03 - La marca equivocada

~22 min de lectura

La habitación seguía llena de esa quietud que Alder traía consigo, y él erguido, con toda su atención caída sobre mí como un peso que yo sentía en los hombros aunque nadie me tocara. No se movía. No es que estuviera inmóvil como está inmóvil una persona que espera, con esa impaciencia pequeña que se le sale a uno por las manos o por la rodilla; estaba quieto de otra manera, como si moverse le costara algo que no quería gastar conmigo.

Guardé la libreta contra el pecho. No fue una decisión; fue el cuerpo, que se cierra sobre lo suyo cuando entra un extraño en la habitación. Y Alder era un extraño, por más que hubiera venido a buscarme, por más que supiera de Babel cosas que yo creía que solo sabía yo. Había en él algo que no terminaba de acomodarse en el nombre de hombre. Un aire. Una manera de estar presente sin ocupar espacio, de mirar sin apuro, que yo ya conocía de otra parte, colgando de otra cara, en aquel lugar del que le estaba hablando. Sabía a quién me recordaba. No quería nombrarlo, y no nombrarlo era, también, una manera de no mirarlo.

Bajé la vista al piso, al acolchado, a la costura blanca que subía por la pared y se perdía cerca del techo. Ahí no había nada. Eso era lo bueno de la habitación: uno podía mirarla entera y no encontrarse con nada que le devolviera la mirada.

—Los primeros nunca son los que uno cree —dijo.

No lo dijo hacia mí. Lo dijo como quien deja caer una piedra para oír cuánto tarda en llegar al fondo, y después ya no le interesa el ruido. Podría haberle preguntado qué quería decir. Se me armó la pregunta en la boca y ahí se quedó, porque la manera en que él volvió a lo suyo —a lo que fuera que estuviera haciendo detrás de esos ojos, que era mucho y era constante y no me incluía— dejaba claro que la frase no venía con puerta. Se cerró él solo, otra vez, y yo me quedé afuera con la habitación y con esa luz que caía de arriba y no hacía sombras.

Entonces preferí hablar. No porque me lo hubieran pedido. Hablar era lo único que había en ese cuarto que me sacara del cuarto, y mientras yo estuviera adentro del recuerdo no estaba ahí, con él midiéndome desde su silencio.

Volví, entonces. A ese lugar.


Regresé antes de que se me secara la cara. Era la tercera vez, y la segunda que me mandaban al mismo lugar; no hubo bus, ni canción atorada en el celular; hubo el mismo escritorio de un rato antes, un cuaderno abierto encima de los apuntes, un dolor de nuca por haberme dormido sobre él, la certeza tonta de que aún me quedaban horas de sueño, y de pronto ya no estaba en mi cuarto. Estaba de pie frente a la figura que reparte las misiones, esa que nunca trae dos veces la misma cara.

Esta vez no era un general de bigote, ni el joven del esmoquin blanco. Era un hombre mayor, de esos que se ven cansados sin verse débiles, con un abrigo largo y las manos cruzadas por delante. Del rostro no me quedó gran cosa. Cuesta retener esos rostros; se van entre los dedos igual que un nombre que uno tenía en la punta de la lengua, y por más que después me senté a reconstruirlo sobre el papel, lo único que volvía era la impresión, no la cara. Lo que no se me fue fue la sensación. La misma de siempre, debajo de cada cara distinta: la de estar frente a algo que te examina para ver si sirves.

—Otra vez tú —dijo, y en la boca de esa cara nueva las palabras sonaron casi con afecto. Casi—. Todavía no terminaste lo de antes.

—Volví a buscarlo —contesté, y me oí seguro, más seguro de lo que tenía derecho a estar.

Porque yo traía la libreta. Y en la libreta traía el mapa. Toda la primera corrida por ese laberinto de muros azules estaba ahí, camino por camino, con mis flechas y mis marcas y mi letra apretada, y yo pensaba —con esa confianza tonta que da haber sobrevivido una vez— que esta segunda visita sería un trámite. Que entraría, seguiría mis propias líneas, y llegaría al fondo donde estuviera lo que tenía que estar. Ya conocía el sitio. Ya lo había caminado. ¿Qué podía cambiar?

Me equivocaba, claro.

El hombre del abrigo no me dio ningún consejo esta vez. Descruzó las manos y estiró una hacia mí, con la naturalidad de quien pasa una cuenta en un mostrador.

—Falta una cosa, compatriota —dijo—. Antes de irte.

No me dio tiempo de preguntar qué cosa faltaba. Hubo un tirón corto en algún lugar que no era la cabeza ni el pecho, cosa de un segundo, ni siquiera desagradable.

—¿Qué te llevaste? —pregunté.

—Tráeme el objeto y te lo devuelvo, muchacho.

Me quedé revisándome por dentro, sin saber qué se revisa. Me repetí mi nombre, el camino de vuelta a casa, cosas que hasta esa noche no se me había ocurrido comprobar. Me llevó un rato. Cuando levanté la vista tenía la mandíbula apretada y no sabía desde cuándo. Todo lo que se me ocurrió repasar estaba en su sitio, y como no me faltaba nada lo dejé pasar; la otra vez, según él, había sido la letra de una canción que odio, y una canción que uno odia no se extraña. Esa noche no se me ocurrió comprobarlo.

Todavía hoy no sé qué me sacó esa noche.

Hizo un gesto pequeño hacia un lado, como quien te cede el paso en una puerta, y el cuarto —si es que había un cuarto— se deshizo alrededor de mí.

Aparecí a la orilla del lago que no moja. Lo reconocí de inmediato: esa lámina de agua quieta que refleja un cielo sin sol, y que cuando te toca no te deja nada, ni frío ni humedad, solo el recuerdo de haber estado en ella. No me detuve a comprobarlo. Busqué en la palma de la mano la cuenta regresiva, por curiosidad más que por esperanza, y por supuesto no había nada: me la habían quitado desde la vez anterior y no me la devolvieron. Iba a ciegas sobre cuánto me quedaba. Aparté eso también, como aparté tantas cosas aquella noche.

Delante estaba la boca del laberinto. La ranura entre dos paredes altas y lisas, esa sustancia azulada que se traga la luz en vez de devolverla, un vidrio que no llega a ser vidrio del todo. Las paredes subían más de lo que alcanzaba a ver; en algún punto, arriba, el azul se perdía en una penumbra sin techo, y uno no sabía si aquello tenía cielo o si simplemente seguía hacia arriba para siempre. Saqué la libreta, la abrí en la primera página del mapa viejo, y comparé.

Y ahí empezó, aunque yo todavía no lo sabía.

Entré. El pasillo se cerró detrás de mí con un roce de piedra sobre piedra que no debería hacer una pared que parece cristal. Que se cerrara ya lo esperaba; el ruido no. La otra vez se había cerrado en silencio, y de eso me acordaba bien. Lo dejé pasar. Adentro el aire tenía esa quietud sin temperatura que yo ya empezaba a asociar con el sitio: ni frío ni tibio, un aire que no rozaba la piel, como si me hubiera metido dentro de un cuadro. La luz venía de todas partes y de ninguna; los muros la sostenían por dentro, apenas, y el suelo azul devolvía mi figura estirada y borrosa cada vez que bajaba la vista. Avancé siguiendo mis propias flechas: recto, hasta el primer quiebre; a la izquierda. Todo cuadraba. El eco de mis pasos llegaba tarde, como siempre, un latido después de que el pie tocaba el suelo, y yo lo tomé por buena señal, porque era el laberinto de siempre, portándose como siempre.

En el segundo quiebre encontré la rajadura.

Era la misma. La reconocí en el acto: esa fisura fina que sube por el muro con un azul demasiado oscuro para su altura, hondo, del que a esa altura no tenía por qué haber, tan particular que la había dibujado con cuidado la primera vez, orgulloso de tener una marca imposible de confundir. La tenía anotada. Estaba en mi mapa. El problema era que en mi mapa estaba en otro muro. En el de la derecha, tres quiebres más adelante, junto a una flecha que yo mismo había trazado. Y aquí estaba, a la izquierda, demasiado pronto, donde según mis líneas no debía haber más que pared lisa.

Me quedé mirándola un rato largo. Pasé la yema por la fisura, esperando no sé qué, un filo, una humedad, algo que la delatara como distinta de la otra; pero era la misma rajadura, el mismo azul hondo donde no le tocaba estar, hasta el último dibujo del quiebre.

Lo primero que pensé —y quiero que quede claro que fue lo primero, porque dice más de mí que cualquier otra cosa— fue: dibujé mal. Me equivoqué al copiarla, puse la rajadura en el muro que no era, confundí una izquierda con una derecha en el apuro de la primera corrida. Es la explicación más fea de todas, la que me pone a mí como el que falla, y sin embargo fue la que agarré con las dos manos, porque era la única que dejaba el laberinto quieto. Un laberinto quieto que yo había leído mal daba menos miedo que un laberinto que se mueve. Así que me dije que había dibujado mal, cerré la comparación, y seguí.

Seguí mis flechas. Tres quiebres, como marcaba el mapa, hasta donde debía abrirse un paso a la derecha que me llevaría hacia el fondo. Doblé con la seguridad de quien vuelve a su casa a oscuras.

Y me di contra una pared.

Lisa. Entera. Azul y muda, sin ranura, sin junta, sin la menor promesa de que del otro lado hubiera algo. Puse la mano en ella y estaba fría con esa frialdad que no es de piedra ni de vidrio, la frialdad de las cosas de ese lugar, y no cedió ni un pelo. Mi mapa decía paso. El muro decía no.

Volví a mirar la libreta. Volví a mirar el muro. La letra era la mía, la flecha era la mía, el paso lo había cruzado yo con mis propios pies esa misma madrugada, un par de horas antes. No había manera de haberme equivocado en algo tan grande como un pasillo entero. Y sin embargo ahí estaba la pared, tan segura de sí misma como yo lo había estado un momento antes.

—Dibujé mal —dije, en voz alta esta vez, y el eco me devolvió las palabras un latido tarde, y no me las creí ni yo.

Fue la primera vez que no me las creí. Guardo ese momento porque fue el primero. Uno no siente el suelo moverse todo de golpe; primero es una grieta fina, una duda que se cuela por debajo de la explicación cómoda y no se deja tapar. Yo seguía diciéndome que el que fallaba era yo, pero por primera vez la frase no cerraba, y esa fisura entre lo que me decía y lo que veía fue lo primero que ese laberinto me quitó.

Retrocedí. Busqué otro camino, ya sin la confianza de la entrada, tanteando ahora, con una mano rozando el muro a medida que andaba —esa costumbre de niño en un pasillo oscuro— aunque el muro no me diera nada, ni una veta que se repitiera, ni una aspereza donde agarrarme. Cotejaba cada quiebre con el mapa y encontraba en cada quiebre una diferencia pequeña: una flecha que llevaba a donde no debía, una marca que aparecía dos pasillos antes de tiempo, una equis vieja —la que había puesto junto al fragmento de espejo la primera vez— asomando en un rincón que, según mis líneas, quedaba al otro extremo del sitio. Cada una, por separado, la podía explicar. Un dibujo apurado, una letra corrida, el cansancio de la corrida de un rato antes. Todas juntas empezaban a pesar.

Y entonces, al fondo de un pasillo recto, vi un punto de luz cálida, dorada, tan fuera de lugar entre tanto azul como una brasa en el fondo de un pozo helado. Algo en mí la reconoció sin ubicarla —la había visto antes, no sabía dónde—, y con el reconocimiento vino, ya hecha, la respuesta: otro cebo. En un lugar que no regalaba nada, una luz tan tibia y tan a mano no podía ser otra cosa, y eso yo no lo estaba deduciendo ahí; lo tenía resuelto desde antes, de algún antes que no recordaba. Le di la espalda sin que me costara pensarlo siquiera. Alcancé a garabatear una raya y una palabra en la libreta —«luz», nada más— y me metí por otro pasillo.

Anduve un buen rato por corredores que ya no me molesté en cotejar con el mapa, porque el mapa había dejado de servir y yo empezaba, muy despacio, a aceptarlo. Iba fijándome en cambio en lo que tuviera enfrente, doblando por instinto, buscando cualquier cosa que se pareciera a un fondo, a un final, a un objeto que recoger. El azul de los muros no era parejo: tenía vetas más oscuras que corrían hacia lo alto, como si algo se moviera muy despacio por dentro del material, y a ratos me sorprendía siguiéndolas con los ojos en vez de mirar por dónde iba. En algún momento, para no dar vueltas en redondo, decidí volver sobre mis pasos. Regresar al último cruce que reconocía y probar por el otro lado.

Deshice el camino. Recto, hasta el quiebre; a la derecha; recto otra vez.

Y el pasillo por el que acababa de venir no estaba.

Aquí es donde se me traba el asunto, y llevo años buscándole la manera de decirlo sin que suene a excusa. No era que me hubiera confundido de vuelta. No era que hubiera doblado mal. Yo había entrado a ese corredor por una boca que quedaba justo enfrente, a diez, doce pasos, la había cruzado hacía nada, tenía todavía en las piernas el número de pasos que me había costado. Y ahora enfrente había muro. Azul, liso, cerrado. La boca del pasillo se había corrido, o se había tragado a sí misma, o nunca había estado —y esa última idea fue la peor de todas, la que me subió por la espalda como agua fría, porque si nunca había estado, entonces yo no podía fiarme ni de mis propios pasos, ni de mi propio cuerpo, ni de lo que había hecho un minuto antes.

Me quedé muy quieto. Es lo que hago cuando el miedo me alcanza: me enfrío por dentro, no dejo que suba a la cara. Puse la mano en el muro nuevo. Estaba tan frío y tan entero como todos los demás. Recorrí la junta con los dedos buscando la costura por donde se hubiera cerrado, algo, una grieta, un desnivel, la prueba de que ahí había habido una boca. No había nada. El muro llevaba ahí toda la vida, decía el muro. Yo sabía que no.

Y esta vez no me dije que había dibujado mal.

No podía. Ya no era la mano temblorosa copiando una grieta en el muro equivocado, ya no era una flecha confundida; era un pasillo entero, uno que había caminado con estos pies, borrado a mis espaldas mientras yo miraba para otro lado apenas unos segundos. Algo se me rajó entero, de arriba abajo, y por la raja entró la única explicación que quedaba, la que había estado esquivando desde la fisura del muro: el laberinto se movía. No estaba quieto esperándome. Se reacomodaba mientras yo andaba adentro, callado, sin apuro, cambiando de sitio sus muros como uno cambia de postura mientras duerme.

Me tembló algo, no las manos, algo más adentro. Pero no eché a correr. Correr, en un sitio que se reordena, es la manera más rápida de perderse; lo sentí antes de poder decirlo, la inutilidad de las piernas en un lugar donde el suelo no se queda debajo de uno. Así que hice lo contrario de correr. Me senté en el piso, que tampoco estaba frío del todo, solo duro y liso y sin temperatura, como todo ahí, abrí la libreta, y me quedé mirando el mapa inservible. Me pesaban las piernas de tanto andar; me las froté, y el gesto tan de mi cuarto, tan de cualquier noche, me sonó raro en un lugar donde el aire no me tocaba.

Y ahí, en el suelo de ese pasillo, se me ocurrió lo primero medianamente sensato que se me ocurrió en toda mi corta carrera dentro de Babel.

Si el mapa no servía para saber dónde estaba, quizá sirviera para otra cosa. No para ubicarme —eso ya era imposible, todo se corría—, sino para medir cuánto se corría. Dejar de dibujar el laberinto, que era una tontería, y empezar a dibujar el cambio. En una hoja nueva marqué el muro que tenía enfrente, el que había aparecido; conté los pasos que me separaban del quiebre anterior, ese que sí seguía en su sitio, y los anoté; puse un ancla cualquiera, un trazo, para saber que ése era el primer registro, porque reloj no tenía. Después caminaría, volvería, y compararía: cuánto se había movido, en qué dirección, cada cuánto.

Fue torpe. Pero fue mío, y fue el principio de entender que a ese lugar no se lo derrota caminándolo, sino leyéndolo. Que el laberinto era un texto que se reescribía solo, y que lo único que podía hacer yo era aprender su letra.

La primera vez que volví al ancla, el número no cuadraba. Había anotado catorce pasos hasta el muro nuevo; conté de vuelta y me dieron once. Lo hice otra vez, marcando cada pisada por lo bajo, y me dieron once de nuevo. El muro se había corrido tres pasos hacia mí mientras yo andaba en otro tramo, sin un ruido, sin una vibración en el suelo, tan callado que si no hubiera tenido el número escrito jamás lo habría notado. Anoté el once debajo del catorce, y la resta —tres pasos, un tramo de ida y vuelta— fue el primer dato limpio que le saqué al sitio. Saber la cifra era saber que la pared había estado acercándose a mi espalda todo el rato, midiéndome mientras yo la medía.

Fui y vine no sé cuántas veces por esos tres o cuatro tramos, cronometrando con pasos lo que no podía cronometrar con reloj, hasta que la libreta empezó a llenarse de números pequeños y flechas nuevas encima de las viejas, un desorden que solo yo entendía. Se me acalambró la mano de escribir agachado. Y en ese ir y venir, midiendo el cambio de los muros, me di cuenta de otra cosa, y ésta no me gustó nada.

Me di cuenta por el cuerpo. Por el cansancio, que es lo único que ese sitio no me podía falsear, porque el cansancio lo traía yo puesto de afuera. Fui llevando la cuenta, sin querer, de cuánto me pesaban las piernas, de cuántas veces se me había secado la boca, de cómo el hambre iba subiendo despacio desde el fondo del estómago igual que sube en cualquier día largo del mundo real. Y esas cuentas, la del hambre y la del cansancio, no cuadraban con lo que yo creía. Yo creía —me lo había dicho la vez anterior, me lo había creído sin pelearlo— que adentro el tiempo iba más lento. Que caminaba un día allá dentro por cada rato de sueño acá afuera. Era una idea cómoda: quería decir que tenía tiempo de sobra, que podía perderme, equivocarme, dar vueltas, y que afuera apenas pasaban minutos.

No era así. El cuerpo no miente sobre esas cosas. El hambre que sentía era el hambre de las horas que de verdad habían pasado, ni más ni menos. El cansancio era el cansancio parejo de un cuerpo que lleva despierto —o dormido, o lo que sea eso— exactamente lo que dice el reloj de afuera. El tiempo adentro no iba más lento. Iba igual. Uno a uno, minuto por minuto, sin descuento, sin regalo.

No fue un alivio saberlo. Al contrario. Perdí algo al saberlo. Perdí ese colchón imaginario de tiempo de sobra con el que me había estado consolando; perdí la idea de que podía darme el lujo de perderme. Cada muro que se corría, cada pasillo que tenía que rehacer, cada vuelta en falso, me costaba tiempo de verdad, tiempo del que se gasta y no vuelve, del mismo que corría afuera mientras yo dormía sobre mis apuntes sin saber cuánto me quedaba antes de que un ruido, un despertador, un golpe en la puerta, me arrancara de ahí con las manos vacías otra vez.

Lo anoté igual, con esa letra apretada que se me sale cuando escribo con miedo de que me falte página. «Adentro el tiempo va igual. No más lento. Igual.» Y debajo, más chico, como quien se regaña: «No hay tiempo de sobra.» Porque una cosa que aprendí ahí adentro es que lo que no se escribe, ese lugar te lo borra, se te va de la cabeza igual que se me había ido la letra de la canción mala, como se van los sueños al levantarse de la cama.

Con esas dos cosas —el cambio de los muros medido, y la certeza de que el reloj corría parejo— me moví distinto. Ya no seguía flechas viejas. Seguía el pulso del sitio. Anotaba dónde se había corrido un muro, calculaba hacia dónde tendería a correrse el siguiente, y me adelantaba. No siempre acertaba. Pero acerté lo bastante como para ir ganando terreno hacia el fondo, hacia donde el azul se hacía más denso y los pasillos más cerrados, que era, yo lo sentía, la dirección de lo que había venido a buscar.

Y llegué a estar cerca. Más cerca que la primera vez. Tanto que lo vi.

Nunca supe qué era. No me dio tiempo, y prefiero dejarlo así antes que ponerle un nombre que me invente ahora para tapar el hueco. Era un objeto, al fondo de un pasillo corto, sobre una repisa baja labrada en el mismo muro, brillando apenas con esa luz sin fuente que tiene todo allá dentro. Pequeño, del tamaño de una mano cerrada, con un contorno que se me resistía a la mirada igual que se me resistían las caras del que reparte las misiones; entre más lo miraba, menos podía decir qué forma tenía, solo que la quería. Estaba a veinte pasos. Los conté, ya había agarrado la maña de contar los pasos. Apuré el andar sin llegar a correr, con la boca seca y el corazón golpeándome en el cuello. Veinte, quince, diez.

Y el laberinto hizo algo que no había hecho hasta entonces.

Hasta entonces se había movido lejos de mí. Corría un muro tres pasillos atrás, cerraba una boca a mis espaldas, se reacomodaba en los bordes, en la periferia, donde yo no lo veía hacerlo. Nunca delante de mis ojos. Nunca sobre mí. Era como si tuviera la delicadeza —o la astucia— de no dejarse ver moviéndose, de cambiar solo lo que yo no estaba mirando.

Esta vez no. Esta vez, con el objeto a diez pasos y yo mirándolo sin apartar la vista ni un segundo, los muros se cerraron. Alrededor de mí. Los vi hacerlo. El corredor que me llevaba a la repisa se estrechó por los dos lados a la vez, sin ruido de piedra, sin costura, sin esa cortesía de esperar a que yo mirara para otro lado. Las paredes venían despacio, como dos telones de agua puestos de canto, y aun así no me dieron tiempo. Me lancé. Hice los diez pasos a la carrera, estiré la mano hacia la repisa y alcancé a rozar el aire frío del hueco antes de que se cerrara, la yema de los dedos a un palmo del objeto, tan cerca que sentí el cosquilleo de esa luz en la piel. Los muros me pasaron rozando los hombros, uno por cada lado, y tuve que echarme atrás de un tirón para no quedar prensado en la junta. Se juntaron delante del objeto como se juntan dos manos sobre algo que no quieren que te lleves, y donde había existido un pasillo hubo, de un momento a otro, una pared azul y lisa, y del otro lado, invisible ya, lo que yo había venido a buscar.

Me quedé ahí, con los diez pasos de la carrera todavía en las piernas, mirando el muro nuevo. Y por primera vez en dos visitas a ese lugar entendí algo.

Todo aquel tiempo yo había creído que me perdía. Que el laberinto me confundía, me despistaba, me hacía dar vueltas porque yo no sabía leerlo, porque era torpe, novato, porque dibujaba mal. Me había echado a mí toda la culpa, con esa costumbre mía de mirar para adentro antes que de frente. Pero no era eso. Un laberinto que te confunde te deja llegar, tarde o temprano, por descarte, por suerte, por insistencia. Éste no me estaba dejando llegar. Éste se movía a propósito, cada vez que yo me acercaba, para poner distancia entre lo que buscaba y yo. No jugaba a perderme. Jugaba a esconderse.

No estaba perdido en el laberinto.

El laberinto se escondía de mí.

Y lo peor, lo que me dejó ahí sentado con la libreta abierta y la boca seca mucho después de que los muros terminaran de cerrarse, no fue quedarme sin el objeto por segunda vez. Fue darme cuenta de que, para esconderse de alguien, hay que saber que ese alguien está ahí. Hay que estar mirándolo. Aquel lugar no era un mecanismo ciego reacomodando piedras. Sabía de mí. Me tenía adentro, contado, medido, igual que yo lo estaba midiendo a él, y esa madrugada —aunque me faltaban años para ponerle nombre a lo que había del otro lado de esos muros— supe que no estaba solo en ese sueño azul, y que lo que me acompañaba llevaba desde el primer paso mirándome trabajar.