí los ojos en un pasillo que no era de muros azules. Era un edificio.

Un corredor largo, con puertas a los dos lados, todas cerradas. Piso de tabla que crujía bajo el pie. Y ventanas —eso fue lo primero que me sacó del laberinto de un tirón—: ventanas por todas partes, altas, angostas, con una luz gris entrando por ellas.

Me asomé a la primera.

Afuera había un mundo, o lo que quedaba de uno. Otros edificios, más abajo, algunos enteros y otros comidos hasta la mitad, como muelas picadas. Una ciudad regada hacia el fondo, con sus torres todavía de pie. Y detrás de todo, muy lejos, una montaña.

Y por encima de la ciudad, metiéndose entre los edificios, subiendo de las calles de abajo hacia arriba, una niebla ceniza. Me quedé mirándola más de lo que quería. Se parecía demasiado a otra que yo conocía de despierto, la que se me pegaba a los vidrios en las madrugadas del mundo real; un parecido que me rozó por dentro y que no me paré a nombrar. Sólo que aquélla se quedaba quieta a su altura y ésta no: ésta subía. Se comía el paisaje despacio, un piso por vez, y lo que todavía estaba en pie era, nada más, lo que la niebla no había alcanzado.

No me detuve a pensar qué quería decir eso. Lo anoté después, cuando entendí que en un sitio nuevo anotar era lo primero.

Pasé de ventana en ventana un rato, no sé cuánto, mirando aquello. En una se veía más ciudad; en otra, sólo la niebla, ya sin nada debajo, lisa y quieta como el mar visto de noche. Cada ventana daba a un pedazo distinto del mismo mundo comiéndose a sí mismo, y ninguna, ninguna, daba a una puerta, a una calle, a un modo de salir por donde se sale. Sólo se veía. No se salía.

Y lo primero que hice, apenas me vi de pie en aquel corredor, fue buscarlo. A él, al de la otra noche, la espalda que se me había metido por un muro. Bajé buscándolo, y el sitio había cambiado, pero la costumbre no: agucé el oído por si daba con un paso que no fuera el mío, me asomé al fondo del pasillo por si cruzaba una figura. No cruzó nadie. El corredor se estiraba vacío a los dos lados, y el único que respiraba ahí dentro era yo.

—Bienvenido —dijo una voz a mi espalda.

Me volví. Otra cara nueva, que para entonces yo ya ni me molestaba en fijar. Un hombre mayor, seco y correcto, con las manos cruzadas por delante como un portero de hotel esperando que uno firme.

No me soltó una misión con la fórmula de siempre. Me dijo el sitio.

Que las puertas estaban todas cerradas, y cada una tenía su llave. Que las escaleras no andaban en los pasillos: estaban escondidas dentro de las habitaciones, una aquí, otra allá, sin orden que yo pudiera adivinar. Que del edificio no se salía —no había puerta a la calle, sólo ventanas—, que del edificio sólo se subía.

Y mientras hablaba, sin cambiar el tono, como quien te pide el documento al registrarte, me rozó apenas el pecho con dos dedos. Sentí ese jalón corto de algo que se suelta sin doler, el cobro de siempre, hecho antes de que yo terminara de oírlo. Ni lo miré. Estaba midiendo el sitio.

No me explicó para qué servía subir, ni qué había arriba, ni por qué un edificio. Los que reparten nunca explican de más. Dan las reglas y se apartan, y lo que uno no entienda es problema de uno.

Se apartó. Lo vi alejarse por el corredor con su paso de portero, sin prisa, y meterse por una puerta que yo habría jurado cerrada; y al cerrarse tras él la puerta volvió a estar cerrada, como si el hombre fuera parte del edificio y no un visitante como yo. No lo vi más aquella noche.

Saqué la libreta —la de siempre, la que cargo por dentro— y anoté de pie, la tapa contra el muslo: puertas con llave. Escaleras dentro de los cuartos. No hay salida, sólo subir. Lo subrayé dos veces. En un sitio nuevo, la libreta es lo primero que levanto, antes aún que la guardia.

Después me moví. La primera planta era un anillo de corredores y cuartos, y la recorrí midiéndola, calculándole el peso a cada tramo, buscándole la lógica a la losa como si de entenderla dependiera salir.

No la tenía. O si la tenía, no era una que yo pudiera dibujar. Los corredores no cerraban donde debían cerrar; un cuarto daba a otro cuarto que daba a un pasillo que yo juraba haber dejado atrás. Cuenta los cuartos, me dije, arma el mapa; y a la tercera vuelta ya había perdido la cuenta y el mapa no me cerraba. Otro sitio de los que no se dejan dibujar, como el laberinto, aunque no habría sabido decir en qué se parecían ni en qué no.

Probé puertas. Todas cerradas, firmes, cada una con su cerradura chica y su ojo oscuro.

La madera vieja me devolvía cada paso con un crujido, y el crujido se iba a apagar al fondo del pasillo sin devolverme nada; no como en el laberinto, donde todo llegaba tarde, sino sin llegar, tragado por los cuartos cerrados. Pegué la oreja a alguna puerta. Del otro lado, nada: ni un ruido, ni un aire, ni la sensación de que hubiera algo esperando. El edificio entero parecía hecho de puertas que no daban a ningún sitio.

Y en el tercer cuarto que rodeé, sobre el marco de una ventana, había una llave.

Una sola, de bronce, con el paletón raro. La agarré con el cuidado del que agarra algo que a lo mejor le cobran. Y me fui, llave en mano, a probar puertas.

No abrió ninguna. Ni una de la primera planta. Metí el bronce en cerradura tras cerradura y en todas se quedó a medio girar, forzando, negándose. La llave era buena —se sentía buena, pesada, hecha con intención—, pero no era de ninguna de mis puertas.

Me quedé con ella en el puño, sin entender. Una llave que no abría nada. Un edificio del que sólo se subía y ni una escalera a la vista. Empecé a sentir el principio de aquella vieja sensación de estar dentro de algo armado a propósito para que yo no lo resolviera solo.

Volví sobre mis pasos con el bronce apretado, repasando cuartos, buscándole a alguno una cerradura más grande, una distinta, algo donde la llave entrara del todo y girara. No lo había. Todas las cerraduras de mi planta eran de un mismo tamaño, y el bronce le sobraba a cada una por un pelo, como hecho para otra clase de puertas que no eran las mías.

Y fui a una ventana a orientarme.

Me paré frente al vidrio a ver si desde el reflejo —desde lo que el vidrio me devolvía del pasillo a mi espalda— le entendía la forma a la planta. Afuera, la niebla; y sobre la niebla, devuelto, el corredor y yo en medio, de pie, con la llave en la mano.

Me miré un momento. Me pasa con cualquier vidrio, mirarme sin querer.

Y me acomodé el pelo de la frente con la mano libre, un gesto de nada, sin pensarlo.

El del vidrio se lo acomodó también. Con la otra mano.

Me quedé quieto. Claro, me dije, es un reflejo, y todo reflejo te cambia la mano, la derecha por la izquierda; no tiene ciencia. Levanté la mano de la llave, para probar. El del vidrio levantó la suya, la contraria, al mismo tiempo. Ladeé la cabeza. La ladeó. Di un paso hacia el vidrio. Lo dio.

Un espejo. Un espejo cualquiera de los que devuelven todo al revés.

Me acomodé la camisa. La del vidrio se acomodó la suya. Alcé dos dedos; alzó dos. Todo lo que yo hacía lo hacía el vidrio, puntual, cambiado de mano, sin un titubeo. Y por un momento me dejé estar en esa certeza cómoda de que era yo, nada más que yo, puesto al revés en una ventana.

Sólo que algo no me cuadraba, y tardé en ubicar qué. El del vidrio estaba en color. No era una sombra torcida en el piso, ni una silueta apenas insinuada en la piedra: era una figura entera, nítida, con su ropa y su luz propia, parada en un pasillo que era el mío y no lo era.

Y entonces, mientras yo la miraba tratando de cuadrarla, la figura del vidrio hizo algo que yo no hice.

Se apartó el pelo de la frente otra vez. Sin que yo me moviera.

Me quedé sin aire. Yo tenía la mano abajo, quieta, y la del vidrio se llevó la suya a la frente ella sola, después de mí, con un gesto que ya no era el mío repetido sino uno nuevo, propio, decidido por una cabeza que no era la mía.

No era un reflejo. No había sido nunca un reflejo.

Era alguien.

Del otro lado del vidrio, donde tenía que estar yo devuelto, había una persona. Una mujer. Ni parecida a mí ni distinta de un modo que yo supiera decir con palabras: sencillamente otra, con su cara, con los ojos puestos en los míos, tan sorprendida de verme como yo de verla. Me había estado imitando. Se había puesto en el lugar de mi reflejo y me había copiado los gestos, uno por uno, cambiados de mano, hasta que no aguantó la copia y se movió por su cuenta.

Para que yo entendiera, quizás, que estaba ahí. Que no era yo.

Mi cabeza hizo lo que hace siempre. Buscó la salida fácil. Un truco del sitio, me dije. Otro cebo, como los espejos que se deshacen en polvo, como todo lo que ahí adentro se disfraza de algo para engañar a uno. Un anzuelo con cara de mujer.

Pero no me lo creí. Por primera vez en mucho, no me lo creí. Un cebo no se sorprende. Un cebo no se lleva la mano a la frente después de ti, tarde, torpe, con la torpeza de quien no sabía que lo estaban mirando. Los cebos de aquel mundo eran muchas cosas, pero ninguno, en siete entradas, se me había quedado mirando con miedo. Aquello no estaba puesto ahí para mí. Aquello estaba tan perdido como yo, del otro lado de un vidrio, en su propio edificio idéntico al mío y volteado.

Y entendí, sin que nadie me lo dijera —así entendí siempre lo que de verdad importó en ese lugar, sin palabras, de golpe, con el cuerpo antes que con la cabeza—, que había dos edificios. El mío y el de ella. El mismo, cambiado de mano. Que ella me veía a mí como yo la veía a ella, cada uno metido en su lado, y que el vidrio era lo único que teníamos en común.

Y ahí, mirándola, até el cabo yo solo. Mi llave de bronce no abría nada mío; y si aquel edificio era el mío puesto al revés, el bronce tenía que abrir algo de ella —lo que en mi cara del vidrio no existía, en la suya sí—. Levanté la llave y se la mostré contra el vidrio, no para preguntarle nada sino para decírselo: esto es tuyo.

Ella lo leyó en mi cara, o llegó sola a lo mismo, y levantó una que yo no había visto, de un metal más claro, y la puso a la altura de la mía. La suya, la que a ella no le abría nada, tenía que ser de una de mis puertas.

Dos llaves cruzadas, cada una inútil en la mano que la sostenía. Nos quedamos un rato así, mirándonos, midiéndonos.

Yo ya iba por delante. Si teníamos que cruzarnos las llaves y lo único que nos juntaba era el vidrio, entonces era el vidrio el que tenía que ceder.

Lo toqué con la yema, tanteando, con el cuidado de quien prueba el hielo de un charco antes de pisarlo. Cedió. No se rompió ni sonó: se ablandó bajo el dedo, tibio, y la yema entró un poco, al aire frío de enfrente. La saqué rápido. Ya sabía lo que había que hacer, y no me gustaba nada.

¿Y si el sitio me cobra la mano? ¿Y si meto el brazo y el vidrio se cierra y me quedo sin él? Ahí todo tenía un precio, y yo llevaba entradas enteras aprendiendo a no pagar de más. Enfrente, ella esperaba con su llave clara puesta contra el vidrio, sin apurarme, mirándome hacer la cuenta.

No me abrí de golpe. Que quede claro, porque no fue un arranque de confianza ni una hermandad de dos perdidos. Fue una cuenta. Sin esa llave no subía, y solo no salía de esa planta; y si el sitio me quería cobrar la mano, ya hallaría cómo con vidrio o sin él. Con esa cuenta fría por delante, no con el corazón, estiré el brazo y metí la mano en el vidrio.

Estaba tibio. No duro, no líquido: tibio y blando, como meter la mano en agua que no moja. El aire de enfrente era más frío. Ella metió la suya a mi encuentro —vi su mano cruzar el vidrio y aparecer en mi corredor, sin brazo del todo, viva—, y por un segundo se nos rozaron los dedos cuando le solté mi bronce y le tomé la llave clara. Un roce corto, cruzando el vidrio, la primera cosa viva que tocaba en aquel sitio en siete entradas.

No fue nada. Un roce de dedos fríos, y ya. Pero se me quedó en la mano el resto de la noche, y todavía hoy, si me quedo quieto, lo siento: la prueba de que del otro lado de aquel vidrio había una persona de carne, con los dedos fríos de tener miedo igual que yo, y no un truco del sitio ni una cara prestada de las que arman con lo que dejan los que no vuelven. Toqué a alguien. En siete entradas, fue lo primero que toqué que me tocó de vuelta.

Saqué la mano. Entera. Con su llave clara en el puño. El vidrio se puso duro otra vez a mi espalda, como si nunca lo hubiera cruzado nada.

Ella ya iba, de su lado, con mi bronce, a probar sus puertas. Yo fui con su llave clara a probar las mías.

Giró en la tercera que probé. Limpio, hasta el fondo, con un chasquido que reconocí sin haberlo oído nunca. La puerta se abrió a un cuarto vacío.

Y en el cuarto, contra la pared del fondo, subía una escalera.

Angosta, de tabla, metida ahí como si el cuarto se la guardara. Subía a un descanso y doblaba y se perdía.

Miré atrás, al vidrio del pasillo. Ella estaba en el marco de una puerta abierta —la suya, la que mi bronce le destrabó—, y detrás de ella, en su cuarto volteado, subía otra escalera igual a la mía y al revés.

Nos miramos, cada uno desde su puerta.

Y subimos.

Un peldaño, otro, cada uno por su escalera, sin dejar de buscarnos por los vidrios de cada rellano —una ventana en cada vuelta, y en cada ventana ella, subiendo a mi altura por el otro lado del mundo—. No hablamos. No podíamos, o no se podía ahí, o yo no supe cómo; da lo mismo. No hizo falta. Todo se dijo con las manos, con las llaves, con la cara pegada al vidrio de cada descanso para comprobar que el otro seguía.

Subimos una planta. Juntos. La primera de aquel edificio que no se dejaba subir solo.

Y otra planta, y otra. Arriba todo se repetía —el anillo de puertas, las ventanas con la niebla un poco más alta cada vez, comiéndose el piso que hacía nada mirábamos entero— y la mecánica también: hallar una llave que no era mía, cruzarla por el vidrio, abrir la puerta que ella me destrababa, subir. Nos fuimos entendiendo sin una palabra: yo le asomaba una llave por el vidrio antes de que la viera, se la marcaba con la barbilla, ella me marcaba las mías, y aprendimos a esperarnos en los rellanos, a no subir un tramo hasta que el otro tuviera su puerta abierta. Cada vez que metía la mano en el vidrio el miedo seguía ahí, puntual, y cada vez la metía igual, porque el otro camino era quedarse. Nunca hablé tanto con nadie diciendo tan poco.

Fue subiendo cuando le noté lo otro. Lo que todavía no entiendo del todo, o no quiero entender.

En uno de los rellanos volví los ojos al vidrio para asegurarme de que ella seguía, y el vidrio me devolvió un pasillo sin nadie. Su escalera, vacía. Se me heló todo —¿la había perdido, como al otro en el laberinto?— y ya me soltaba del pasamanos para hacer no sé qué cuando parpadeó de vuelta. Así, sin más: un instante no estaba y al siguiente estaba otra vez en su escalón, como si no se hubiera movido nunca.

Sólo que volvió distinta. Un poco más cansada. Un poco menos ella. Como si en ese parpadeo que a mí me duró nada, a ella le hubiera pasado encima un rato largo y feo.

Y a la tercera o cuarta vez que se apagó y volvió, vi la cosa que todavía se me atraviesa. Reapareció en su escalón y se me quedó mirando un momento como se mira a un desconocido —la cara en blanco, sin ubicarme, buscándome en algún rincón de la memoria y sin dar conmigo—, hasta que algo le encajó por dentro y volvió a ser la de antes y me buscó con los ojos como siempre. Fue un segundo. Pero lo vi. Un rato atrás me había pasado su llave por el vidrio sabiendo de sobra quién era yo, y ahora, después de irse y volver, había tenido que acordarse.

Y hubo más, pequeño. Una llave que un tramo antes manejaba con soltura la metió al revés en la cerradura, tanteándola como si no la conociera, hasta que dio con la vuelta. No le pregunté —no había cómo, y aunque lo hubiera—, y ella no me explicó.

La miraba volver y me acordaba, sin querer, de la primera vez que la vi imitarme en el vidrio: entera, nítida, con su luz. Ya no. Cada ida le apagaba un poco esa luz, y yo no daba con la razón: adónde se iba cuando se iba, qué le costaba allá lo que a mí de este lado no me costaba. Sólo veía que volvía más pobre cada vez, y que aun así, cada vez, lo primero que hacía al volver era buscarme.

No supe por qué ella se iba y volvía, y yo no. Tampoco por qué cada vuelta la traía peor. No lo entendí, y seguí subiendo, que era lo único que se podía hacer con ella enfrente: seguir subiendo, los dos, porque el edificio lo había dejado clarísimo desde la primera llave que no me abría nada mío. Ahí, solo, no se subía un peldaño.


Y ahí, Alder, te dejo esta parte. En la primera planta que subí en toda mi vida sin subirla solo, con una llave que no era mía y una mano que salió de un vidrio para dármela.

No sé cómo explicarte lo que fue. Seis veces había bajado a aquel mundo antes de esa noche, y las seis había estado solo —los muros, el que reparte, y nadie más del otro lado—. Y de repente había alguien que subía cuando yo subía, que me buscaba en cada vidrio, que me prestó una llave sabiendo de mí tan poco como yo de ella.

No me fié. Todavía no. Le pasé la mano por el vidrio haciendo cuentas, calculando, con el miedo puesto por delante. Pero le pasé la mano. Y ella me pasó la suya. Y subimos.

Tú, como siempre, casi no dijiste nada. Seguías en lo tuyo, la vista en la pared. Dejaste caer una sola cosa, sin mirarme, del modo en que caen las tuyas.

—A quien te da la mano del otro lado —dijiste— le vas quedando debiendo la mano.

No te contesté. No supe qué, y no me pareció que hiciera falta.

Bajé la vista a la libreta sobre las piernas. Tenía la mano derecha cerrada encima, en un puño, sin razón, apretándole la tapa como si alguien fuera a arrancármela.

La abrí. Dejé la palma abierta sobre la libreta, quieta, hacia arriba, sin saber por qué lo hacía ni que lo hacía por ti.

Y seguí contándote, que era lo único que sabía hacer en aquel cuarto para no oír el silencio del otro lado.