Te dejé subiendo una planta que no supe subir solo, con una llave que no era mía y una mano que salió de un vidrio para dármela. Y con una frase tuya rondándome, que no te contesté: que a quien te da la mano del otro lado le vas quedando debiendo la mano.
La soltaste sin mirarme, del modo en que sueltas las tuyas, y se me quedó adentro más de lo que me habría gustado.
Esta noche que te voy a contar pagué esa mano.
No como yo creía que se pagaban las cosas ahí —con un objeto, con una vuelta, con aguantar despierto hasta la salida—. La pagué de otra manera, callado, sin que nadie me pasara la cuenta de viva voz. Y todavía hoy, si me pongo a buscarlo, no sé decirte qué me costó. Sé que fue grande por el tamaño del hueco que dejó, no por lo que había dentro, que ya no estaba cuando fui a mirar.
Y esta noche, además, por primera vez en siete veces de bajar allá, alguien del otro lado me habló.
Me acomodé como siempre para contártelo: la espalda contra la pared, la libreta sobre las piernas, la mano encima sin apretar. Tú en lo tuyo, la vista clavada en tu pedazo de pared donde no hay nada. No te pregunté nada; ya había aprendido que preguntarte era gastar saliva.
Seguíamos donde te dejé. La misma noche larga, el mismo edificio de puertas cerradas, ella y yo subiendo. Ella volviendo más pobre cada vez que se iba, sin que yo entendiera adónde se iba ni por qué, y yo mirándola volver sin atreverme a nombrar lo que empezaba a ver.
Esa noche lo nombré. Tarde, y a medias, y sin decírselo a nadie. Pero lo nombré.
Subir se había vuelto oficio. A la cuarta planta ya no pensábamos la mecánica: la hacíamos. Yo hallaba en algún marco una llave que no me abría nada mío, se la asomaba por el vidrio antes de que la buscara, se la marcaba con la barbilla; ella me marcaba las mías. Metíamos la mano cada uno en el vidrio del otro, cambiábamos el metal, abríamos la puerta que el otro nos destrababa, y adentro, contra alguna pared, subía la escalera. Un tramo. Nos esperábamos en el rellano. Otro tramo.
Ya ni el miedo de meter la mano me frenaba. Seguía ahí, puntual, pero se había hecho parte del trabajo, como el peso de la libreta contra el muslo.
Lo que sí cambió fue el afuera.
En cada ventana, la niebla estaba más alta que en la anterior. No un poco: mucho. Subía más rápido de lo que subíamos nosotros, y se comía el edificio por debajo. Me asomé en un rellano y vi, allá abajo, la planta donde nos habíamos conocido —donde ella se puso en el lugar de mi reflejo la primera vez— tapada de ceniza hasta el techo, borrada, como si nunca la hubiéramos pisado. Y la de más arriba, la que subimos juntos, medio comida ya.
No lo anoté. No había tiempo de anotar. Por primera vez en aquel sitio el tiempo se sentía, y se sentía corto: quedaban pocas plantas por encima de nosotros, y la niebla venía por ellas. Arriba, me dije. Sea lo que sea que hay arriba, hay que llegar antes de que esto se acabe de vaciar. No sabía qué era arriba. Sabía que abajo ya no había adónde.
Se lo marqué a ella con la barbilla, la niebla, el poco piso que quedaba, la prisa. Miró hacia abajo por su ventana, hacia su parte del mismo mundo comiéndose solo, y cuando volvió a buscarme ya sabía lo que yo sabía. Apuramos el paso. Dejamos de medirle el peso a cada cuarto con calma; abríamos, subíamos, abríamos, subíamos, y en cada rellano una mirada rápida al vidrio para contarnos, uno y uno, seguimos los dos.
Y ella empeoraba.
Al principio de la noche se iba y volvía en un parpadeo —un instante no estaba, al siguiente sí, un poco más cansada—. Ahora los parpadeos se alargaban. Volvía los ojos al vidrio para comprobar que seguía y encontraba su escalera vacía, y contaba, uno, dos, tres, y la escalera seguía vacía, y para cuando reaparecía yo ya me había soltado del pasamanos con el estómago frío. Cada vuelta la traía más apagada. Aquella luz propia con que la vi la primera vez, la de estar entera, se le iba gastando vuelta a vuelta.
Y hacía cosas que antes no habría hecho.
En un rellano me asomó una llave por el vidrio, para dármela, y era la misma que ya me había pasado dos tramos abajo y yo ya había usado. La reconocí en su mano, el mismo metal claro, la misma muesca. Se la había dado ella, y no se acordaba de habérmela dado. La sostenía contra el vidrio esperando que la tomara, con una confianza tranquila, sin saber que me estaba ofreciendo algo que ya no servía.
No la tomé. Le negué con la cabeza, despacio, y le marqué la puerta que faltaba, la de más arriba, hasta que algo le encajó por dentro y bajó la llave y buscó otra. No me miró como a un extraño; fue distinto. Me miró como quien está segura de estar haciendo bien algo que hace mal, y no encuentra el error por ningún lado.
Otra vez empezó a bajar por una escalera que ya habíamos subido, dos escalones, tres, convencida, antes de pararse en seco al ver que yo no bajaba con ella.
Y una vez, en un rellano, no me esperó. Subió el tramo siguiente ella sola, sin comprobar que yo tuviera mi puerta abierta, como si se le hubiera olvidado que ahí no se subía solo, que ésa era la primera ley del edificio y la sabíamos los dos desde la primera llave que no me abrió nada mío. La vi arrancar escaleras arriba por su lado y se me fue el alma a los pies: si subía sin mí, si rompía el paso, a lo mejor el sitio nos separaba y no volvía a encontrarla en ningún vidrio. Golpeé el mío con la palma, fuerte, dos veces, hasta que se volvió y me vio abajo, quieto, sin subir, y algo le encajó por dentro y entendió que se había adelantado. Bajó los escalones que había subido con la cara de quien no sabe cómo llegó adonde está.
Y yo la miraba y hacía la cuenta que llevaba toda la noche sin querer hacer.
Yo me iba y volvía entero. Ella se iba y volvía menos. Subíamos los mismos peldaños, cruzábamos las mismas llaves, respirábamos el mismo miedo de cada rellano; y sin embargo al final del tramo yo era el mismo y ella no. Algo, en alguna parte adonde ella iba y yo no, le estaba cobrando por venir conmigo un precio que a mí no me cobraban.
Lo pensé así, con esas palabras, y me dio un vuelco feo por dentro. Y como siempre que algo me daba un vuelco feo, aparté la vista. Me dije que no sabía adónde se iba, que quizá allá descansaba y volvía cansada, que las cuentas de aquel sitio nunca eran las que uno creía. Me dije de todo. Pero por debajo de todo lo que me dije quedó eso, firme, como una piedra en el zapato que uno sigue caminando: ella pagaba, y yo no.
Seguí subiendo. Era lo único que se podía hacer con ella enfrente. Pero subí distinto, mirándola de otra manera, con una culpa nueva que no me atrevía a llamar culpa.
Arriba se acabaron las plantas.
Lo supe antes de llegar: la escalera del último tramo no doblaba hacia otro rellano, sino que moría contra un techo bajo, y bajo el techo había una sola cosa. Una puerta.
No como las otras. Todas las de abajo eran gemelas y volteadas —la mía y la de ella, cada uno con la suya, cada uno abriendo la del otro—. Ésta era una sola. Una puerta al final de las dos escaleras, ancha, vieja, con una única cerradura en el centro, grande, del tamaño que le sobraba a todas las de abajo. La cerradura para la que mi bronce parecía hecho desde el principio y no encontraba.
Metí la llave. Entró hasta el fondo, limpia, y no giró. Forzó a la mitad y se plantó. La saqué, la volví a meter. Nada.
Del otro lado del vidrio, ella hacía lo mismo con la suya, y la suya tampoco giraba.
Me quedé mirando la cerradura, y mirándola a ella, y até el cabo como se atan ahí las cosas: con el cuerpo, de golpe, antes que con la cabeza. Una cerradura. Dos llaves. No una detrás de otra, como veníamos haciendo toda la noche. Las dos. Al mismo tiempo.
Y no había manera de meter las dos al mismo tiempo cada uno desde su lado, porque la cerradura era una y estaba en una puerta, en un lado, en el mío o en el de ella, daba igual: era una. Había que cruzar. Los dos. A la vez.
Toda la noche habíamos cruzado una mano por vez. Uno metía el brazo en el vidrio y el otro esperaba de este lado, entero, con los pies en su piso, listo por si algo se torcía. Siempre había un lado firme. Esto pedía otra cosa. Pedía que los dos metiéramos el brazo al mismo tiempo, cada uno en el vidrio del otro, y que ninguno se quedara de este lado por si acaso. Los dos afuera. Los dos sin lado firme. Al mismo tiempo.
Me paré en eso más de lo que ella habría querido. No por desconfiar de ella; a ella ya no le desconfiaba, aunque ni así me atrevía a decírmelo con esas palabras. Fue por lo otro: meter los dos brazos a la vez y quedarme sin piso era justo lo que llevaba siete entradas aprendiendo a no hacer. Toda la vida allá abajo había sido guardarse un lado firme, un pie en tierra, algo por donde salir corriendo si el sitio enseñaba los dientes. Pero la puerta no se abría con un lado firme. Se abría con los dos afuera, o no se abría. Y en el rellano de abajo la niebla ya asomaba, subiendo. No había cuenta que hacer que no terminara en cruzar.
Levanté mi bronce y se lo mostré contra el vidrio. Después me señalé el brazo, y la señalé a ella, y junté las dos manos en el aire, mías, para que entendiera: juntas. Al tiempo.
Lo entendió antes de que terminara. Puso su llave clara a la altura de la mía, del otro lado, y me buscó los ojos, y esperó.
Conté sin voz, con la barbilla. Una. Dos.
A la tres metimos los dos el brazo en el vidrio.
El vidrio estaba tibio, blando, ya lo conocía; lo que no conocía era meter la mano sabiendo que ella metía la suya al mismo tiempo y que ninguno de los dos se guardaba nada para huir. Sentí el aire frío de su lado tragarme la mano, y sentí, no sé cómo, la de ella entrando en el mío, las dos cruzando en direcciones contrarias por el mismo tramo tibio. Llevé mi bronce a la cerradura de su lado. Ella llevó su llave clara a la de mi lado. Y giramos. Juntos.
La cerradura cedió con un chasquido hondo, uno solo, como si las dos llaves fueran una.
Sacamos las manos. La puerta se abrió sola, hacia adentro, con un quejido de madera vieja.
Detrás no había otra planta. Había un cuarto chico, sin ventanas, con la niebla ya lamiendo el borde de afuera. Y en el medio del cuarto, sobre nada, esperándonos, una sola cosa.
No te voy a decir qué era. No porque no la vea —la veo, todavía la veo—, sino porque ponerle nombre sería inventarle uno que no tuvo, y prefiero dejarla como estuvo: una cosa en un cuarto, al final de todas las escaleras, puesta ahí para que la lleváramos.
Una. En el medio. Para los dos.
Lo entendí parado en el umbral, y lo que entendí no me gustó.
Yo ya sabía qué se hacía con una cosa así. Lo había aprendido a fuerza de misiones: se la lleva uno al que reparte, se la entrega, y el que reparte, a cambio, te devuelve algo que te habían quitado. Una entrega, una devolución. Así había recuperado yo lo mío otras veces, sin saber nunca qué recuperaba, sólo sintiendo que algo volvía a su sitio.
Una cosa. Una devolución.
Y éramos dos.
La miré. Del otro lado del vidrio, en el umbral de su cuarto idéntico, ella miraba la misma cosa —porque estaba en los dos cuartos a la vez, la misma, como todo ahí—. Estaba apagada. Más que en toda la noche. De tanto irse y volver le quedaba poca de aquella luz, y yo veía, sin querer verlo, que otra ida más y quizá no volvía entera. Que estaba al borde de algo. Que no le sobraba nada.
Y me miré a mí. Yo había entrado entero y seguía entero. Podía aguantar perder una cosa más y no se me notaría por fuera; ya había perdido cuatro y aquí estaba, contándotelo. Un cobro más era un cobro más.
O eso me dije. Nunca supe qué me habían quitado en esas cuatro veces, ni falta me hacía saberlo: uno aprende a vivir con los huecos igual que con una muela menos, masticando del otro lado y ya. Otro hueco más y masticaría del otro lado otra vez. A ella se le veía que ya masticaba con lo poco que le quedaba.
La cuenta se hizo sola, fría, sin pedirme permiso, que es como se hacen en mí las cuentas que el resto de mí no quiere hacer. Una devolución. Dos personas. Si era mía, el hueco que me habían abierto al entrar aquella noche se cerraba y yo quedaba como antes. Si era de ella, mi hueco se quedaba abierto para siempre, y ella volvía a ser la de la primera planta.
Miré la cosa, y la miré a ella, y volví a mirar la cosa. Por la rendija de la puerta que habíamos abierto ya se veía la niebla de su lado, subiendo por su edificio igual que por el mío. No había tiempo de dudar y, de todos modos, no había nada que dudar: la cuenta estaba hecha desde que puse un pie en aquel cuarto y vi que la cosa era una sola. Sólo me faltaba obedecerla.
Tomé la cosa del cuarto. La tuve un momento en la mano, mía, pesando lo que pesan las cosas de ahí, que no es peso.
Y en vez de dármela vuelta hacia mí, metí el brazo en el vidrio otra vez, solo, sin contar, y le puse la cosa en la mano a ella, del otro lado, y le cerré los dedos encima para que no se le cayera.
No fue un gesto bonito. Que quede claro, porque no me quiero adornar. Fue una cuenta. Ella no aguantaba otro cobro y yo sí. Lo que se hizo se hizo por eso, y no por lo que uno pondría en una carta.
El que reparte estaba ahí cuando saqué la mano. El mismo de la entrada, el hombre seco y correcto de las manos cruzadas, aparecido de la nada como aparecía él, parte del edificio. No dijo una palabra. No explicó nada. Los que reparten nunca explican, ya te lo dije. Le tomó a ella la cosa de la mano —a ella, no a mí—, y le rozó apenas la frente con dos dedos, el mismo toque corto del cobro pero al revés, dando en vez de quitando.
Vi que a ella algo se le encendía por dentro. No sabría decirte qué: se le enderezó la espalda, le volvió un poco de aquella luz a la cara, como quien recupera un nombre que tenía en la punta de la lengua. No fue nada grande de ver. Fue todo por dentro, en su lado, adonde yo no llegaba.
Y en el mismo momento sentí lo mío.
No dolió. Los cobros de ahí no duelen: se sueltan, como se suelta algo que uno no sabía que estaba cargando. Sentí que en alguna parte de mí un cuarto se quedaba a oscuras, y que la puerta de ese cuarto no se iba a volver a abrir. Grande. No supe qué había dentro —nunca se sabe—; supe el tamaño por lo negro que se puso, y por el frío que entró donde antes había algo.
Le resté peso, como a todo. Buen negocio, me dije: dos personas, una devolución, y la devolución fue para la que no aguantaba. Me lo dije con los números por delante, que es como miro lo que no aguanto mirar de frente. No me dije lo otro, lo que quedaba debajo de los números; no me lo dije entonces y no me lo voy a decir ahora.
Y me quedé un rato así, delante del cuarto oscuro, sin ir a mirar qué era. No se puede. Nunca se puede. Uno queda con el hueco y sin el nombre del hueco.
Ella se enderezó del todo, recuperada de lo que fuera que había recuperado. Me buscó los ojos a través del vidrio, como me buscaba siempre. Y entonces pasó lo que en siete entradas no había pasado nunca.
Abrió la boca, y del otro lado del vidrio me llegó una voz.
—Amelia.
Así, una palabra, su nombre, dicho para mí. La primera cosa que oí decir a alguien del otro lado en todo aquel tiempo bajando allá. No sabría explicarte cómo cruzó la voz un vidrio que ni el sonido cruzaba; no sé si antes se podía y no nos atrevíamos, o si algo cambió allá arriba cuando se abrió la última puerta, o si fue ella, que volvió con algo que antes no traía. No lo sé. No lo pregunté. Sólo la oí.
Amelia.
Me quedé un momento sin saber qué se hace con eso. Un nombre. Después de tantas plantas subidas sin una palabra, un nombre me pareció algo enorme y frágil, y me dio miedo dejarlo caer.
—Mateo —dije.
Me salió ronco, de no haber usado la voz en toda la noche.
Se me quedó mirando cuando lo dije, como si un nombre de mi lado fuera para ella tan raro como para mí el suyo. Dos nombres cruzando un vidrio que hasta esa noche no había dejado pasar ni un ruido. No sé qué éramos antes de eso; no teníamos con qué ser nada. Después de eso fuimos dos personas con nombre, cada una en su edificio, que se habían visto la cara.
Y ahí me tocaba decir lo otro. Lo que había hecho, lo que me acababa de costar, el cuarto a oscuras que no le iba a nombrar a nadie porque ni yo sabía nombrarlo. Me tocaba, y no pude. Se me armó en la boca y no salió. Lo que salió fue otra cosa, dura, cortada, la que me sale cuando lo de adentro pesa demasiado para dejarlo ver.
—Me debes una —le dije.
Nada más. No «no importa», no «lo hice por ti», no una palabra de lo que de verdad había pasado. «Me debes una», como se le dice a alguien a quien uno le presta para el bus.
Ella me miró. No sé qué entendió. A lo mejor entendió todo y me dejó taparlo; a lo mejor entendió sólo la frase y se quedó debiéndome de verdad. Da igual. Asintió, despacio, y algo en su cara se quedó conmigo, y ahí quedó sellado lo que fuera que quedó sellado esa noche entre los dos.
La niebla ya entraba por el borde del cuarto. Se acababa el edificio. Sentí el tirón de siempre, el del mundo llamándome de vuelta a la cama, y esta vez no me resistí, porque no había más arriba adonde subir.
Lo último que vi antes de que se me borrara todo fue su cara buscándome, entera otra vez, del otro lado.
Y me la llevé.
Desperté molido, un domingo, con la luz cruda en la ventana y el cuerpo hecho un nudo de haber dormido demasiado y dormido mal a la vez.
Me quedé un rato boca arriba, contándome lo de siempre para ver si estaba completo. El nombre, la fecha, la cara de mi madre en el cuarto de al lado. Estaba. Y sin embargo había un hueco nuevo, uno de esos que no se sienten porque no queda nada con qué sentirlos, y que uno sólo sabe que están porque el aire pasa distinto por ese lado. No fui a buscar qué faltaba. Ya sabía que no se encuentra.
Mi madre me llamó a comer. Me había dejado el plato servido en la mesa, tapado con otro plato para que no se enfriara, como hacía siempre. Salí, me senté, comí. Al pasar por detrás me apretó el hombro un momento, sin decir nada, y me lo soltó, y siguió a lo suyo.
No sentí nada. Ni bien ni mal. Fue un plato tapado y una mano en el hombro y una mujer que iba y venía por la cocina, y yo tenía hambre, y comí. Igual que la lámpara de la sala, que llevaba años torcida y nadie enderezaba. Algo que estaba ahí y que uno ya no mira.
Comí, lavé el plato, volví al cuarto. Y ahí, tirado en la cama con la barriga llena y el domingo entero por delante, me di cuenta de que lo único que tenía en la cabeza era ella.
No la cosa que perdí, que ni sabía cuál era. No la misión, que por una vez habíamos ganado. Ella. La cara buscándome, entera. El «me debes una» que le solté para no decir lo otro.
Era ella la que me debía. Lo había dejado claro yo mismo, con todas sus letras: me debes una. Y sin embargo era yo el que no podía dejar de pensarla, el que ya contaba las horas para volver a acostarme y bajar. La deuda había salido al revés, y me daba lo mismo que saliera al revés.
Me reí solo, sin ganas, de lo torcido que estaba todo. Bajaba a aquel sitio a que me robaran, entrada tras entrada, y de tanto bajar había terminado con una sola cosa metida en la cabeza que ninguna niebla podía quitarme, porque no estaba en mí para quitármela: estaba del otro lado de un vidrio, en un edificio que se comía a sí mismo.
Quería volver. No a ganar, no a buscar al otro que perseguí en el laberinto, ése ya no me importaba. Ella me debía una, me dije; bajaría a cobrármela.
Te conté todo esto con la vista en la libreta, Alder, como te lo cuento siempre. Tú seguías en lo tuyo, la mirada en la pared, sin preguntarme nada, como si lo que yo dijera te llegara por otra parte y no por los oídos.
Cuando terminé, dejaste caer una sola frase, sin mirarme, del modo en que caen las tuyas.
—Uno vuelve por lo que se dejó —dijiste—, no por lo que va a buscar.
No te contesté. No supe qué, y con las tuyas nunca me pareció que hiciera falta.
Bajé la vista a la libreta sobre las piernas. El pulgar se me fue solo al lomo, a la marca de donde alguna vez colgó un cordel, y se quedó ahí, en el hueco, tocando el sitio de una cosa que ya no estaba, sin que yo supiera que lo hacía ni que lo hacía por ti.
Y volví a bajar, noche tras noche. Ya no a ganarle a aquel sitio. A verla a ella.