08 - El eco ajeno

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Lo había dejado, la otra noche, en la primera vez que me dormí contento. Domado, dije. Que ya lo tenía domado, que entraba cuando quería y salía cuando quería, que aquel lugar se había vuelto una casa a la que yo tenía llave.

Lo dije con estas mismas palabras, sentado donde estoy ahora, y no me tembló la voz.

Lo que sigue me cuesta más. No porque duela, que también. Es que para contarlo tengo que volver a ser, un rato, el que creía todo eso, y no es cómodo meterse otra vez en esa cabeza sabiendo lo que le espera.

Me acomodé contra la pared acolchada, la libreta contra el cuerpo, la vista baja en la nada de siempre. Alder estaba en lo suyo, la mirada en un punto de la pared donde no había nada que mirar.

Bajé al sitio como venía bajando esos días. Sin pelearle. Casi con ganas.

Volví.


Para entonces yo ya no le huía a Babel.

Es la parte que más me cuesta, y la digo rápido para no quedarme en ella: lo buscaba. Contaba las horas. La vida de este lado se me había vuelto una sala de espera —la clase, el viaje, la cafetería que yo abría de madrugada—, un sitio donde matar el tiempo hasta poder acostarme y dejar que me llevaran.

Antes me acostaba tarde, peleándole al sueño con rayas en el margen de un cuaderno. Ahora me acostaba temprano y con hambre, y cuando por fin me dormía era como llegar a algún lado.

Los días se me habían adelgazado. No es que pasaran rápido; pasaban de lado, sin tocarme, mientras yo esperaba la noche. Oía a los profesores como se oye la lluvia, sin agarrar palabra. Contestaba lo justo para que me dejaran en paz. La cafetería, el bus, la clase: la antesala. Babel, el cuarto.

Aquella madrugada no aguanté.

Tenía turno en la cafetería —yo la abría, era de los que llegan con el cielo todavía cerrado, dos horas de bus por delante y el local vacío esperándome con las sillas volteadas sobre las mesas—, y llegué, como siempre, antes que nadie, con la niebla pegada a los vidrios a su altura de siempre. Faltaba un rato para levantar la cortina.

Y en vez de ir bajando las sillas, o de repasar lo del examen que otra vez tenía encima, me senté en una de ellas, en un rincón, con la espalda contra la pared y la libreta de este lado apretada contra el cuerpo por pura costumbre. Pensé una sola cosa, clarita, arrogante. Me da tiempo. Entro y salgo antes de abrir. Nadie llega hasta dentro de un rato, y yo ya sé cómo va esto.

Cerré los ojos en aquella silla, en aquel local que no era un sitio para dormir y donde cualquier cosa podía sacarme —un golpe en la cortina, el primero en llegar, el camión del pan—, y me dejé ir igual, con las ganas por delante.

Y ahí estaba otra vez, en la palma izquierda, incrustada, contando hacia atrás.

Esos números que no había vuelto a ver desde la primerísima temporada, cuando me quedaba dormido en el bus sin querer y despertaba con ellos ardiéndome en la mano. Los reconocí. Un tiempo, poco, corriéndose hacia cero.

La otra vez me habían asustado. Aquella madrugada no. Los miré con la soltura del que ya conoce la casa por dentro, me dije que eran resabio de novato, un aviso para el que todavía le tiene miedo al sitio, y no volví a mirarlos. Poco tiempo, decían. Bueno. Yo no necesitaba mucho.

No hubo la oscuridad y después nada; hubo la oscuridad y después el sitio, sin costura.

El paso al otro lado ya no tenía misterio para mí. Una cara nueva que reparte —esta vez un hombre grande, de manos anchas—, el cobro de siempre a la entrada, ese jalón corto de algo que se suelta sin doler, la misión dicha con la fórmula de siempre, que yo ya ni oía entera. Un objeto que buscar. Un gesto, y el sitio abierto.

Entré como quien entra a trabajar.

No te voy a describir otra vez los muros, ni el frío que no es frío, ni el eco pisándome un latido atrás; todo eso lo llevaba en el cuerpo y lo leía sin pensarlo. Localicé la dorada al fondo de un pasillo, la puse a un lado del ojo, y fui hacia ella de lado, con la maña ya vieja, a lo mío.

Iba ganando terreno, tranquilo, cuando lo oí.

Un paso que no era mío.

Al principio me dije que era el eco, que ahí el eco siempre llega tarde y a veces se enreda. Pero yo me paraba, y el paso seguía. Uno más, lejos, después de que mis pies ya estaban quietos. Un pie que pisaba cuando el mío no pisaba.

No era mi eco. Un eco no camina cuando uno se ha parado.

Me lo negué un rato. Seguí a la dorada, me dije que llevaba demasiado adentro, que uno oye cosas. Pero el paso venía conmigo, tercero, ajeno, con un compás que no era el de nada que yo estuviera moviendo. Y andaba yo cada vez más rápido, con media cabeza puesta atrás, mintiéndome que era la luz lo que me apuraba.

Y en un quiebre del pasillo, lejos, lo vi.

Una figura. Una persona. Cruzó de un corredor a otro, sin prisa, y se metió por donde el muro la tapó.

No sé cómo contarte lo que eso me hizo. Seis entradas llevaba en aquel lugar, y en todas, en todas, había estado solo. Solo con los muros, con el que reparte, con mi propio reflejo torcido en el suelo. Nunca había visto a nadie ahí dentro. Nunca.

Y de golpe, alguien.

Alguien que caminaba —eso fue lo que se me clavó, aunque tardé en saber por qué— caminaba con rumbo, sabiendo adónde iba, sin pegarse a la piedra, sin medir el suelo, sin buscar nada en los muros. No como yo. Iba a lo suyo, con un adónde propio, como quien cruza una calle que conoce.

Se me cayó todo. Todo lo que creía saber de aquel sitio se me barajó en un segundo, y en el centro no había una pregunta ni un miedo, sino una cosa que me salió del cuerpo antes que de la cabeza: no estoy solo.

Y detrás, pegada, sin que yo la llamara: ir. Alcanzarlo. Verle la cara. Que otro, por una vez, me viera a mí.

La dorada seguía a mi izquierda, esperándome, y yo sabía la regla mejor que mi nombre: no quitarle el ojo. La solté igual.

No se me escapó. La solté, que es distinto, y quiero que quede claro, porque es lo único de aquella noche que fue decisión mía y no del sitio. Giré la cabeza hacia el fondo, hacia donde el otro se había metido, y le di la espalda a la salida con los ojos abiertos, sabiendo lo que hacía.

Un momento, me dije. Lo alcanzo, le hablo, vuelvo. Me da tiempo.

La palma me tironeó. Un ardor fino, un aviso. No le hice caso. Ya habría tiempo para la palma.

Y ahí empezó lo que no entendí hasta mucho después. Mientras yo miraba la dorada, era el sitio el que se movía debajo de mí; yo torcía el cuello y el laberinto se acomodaba, y yo apenas ponía los pies. En el momento en que le solté el ojo y eché a andar de frente, detrás del otro, fui yo el que se movió.

Por primera vez en seis entradas caminé de verdad, con mis pasos, hacia donde nunca había ido. Y el sitio me dejó, que era lo peor que podía hacer: dejarme.

Correr detrás de él no se pareció en nada a seguir la dorada.

La dorada se corría siempre parejo, con su distancia falsa, paciente, puesta ahí para que uno no la alcanzara nunca. Esto no. Esto se movía como se mueve una persona. A ratos yo ganaba terreno —le veía la espalda más grande, contaba menos pasos entre él y yo, se me subía al pecho la idea de que en el próximo tramo lo tocaba— y a ratos doblaba por un quiebre y, cuando yo llegaba al quiebre, el corredor de adelante estaba vacío.

No corriéndose al fondo. Vacío. Y yo me metía por donde me pareció que se había ido, y lo encontraba dos pasillos más allá, cruzando otra vez, lejos, sin haberme esperado.

Hubo un tramo en que creí que lo tenía. El corredor se estiró recto y largo, sin quiebres, y él iba delante, entero, a la vista, y yo corrí con todo lo que me quedaba, seguro de que un pasillo sin salidas no me lo podía quitar. Le fui comiendo la distancia. Diez pasos. Ocho.

Y en el fondo, donde el corredor tenía que morir en pared, había una boca que yo no había visto. Se metió por ella. Cuando llegué no había boca: había muro, liso, cerrado, con mi reflejo dentro jadeando, y ni rastro de él. El sitio le dejó una salida donde yo veía pared y me la cerró antes de que yo la alcanzara, como me cerraba todo.

No huía de mí. Ésa es la cosa que todavía me da vueltas. No apuraba el paso cuando yo apuraba el mío, no miraba atrás, no se escondía. Iba a lo suyo, con su rumbo, y el que corría era yo. Me perdía en un doblez y lo recuperaba en otro por pura suerte, o por pura terquedad, y cada vez que lo recuperaba estaba un poco más adentro.

Y no me daba miedo. Ésa es la parte que ahora me cuesta creer. Estaba metiéndome en lo hondo de un sitio que me había ganado seis veces, sin la salida a la vista, sin la libreta sirviéndome de nada, y por dentro no había miedo: había una necesidad tan grande que no le dejaba lugar. Lo único que pesaba era la espalda de adelante. Todo lo demás —la dorada, la misión, el tiempo, el cuerpo dormido en una silla— se me había puesto chiquito, lejos, cosa de otro.

Le hablé.

No sé si con la voz o sólo por dentro, que allá uno nunca sabe bien dónde acaba una cosa y empieza la otra. Le tiré algo. Un oye. Un espera. Un ruido de los que uno hace para que otro se vuelva.

No se volvió. Ni un hombro, ni una pausa, ni el titubeo del que oye un llamado y decide no hacer caso. Nada. Siguió.

Y en vez de pararme, apreté. Si no me oía, que me viera. Si no me veía, que me sintiera detrás. Corrí más.

Correr así era nuevo. Con la dorada yo iba de lado, torcido, peleándole al propio cuerpo para no enderezar la cabeza. Detrás del otro iba de frente, entero, a toda carrera, con la cara por delante y los brazos sueltos, como uno corre en el mundo cuando persigue un bus que ya arrancó. Se sentía bien. Se sentía libre. Y era, aunque yo entonces no lo supiera, la manera exacta de perderme: cada zancada de frente estrenaba un pedazo de sitio nuevo, y yo lo iba dejando atrás sin una miga para volver.

Y el sitio se fue poniendo otro.

Los muros, que hasta entonces se me habían oscurecido hacia arriba nada más, empezaron a subir más de lo que yo les veía el final, negros allá donde debían tener techo, tan altos que el pasillo se volvió una grieta entre dos moles.

El eco, que me pisaba un latido atrás, empezó a pisarme dos, tres. Me llegaba cuando yo ya había doblado, de modo que oía mi propio paso saliendo de un corredor que ya había dejado.

Y el frío se cerró. No que hiciera más frío, que ahí nada hacía. Se cerró, se puso denso, un frío con paredes, y yo lo cruzaba metiéndome en él como en agua honda.

El silencio también se puso más grande. Arriba, donde el azul se iba a negro, el ruido se perdía sin devolver nada, como si el techo que no había se tragara el eco. Yo oía mis pasos, el resuello, el corazón, y por encima de todo eso una quietud enorme, vieja, de sitio que lleva ahí más tiempo del que un hombre puede pensar sin marearse. Bajaba hacia esa quietud detrás de una espalda, y mientras bajara detrás de ella no me daba miedo, porque la espalda quería decir que alguien más había bajado antes.

Era el mismo laberinto y era otro. Era el fondo de una cosa cuya orilla yo había estado pisando seis entradas sin saber que era orilla.

Cada quiebre me metía más adentro. El otro doblaba, yo doblaba detrás, y el corredor nuevo era más alto y más negro que el anterior, y el de después más todavía, y yo bajaba —porque era bajar, aunque el suelo estuviera plano, uno sabe cuándo baja— detrás de una espalda que no me esperaba.

El suelo, allá abajo, reflejaba más que nunca. Cada vez que bajaba la vista me encontraba a mí mismo cabeza abajo, corriendo hacia arriba por dentro del piso, y tuve que dejar de mirarlo para no marearme, para no confundir cuál de los dos Mateos iba de verdad detrás de la espalda.

Perdí la cuenta de los pasos, que nunca perdía. Perdí de vista, hacía rato, el resplandor de la dorada, y no me detuve a buscarlo. Lo había soltado yo. Sabía que estaba atrás, del otro lado de más muros de los que podía contar, y seguí de frente igual, porque adelante había alguien y atrás sólo había la salida.

Y en un quiebre como todos los otros, el otro no estaba.

No dobló y lo perdí. No se metió por un hueco a la vista. Sencillamente, en el corredor donde tenía que estar, no había nadie. Muro, suelo, el brillo del suelo, mi eco llegándome tarde por tres lados, y ni una espalda.

Se esfumó igual que la dorada tantas veces, sin despedirse. Sólo que a la dorada yo sabía volver a encontrarla, y a esto no.

Me paré.

Y ahí, parado, en el fondo de aquel sitio, me cayó encima de una vez todo lo que había venido dejando atrás mientras corría.

No tenía la dorada. No tenía la misión —el objeto seguía sin buscar, en cualquiera de los cientos de muros que había dejado—. No sabía en qué renglón había cerrado la libreta. Y no tenía, sobre todo, la menor idea de por dónde había entrado a aquella hondura.

Me devolví. O lo intenté.

Desanduve el corredor que acababa de andar, y no era el mismo. Doblé por donde había venido y del otro lado había un pasillo que no había pisado nunca, más alto todavía, y detrás otro. El sitio se me reacomodaba por donde yo no miraba, cerrándose donde yo había abierto.

Ya me lo había hecho una vez, muchas entradas atrás, cuando era novato y creía que un mapa servía de algo. Pero entonces yo estaba cerca de la boca. Ahora estaba en el fondo, y el fondo no se dejaba desandar.

Me oí respirar. Fuerte, por la boca, ese resuello que uno no gobierna y que es lo primero que lo delata cuando ya dejó de estar tranquilo por más que se lo diga.

Pasé las dos manos por los muros, buscándoles una veta conocida, una rajadura, cualquier cosa que hubiera anotado alguna vez. No había nada mío en ninguno. Eran muros que no había visto, muros que no me tocaba conocer.

Quise reconstruir el rumbo del otro, que al menos él sabía adónde iba, y caí en cuenta de que ni eso tenía: lo había seguido con los ojos en su espalda y los pies en cualquier parte, sin mirar por dónde pisaba. Había hecho, punto por punto, todo lo que aquel sitio necesitaba para tragarme. Se lo había puesto fácil.

Y entonces me acordé de la palma. No la miré: la sentí.

Un ardor incrustado que llevaba rato ahí, al que yo no le había hecho caso, apurándose ahora, corriéndose hacia un cero que de pronto sí me importaba. La cuenta que había desdeñado en la silla. Poco tiempo, decía, y por primera vez la entendí, tarde y con el cuerpo, no con la cabeza.

No me avisaba de un peligro de allá adentro. Me avisaba de acá: de que el cuerpo lo había dejado en un mal sitio, donde cualquier cosa iba a sacarme en cualquier momento, quisiera yo o no, estuviera donde estuviera de aquella hondura.

Poco tiempo. Y yo demasiado adentro.

Demasiado adentro.

Es la única manera que tengo de decirlo. Ya me había pasado algo parecido —los huecos largos, las veces que me costaba una eternidad volver—, pero nunca tanto, nunca tan hondo. Empecé a sentir que el hilo que me ataba al cuerpo se estiraba fino, finísimo, que la vuelta se me alargaba, que aunque diera con la boca a lo mejor ya no me alcanzaba el tirón para cruzar.

Anduve a ciegas, sin norte, doblando por doblar, con la palma ardiéndome y el pecho subiendo y bajando y ningún oro por ningún lado, metiéndome más hondo cada vez que trataba de salir. Porque eso es lo peor que tiene aquel sitio: buscar la salida sin la dorada no es buscar, es cavar.

Hubo un momento —no sé cuánto duró, allá nada dura lo que uno cree— en que dejé de caminar hacia la salida y empecé a caminar sólo por no quedarme quieto. Sin destino. Sin creer ya que hubiera un afuera de aquel fondo. Y ésa fue la primera vez, en seis entradas, que se me pasó por el cuerpo la idea de que a lo mejor de ésta no volvía. No la pensé con palabras. La sentí en las piernas, que se pusieron torpes, y en la boca, que dejó de tragar.

Quise apurarme y las piernas no me apuraron. Doblé por un lado y era muro; por el otro y era muro; me devolví y el corredor por donde había llegado se había vuelto tres corredores que no reconocía, todos hacia abajo, todos más negros. Manoteé la piedra buscando un filo, una boca, la sombra de una salida, y la piedra estaba entera y fría y no me daba nada. Por primera vez desde la isla se me pasó por el cuerpo que aquel sitio se podía quedar conmigo.

No salí por la puerta. No hubo dorada, ni umbral, ni el que reparte esperándome con la mano abierta.

Lo que hubo fue un golpe.

Seco, de este lado, lejísimos y encima a la vez. Alguien aporreando la cortina metálica de la cafetería, el camión del pan llegando en la madrugada, un ruido bruto del mundo real metido en aquella hondura como un cuchillo.

El sitio malo cumplió lo que la cuenta había prometido. Me sacó de un tirón que no era el bueno, el de la nuca, el de ganar. Fue un arranque en falso, un jalón desde afuera que me despegó del fondo de Babel a la fuerza, en plena caída, a mitad de un paso.

Desperté en la silla de la cafetería con la cortina temblando todavía por el golpe.

La boca seca, el cuello duro, la espalda partida, y ese peso de plomo en los brazos que deja el tiempo de allá, hora por hora dormida cargando su cansancio de verdad.

Peor que molido. Molido era como despertaba las noches buenas. Esto era otra cosa. Un cansancio con derrota metida adentro.

Me costó ubicar dónde estaba. La cafetería a oscuras, las sillas todavía patas arriba, el frío del vidrio en la espalda, y yo sin saber, por un segundo largo, si aquello era el sueño o era lo de afuera. Los dos sitios se me habían parecido de golpe: los dos vacíos, los dos con alguien afuera aporreando para entrar.

Me miré la palma izquierda sin pensarlo, por la maña de la otra temporada. No había nada. Ni números, ni ardor, ni la marca de haberlos tenido. Se me habían apagado con el sitio, y su silencio, ahora, en la mano quieta, decía más que cuando corrían: habían tenido razón, y yo no había querido oírlos.

No traía objeto. De allá no se trae nada nunca. Pero esta vez tampoco lo había entregado, y eso lo supe en el cuerpo antes de pensarlo: no cumplí. El hombre grande me había cobrado a la entrada y se quedó con lo suyo, y no hubo umbral donde me devolviera nada, porque no le llevé nada.

La cuenta, esta vez, no fue a mi favor. Fue una resta, y ya.

Me levanté a abrir. Subí la cortina, volteé las sillas, puse el agua, todo con las manos solas mientras la cabeza andaba lejos.

Y a media mañana, cuando salí a agarrar el bus para la U, me pasó la cosa pequeña. La que de verdad me dejó frío, aunque tardé el día entero en dejar que me enfriara.

Me paré en la acera a esperar mi bus. El de siempre, el que agarraba cinco veces por semana desde hacía no sé cuánto. Y no supe cuál era.

Me quedé mirando los que pasaban con el letrero por delante, leyéndolos uno por uno como un forastero, esperando que alguno me sonara. Ninguno me sonó. El nombre de mi parada, la de bajada, la que me sé como me sé mi propio nombre, no estaba.

Tuve que preguntarle a una señora, de refilón, como quien no está seguro y disimula, hacia dónde iba tal ruta. Por la respuesta amarré cuál era el mío. Me subí, me senté, y me dije que era el sueño, que uno se levanta atontado, que a cualquiera se le va un nombre.

A cualquiera se le va un nombre. Me lo repetí toda la mañana.

Fue un tropiezo, me dije. Me distraje, me metí donde no debía, la próxima no me distraigo. Ya lo domino. Esto no cambia nada. La negación es buena para eso, para ir tapando con tierra fresca los huecos según se abren, y yo para entonces ya era bueno en la negación.

Sólo que una cosa no se dejó tapar. Y no era la parada, ni la derrota, ni el objeto que no llevé.

Era lo otro.

Debajo de todo el cansancio y de toda la mentira que me estaba contando, quedaba encendido, bajito y firme, algo que ninguna resta me quitó: alguien había cruzado aquel pasillo. Alguien que caminaba sabiendo adónde iba. No estaba solo ahí dentro.

Y eso, que debió asustarme más que nada de aquella noche, fue lo único que no quise minimizar.


Y ahí, Alder, es donde te dejo esta parte. En la primera vez que salí sin salir, arrancado del fondo por un camión de pan, con una parada de bus menos en la cabeza y con un peso nuevo que no era el de perder.

No aprendí lo que se supone que enseña una caída así. No aprendí humildad.

Debí despertar curado de creerme dueño del sitio, y a lo mejor de eso sí me curé un poco. Pero por debajo, encendido, no me quedó el escarmiento. Me quedó el otro. Alguien más estaba ahí dentro, y desde aquella madrugada dejé de entrar a ganar y empecé a entrar a buscarlo.

Tú no dijiste casi nada, como siempre. Seguías en lo tuyo, la vista en la pared. Dejaste caer una sola cosa, sin mirarme, sin que viniera como aviso ni como pregunta, del modo en que caen las cosas que tú dices.

—El que corre detrás de alguien —dijiste— es el que se pierde primero.

No te contesté. No supe qué, y tampoco me pareció que hubiera que contestar.

Bajé la vista a la libreta sobre las piernas. Y me di cuenta, sin darme cuenta de por qué lo hacía, de que tenía los pies recogidos debajo del cuerpo, las plantas apoyadas, el peso echado adelante, como quien está a punto de levantarse y salir corriendo detrás de algo.

Los estiré. Dejé que las piernas se me aflojaran contra el piso acolchado, la espalda otra vez contra la pared, y me quedé quieto, sin saber que te estaba haciendo caso.

Después seguí contándote, que era lo único que sabía hacer en aquel cuarto para no oír el silencio de al lado.