06 - La luz dorada

~20 min de lectura

No me sacaron.

Ésa fue la primera cosa que entendí aquella noche, sentado como estaba con el objeto apretado contra el pecho, esperando el tirón que otras veces —no muchas, pero algunas— me había arrancado del sitio en cuanto la cosa quedaba en mi mano.

El tirón no vino.

Conté hasta un número alto y después dejé de contar, porque contar era una manera de seguir esperando, y yo ya empezaba a saber que esperar, ahí dentro, no era hacer nada.

El sueño azul seguía cerrado sobre mí.

El suelo no estaba frío del todo, sólo duro y liso y sin temperatura, como todo en aquel lugar, y yo continuaba encima con las piernas dobladas y el puño apretado, muy quieto, por si la quietud servía para algo.

No servía.

Eso también lo fui sabiendo despacio, del mismo modo en que uno sabe que ha dejado de llover porque hace rato que no se moja, no porque haya visto parar el agua.

Nada se movía porque yo estuviera quieto.

Los muros no se acercaban ni se abrían; las vetas oscuras que corrían muy despacio por dentro del vidrio que no era vidrio seguían su camino lento, indiferentes a que yo estuviera sentado o de pie, vivo o rendido.

Podía quedarme ahí toda la noche apretando mi premio contra las costillas y el sitio no me iba a premiar por eso.

Me levanté.

No me levanté con esperanza; ya iba por mi cuarta vez y la esperanza se me había ido gastando como se gasta la suela de un zapato, sin que uno vea el día exacto en que se acabó.

Me levanté porque sentarme no abría nada, y era lo único que tenía claro.

De pie, con el objeto guardado ahora en el puño y el puño metido contra el cuerpo para que el sitio no me lo cambiara de lugar también a él, empecé a caminar, y ahí noté una cosa que no me había pasado las veces anteriores, o que me había pasado pero sin que yo la sintiera como mía.

El cuerpo iba medio paso por delante de mí.

No es que yo decidiera doblar a la derecha y luego el cuerpo obedeciera; era que el pie ya había doblado cuando yo todavía estaba pensando si convenía doblar.

Leía los muros sin darme cuenta de que los leía.

Las vetas se agitaban un momento justo antes de que un muro se moviera, un temblor pequeño en lo oscuro de la sustancia, río negro que se apuraba de golpe, y ahora, sin pensarlo, me apartaba de las paredes que se agitaban y me pegaba a las que estaban quietas.

Aprendí a caminar rozando los muros calmos con el hombro, porque los muros calmos no traicionan, y a no fiarme del suelo, que ahí abajo se aclaraba y reflejaba de más y me devolvía mi propia figura torcida cada vez que bajaba la vista, como para recordarme que no estaba solo aunque no hubiera nadie.

El eco de mis pasos me llegaba siempre un latido tarde, un caminar ajeno pisándome atrás con mi mismo compás, y ya ni eso me sobresaltaba.

Antes me volteaba a mirar.

Aquella noche dejé que el eco se atrasara y no me volteé, y gané fondo, y el fondo se abría siempre en más laberinto.

Los pasillos se repetían con esa maldad tranquila de repetirse iguales pero nunca del todo: el mismo recodo con una veta de más, el mismo cruce con el suelo un poco más claro, de manera que uno no podía saber si estaba avanzando o dando vueltas sobre lo ya andado.

Yo los iba comiendo con una soltura que no me había pedido a mí mismo.

No me alegró.

Sólo me di cuenta de que algo se me había vuelto oficio sin permiso —el ojo para las vetas, el hombro para el muro quieto, el no voltearme— y que ese oficio no me había costado querer aprenderlo; se me había metido dentro de tanto perder.

Seguí.

Fue así, casi sin buscarla, como di con la segunda luz.

Estaba en un recodo, metida contra el suelo, que ahí abajo reflejaba más que los muros, de modo que la luz venía doble: la de arriba y la que el piso devolvía, temblando.

Blanca.

La reconocí antes de acercarme, porque el blanco de aquel lugar era un blanco que uno no confunde con nada una vez que lo ha visto, un blanco que no calienta ni hace sombra.

Blanca quería decir cosa.

Y con las luces blancas yo ya había aprendido lo que había que aprender, aunque lo hubiera aprendido al revés: la primera vez, la primerísima, tuve una en la mano y la solté, creyéndola un truco más del sitio.

Cayó sin ruido, y al tocar el suelo se deshizo en un polvo gris que se llevó un aire que yo no llegué a sentir, sin cortarme, sin sonar.

No supe entonces lo que soltaba.

Las blancas no se rompen. Las blancas se toman.

Me agaché despacio, con el otro puño todavía cerrado sobre el primer objeto, y estiré la mano abierta hacia la luz del suelo, y la cosa se dejó tomar como se deja tomar algo que llevaba esperándote, tibia sin estar tibia, con un peso que llegaba después de que ya la tenías agarrada.

Dos.

Me quedé un momento en cuclillas con una cosa en cada puño, y en vez de sentir que iba ganando el doble sentí lo contrario, y no lo entendí en el acto.

Tenía dos objetos y el lugar seguía igual de cerrado que cuando no tenía ninguno.

Uno no me había abierto la salida; dos tampoco.

Me incorporé y miré alrededor, los muros que se oscurecían hacia arriba y se aclaraban hacia mis pies, la sombra azul que hacía de techo, los pasillos que volvían a repetirse, y por primera vez en la noche se me subió algo caliente a la garganta, algo que no era miedo sino rabia: había hecho bien todo lo que sabía hacer, y no alcanzaba.

Apreté los dos puños.

Dije una palabra que no voy a repetir aquí.

El eco me la devolvió un latido después, más baja, como burlándose de que la hubiera dicho.

Y entonces volvió la dorada.

La vi doblar al fondo de un pasillo, del lado por donde yo no venía, con ese color que en aquel sitio de azules y blancos no tenía derecho a existir: un dorado suave, de vela, de cosa que uno recuerda de una casa antes de que fuera de nadie.

La conocía.

Me había salido al paso en las corridas anteriores, siempre lejos, siempre corriéndose un poco más allá cuando yo hacía por acercarme, y siempre —eso me lo había repetido a mí mismo como quien se aprende una oración para no rezar otra— la había tomado por cebo.

No todo lo que brilla es oro, me había dicho el hombre corriente la primera vez, con una de sus caras, sonriendo como si me regalara algo, y yo me había guardado la frase y la había usado contra la luz dorada cada vez que la veía, esquivándola, dándole la espalda, buscando por los pasillos oscuros la cosa blanca que sí valía.

Así había ganado antes.

Así creía yo que se ganaba.

Aquella noche no me quedaban cartas.

El objeto no abría; dos objetos tampoco; sentarme no abría; caminar con oficio sólo me daba más laberinto.

La dorada era lo único que yo nunca había probado, por la única razón de que siempre me había prohibido probarlo.

Fui hacia ella.

No fui por fe. No creí de repente que fuera buena.

Fui porque era lo que faltaba por descartar.

Al principio se portó como lo que yo pensaba que era.

Me acerqué y se corrió.

Aceleré y aceleró, siempre a la misma distancia, doblando esquinas con una gracia que no tenía nada de casual, y sentí la vieja tentación de rendirme y decirme ves, era cebo, tenías razón desde el principio, esa voz cómoda que uno lleva por dentro.

No la dejé de seguir.

Ésa fue toda la diferencia, y aquella noche me pareció poca cosa y después supe que no lo era: no la abandoné.

Entonces la perdí al doblar.

Doblé la esquina medio segundo tarde y el pasillo de adelante estaba vacío, dorado por ningún lado, sólo azul y el brillo del suelo, y en el momento en que la dejé de ver me pasó algo que no sé contar bien porque por dentro no se sintió como una pérdida sino como una limpieza.

Se me fue de la cabeza.

No que se me olvidara adónde iba: es que dejó de haber un adónde.

Me encontré parado en mitad del pasillo sin saber por qué caminaba de prisa, con los dos puños cerrados y el pecho agitado y ninguna razón para el pecho agitado.

Miré a un lado y al otro.

Pensé en sentarme.

Estuve, de hecho, a punto de volver por donde venía, tan tranquilo, como quien se despierta a mitad de un mandado y ya no sabe a qué salió.

Y entonces la vi de reojo, otra vez lejos, otra vez dorada, doblando por el fondo, y con ella volvió la razón entera de golpe, y con la razón volvió el susto de haberla tenido y haberla soltado sin darme cuenta.

No voy a explicar aquí lo que aquella noche sólo padecí.

Diré nada más que aprendí, a los tropezones y con el corazón golpeándome, que a esa luz no se le podía quitar el ojo de encima.

Que en el instante en que dejaba de verla, dejaba de existir para mí, y yo quedaba huérfano de mi propio propósito en mitad de un pasillo.

Que había que seguirla sin darle la espalda ni un instante, caminando casi de lado, torciendo el cuello, tropezando con mis propios pies por no bajar la vista al suelo.

Y que el sitio lo sabía.

Porque en cuanto entendí que tenía que mirarla, los muros empezaron a moverse para taparla.

Se corrían despacio, con su sonido de roca arrastrada, y venían a ponerse justo en la línea entre sus ojos y los míos, un muro y después otro, calculados, nunca a mi favor.

Yo tenía que adivinar por dónde volvería a asomar y correr a ese hueco antes de que se cerrara.

Y correr de lado no es correr: es pelearle al propio cuerpo, que quiere enderezar la cabeza y mirar hacia donde van los pies, y yo se lo prohibía, el cuello torcido, la barbilla clavada contra el hombro, las piernas avanzando medio a ciegas por un suelo que casi no veía.

Me ardían los muslos de ir así, agachado y cruzado; me ardía la nuca de tenerla tanto rato vuelta hacia un solo lado; respiraba por la boca y el aire de allá adentro, que no era aire, me raspaba igual.

Un muro me nació de la izquierda, liso, subiendo del piso sin prisa, y alcancé a colarme por el filo que todavía dejaba antes de que sellara, rozándolo con todo el costado, y del otro lado la luz seguía ahí, un poco más lejos, esperándome con esa paciencia falsa.

Otro me creció de frente y no me dio filo ninguno; ése lo tuve que rodear entero, corriendo pegado a su cara fría con la mano extendida tocándolo para no perder el borde, y la luz se me apagó detrás de la piedra y volví a quedar huérfano hasta que doblé y la recuperé.

Dos veces me equivoqué de hueco y me di contra el muro, de hombro y de rodilla, la piedra tan lisa que ni siquiera dolía como duele un golpe honrado, sólo me frenaba en seco y me devolvía al sitio sin marca; y las dos veces, mientras me recomponía, la busqué a los tirones con la mirada por miedo a que ese pestañeo mío hubiera bastado para perderla, y las dos veces seguía ahí, corriéndose apenas, aguardándome con una calma que ya no sé si era del sitio o mía.

Una vez un muro entero se me cruzó por delante cuando la luz estaba a tres pasos, y me quedé pegado al vidrio frío buscándola por el reflejo, porque hasta en el reflejo torcido del muro alcanzaba a verla si me pegaba lo suficiente, y así, mirándola de soslayo en la superficie que me la devolvía deformada —estirada, partida en dos por una veta, temblando como una llama metida debajo del agua—, la rodeé sin perderla.

La roca arrastrada no paraba de sonar, un rumor bajo y sin fin por todos lados, piedra contra piedra, y las vetas se agitaban por todos lados a la vez, oscuras, apuradas, adelantándose unas a otras, como si el lugar entero se hubiera puesto nervioso de que yo por fin estuviera haciendo lo correcto.

Cuánto duró eso no lo sé.

El tiempo ahí dentro no se medía; se aguantaba.

Sé que doblé más esquinas de las que tiene ningún laberinto que se pueda dibujar, y que a la luz no la volví a soltar, y que en algún momento el dorado dejó de correrse.

Se quedó quieta.

Y detrás de ella, donde no había habido más que muro, había una abertura.

Salí.

Lo escribo así, corto, porque así fue: un paso más, con los ojos todavía clavados en la luz por miedo a perderla, y del otro lado ya no era el laberinto.

El aire cambió; no de temperatura, que allí nada tenía temperatura, sino de cierre, como cuando uno sale de un cuarto tapiado a un zaguán y siente que el techo se le sube encima aunque no lo vea moverse.

Y de pie en el umbral, con las cosas apretadas en los dos puños y el pecho todavía subiendo y bajando, entendí una cosa con el cuerpo mucho antes de entenderla con la cabeza: la luz dorada era la salida.

No un cebo.

Había sido la salida todas las veces, desde la primera, mientras yo le daba la espalda con mi orgullo de novato.

El detalle más importante, el que nunca me quedaba anotado.

Esa noche el oro sí era el camino.

Y por fin, todavía en el umbral, saqué la libreta que me colgaba con su cordel y el bolígrafo negro que le colgaba a ella, y lo anoté.

No me acuerdo con qué palabras.

Me acuerdo de la mano temblando y de las ganas casi feas de dejarlo escrito antes de que se me olvidara, no fuera a ser que aquel sitio me lo quitara también.

—Dos —dijo una voz.

Levanté la cabeza.

Era el que reparte, con una cara que no había tenido nunca antes, la de un hombre de mediana edad, común, de esos que uno cruza en la fila del banco y no vuelve a ver ni a recordar.

Estaba en el umbral como si el umbral fuera suyo, que a lo mejor lo era.

Tenía la mano abierta hacia mí.

Le puse encima los dos objetos, uno y luego el otro, y ahí fue cuando pasó la cosa pequeña que aquella noche casi no vi y que después no se me pudo borrar.

Cerró la mano sobre el primero con la misma cortesía tranquila de siempre.

Y al sentir el segundo caer sobre el primero, se detuvo.

Nada más un instante, pero un instante que en él no cabía, porque hasta entonces no había hecho un solo gesto que le sobrara.

La mano, que ya se cerraba, se le quedó a medio cerrar, con los dedos curvados sobre las dos cosas sin terminar de apretarlas, como si de golpe pesaran distinto de lo que su mano tenía calculado.

Las hizo rodar una vez contra la palma, despacio, con el pulgar, igual que quien cuenta una moneda con la que no contaba.

Bajó los ojos a su propia mano, a las dos cosas juntas, y se demoró ahí más de lo que un hombre se demora en mirarse la mano, un segundo entero, dos, y después los subió a mí, y en ese subir hubo algo que no había habido antes, una recalculada, la mirada de quien creía saber cuánto pesaba lo que tenía delante y descubre que se equivocó por poco.

No dijo lo que pensó.

Los que reparten nunca dicen.

Pero me miró como se mira a alguien que resulta no ser el que uno tenía apuntado en su lista, y volvió a componer la cortesía enseguida, tan rápido que si yo hubiera parpadeado no lo habría visto.

Lo vi. No lo entendí. Tardaría.

—Quedamos a mano —dijo, y cumplió lo que me había prometido a la entrada.

Yo ni me acordaba de qué me había cobrado.

A la entrada me había puesto una de sus caras y me había dicho que me pagaba con lo que hubiera dentro, tráemelo y quedamos a mano, y había sentido un tirón por dentro, en algún lado que no se toca con la mano, y me había dicho a mí mismo, para no quedarme pensándolo, que si no lo extrañaba en el acto no valdría gran cosa.

Así que cuando el hombre corriente estiró la otra mano hacia mí, no supe qué esperar, porque no sabía qué me faltaba.

Y algo volvió.

No lo puedo contar mejor que así.

No fue que me acordara de una cosa; fue que una cosa que hacía rato no estaba volvió a estar, y sólo al volver me enteré del hueco que había dejado, un hueco del tamaño exacto de lo que entró a llenarlo.

Fue como cuando a uno le destapan un oído.

Y lo sentí en el cuerpo antes que en la cabeza: un calor que me subió del esternón a la garganta, sin aviso, y una presión detrás de los ojos, ahí donde uno aguanta lo que no quiere que se le note.

Y luego, una por una, nítidas, las cosas.

De pronto pude oler —ahí, sin nada que oler, en aquel sitio sin aire de verdad— el olor a pan del horno de una esquina, uno concreto, con su hora concreta, las cinco de la tarde y el calor todavía pegado a la acera.

De pronto una cara que se me había ido nublando, como detrás de un vidrio empañado, se me puso nítida, con un lunar bajo el ojo izquierdo que yo no sabía que había olvidado hasta que lo tuve otra vez, entero, delante.

Y un gesto: una mano que se estiraba y me apartaba el pelo de la frente, hacia atrás, despacio, con el dorso primero y luego con los dedos, un gesto que mi propia frente reconoció antes que yo, como si la piel se acordara por su cuenta de haber sido tocada así muchas veces.

Y un sabor, el último en llegar y el que más adentro me pegó: el de una cuchara soplada, tibia, acercada despacio a mi boca después de que alguien le quitara el humo con el aliento, un caldo cualquiera enfriado a la medida de una boca chica que todavía no sabía enfriarlo sola.

No sé de quién era la cara.

Lo escribo hoy y sigo sin saber de quién, y eso es lo que más me cuesta escribir.

No sé de quién era la mano.

No sé de quién era el aliento que enfriaba la cuchara.

Pero aquella noche, en el umbral, no me hizo falta saber de quién eran para que se me aflojara algo en el pecho, un peso que yo venía cargando sin haberlo sentido pesar, de esos que uno sólo nota cuando se los quitan.

Se me humedecieron los ojos y me sentí ridículo por eso, ahí parado delante del que reparte, con la cara mojada por algo que ni podía nombrar.

La cuenta, por primera vez, iba a mi favor.

Le había dado dos cosas y me llevaba una de vuelta, la mía, y la mía pesaba más que las dos suyas juntas.

Eso lo sentí clarísimo y no me lo expliqué, y hasta hoy prefiero no explicármelo del todo.

El tirón llegó ahí.

El de verdad, el que en la otra corrida había esperado sentado en el suelo y no vino.

Vino cuando ya no lo llamaba.

El umbral, el hombre corriente, el dorado, todo se fue de golpe hacia atrás como si me hubieran halado de la nuca, y el sueño azul se cerró de una vez, no sobre mí sino a mis espaldas, y del otro lado estaba lo otro.

Lo otro era mi cuerpo.

Molido.

Desperté con la boca seca y el cuello torcido y los brazos pesados como si en vez de caminar por un laberinto me hubieran tenido cargando sacos toda la noche, porque el tiempo de allá adentro no era tiempo de sueño; era tiempo entero, hora por hora, y mi cuerpo las había dormido todas y todas le habían cobrado.

Me dolía la espalda de verdad.

De allá no traje nada, como no se trae nada nunca: ni libreta, ni bolígrafo, ni objeto, nada que se agarre con los dedos.

Lo único que crucé conmigo esa vez fue eso que había vuelto, el olor y la cara y la mano en mi frente, y eso sí venía adentro, metido donde no hay puños que revisar.


Y ahí, Alder, es donde llego cuando lo cuento hasta el final: a la primera vez que gané.

Lo digo y suena a poco.

Gané.

Encontré la cosa, encontré la segunda, encontré la salida, se la di, me devolvieron lo mío, desperté.

Puesto en fila, es una noche que salió bien, la primera de tantas que después salieron bien.

Pero hay una parte que me cuesta más que todo lo demás, y la digo aquí porque en la celda no cuesta lo mismo que costaría afuera, no sé por qué, contigo cuesta menos aunque tú no hagas nada por que cueste menos, aunque estés en lo tuyo mirando esa pared como si en la pared hubiera algo.

Al despertar, molido, con la espalda partida y la boca seca, con lo mío recién devuelto todavía tibio por dentro, no sentí alivio de haber salido.

Lo busqué.

Me dije ya estás afuera, ya se acabó, deberías estar aliviado.

No estaba.

Lo que sentí, y me da vergüenza decirlo, fueron ganas de volver.

No por las cosas, que allá se quedan y ni son mías.

Por ser, allá adentro, alguien que gana.

Por estar, por una vez, en un lugar donde no estorbaba.

Bajé la vista a la libreta sobre mis piernas y no escribí nada, porque eso no se anota.

Tú dijiste una sola cosa.

No me miraste al decirla, seguías con lo tuyo, y no vino como pregunta ni como consuelo, cayó ahí sin puerta, del modo en que caen las cosas que tú dices.

—El que gana en un cuarto cerrado —dijiste— sigue en el cuarto.

No te contesté.

No supe qué contestar y tampoco me pareció que hubiera que contestar.

Me quedé mirando la nada un rato, como venía haciendo, y al cabo bajé otra vez el bolígrafo y seguí escribiendo lo mío.

Sólo mucho después, contándotelo ahora, me doy cuenta de que aquella noche, sin proponérmelo, empecé a escribir distinto de como había pensado escribir, más para adentro, como si escribiera para alguien y no para acordarme, y no sé de dónde me salió, y ya no dejé de escribir así.