07 - El gran sentimiento

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Hay frases que uno suelta en un cuarto forrado de tela y no se van a ninguna parte, porque en un cuarto así no hay adónde irse: se quedan en la tela, en la luz pareja de arriba, en el aire que no huele a nada.

La de Alder era de ésas.

El que gana en un cuarto cerrado sigue en el cuarto.

La había dicho al final de la otra noche, sin mirarme, con esa manera suya de dejar caer las cosas y volver a lo suyo, y yo no le había contestado.

Seguía sin contestarle.

Y sin embargo la frase no terminaba de caerse al piso como las otras; se quedaba dando vueltas por encima de mi libreta, esperando a que yo hiciera con ella algo que no sabía hacer.

Porque lo que venía después le llevaba la contraria, o eso me parecía a mí entonces.

Pero la noche que te voy a contar no es aquélla, la de la primera vez que gané; es la de después, con semanas de por medio, otra entrada y otra caída al sueño.

Todo lo que había contado hasta ahí era perder: perder, y perder, y aprender a perder con oficio, hasta la noche en que gané por fin y me quedé sentado sin saber qué se hacía con una cosa ganada.

Lo que seguía era otra cosa.

Era la segunda vez, y la segunda vez salió fácil.

Me cuesta decir «fácil» al lado de aquel lugar.

Suena a mentira, o a que no entendí nada, y a lo mejor las dos cosas son ciertas.

Pero así fue, Alder, y si lo voy a contar lo cuento como fue.

Me acomodé contra la pared acolchada, con la libreta abierta sobre las piernas y el bolígrafo en la mano, bajé la vista a la nada de siempre, y me solté hacia atrás, hacia el único sitio de esa habitación que no era esa habitación.

Alder estaba en lo suyo, la mirada puesta en un punto de la pared donde no había nada, pesando el cuarto sin tocarlo.

Volví.


El examen no se repuso.

Había una manera de reponerlo —una constancia médica, la secretaría, un papel que dijera por escrito qué me había pasado esa mañana— y no había en el mundo un papel que dijera eso, ni un médico que me lo firmara sin que yo tuviera que contarle lo que no se le cuenta a un médico.

Así que la materia que sí me importaba, la única por la que me habría sentado a estudiar sin que nadie me obligara, se quedó perdida, con mi nombre y la fecha y el grupo escritos arriba y el resto de la hoja en blanco, guardada en la carpeta de algún profesor que me tenía por un muchacho que se durmió después de una fiesta.

No fui a secretaría.

Para qué.

Lo demás siguió cayéndose por su cuenta, sin ruido, del modo en que se había empezado a caer esa semana.

Lucas ya no me escribía; yo había tardado un día en contestar, después dos, y una mañana el teléfono se quedó sin mensajes nuevos y me pareció bien.

Había dejado de bajar a la fila de la cafetería.

Me quedaba en el salón vacío oyendo las voces de los demás en el pasillo, y esa quietud, que la primera semana me había pesado, había empezado a acomodárseme encima como algo que era mío.

El genio se me quedó corto.

Le contesté mal a Juan por una cosa de nada, y a mi madre por otra, y me oí el eco de la voz más alta de lo que la había mandado, y no me molesté en bajarla la próxima vez.

Mi madre me miraba.

No preguntaba ya; había dejado de preguntar cuando entendió que a las preguntas yo tenía respuesta para todo.

Se paraba en la puerta del cuarto con un trapo en la mano, o me ponía el plato delante en la mesa, y me miraba con una cosa en la cara que no era susto todavía pero le andaba cerca, la cara del que ve que a alguien de su casa le está pasando algo y no tiene el nombre de lo que le pasa.

Yo le sostenía la mirada lo justo y bajaba los ojos al plato.

Nombrar lo que me pasaba habría sido peor que callarlo, porque lo que me pasaba no tenía nombre que ella pudiera oír sin asustarse de verdad.

Y por dentro, debajo de todo eso, estaba lo nuevo.

Yo había ganado.

Eso lo sabía con el cuerpo entero, como se sabe que uno comió aunque no se acuerde del plato: había una manera de salir de aquel lugar, la había encontrado, la había usado, había cruzado por ella.

La certeza estaba entera.

Lo que no estaba era el cómo.

Iba en el bus con la frente contra el vidrio y trataba de agarrar la forma exacta de lo que había hecho aquella noche, el detalle, la cosa concreta que me había abierto la salida, y me encontraba con la pura certeza pelada y nada adentro de ella, un saber sin cosa sabida.

Sabía que había ganado igual que sabía que había soñado algo bueno cuando me despertaba y no podía decir qué.

Y eso, que a cualquiera lo habría dejado tranquilo —gané, con eso basta—, a mí me dejó una inquietud fina, de espina metida donde no se ve, porque una salida que uno encontró y no puede volver a encontrar no es del todo una salida.

Debí asustarme de eso. En vez de asustarme, lo empecé a querer.

No lo decidí.

Fue pasando.

Descubrí que a la hora de acostarme ya no me resistía; que me metía en la cama temprano, casi con ganas, y apagaba la lámpara y me quedaba esperando que me llevara, no con el miedo de antes sino con una cosa parecida a la impaciencia.

Había pasado semanas peleándole al sueño, haciendo rayas en el margen de un cuaderno para no dormir, y ahora me acostaba a buscar exactamente lo que había peleado.

Algo del otro lado tiraba de mí, despacio, y yo, en vez de plantar los pies, me dejaba ir.

En mi cama nunca hubo cuenta regresiva en la palma; no la busqué.

Cerré los ojos en mi cuarto, con la neblina apenas clareando en la ventana, y me fui hacia el sitio como quien vuelve a una casa.

No a esconderme.

A ganar otra vez.

No hubo la oscuridad de mi cuarto y después nada; hubo la oscuridad y después el otro lugar, sin costura, tan de una vez que ni sentí el salto.

Estaba de pie frente a la figura que reparte.

Cara nueva, como siempre.

Esta vez una mujer, ni joven ni vieja, con una de esas caras que uno ve en la ventanilla de un banco o detrás del mostrador de una farmacia y a los cinco minutos no podría dibujar.

Nada de generales de bigote, nada de esmóquines blancos.

Ya me había acostumbrado a que el sitio no se molestara en vestirse para mí; por debajo de la cara común estaba lo de siempre, esa presencia que no cabe del todo en un cuerpo, esa manera de mirarlo a uno por dentro para ver cuánto rinde.

No me dijo casi nada.

Estiró la mano hacia el aire entre los dos, con la calma del que sabe que va a cobrar sin insistir, y hubo el tirón, corto, limpio, en un lugar que no es la cabeza ni el pecho, un jalón de algo que se suelta sin doler.

Ya lo conocía.

No me quedé revisándome por dentro; hacía tiempo que había aprendido que buscar el hueco no sirve, que uno no encuentra lo que ya no está, y que revisarse sólo sirve para asustarse más.

Dejé caer los hombros y lo dejé pasar.

Tráeme lo que hay dentro y quedamos a mano, dijo, o algo parecido; ya ni le ponía atención a la fórmula.

Hizo un gesto hacia un costado, y el sitio se abrió.

Aparecí frente a la boca de siempre y crucé la ranura sin detenerme.

El frío sin temperatura, el eco pisándome un latido tarde, las vetas agitándose un momento antes de que un muro se moviera: todo aquello ya lo tenía en el cuerpo, lo leía sin pensarlo, el hombro buscando solo el muro quieto y el pie medio paso por delante de mí.

Caminé un rato así, comiendo laberinto con la soltura que se me había vuelto oficio sin permiso, sin apuro, casi a gusto.

Pero yo no había venido a caminar bonito.

Había venido a salir, y no me acordaba cómo.

Me detuve.

Ahí estaba otra vez la certeza pelada —gané, hay una salida— y adentro, nada.

Y entonces hice lo único que se me ocurrió, que era lo que aquel lugar me había enseñado a hacer contra el olvido: saqué la libreta.

Colgaba de su cordel, con el bolígrafo negro colgándole a ella, entera y llena de mi letra.

La abrí.

Estaban mis flechas de las otras noches, mis números, mis anclas, la cuenta de los pasos, todo lo que le había ido arrancando al sitio y dejando por escrito para que el sitio no me lo borrara.

Pasé las hojas.

Y en una de las últimas, con mi letra pero más temblorosa que el resto, apurada, torcida, escrita de pie y de prisa, había un renglón que yo no me acordaba de haber escrito.

La dorada es la salida.

Lo leí, y volvió todo de una vez.

No como quien recuerda: como a quien le devuelven una cosa que le habían sacado sin que se diera cuenta.

La luz dorada.

La de vela, la que en aquel sitio de azules y blancos no tenía derecho a existir, la que se me había cruzado en cada corrida desde la primerísima, siempre lejos, siempre corriéndose un poco más allá cuando yo iba hacia ella, y a la que yo siempre —siempre— le había dado la espalda, seguro de que era un cebo.

Y de golpe supe que no.

Que había sido la salida todas las veces, desde el principio, mientras yo la esquivaba con mi orgullo de novato.

Y con eso entendí una cosa que llevaba misiones sin entender, y que ahora, leída en mi propia letra, se armó sola.

Entendí por qué, la noche en que me senté a leer el mapa, las flechas no cerraban.

Por qué, dibujadas honradas una detrás de otra —izquierda, derecha, de frente—, no daban un camino sino una figura imposible que se mordía la cola.

Por qué había visto una luz dorada al fondo de un pasillo, le había dado la espalda, y un rato después había visto «otra» igual sin saber que era la misma.

No eran dos.

Era una, y yo la perdía.

Cada vez que dejaba de mirarla se me iba de la cabeza entera, sin dejar hueco, y yo me quedaba sin el detalle más importante, el único que nunca me quedaba anotado, dando vueltas por un laberinto que no cerraba porque le faltaba justo el dato que se me borraba.

El sitio no me escondía la salida.

Me la enseñaba, y me la sacaba de la memoria en cuanto yo apartaba los ojos.

Ése era el truco.

Lo tuve entero, leído, por fin, con la libreta temblándome un poco en la mano, y sentí una cosa rara, entre el alivio y algo frío, porque el que había resuelto el acertijo no era yo: era un yo de otra noche que había alcanzado a escribirlo antes de que se le borrara, y me lo había dejado ahí, firmado con mi letra, para que yo me lo creyera sin acordarme de por qué.

Levanté la cabeza y la busqué.

Apareció al fondo de un pasillo, dorada, quieta un instante y después corriéndose apenas, con esa paciencia falsa de siempre.

Yo sabía la regla: no quitarle el ojo.

Fui hacia ella de lado, el cuello torcido y la barbilla clavada al hombro, y a medio camino, sin despegar la vista del oro, pasé la mano por un recodo donde temblaba una luz blanca, fría, sin nada de tibio, y la tomé —que las blancas no se rompen, se toman— y se me asentó en el puño.

Ni me detuve por ella.

El asunto era el oro.

Y entonces el sitio se puso bravo.

No sé si porque yo iba haciendo lo correcto, o porque siempre había sido así y las otras veces no llegaba tan lejos.

Los muros empezaron a crecerme encima más rápido de lo que yo los podía leer, uno y después otro, metiéndose en la línea entre la luz y mis ojos, y el eco se me multiplicó, mis pasos y otros pasos llegándome tarde por los dos lados, tantos que dejé de saber cuál era el mío.

Torcí para colarme por un filo y el filo se cerró antes de tiempo; me di contra la piedra, de hombro, sin marca y sin dolor honrado, sólo el frenón.

Y cuando me recompuse y busqué el oro, el oro no estaba.

No lo perdí de vista un momento: lo perdí de la cabeza.

En el instante en que un muro se metió entero entre la luz y yo, se me fue el para qué.

No que se me olvidara dónde estaba la salida: es que dejó de haber una salida, dejó de haber un motivo para el corazón golpeándome ni para estar corriendo de lado por un pasillo con una cosa apretada en el puño.

Me quedé parado, torcido, con la boca abierta y el pecho subiendo y bajando, mirando un muro azul liso que no me decía nada, sin la menor idea de a qué había venido a aquel lugar.

Un latido.

Dos.

Los peores que pasé esa noche, y por dentro ni siquiera con miedo, porque para tener miedo hay que saber lo que uno está perdiendo, y yo ya no lo sabía.

Y la vi de reojo.

Un filo de dorado asomando por el borde del muro, lejos, corriéndose, y con ella me volvió el para qué de golpe, entero, y detrás del para qué el susto de haberlo tenido y haberlo soltado sin darme cuenta.

No volví a dudar de qué era —eso lo tenía leído, firmado con mi letra, no se me iba a ir por más muros que se cruzaran—; lo que casi se me va fue la luz, y con la luz, yo.

Me pegué a seguirla como quien se agarra de algo en el agua.

No dejé que se me metiera un muro entero delante nunca más: adivinaba por dónde iba a nacer, corría al hueco antes de que sellara, torcía el cuello hasta que me ardía la nuca, tropezaba con mis propios pies por no bajar la vista.

Peleé de verdad, y esta vez no fue oficio ni soltura: fue no soltarla, a secas, con todo puesto en no volver a quedarme huérfano en mitad de un pasillo.

En algún momento el dorado dejó de correrse.

Se quedó quieto.

Y detrás, donde había habido muro, había una abertura.

Antes de cruzar —esto sí lo hice, y me acuerdo de haberlo hecho con las manos temblando de prisa— saqué el bolígrafo y, sin despegar los ojos de la luz, dejé la punta en el papel y repasé por encima el renglón que ya estaba escrito, la dorada es la salida, remarcándolo, hundiéndolo en la hoja, no fuera a ser que la próxima vez tampoco me acordara.

Después crucé.

Un paso, con los ojos clavados en el oro por miedo a perderlo, y del otro lado ya no era el laberinto.

El aire cambió; no de temperatura, que ahí nada tenía temperatura, sino de cierre, esa sensación de salir de un cuarto tapiado a un sitio con más aire aunque el aire sea el mismo.

—Uno —dijo una voz, y era la de ella, la mujer sin cara memorable, parada en el umbral como si el umbral fuera suyo.

Tenía la mano abierta.

Le puse encima el objeto, la luz blanca que ya se me había entibiado en el puño, y ella la cerró con la misma cortesía tranquila con que hacen todo, sin un gesto que le sobrara.

Quedamos a mano, dijo, y estiró la otra mano hacia mí para devolverme lo que me había cobrado a la entrada.

Y algo volvió.

La otra vez, la primera que gané, lo que me devolvieron me había partido en dos ahí mismo, de pie en el umbral, con la cara mojada delante del que reparte por algo que ni podía nombrar.

Esta vez no.

Esta vez volvió una cosa —un pedazo de calle, la esquina de una tienda con el toldo de un color, una campanita en la puerta al empujarla, no sé, algo chico y de nadie— y la sentí llegar y llenar su hueco, y la registré como se registra un vuelto que a uno le devuelven bien: sin contarlo.

No me detuve en ella.

No me importó de quién era ni de cuándo.

La guardé donde se guardan esas cosas y seguí, porque lo que me llenaba el pecho esa vez no era lo que había vuelto sino lo otro, lo grande, la cosa por la que había cruzado: que había ganado.

Otra vez.

Y rápido.

Y esta vez sabiendo cómo.

El tirón llegó ahí, el de verdad, y me haló de la nuca hacia atrás, y el sueño azul se cerró a mis espaldas, y del otro lado estaba mi cuerpo.

Molido.

Desperté con la boca seca y la espalda partida y los brazos pesados, porque el tiempo de allá adentro es tiempo entero, hora por hora, y mi cuerpo las había dormido todas cargando su cansancio de verdad.

De allá no traje nada, como no se trae nada nunca: ni libreta, ni objeto, ni el renglón que había remarcado con tanto miedo.

Nada que se agarre con los dedos.

Lo que traje, esta vez, fue por dentro, y no era el pedazo de calle.

Era otra cosa, y me duró el día entero, y es la parte que más me cuesta contarte porque salió bien.

Me levanté molido y por dentro no estaba molido.

Estaba liviano.

Mi madre me puso el plato delante y me miró con esa cara suya de no tener el nombre de lo que me pasaba, y yo, que la semana antes le habría bajado la vista al plato, esa mañana le sostuve la mirada y le dije que había dormido bien, y me salió sin esfuerzo, y casi era verdad.

Se quedó un momento esperando el resto, y no hubo resto, y se fue a lo suyo un poco más tranquila.

Vi a Lucas de lejos, en el campus, riéndose con los de siempre, y esperé el pinchazo de costumbre, el de haberlo dejado ir sin pelear, y no vino.

Buen tipo, Lucas.

Se había ido cuando dejé de contestar, y le pareció justo, y esa mañana hasta eso me pareció poca cosa al lado de lo que yo tenía.

Que se quedara con su fila y sus risas.

Yo tenía la otra cosa.

El examen perdido, que la semana entera me había estado ardiendo en algún lado, esa mañana lo pensé y no me ardió.

¿Qué era una materia?

Se repone, o no se repone y se cae, y el mundo sigue; había cosas más grandes que una materia, cosas que yo hacía de noche y que nadie en esa casa, ni en ese campus, ni en ese bus, podía siquiera imaginar.

Andaba entre ellos con eso guardado, y eso guardado me cambiaba el paso.

Ésa es la palabra que no dije en su momento y digo ahora: funcionaba.

Babel me había roto la vigilia semana tras semana —el sueño que se abría solo, la canción que no me llegaba, el examen en blanco, Lucas apagándose sin pelea, mi madre en la puerta—, me había ido vaciando la vida despierta de a poco.

Y ahora, por primera vez, hacía lo contrario: volvía de allá adentro y la vida de acá dolía menos.

El aislamiento pesaba menos.

La humillación pesaba menos.

No porque se hubiera arreglado nada —nada se había arreglado, la materia seguía perdida y Lucas seguía sin escribir—, sino porque yo traía algo por dentro que me lo aguantaba todo.

Un subidón.

No sé decirlo mejor, y aquella vez ni lo intenté; sólo lo sentí, caliente y bueno, y me dejé estar en él.

Y ahí, montado en eso, sin decírmelo con estas palabras pero sabiéndolo por debajo, pensé lo que iba a pensar tantas veces después: que ya lo tenía.

Que había entrado dos veces seguidas y las dos había salido, la última fácil, con el truco en la mano, leyendo el sitio como quien lee un camino conocido.

Que aquel lugar que me había arrastrado sin mi permiso, que me había sacado del cuerpo en un bus y en un examen y en la mesa de mi casa, ya no me daba miedo, porque yo había aprendido a ganarle.

Podía entrar cuando quisiera.

Podía salir cuando quisiera.

Lo había domado.

Me acosté esa noche esperándolo, y no vino, y no me importó.

Ya vendría.

Yo tenía tiempo, y tenía el truco, y tenía la libreta esperándome del otro lado con mi letra dentro.

Por primera vez desde que todo aquello me empezó a pasar, me dormí contento.


Y ahí, Alder, es donde te dejo esta parte: en la primera noche que me dormí contento.

Suena a poco, o suena a bueno, y no es ninguna de las dos cosas.

Gané dos veces.

La segunda salí fácil, sabiendo el truco, con la libreta devolviéndome lo que yo mismo me había dejado escrito.

Y desperté molido y por dentro liviano, y aguanté mejor el día, y me acosté queriendo volver.

Eso último es lo que me cuesta, más que lo de los muros y lo del tiempo y lo de las cosas que se llevan.

Que quise volver.

Que salir de aquel lugar dejó de ser un alivio y pasó a ser un permiso corto entre una entrada y la siguiente.

Que empecé a creer que el sitio era mío porque le había ganado dos veces.

Tú no dijiste casi nada.

Seguías en lo tuyo, la vista puesta en la pared.

Dejaste caer una sola cosa, sin mirarme, sin que viniera como pregunta ni como aviso, del modo en que caen las cosas que tú dices.

—No la vayas a perder —dijiste.

No supe a qué te referías, o me dije que no lo sabía.

Bajé la vista a la libreta abierta sobre las piernas y cerré la mano encima, sobre las hojas, y me la apreté contra el cuerpo un momento, igual que apretaba el objeto allá adentro para que el sitio no me lo cambiara de lugar.

Después seguí, y por dentro le resté a tu frase el peso que tenía, porque a esas alturas yo creía que ya no había nada de aquel lugar que se me pudiera perder: lo tenía medido, le había encontrado la vuelta, entraría cuando yo dijera y saldría cuando yo dijera.

Lo tenía domado.

Eso creía, con la libreta apretada contra el pecho, aquella noche.