Me quedé callado después de contar lo de los muros. Las paredes de esa habitación estaban forradas con una tela gruesa que se traga el sonido antes de que rebote, y uno habla y las palabras se le caen al piso ahí mismo. Se me había olvidado cómo suena una frase en un cuarto normal.
Alder no se movió. Seguía erguido, con la espalda despegada de la pared y los ojos puestos en mí, pero por debajo de esa mirada había otra cosa trabajando, algo que le tomaba la mayor parte y que no era yo. Estaba sentado en el piso como cualquiera y aun así el cuarto se le acomodaba encima, igual que se le acomodaba al que reparte las misiones.
Bajé la vista a la libreta, abierta en la página de los muros mal cerrados, con la raya torcida donde alcancé a rozar el hueco de la repisa y un número encima que no significaba nada para nadie más que para mí.
—Los días de en medio también cuentan —dijo Alder.
Levanté la cabeza. No me estaba mirando a mí; miraba un punto de la pared donde no había nada que mirar.
Volví a bajar la cabeza. El aire de la habitación pesaba distinto con él dentro, y me quedé quieto hasta que la respiración se me acomodó.
Los días de en medio. Yo había pasado años sin contárselos a nadie, ni siquiera a mí mismo, años guardándolos como se guarda una moneda que ninguna máquina acepta. Pero mientras hablaba no estaba ahí, y no había otra cosa que hacer entre esas cuatro paredes.
Así que volví.
Desperté con la alarma y con las piernas cansadas.
No era un cansancio de haber dormido mal. Ése lo conocía, el de la mala postura, y esa mañana lo tenía completo: me despegué del cuaderno por segunda vez en la misma noche, con el cuello duro y el brazo dormido de haberlo tenido de almohada. Lo que no encajaba eran las piernas, el cansancio de por dentro, el que queda después de una caminata larga por terreno duro. Me quedé sentado donde estaba, esperando que se me pasara, y no se me pasó. Me las froté como me las había frotado sentado en aquel pasillo azul, y el gesto me llegó desde el otro lado sin que yo lo llamara, y lo solté enseguida.
El celular marcaba la hora de irme a clases. Yo tenía el cuerpo de alguien que llevaba la noche entera de pie. Esa noche había dormido dos veces, y las dos veces había caminado. Hice la cuenta una sola vez y no la volví a hacer.
Me alisté y salí del cuarto. La casa ya estaba andando: el agua corriendo en el baño del fondo, una radio bajita en la cocina, un par de zapatos atravesados en el pasillo que tuve que esquivar de lado. Mi madre estaba sirviendo el desayuno y me puso el plato delante sin preguntarme si quería.
—¿Dormiste? —dijo.
—Sí.
—No parece.
Me comí lo que pude, que no fue mucho. Mi hermano pasó por detrás con la toalla al hombro, agarró un pan de la mesa sin sentarse y me empujó el salero por encima del mantel.
—Te falta sal —dijo.
—Ya.
—Y me llevo el cargador.
—Está en mi cuarto, sobre el escritorio.
—Bien.
Se metió otra vez para adentro. Mi madre le dijo algo que no alcancé a oír. Yo estaba mirando la ventana de la cocina, donde afuera todavía no amanecía y la neblina llegaba hasta la mitad del patio, y pensando en el examen.
Porque tenía un examen. En una semana, de la materia que sí me importaba, la única de ese semestre por la que yo me hubiera sentado a estudiar sin que nadie me obligara. Llevaba dos semanas dejándola para el final, como dejaba todo para el final, y todavía me alcanzaba. Eso era lo que yo pensaba esa mañana mirando la neblina: que todavía me alcanzaba.
Antes de salir me detuve en la puerta de la cocina.
—Ma, ¿en qué año nos mudamos aquí?
Me dijo el año. Era el que yo tenía en la cabeza. Asentí como si me hubiera acordado en ese momento de algún trámite.
—¿Y anoche quién dejó abierta la puerta de la calle?
—Juan, quién más —dijo, sin levantar la vista de la olla.
Me fui.
Caminé hasta la parada con el frío metiéndoseme por el cuello de la chaqueta y las casas comiéndose en la neblina a media cuadra. Iba haciendo una lista. La calle donde me caí de la bicicleta a los nueve, el número de la casa, la primera película que vi en un cine, la profesora de tercer grado, la cara de mi abuelo, que se murió cuando yo tenía doce. Todo estaba. Lo revisé una vez y lo dejé. Me dije que hacía esa lista porque el camino a la parada es aburrido.
El bus llegó lleno y conseguí ventana después de la estación de la mitad, como siempre. Me puse los audífonos. Esa mañana necesitaba las dos horas para repasar y no repasé nada: me quedé mirando pasar las construcciones. Llegué al campus a las seis y cincuenta, hice la fila de la cafetería, saludé a los de mi salón, me reí de lo que había que reírse. Uno me preguntó si estaba listo para el examen y le dije que faltaba poco. Lucas me mandó tres mensajes y le contesté los tres.
Ése fue el último día en que todo eso funcionó.
De regreso me dormí en el bus. No pasó nada: fue dormirse y ya, sin destellos, sin voces. Pero me desperté dos paradas más allá de la mía y tuve que caminar de vuelta por la orilla de la carretera, con la neblina a la altura de la cintura y los carros pasándome cerca. Llegué a la casa de noche.
Había dormido toda la noche, había dormido en el bus, y las piernas me seguían pesando igual que en la mañana.
Esa noche me acosté a las once y me quedé mirando el techo. Yo ya había hecho la cuenta en el pasillo azul, con el cansancio, y la había dejado escrita en la libreta, con las letras encogidas para que me sobrara papel: adentro el tiempo va igual. No más lento. Igual.
Eso quería decir una cosa muy simple, y aun así me tomó de la madrugada a la noche terminar de decírmela: yo no descansaba desde hacía tres días. Que me acostara no significaba nada. Acostarme era ponerme a disposición.
Me quedé despierto hasta las cuatro de la mañana sin haberlo decidido, y a las cuatro lo decidí.
Si a ese lugar se entra durmiendo, no duermo.
Lo pensé con la misma frialdad con que había contado los pasos hasta el muro nuevo, y me pareció una idea limpia. No era miedo. Yo me estaba organizando, nada más. Sabía por dónde entraba el agua: por el sueño, por ninguna otra parte, siempre por ahí. Y en aquel tiempo yo todavía creía que con ser terco alcanzaba.
Me levanté, prendí la lámpara y agarré un cuaderno de clase, uno de los de la materia que menos me importaba, que tenía las últimas veinte hojas limpias. En el margen de la primera, bien pegado al filo, empecé el registro.
Puse la hora. Cuatro y diez. Debajo puse un cero. Ése era el ancla; a partir de ahí las horas se contaban solas, como se contaban los pasos desde el quiebre que no se movía. Cada vez que pasaba una, yo hacía una raya. No sé por qué me pareció importante hacerlo con rayas y no con números; supongo que las rayas se ven, se acumulan en el papel y ocupan lugar, y yo necesitaba ver algo acumularse a mi favor.
Y ya que tenía el cuaderno abierto, escribí lo otro.
Encabecé la hoja con una palabra —«lo que sé»— y me puse a vaciar el laberinto ahí. Que los muros se mueven. Que se mueven donde uno no está mirando, salvo cuando uno se acerca de verdad a lo que busca. Que el mapa no sirve pero el cambio sí se puede medir. Que se cuenta con pasos porque reloj no hay. Que adentro el tiempo va igual.
Iba bien hasta la quinta línea.
Después de la quinta línea me quedé con el bolígrafo apoyado en el papel. Había una cosa más. Yo lo sabía como se sabe que hay un escalón más en la escalera: el pie ya iba en camino. Algo del muro que se había corrido, un detalle de cómo lo había medido, la manera de calcular hacia dónde tendería a moverse el siguiente. Lo había hecho. Lo había hecho bien, y me había servido, y por eso había llegado a diez pasos del objeto. Fui a buscarlo donde debía estar.
No estaba.
Me quedé un rato con eso. Después escribí «tres pasos» y una flecha, porque eso sí lo tenía, y debajo dejé un renglón vacío por si volvía. Cerré el cuaderno y lo abrí otra vez y el renglón seguía vacío.
Y ahí me rozó lo peor del asunto. Yo estaba escribiendo para no perder. Muy bien. Pero solo podía escribir lo que sabía que tenía. Si algo se iba y no dejaba hueco, si se iba entero y se llevaba consigo hasta la señal de que estuvo, la hoja se me llenaba de todo lo que conservaba y no decía ni una palabra de lo otro. El cuaderno no me servía para eso.
Lo pensé tres segundos y lo tapé con la explicación más cómoda que tenía a mano: que los sueños se olvidan, que a todo el mundo se le van los detalles al despertar, que si me acordaba del ochenta por ciento ya era bastante más de lo que se acuerda la gente. Hice la raya de las cinco y diez en el margen y seguí.
Esa primera noche la gané. A las nueve y diez de la mañana, en clase, con el cuaderno abierto sobre el pupitre y el profesor de espaldas, hice la quinta raya y me sentí mejor de lo que me había sentido en tres días.
Lo que me sacó del método no fue el sueño. Fue la canción.
Volvió el segundo día, en el bus, y no volvió sola: volvió puesta, en el radio del bus, con esa calidad rasposa que tiene la música en las bocinas viejas. Lenta, de pocas notas, con algo metálico atrás. La reconocí en el primer compás y se me cerró el estómago, porque la última vez que la había oído se me había quedado sonando con los audífonos en la mano y el celular apagado.
Pero esta vez estaba en el radio, y la estaba oyendo todo el mundo: el chofer, la señora del asiento de adelante, dos muchachos parados junto a la puerta. Nadie se giró a mirar a nadie. Era una canción de las que ponen a las seis de la mañana, y yo la conocía; la había oído toda mi vida, y toda mi vida me había parecido una porquería. De ésas que uno apaga cuando salen.
Y entonces llegó la parte cantada y yo no tenía nada.
Cuesta decirlo bien. No era que no me acordara de la letra; de muchas letras no me acuerdo, me sé el coro y tarareo el resto, como todo el mundo. Esto era distinto. La voz entraba y decía las palabras y yo las oía perfectamente, una por una, y ninguna me llegaba desde adentro. Ninguna se adelantaba. Ninguna estaba ya en mi boca antes de sonar, que es lo que hacen las palabras de una canción que uno ha oído toda la vida.
Fui a buscar la letra donde debía estar.
No estaba.
Y ese ir a buscar y no encontrar tenía forma. Yo ya había metido la mano en ese mismo cajón, de pie sobre un piso de cristal, con el sudor bajándome por la frente, cuando aquel hombre de bigote me preguntó cómo me llamaba. La forma era idéntica. No lo pensé con estas palabras. Lo reconocí, y seguí mirando por la ventana.
Me pasé el resto del camino tratando de sacarla. La tarareé por lo bajo, entera, dos veces, y la melodía me salía completa, hasta el final de la frase, con el metal atrás y todo. Sobre la melodía no le faltaba una nota. Encima de ella no había absolutamente nada.
En la fila de la cafetería le pregunté a Lucas si se sabía esa canción, la del radio, y le silbé el pedazo. Se rió y me dijo que claro, que quién no. Le dije que la cantara. Me miró raro, se rió otra vez y la cantó, ahí parado en la fila, con las manos en los bolsillos, exagerando la voz para hacerme reír. Se la sabía entera.
Yo la escuché completa. Me quedé quieto oyéndola como se oye una noticia.
Y no pasó nada.
Ni una palabra se me pegó a nada. Entraron por un oído y salieron por el otro, limpias, de alguien más. Cuando terminó le dije que gracias, que la tenía atravesada desde la mañana, y él dijo algo de que esa canción era una porquería y se metió a pedir el desayuno.
Eso tampoco lo comenté. Que él pudiera decir que era una porquería y yo no.
Me senté en una banca del pasillo, saqué el cuaderno y me puse a repasar, pero no repasé. Hice la lista otra vez, la misma de la mañana, y esta vez la hice rápido: la calle de la bicicleta, la cara de mi abuelo. Estaban las dos. Después hice otra que no se me había ocurrido nunca: canciones. La que pone mi madre los domingos cuando trapea, la del comercial de diciembre, dos o tres más que me sé desde chico. Me las fui diciendo por dentro, con letra y todo, sin fallar un renglón. Estaban todas y no me sirvió de nada. Cerré el cuaderno y dije lo de siempre: que era una canción que odiaba, que no me importaba, que si algo se había llevado ese tipo había sido lo más inútil que yo tenía. Y me quedé en la banca empezando por dentro una cuarta.
Cuando volví a la casa esa noche apagué la música. No por nada en particular: puse el celular en la mesa y me quedé estudiando en silencio. Duré cuatro minutos. El silencio de mi cuarto tenía una manera de quedarse ahí, esperando, que yo no le conocía, y a la media hora había puesto la música otra vez, más bajita, solo para tener algo en el fondo.
Las rayas del margen siguieron subiendo. Veinticinco horas. Treinta y dos. Treinta y siete. Cuarenta.
Yo miraba el número crecer como había mirado crecer la cuenta de los pasos, y me gustaba estar midiendo algo. A las cuarenta horas caí en cuenta de que llevaba un rato largo leyendo el mismo párrafo y de que no lo entendía; no que se me hubiera ido la atención, sino que las palabras estaban en su sitio y no armaban nada. Volví a la primera línea. Volví a no entender. Cerré el libro y me quedé sentado, mirando la pared, con el bolígrafo todavía en la mano.
Y a las cuarenta y nueve horas se cayó todo, y se cayó de la manera más tonta.
Iba en el bus, con la frente contra el vidrio, mirando pasar los postes, contándolos —porque a esas alturas yo contaba cualquier cosa que se pudiera contar—, y entre un poste y el siguiente hubo un azul.
Nada más. Un azul que no era el del vidrio ni el del cielo de las cinco y media de la mañana, un azul de adentro, con esa manera de tragarse la luz que yo conocía muy bien, y encima una voz, lejos, empezando algo.
—¡Bienvenido de nue…
Y el frenazo de la parada, y el vidrio contra la frente, y los postes otra vez.
Nadie en el bus se había movido. La señora de al lado seguía con la bolsa en las piernas. Habían pasado dos segundos, tal vez tres. Miré alrededor, despacio, y todo estaba exactamente donde tenía que estar.
Ahí entendí la trampa, sentado en un bus lleno de gente que iba a trabajar.
Mi método no servía. Yo había decidido no dormir como quien decide no salir de la casa, y dormir no era una puerta que yo abriera: se abría sola, cuando le daba la gana, y yo estaba del otro lado antes de decidir nada. Lo único que había hecho en cuarenta y nueve horas era cansarme.
Esa semana se me fue así, a pedazos de dos segundos. Me pasó en clase, con el profesor de espaldas escribiendo en el tablero: un azul, un tirón, y de vuelta con el bolígrafo cayéndoseme de la mano. Me pasó de pie, esperando el bus, y me fui de lado y tuve que agarrarme del poste; un señor me preguntó si estaba bien y le dije que sí. Me pasó en el comedor de mi casa, con la cuchara a medio camino. Nunca alcanzaba a llegar a ninguna parte: un destello, una voz empezando a saludarme, esa sensación de que me sacaban del cuerpo con la mano ya puesta en la puerta, y entonces algo de este lado tiraba de mí de vuelta y ahí quedaba, temblando en el borde de las dos cosas.
Se me ocurrió, y lo anoté en el margen, que a lo mejor eso quería decir que ya no me querían. Fue lo único que me consoló en toda la semana y era mentira.
Lo demás se fue cayendo sin ruido.
Lucas dejó de escribirme. No hubo pelea. Yo tardaba un día en contestar, después dos, después contestaba una palabra a un mensaje de cuatro líneas, y un día miré el celular y ya no había nada nuevo. Me pareció justo. Dejé de bajar a la hora de la fila y me quedaba en el salón vacío, oyendo las voces de los de siempre en el pasillo.
Y el genio se me puso corto, que fue lo que sí se notó.
Le contesté mal a Juan por dejar la puerta de la calle abierta, y la voz me salió más alta de lo que yo la había mandado, y me quedé oyéndome el eco en el pasillo, y después dije que estaba con exámenes.
En clase, un compañero me pidió el cuaderno y le dije que no, seco, sin ninguna razón, porque en ese cuaderno estaban las rayas del margen. Perdí el hilo a media frase dos o tres veces y me quedaba callado en medio de una palabra hasta que el otro me preguntaba qué. «Nada», decía yo. «Nada, se me fue.»
Para cada cosa yo tenía una razón, y todas las razones eran razonables. No dormía por los exámenes. No comía porque no me daba tiempo. No contestaba los mensajes porque tenía los proyectos encima. A Juan le contesté mal porque la puerta de la calle no se deja abierta. Junté todas mis razones una detrás de otra durante seis días y armé con ellas una explicación completa de mi vida en la que no aparecía Babel por ninguna parte, y la sostuve con las dos manos, como había sostenido aquel mapa que no cerraba.
La noche antes del examen, mi madre se paró en la puerta de mi cuarto.
No entró. Se quedó ahí con el trapo en la mano, mirándome. Yo estaba sentado frente a los apuntes con la lámpara torcida encendida y la taza al lado, y llevaba una hora sin pasar la página.
—No sé qué es —dijo—, pero algo te está pasando.
No era una pregunta. Con las preguntas yo me defendía bien, tenía respuestas para todas, ordenadas y listas desde hacía días. Una frase así se queda en el cuarto.
Le dije que era el examen. Le dije que era la materia más pesada del semestre, que tenía que sacarla, que apenas pasara eso todo volvía a la normalidad. Se lo dije mirando el cuaderno, no a ella, con esa voz baja y tranquila que a mí me sale cuando quiero que una conversación se acabe.
Se quedó un momento más en la puerta. Después dijo que me acostara temprano y se fue.
Ni siquiera cerré la puerta. Me quedé mirando el vano vacío un rato largo y después hice la raya de la hora en el margen del cuaderno.
Alder se movió.
Fue lo primero que le vi hacer en un buen rato: bajó una mano y la puso sobre el piso acolchado, con los dedos abiertos, como quien apoya la palma en el agua para ver qué tan fría está. No me miraba. Tenía los ojos en algún punto detrás de mí, o detrás de la pared que estaba detrás de mí.
Yo no bajé la guardia. Nunca la bajé con él, ni ese día ni los que vinieron, por mucho que le estuviera entregando pedazos de mi vida que no le había entregado a nadie. Yo hablaba y por dentro seguía contando, como conté los segundos cuando sacó aquella llave que no tenía color.
—Lo que escribiste esos días —dijo—. Y el renglón que dejaste en blanco. Los dos.
Y volvió a quedarse quieto.
No dijo para qué. No dijo qué se hace con un renglón vacío, y yo tuve la pregunta lista y la dejé donde estaba, porque a esa altura ya sabía cómo terminaban sus frases: no terminaban. Se quedaban en el aire y él se iba para adentro, y a mí no me quedaba más que el cuarto, la luz de arriba que no hacía sombras y lo que venía después.
Y lo que venía después era el examen.
Llegué al campus a las seis y cuarenta, con el cuaderno bajo el brazo y ciento treinta y una rayas en el margen.
No las había ganado todas de corrido; ya no se podía. Desde el cero de aquella madrugada habían pasado ciento cuarenta y seis horas y yo tenía ciento treinta y una: las quince que faltaban eran las que no podía jurar. Hacia el final ya no todo era un tirón de dos segundos. Se me abrían huecos sin azul y sin voz, de veinte minutos, de media hora, uno de hora y media del que volví sentado en el sofá de la sala sin saber cómo había llegado. Los conté por lo alto y los quité del margen uno por uno. Los tirones no los resté; dos segundos no hacen una hora. Restaba con honestidad, eso hay que decirlo. Esa cuenta era lo único que me quedaba entero.
No pasé por la cafetería. Subí directo, me senté en el mismo puesto de siempre, tercera fila junto a la ventana, y saqué los apuntes por última vez. La materia sí me la sabía. Eso es lo que más me cuesta contar. Yo no llegué a ese examen sin estudiar; llegué habiéndolo estudiado en pedazos, en horas raras, a las tres de la mañana con el cuerpo temblando, pero lo tenía. Le había dado a esa materia todo lo que me quedaba después de que Babel se sirviera.
Fueron entrando los demás. El de al lado me preguntó si había repasado la última unidad y le dije que sí, y era verdad. Se notaba, supongo, que yo estaba raro. Nadie dijo nada.
El profesor entró a las siete en punto y repartió las hojas boca abajo, fila por fila, sin hablar. Cuando me llegó la mía la puse derecha y escribí mi nombre arriba, en el renglón, con letra clara. Después la fecha. Después el número del grupo.
Y me quedé un segundo con el bolígrafo apoyado en el papel, en el filo del primer renglón vacío, y hubo algo ahí que se sintió bien. La mano, el papel, la punta del bolígrafo esperando. Ese gesto lo tenía yo bien aprendido esa semana. Era lo único que se me había ocurrido hacer contra todo lo que me estaba pasando, y estar haciéndolo otra vez, en un salón con luz, rodeado de gente, con un examen delante, me dio por un momento la sensación exacta de estar en terreno firme.
Leí la primera pregunta. La sabía.
Puse el bolígrafo en el renglón.
Y ahí se fue.
No hubo pelea. Yo había peleado seis días; el sexto ya no había con qué. Fue igual que en el bus y que en la silla del comedor: un tirón corto, sin aviso, sin azul siquiera, y el mundo se apagó por debajo de mí como se apaga una casa cuando se va la luz.
—Joven.
Estaban tirando de la hoja. Tenía la cara sobre el brazo y el brazo sobre el pupitre y alguien me estaba sacando el papel de debajo de la mano.
Levanté la cabeza. El profesor estaba de pie junto a mi puesto, con mi hoja ya en la suya, mirándome sin ninguna maldad, que fue lo peor. Detrás de él el salón estaba medio vacío: quedaban seis o siete, y los seis o siete tenían la cabeza levantada y me estaban mirando. Uno era el que me había preguntado por la última unidad.
Un cuarto para las diez.
—Se acabó el tiempo —dijo el profesor.
Miré la hoja en su mano. La tenía de frente, a medio metro de mi cara, y desde ahí se veía perfectamente: el renglón de arriba con mi nombre, la fecha, el número del grupo. Y debajo, hasta el final de la página, el papel tal como me lo habían entregado.
Dos horas y media. No había escrito ni una palabra.
—Profesor —dije, y me salió la voz de alguien recién despertado, que es una voz que no sirve para pedir nada.
Él ya se estaba dando la vuelta con las hojas contra el pecho. Me dijo, sin voltearse del todo, que si me sentía mal fuera a la enfermería, y que la reposición se pedía en secretaría con constancia médica. Lo dijo tranquilo. Lo dijo como se le dice a alguien que se durmió en un examen porque se pasó la noche en una fiesta, que es exactamente lo que yo parecía y no había manera humana de explicar que no era.
Recogí mis cosas despacio para no salir junto con los otros. En el pasillo alguien se rió, y no tenía por qué ser de mí, y yo supe que era de mí. Bajé las escaleras, crucé el patio, pasé por delante de la cafetería, donde a esa hora ya no había fila, y salí del campus.
Me senté a esperar el bus. Todavía tenía en la mano el cuaderno de clase con las ciento treinta y una rayas en el margen, y las cinco líneas de lo que sé, y el renglón vacío que había dejado por si volvía y seguía vacío.
Y pensé en la libreta.
En que había una, en alguna parte de ese lugar, con el bolígrafo colgando del lomo por un cordel. Llena de mi letra apretada, con las flechas encima de las flechas, con los números, con el catorce y el once y la resta, con todo lo que sí había alcanzado a aprender de aquel sitio antes de que se me fuera. La había tenido en las manos. Era mía; yo la había escrito.
Estaba allá adentro, esperándome dentro de un sueño donde no se puede entrar por voluntad propia.
Y yo estaba aquí, en una parada, con las manos vacías.