05 - La mala costumbre

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No sé cuánto llevaba hablando.

En esa habitación no había manera de saberlo: ni ventana, ni reloj, ni una sombra que se corriera por el piso para marcar la hora, solo la luz de arriba cayendo pareja sobre todo, igual al principio que al final de lo que uno contara.

En el relato había llegado hasta la parada de bus, hasta el cuaderno con las rayas en el margen, y ahí me había frenado, porque lo que seguía todavía no sabía cómo se dice.

Alder estaba en lo suyo. Lo estaba siempre, esa parte de él metida en algo que no era yo y que le tomaba casi todo, y por encima de eso, apenas, la atención que me dejaba, que aun así llenaba el cuarto y no me soltaba.

Yo hablaba con la boca seca y él ni pedía agua ni la ofrecía; se limitaba a estar, pesando, mientras yo buscaba por dónde seguir.

—La primera que ganaste —dijo—. Ésa.

No hacia mí; hacia un punto de la pared donde no había nada. Una frase de las suyas, sin puerta, de esas que soltaba y dejaba caer sin esperar que yo hiciera nada con ellas.

Y yo, sin decidirlo, sin darme cuenta de que le estaba haciendo caso, me fui derecho a esa noche.

Nunca la había llamado ganar. Gané, quizás, si a aquello se le puede poner esa palabra; pero cuando pienso en esa noche no es ganar lo que me viene.

Me acomodé contra la pared acolchada, bajé los ojos al piso, y me solté hacia adentro, hacia el único sitio de esa habitación que no era esa habitación.

Volví, entonces.


Esa noche no peleé.

Había peleado seis días con el sueño y había perdido el examen igual, y una vez que uno pierde lo que estaba cuidando se le acaban las ganas de cuidar el resto.

Ya no quedaba materia que reprobar, ni fila de cafetería a la que bajar, ni mensajes de Lucas que tardar un día en no contestar; había ido vaciando cada cosa de su contenido sin darme cuenta, con una razón razonable para cada una, hasta quedarme con las noches limpias y sin nada que defender en ellas.

Así que me acosté temprano, apagué la lámpara y, en lugar de resistirme, dejé que me llevara, casi con alivio, sin pelear el momento en que la cama dejaba de ser cama y pasaba a ser otra cosa.

No hubo cuenta regresiva en la palma esa vez; en mi cama nunca la hubo, y para entonces yo ni la buscaba.

Hubo la oscuridad de mi cuarto un momento y después la otra, la que no era mía, y de pronto ya estaba de pie frente a la figura que reparte las misiones.

Cara nueva, como siempre. Esta vez era un hombre común, de camisa corriente y manos de no hacer nada en particular, de esos que uno cruza en una fila del banco y no vuelve a recordar.

Nada de generales de bigote, nada de jóvenes de esmoquin blanco, ninguna de las caras que se anuncian antes de hablar.

Y sin embargo era peor así, más liso, más difícil de agarrar; del rostro no me quedó gran cosa, esos rostros se van entre los dedos, siempre, pero debajo de la cara corriente estaba lo de siempre, esa presencia que no se acomoda del todo en el nombre de hombre, esa sensación de estar parado frente a algo que te calcula por dentro para ver cuánto rindes.

Con los otros, con el general o el del esmoquin, al menos había un disfraz al que agarrarse, un personaje que uno podía mirar y decirse que era eso, un personaje.

Con este hombre común no había nada.

Era como si el sitio hubiera dejado de molestarse en vestirse para mí, y esa falta de esfuerzo, más que cualquier cara terrible, me dijo una cosa que entonces no supe leer: que yo ya no era nuevo aquí.

Estábamos en ninguna parte.

No había cuarto alrededor, ni piso que yo pudiera señalar, solo él y yo y una claridad sin bordes, y aun así en el aire había algo de sala de espera, de trámite, de sitio donde a uno lo atienden y lo despachan.

—Volviste —dijo, y en la boca de esa cara sin nada las palabras salieron tibias, casi amables—. Ya sabes por qué.

—Vine a terminarlo —contesté, y me oí más firme de lo que estaba, con esa firmeza prestada que da haber sobrevivido dos veces a un lugar.

—Terminarlo —repitió, saboreando la palabra, y algo se le rió por dentro sin llegar a la cara—. Sí. Vamos a ver.

Estiró una mano, no del todo hacia mí, más bien hacia el aire entre los dos, con la calma de quien no tiene que insistir porque sabe que va a cobrar igual.

Hubo el tirón. Ya lo conocía: corto, en un lugar que no es la cabeza ni el pecho, ni siquiera desagradable, apenas un jalón limpio de algo que se suelta sin doler, como cuando se despega una curita vieja que ya no pegaba.

La otra vez me había quedado revisándome por dentro un rato largo, repitiéndome el nombre y el camino de vuelta a casa, buscando el hueco. No lo hice esa noche.

Ya había aprendido que buscar el hueco no sirve de nada, que uno no encuentra lo que ya no está para encontrarse, y que lo único que saca de revisarse es el susto de no hallar el susto.

Así que dejé caer los hombros y lo dejé pasar. Algo se había ido.

No sabía qué, no iba a saberlo, y me dije —con esa facilidad que me daba yo mismo para las cosas feas— que si no lo extrañaba en el acto sería porque no valía tanto. Es la clase de cuenta que uno se hace para no tener que hacer la otra.

—Tráeme lo que hay dentro y quedamos a mano —dijo el hombre corriente, y no supe si hablaba de lo que acababa de llevarse o de otra cosa más grande que ninguno de los dos había nombrado.

Bajó la mano, satisfecho, y me miró un segundo más de lo necesario, con esa atención de quien espera algo de ti y todavía no sabe cuánto.

Después hizo un gesto de nada hacia un costado, franqueándome una puerta que no estaba, y la claridad sin bordes donde estábamos se deshizo alrededor de mí.

Aparecí frente a la boca del laberinto.

La reconocí antes de pensarla. Ni la miré bien: el cuerpo se me había adelantado, ya sabía la altura de esas paredes sin levantar la vista, ya se hacía a lo estrecho que se ponía todo al meterse uno entre ellas, ya contaba con que el azul subiera hasta perderse en esa penumbra de arriba que en tres corridas no me dejó saber si tenía cielo o si seguía para siempre.

La tercera vez que lo tenía delante. Y por primera vez, al verlo, no se me cerró el estómago.

Al contrario: algo en el pecho se aflojó, un descanso de estar por fin en un sitio cuyas reglas empezaba a conocer, y crucé la ranura casi con ganas.

Eso debí anotarlo. No lo anoté.

Entré. El pasillo se cerró detrás con ese roce de piedra sobre piedra que no debería hacer una pared de vidrio, y esta vez el ruido no me sobresaltó, porque ya lo esperaba.

Adentro el aire tenía la quietud sin temperatura de siempre, ese aire que no roza la piel, y el suelo azul, que reflejaba más que los muros, me devolvió mi figura estirada y borrosa cuando bajé la vista.

Saqué la libreta. La llevaba siempre de este lado, con el bolígrafo negro colgando del lomo por un cordel; la había extrañado en la parada del bus, entera y llena de mi letra, y esa misma noche la tenía otra vez entre las manos, aquí, donde nunca me había faltado.

No la abrí para dibujar ningún mapa. Ya no había mapa que valiera; lo había entendido en la corrida anterior, sentado en un pasillo: a ese lugar no se lo camina con un dibujo, porque el dibujo envejece a los tres pasos.

A ese lugar se lo lee. La libreta era para eso ahora: para medir, no para copiar.

En la primera hoja limpia marqué un ancla, un trazo cualquiera, y debajo dejé sitio para los números que fuera a sacarle al sitio esa noche.

Era poco. Era mío. Y en aquel lugar lo que no se escribía, el lugar te lo borraba.

Y esa noche lo leí.

Cuesta explicar cómo, porque no fue una cosa que hiciera con la cabeza, con un cálculo hecho a propósito, sino con algo más abajo, con el cuerpo entero puesto a la escucha.

Iba andando y sabía, antes de verlo, hacia dónde iba a correrse el muro de más adelante; no siempre, pero sí lo bastante para no volver a darme contra una pared donde mi cabeza esperaba un paso.

Contaba los pasos entre un quiebre firme y el siguiente, y cuando el número no cuadraba a la vuelta ya no me detenía a asustarme: sabía cuánto se había movido la pared y para qué lado, y descontaba esa diferencia sin dejar de andar y sin bajar la vista.

Las vetas oscuras que corren por dentro del material, esas que la vez anterior me distraían y me hacían perder el hilo, ahora me servían: había aprendido que se agitaban un momento antes de que se moviera el muro que las llevaba, que eran como el temblor del agua un instante antes de que salte el pez, y me puse a seguirlas con los ojos para ir por delante de lo que anunciaban.

Hubo un tramo en que me salió bien tres veces seguidas, y esas tres veces me acuerdo mejor que de casi nada de esa noche.

Un muro que, según la cuenta, tenía que correrse a mi derecha en cuanto pasara el quiebre; me detuve medio paso antes, lo dejé moverse, y crucé por el hueco que él mismo abrió al correrse, en vez de estrellarme contra donde había estado un momento atrás.

Otro que se cerraba a mis espaldas apenas doblaba: aprendí a no voltear, a fiarme del número y no de la vista, porque la vista en ese sitio siempre llegaba tarde a lo que ya había cambiado.

Gané terreno de verdad, hacia el fondo, hacia donde el azul se hacía más denso y los pasillos más cerrados.

El laberinto probó conmigo las mismas mañas de siempre —corrió una boca a mis espaldas, se reacomodó en los bordes donde creía que yo no lo veía hacerlo— y por primera vez sus mañas no me sirvieron de trampa sino de aviso: cada vez que se movía me decía dónde no quería que yo fuera, y yo juntaba sus negativas y armaba con ellas, al revés, el camino.

Se reordenaba, y yo me reordenaba con él, medio paso por delante. Por primera vez no iba detrás del laberinto. Íbamos juntos.

Y sin darme cuenta del todo, empecé a estar a gusto.

Los pies me caían solos en el sitio justo, sin que tuviera que pensarlos, y el cuerpo doblaba en los quiebres un momento antes de que yo lo mandara, como se dobla a oscuras en el pasillo de la casa donde uno creció, sabiendo que la esquina está donde siempre estuvo.

La mano iba rozando el muro al pasar, no de miedo, no buscando dónde agarrarse, sino de puro andar.

El eco me llegaba tarde, un poco después del pie, y había dejado de sonarme raro.

Andaba por esos corredores azules con una soltura que no me sentía en ninguna otra parte: ni en el bus de las seis con la frente contra el vidrio, ni en la cocina con el plato delante y mi madre preguntándome si había dormido, ni en el pupitre donde no había sido capaz de escribir una palabra.

Afuera se me caían las cosas de las manos y perdía el hilo a media frase; aquí adentro leía el sitio, me adelantaba al sitio, le ganaba terreno.

Afuera estorbaba. Aquí no.

Y sin embargo el cuerpo llevaba su propia cuenta, la única que ese lugar no me podía falsear.

El hambre iba subiendo despacio desde el fondo del estómago, la de las horas de verdad; las piernas me pesaban con el peso de lo caminado; la boca se me secaba y no había en todo el sitio nada con qué mojarla.

Yo ya lo había medido, lo había escrito con la letra apretada: adentro el tiempo va igual, uno a uno, minuto por minuto, sin descuento.

De modo que ese cansancio no era de mentira. Era vida de la de afuera, gastada aquí, tiempo que se iba y no volvía mientras mi cuerpo dormía sobre unos apuntes sin saber cuánto le quedaba.

Cada muro que leía bien me estaba costando exactamente lo que marcaba el reloj que no podía ver, y aun así lo pagaba sin regatear, contento de andar tan suelto por lo que me estaba comiendo.

Lo sabía, y andaba a gusto igual. Eso es lo que no dije, ni a Alder ni a mí.

Y entonces, al fondo de un pasillo que se estrechaba, vi la luz.

No la dorada. La dorada la conocía; la había visto en las dos corridas anteriores, cálida, tibia, siempre a la misma distancia por más que caminara hacia ella, y las dos veces le había dado la espalda a propósito: la primera después de ir tras ella hasta agotarme, cuando entendí que era un cebo y me sobró orgullo por haberlo visto a tiempo; la segunda ya sin ir, descartándola de una.

Esta tercera ni la descarté: la crucé de refilón, brillando al fondo de otro corredor, y el cuerpo ya se había girado antes de que yo decidiera nada, por puro hábito, como se esquiva una puerta que uno da por cerrada de tanto pasarle al lado.

Un cebo, me dije de paso, sin frenarme; en un sitio que no regala nada una luz tan tibia y tan a mano solo podía serlo, y yo ya no era tan novato.

Iba tras otra cosa, la que sí se dejaba ganar, y en perseguirla se me gastaba la corrida entera; la dorada seguía al fondo, quieta, sin pedir más que ir hacia ella, y era lo único que yo nunca había probado.

Alcancé apenas a mirarla de reojo antes de meterme por otro lado.

Ésta era otra. Era blanca, fría, sin nada de tibio, una claridad dura que salía de un punto bajo, al final del pasillo estrecho, sobre una repisa labrada en el mismo muro.

Y algo en mí se puso alerta de otra manera, no de miedo sino de reconocimiento, porque una luz así ya la había visto una vez, la primera de todas, colgando de un pedazo de espejo que yo destruí creyéndolo truco.

Aquella vez rompí lo que brillaba y lo vi deshacerse en un polvo gris que no entendí. No supe entonces lo que rompía.

Pero algo me quedó de aquello, una lección torcida que el cuerpo guardó mejor que la cabeza: que no todo lo que brilla en ese lugar hay que romperlo, y que a lo mejor la vez que lo rompí perdí más de lo que creí ganar.

Así que esta vez no lo rompí.

Fui hacia la luz sin correr. Ésa es la diferencia, y es toda la diferencia.

La vez anterior, cuando tuve un objeto a diez pasos, me lancé desesperado y los muros se me cerraron delante de las narices y me dejaron con la mano en el aire frío del hueco.

Esa noche no me lancé. Vi el pasillo estrecharse por los dos lados, despacio, las paredes viniendo sin ruido y sin junta, y en vez de asustarme medí.

Medí lo que se cerraba y lo que me faltaba, y supe —lo supe con el cuerpo, antes que con la cuenta— que si entraba ahora, con este paso y no con el siguiente, llegaba.

Entré. Los muros me pasaron rozando los hombros, uno por cada lado, tan cerca que sentí su frío sin temperatura contra la ropa, y yo ya tenía el brazo estirado y la mano abierta sobre la repisa.

Y esta vez la cerré.

Lo tomé. Lo tuve. Sentí el cosquilleo de esa luz blanca en la piel un instante antes de tocarlo, y después el peso —poco, menos del que su forma prometía— asentándose en la palma.

Cabía en el hueco de la mano, y tenía ese contorno que se le resiste a uno a la mirada, la misma manera de escaparse a los ojos que tenían las caras del que reparte las misiones: entre más lo miraba, menos podía decir qué era, solo que era mío, que lo había ganado, que no lo iba a soltar.

Nunca supe qué era. No me dio tiempo de averiguarlo, y prefiero dejarlo así antes que ponerle ahora un nombre inventado para tapar el hueco.

Lo cerré en el puño, contra la palma, y por un segundo —un segundo entero, largo, el primero de esa clase que me dio aquel lugar— sentí algo parecido a la calma. No la alegría.

La calma seca de haber hecho por fin la cosa por la que venía.

Los muros terminaron de cerrarse detrás de mí, sellando el pasillo por donde había entrado, y no me importó, porque ya tenía lo que había venido a buscar y ahora, pensé, ahora se acaba.

Me quedé quieto, con el puño cerrado, esperando el tirón.

Porque así terminaban las cosas ahí. Lo sabía por dentro, aunque nunca me lo hubieran dicho con esas palabras: uno cumple, y algo lo saca, un despertador, un frenazo, un golpe en la puerta, y de vuelta al mundo con el cuerpo cansado y la cuenta hecha.

Cerré los ojos y esperé el jalón que me devolviera a mi cama, o al bus, o a donde fuera que estuviera durmiendo mi cuerpo a esa hora.

Lo tenía en la mano. Era eso lo que pedían, ¿no? Tráeme lo que hay dentro, había dicho la cara corriente.

Lo tenía apretado hasta clavarme el contorno en la palma. Esperé lo que me pareció mucho, con los ojos cerrados y la respiración contada, seguro de que en cualquier momento el sitio me escupiría de vuelta.

No pasó nada.

Abrí los ojos y el laberinto seguía ahí, entero, azul, indiferente, tan puesto en su sitio como si yo no cargara nada.

La luz sin fuente seguía cayendo de todas partes y de ninguna. El aire seguía sin tocarme.

Los muros seguían con su temblor lento de vetas por dentro, reacomodándose a mis espaldas con esa paciencia sin apuro que ya conocía, como si el objeto en mi mano no hubiera cambiado nada para nadie más que para mí.

Esperé un poco más, todavía sin creerlo, todavía diciéndome que estas cosas a veces tardan, que ya vendría el tirón, que solo tenía que darle tiempo. Le di tiempo. El sitio no se inmutó.

Volví sobre mis pasos hasta donde me pareció que había aparecido, a la boca del laberinto, pensando que a lo mejor la salida era un lugar y no un premio, que en alguna parte habría un umbral por el que se entra y se sale, y que bastaba con dar con él.

La boca no estaba. En su lugar corría un pasillo más, idéntico a todos, que se perdía en el azul de siempre.

Ni el hombre corriente, ni su claridad sin bordes, ni una puerta: solo yo, el objeto y el sitio.

Y la sospecha, todavía sin forma, de que haberlo encontrado no era el final de nada.

Y ahí, de pie en medio de un pasillo que no llevaba a ninguna parte, con el premio clavándoseme en la palma, empezó a subirme por la espalda una cosa fría que no era la de siempre.

Todas las otras veces el miedo había venido de perder: de no encontrar, de no llegar, de quedarme sin lo que buscaba.

Esto era nuevo, y era peor, porque no tenía forma.

Yo había encontrado. Tenía la cosa en la mano, cerrada, segura, mía, ganada con todo lo que había aprendido a fuerza de perder. Y no me servía de nada.

El lugar no me soltaba. Había hecho todo lo que había que hacer, había cumplido la parte del trato que entendía, y el sitio seguía cerrado sobre mí como si nada de lo que yo hiciera desde adentro pudiera abrirlo.

Empecé a andar otra vez, y ahora no andaba hacia el fondo sino buscando cualquier cosa que se pareciera a una salida, una boca, un afuera, un lugar por donde este sueño escupiera a la gente que ya había pagado lo suyo.

No lo había, o no lo encontraba, que en aquel lugar venía a ser lo mismo.

Los pasillos me llevaban a más pasillos, y los muros se corrían despacio, borrando a mis espaldas los caminos que iba dejando.

Toda mi soltura para leer el sitio servía para no perderme dentro de él; ninguna, para abrirlo.

Rehíce un corredor que acababa de dejar y no lo hallé; quise volver al quiebre por el que había entrado y en su lugar había pared, lisa y muda.

Ya no me asustaba que se moviera. Lo tenía medido, lo daba por hecho, y darlo por hecho no me acercaba ni un paso a ninguna parte.

Una vez, al fondo de un corredor, volví a ver la luz dorada, cálida y quieta entre tanto azul, a la misma distancia de siempre, como si en las tres corridas no se hubiera movido de ahí, esperándome.

Y esta vez, con el premio inútil clavándoseme en el puño, no le pude sostener la mirada: algo se me vació por dentro al verla, corto y hondo, lo mismo que la primera de todas, cuando caminé hacia ella y no llegué.

Aparté los ojos antes de entender por qué dolía, porque entenderlo, con lo que me pesaba en la mano, era más de lo que esa noche aguantaba.

Un cebo, me dije, agarrándome a eso; ahora menos que nunca, que ya había ganado a mi manera y no era el novato al que se engaña con lo primero que brilla tibio.

Mirarla de frente habría sido preguntarme por qué seguía ahí después de que yo lo hubiera hecho todo bien, y esa pregunta no me la hice: le di la espalda con lo mío apretado contra la palma y me metí otra vez por donde el azul se cerraba.

Me senté por fin en el suelo, que no estaba frío del todo, solo duro y liso y sin temperatura, con el objeto apretado contra el pecho para que el sitio no me lo cambiara de lugar también a él.

Los muros seguían moviéndose alrededor, despacio, sin ruido.

El objeto se me había entibiado en el puño, de mi propia mano, y era lo único con algo de calor en todo aquel azul; lo apretaba de vez en cuando, para asegurarme de que seguía siendo verdad.

Repasé lo que había hecho, paso por paso, y no le encontré la falla, porque no la había: había entrado, había leído el sitio mejor que nunca, había hallado la cosa y la había tomado sin romperla y sin soltarla.

Había ganado. La tenía en la mano.

Algo me faltaba todavía, algo que yo no tenía y que aquella noche ni siquiera podía imaginar, algo sin lo cual encontrar la cosa no terminaba de ser ganar.

El premio me pesaba en la mano como pesa una llave cuando uno descubre, ya con ella en el puño, que no era la puerta lo que estaba cerrado, que abría otra cosa y que la salida pedía algo más.

Me quedé ahí sentado, con el puño cerrado sobre lo mío y el sueño azul cerrado sobre mí, y por primera vez desde que aquel lugar me empezó a pasar no supe qué se hace después de ganar.