La habitación se llenó de silencio. Alder me miraba, atento; su expresión era pensativa, pero sus ojos revelaban que no estaba allí, como si sus pensamientos acapararan toda su atención.
—Así terminé la primera misión —dije con la intención de sacarle alguna palabra, pero Alder se quedó en silencio.
Era una situación incómoda, aunque incomodidad no era lo que sentía. Era un sentimiento más primitivo, mejor dicho, una emoción; su presencia me causaba miedo. Pero no cualquier miedo, sino un frío paralizante. Desde que Alder entró en la habitación, me convertí en una criatura indefensa, esperando el golpe final de algo inevitable. Como si él fuera un depredador y yo, su presa acorralada.
—¿Alder? —lo llamé haciendo un gesto con el brazo. No se inmutó, su mirada seguía distante.
La habitación estaba fría y el aire seco olía a diferentes fármacos que se colaban de otras habitaciones por el sistema de ventilación. Volví a recordar dónde me encontraba y en segundos una fuerte paranoia me invadió. Mis manos comenzaron a sudar ante el nerviosismo, mientras todo tipo de pensamientos pasaban por mi mente. Incluso llegué a pensar que Alder no era más que un producto de mi imaginación, pero no tuve el suficiente coraje para acercarme a él y de alguna forma tratar de confirmarlo. Solo asumí que era real y estaba vivo porque pude notar los movimientos característicos de su respiración.
—¿Por qué te detienes? —preguntó extrañado.
Mi corazón dio un salto y contuve un grito.
—Intenté llamarte varias veces —dije aparentando calma.
—No te detengas, necesito que sigas contando tu historia.
—Pero te quedaste —Me detuve a pensar—. No sé cómo decirlo. ¿Distante? Pensé que no me estabas prestando atención.
—Claro que te estoy prestando atención —protestó—, pero también necesito concentrarme. Pronto lo entenderás.
Alder me hizo un gesto para que continuara con mi historia y su rostro volvió a tener esa expresión pensativa. Abrí mi libreta y pasé las páginas hasta que encontré el dibujo de un laberinto. Recordaba a la perfección cada camino de ese tormentoso lugar, pero siempre olvidaba el detalle más importante, por eso le dediqué una página.
Una tarde calurosa me acompañaba. Era tiempo de exámenes y, entre estudios y desarrollo de proyectos, mi tiempo se consumía. Solo podía pensar en terminar todo para tener un momento de tranquilidad, pero yo era el tipo de estudiante que dejaba todo para última hora. Tenía mucho por hacer.
El cansancio aumentaba a la par que las horas pasaban. La tarde se volvió noche y la noche se estiró más allá de la medianoche; el estrés se concentraba, causándome varios tipos de dolores. Debía tomar un descanso, pero era consciente de lo mucho que me faltaba y de que caería rendido si bajaba el ritmo de trabajo. Tenía que avanzar, así que me propuse terminar de estudiar un capítulo más para tener un objetivo corto y seguro de cumplir.
Mientras avanzaba con la lectura, múltiples notificaciones llegaron a mi teléfono. Estaba esperando unos mensajes, así que revisé el celular, pero no era lo que esperaba. Aparté el teléfono y, en el momento en que mis pensamientos se concentraron para seguir con el estudio, una extraña sensación invadió todo mi cuerpo. Los renglones empezaron a correrse y los párpados me pesaron; luché por seguir despierto un minuto más, pero el sueño me venció y todo se oscureció. Volví a experimentar ese desagradable sentimiento. De pronto, escuché una voz familiar que me daba la bienvenida.
—¡Bienvenido de nuevo, compatriota! —exclamó aquel sujeto.
—¡Maldición! —grité.
Mi voz hizo eco en aquel espacio oscuro, apenas iluminado por una escasa luz situada a nuestros pies. Miré al sujeto, sonriente y de muy buen humor. Sus ojos eran claros, cristalinos, y sus pupilas, amplias. Su gran bigote había desaparecido, dejando una apariencia más joven. Esta vez vestía un traje, un esmoquin blanco, que le hacía resaltar ante la oscuridad.
—Estaba haciendo algo importante —reclamé.
—Nada es más importante que esto —puso una mano sobre mi hombro—. Además, debes recordar.
Una fuerte corriente eléctrica recorrió mi cuerpo y un dolor punzante llegó a mi cabeza. Recordaba haber hablado con él luego de despertar y su amenaza de tomar algo más importante que la letra de una canción que odiaba. Algo más que el miedo quiso apoderarse de mí, me sentía indefenso, insignificante. Su presencia se hizo aterradora y entre pensamientos sentía cómo el pánico crecía poco a poco. Mi mente se volvió confusa y sentí que la oscuridad del lugar estaba tragándome. En el momento en que la tensión llegó a un punto crítico, escuché un campaneo que me sacó de aquella espiral de terror. Reaccioné y dejé de escuchar la campana, lo miré y recobré mi compostura. En segundos acepté que esto era más que un sueño y lo miré expectante.
—Tu mirada cambió —dijo—. Eso me gusta.
Me quedé en silencio. Verme aterrado no era una opción, todavía no sabía cómo funcionaban sus poderes o cuán poderoso era, solo sabía que no era omnipotente. Si tenía alguna posibilidad de liberarme de esto, solo me quedaba mantenerme sereno y centrarme en tomar las mejores decisiones.
—Hoy enfrentarás un buen reto —continuó—. Esta vez no puedes decepcionarme.
Me miró esperando una respuesta.
—Necesito que me ayudes —reclamé—. Si quieres el objeto debes hacerlo.
Esbozó una sonrisa a la vez que juntaba sus manos.
—Ya te estoy ayudando todo lo que puedo —dijo—, pero como extra te puedo dar un consejo. Escucha bien: no todo lo que brilla es oro.
—¿Ese es tu consejo? —Lo miré, decepcionado—. Necesito algo más, algo más útil. Dame otra brújula.
—En ese lugar no vas a querer una brújula —metió la mano en su traje—, esto sería mejor.
Del traje sacó una libreta que tenía un bolígrafo colgando del lomo. Se acercó con elegancia y me la entregó. Luego se alejó dándome la espalda, sus pasos no hacían ruido alguno. Cuando se encontró a cierta distancia se volteó y dijo:
—No me decepciones.
Cuando pensé que eso era todo, habló otra vez, con el tono del que recuerda un detalle menor.
—Ah. Antes de irte, muchacho. Me llevo uno.
—¿Uno qué? —pregunté, aunque ya lo había entendido.
Sonrió y levantó la mano hacia mi cara, sin tocarme.
—Espera —dije, y me salió la voz más alta de lo que quería—. Ya me quitaste uno. Uno por el objeto, eso dijiste.
—Y sigue en pie —contestó.
—No me dijiste que ibas a llevarte otro cada vez que…
—No me lo preguntaste —dijo, sin maldad, como quien corrige un formulario mal llenado.
Se me subió algo caliente por el pecho. Le dije que no, que si quería el objeto se lo buscara. Se rió: una risa corta, cordial, la de alguien a quien acaban de contar algo gracioso. No bajó la mano.
—Tráeme el objeto y te devuelvo éste —dijo—. El primero se quedó en la isla, con la lámpara. Es un buen trato, compatriota.
Le busqué la trampa y no se la encontré: ése fue todo mi regateo. Lo de la isla me pasó por al lado y lo dejé ir; yo peleaba por lo de ahora. Me dije que sería un recargo por haber fallado, y que con el objeto se acababa. Tenía la libreta en la mano y nada con qué negarme.
—¿Cuál te vas a llevar? —pregunté.
No me contestó. Siguió sonriendo, que era su manera de no contestar.
—Está bien —dije.
Fue rápido y no dolió: una presión mínima detrás de la frente, la de un oído que se destapa.
Esperé a sentir algo. Un mareo, un tirón, la sensación de ir a acordarme de una cosa. No vino nada. Estaba igual que un minuto antes. Me fui tranquilo.
Esa tranquilidad me duró años.
Sentí cómo mi cuerpo era arrastrado entre luces azuladas que se asemejaban al reflejo del sol en aguas cristalinas. No sé cuántos minutos pasaron hasta que me di cuenta de que estaba parado en medio de un pequeño lago.
El agua no me mojaba. Lo noté al bajar la vista y verme hundido hasta el tobillo en aquella quietud, sin el frío que debía sentir. No me detuve en ello. En ese lugar convenía mirar poco y preguntar menos, así que salí hacia la orilla con la cabeza gacha.
En la mano derecha llevaba la libreta que me había dado el hombre del esmoquin, con el bolígrafo colgando del lomo por un cordel. La sostuve fuerte. Era lo único de aquel paisaje que se sentía real, y no quise soltarla.
Me miré la palma izquierda casi sin pensarlo, buscando la cuenta regresiva que la otra vez se me había incrustado como una astilla. No estaba. La derecha tampoco tenía nada: ni brújula, ni la marca de haberla tenido. Algo en mí se tensó; por un momento, el no saber cuánto tiempo tenía me pesó más que cualquier reloj clavado en la carne. Pero aparté la idea antes de que echara raíces, y bajé la mano. No quería saberlo.
El lago terminaba en una lengua de tierra pálida que subía hacia unos árboles flacos. Más allá, donde el suelo volvía a aplanarse, algo cortaba el horizonte con una regularidad que la naturaleza no tiene. No eran cerros ni muros de piedra: eran paredes, altas y lisas, de una sustancia azulada que se tragaba la luz y la devolvía en destellos, igual que el lago. Supe que era un laberinto antes de llegar. La certeza estaba en mí, ya hecha, y no me pregunté de dónde salía.
Me acerqué despacio. Las paredes eran más altas de lo que había calculado, y al tocarlas la superficie era fría y demasiado suave, un vidrio que no terminaba de ser vidrio. Mi reflejo apareció en ellas, estirado, y me pareció que tardaba un instante de más en repetir mi gesto. Retiré la mano y seguí caminando junto al muro sin volver a mirarlo.
La entrada era apenas una ranura entre dos muros, sin puerta ni arco. Me detuve frente a ella. Me acordé de la brújula del barco, de cómo la aguja se había vuelto loca justo cuando más la necesitaba, y entendí por qué el hombre me había dado una libreta en su lugar. Ahí adentro no iba a haber norte. Lo único que podía llevar conmigo era lo que yo mismo anotara, y ni de eso estaba del todo seguro. Abrí la libreta en la primera página y dibujé la ranura, dos rayas y una marca en medio. «Entrada», escribí debajo. La palabra se quedó ahí, negra y firme, mientras el resto del paisaje temblaba. Me quedé mirándola un momento, como esperando que se borrara sola. No se borró. Entré.
El pasillo se cerró detrás de mí. No lo vi cerrarse; cuando quise mirar atrás, la ranura ya era pared lisa y azul, con mi reflejo dentro, esperándome. El frío me subió por la nuca y me obligué a no darle importancia. Miré la libreta. «Entrada» seguía escrito, y me dije que mientras esa palabra existiera existiría también la salida. No sé si me lo creí. Me lo dije igual, porque necesitaba dar el primer paso y no tenía otra cosa con qué darlo.
Caminé. El primer tramo era recto y largo, y mis pasos levantaban un eco que llegaba siempre un poco tarde, como si alguien detrás copiara mi ritmo sin acertar del todo. No me di la vuelta. Sabía que no había nadie —quería saberlo—. Cada tantos metros el pasillo se partía en dos o tres caminos idénticos, y en cada uno me detenía, dibujaba la forma, elegía y marcaba con una flecha pequeña. Izquierda. Derecha. De frente. La libreta se fue llenando de un mapa tembloroso, y por un rato eso me bastó.
El método me dio algo en qué apoyarme, y me aferré a él. Cada cruce era una pregunta pequeña, del tamaño justo para no pensar en las grandes: qué camino, hacia dónde la flecha, cuántos pasos hasta el próximo quiebre. Conté pasos por un rato, hasta que los números se me enredaron y los solté. Los muros, vistos de cerca, no eran del todo iguales: uno tenía una veta más clara corriéndole por dentro, otro devolvía la luz con un retraso mínimo, otro se curvaba apenas donde debía estar recto. Anoté esas diferencias como quien reúne señas de una cara que teme olvidar, convencido de que, si dibujaba con cuidado suficiente, el lugar tendría que dejarse dibujar. Avanzaba pegado al lado izquierdo, tocando el muro con los nudillos cada tantos pasos, porque había leído en alguna parte que quien sigue siempre una misma pared termina saliendo. No recordaba si eso era cierto, y tampoco importaba: la regla me sostenía, y eso era todo lo que le pedía.
En algún punto me acordé de mi cuerpo, el de verdad, dormido sobre los apuntes en la madrugada de mi cuarto, y de que bastaba un ruido, una silla arrastrada, un mensaje más en el teléfono, para que todo aquello se apagara y me arrancaran de allí sin aviso. Me obligué a no pensarlo. Pensarlo tampoco me devolvía el tiempo.
Fue entonces cuando vi el primer brillo. Estaba metido en una hornacina del muro, a la altura de mi rodilla, y despedía una lucecita blanca que temblaba como una moneda en el fondo del agua. Me agaché antes de decidirlo. Era un fragmento de espejo, liso y frío, y me devolvió mi propia cara, más cansada de lo que la recordaba, con una mueca que no reconocí como mía. La miré más de lo que debía. Después lo solté. Cayó sin ruido y, al tocar el suelo, se deshizo en un polvo gris que se llevó un aire que yo no llegué a sentir.
Me limpié la mano en el pantalón, aunque no tenía nada encima, y anoté una equis en la libreta. El orden me duró poco. Unos pasos más adelante el pasillo se abrió en una salita sin techo, y en el centro estaba un escritorio.
Como el de mi cuarto: una lámpara torcida, una pila de apuntes, una taza que nunca lavaba a tiempo, una silla retirada como si acabara de levantarme. El aire, por primera vez desde que había entrado, se sentía tibio, y el cansancio se me juntó de golpe en la nuca y tiró de mí hacia esa silla.
Pero la taza no echaba vapor. La lámpara estaba encendida y no calentaba. Y los apuntes eran garabatos que imitaban mi letra sin decir nada. Era un cebo. Primero mi cara; ahora mi descanso. Bordeé la salita pegado a la pared, sin darle la espalda al escritorio, y no lo dibujé. Preferí no tener que volver a mirarlo en la libreta.
Seguí sin saber por cuánto. Anoté las variaciones de los pasillos hasta que las variaciones también empezaron a repetirse. En algún momento noté que tenía los dientes apretados y algo caliente atorado en la garganta que no llegó a subir. Cerré los ojos y enfrié las ideas una por una, hasta que la mano volvió a sostener el bolígrafo sin delatarme.
Cuando abrí los ojos, la vi.
Al fondo de uno de los pasillos, muy lejos, algo brillaba distinto. No la lucecita blanca de la hornacina, sino un punto de luz cálida, dorada, tan fuera de lugar entre tanto azul que costaba mirarlo, como una brasa en el fondo de un pozo helado. El pecho se me apretó y todo el cuerpo se me giró hacia esa luz sin que yo se lo pidiera, igual que con el barco. El espejo me había mostrado mi cara y yo lo había soltado; el escritorio me había ofrecido descanso y lo había bordeado. Ninguna de las dos cosas me hacía falta de verdad. Ésta era distinta. Ésta prometía el final, y yo llevaba horas queriendo que hubiera un final.
«No todo lo que brilla es oro.»
Me volvió la voz del hombre, floja y elegante, y aun así di un paso, y otro. Caminé hacia la luz con la libreta apretada contra el pecho, decidido a no tocar nada que brillara hasta estar seguro. Pero el pasillo era más largo que la distancia que prometía, y la luz, cuanto más avanzaba, no se acercaba: se quedaba siempre al fondo, dorada y paciente, con la cantidad justa de esperanza para que yo no me detuviera. Caminé hasta que las piernas empezaron a pesarme, y por un momento —uno solo— pensé que podía seguir así para siempre, que no había final, que el hombre me había dejado en un pasillo sin fondo nada más que para verme avanzar hacia algo que nunca iba a alcanzar. El pensamiento me vació por dentro, como si me hubieran quitado algo sin abrirme.
Y entonces, quieto en medio de aquel pasillo que no terminaba, lo entendí. Era un cebo. El mismo truco del escritorio, mejor hecho: el escritorio me había ofrecido quedarme, y esta luz me ofrecía irme, que era lo único que yo de verdad quería, y por eso no iba a poder dejar de caminar hacia ella nunca. El hombre no me había dado un acertijo antes de tirarme ahí adentro; me había dado la trampa entera, dicha en una sola frase, y yo la había descubierto. Recuerdo el orgullo.
Le di la espalda a la luz.
Cuesta explicar lo que fue eso. El cuerpo no quería. El pecho se me quedó girado hacia el fondo del pasillo un segundo más que el resto de mí, tirando, como el barco tiraba de mí en la isla, y tuve que dar los primeros pasos apretando la mandíbula, sin volver la cabeza. A los pocos metros el pasillo dobló y la luz dejó de verse. Me sentí más liviano. Me dije que acababa de ganarle algo a ese lugar, tal vez lo primero que le ganaba, y anoté la bifurcación con una flecha firme, más firme que las anteriores.
Me equivocaba, claro.
Seguí por donde el laberinto se veía más oscuro, porque me pareció razonable que lo que se esconde no brille. Los pasillos volvieron a ser todos el mismo pasillo. Dibujé, giré, dibujé. Hubo un tramo largo sin bifurcaciones, y ahí, en algún punto, pasó algo que no vi pasar. No puedo decirte cuándo fue. No lo supe entonces y no lo sé ahora.
La luz se me fue.
No la deseché. No decidí olvidarla. Simplemente, en algún momento entre un muro y el siguiente, dejó de estar en mí, como se van los sueños al levantarse de la cama: están enteros mientras abro los ojos y ya no están cuando pongo el pie en el suelo. No sentí nada.
Y un buen rato después, al final de otro pasillo idéntico, volví a ver un punto de luz cálida, dorada, quieta al fondo, tan fuera de lugar entre tanto azul que costaba mirarlo.
«Otra de esas luces», pensé.
Ya conocía el truco. Me quedé apenas lo necesario para comprobar que no se movía, y seguí de largo por el pasillo que se abría a mi izquierda. Ni siquiera la anoté en la libreta. Para qué iba a anotar una trampa que ya tenía resuelta.
No mucho después me esperaba una rajadura fina en el muro, de un azul demasiado oscuro para su altura, que yo mismo había dibujado un rato antes. Según mis flechas había girado a la izquierda y después a la derecha; ese recorrido no podía devolverme al mismo punto. Pero ahí estaba, esperándome con la misma paciencia con que el hombre me esperaba al otro lado del sueño. Si el mapa estaba bien y aun así había vuelto, el que fallaba era yo. Me quedé con esa explicación. La otra la dejé a un lado, y desenredé el cordel del bolígrafo, nudo por nudo, sin levantar la cabeza hasta terminar.
Antes de irme rayé el muro junto a la rajadura con el bolígrafo, una raya corta: si volvía a pasar y seguía ahí, el problema era mío; si no, era del laberinto. Me pareció una buena idea hasta que entendí que ninguna de las dos respuestas me convenía. Caminé. Y cuando un rato después volví a encontrar la rajadura, no busqué la raya. Sabía que no iba a estar. Preferí no confirmarlo.
Fue más adelante, cuando el cansancio empezó a hacerme dudar de la dirección, que me acordé de la salida. Necesitaba la entrada. Necesitaba saber que existía, que había una ranura en alguna parte de esas paredes por donde yo había entrado y por donde, si se daba el caso, podía salir. Me senté en el suelo, abrí la libreta, y por primera vez desde que había entrado la leí en vez de escribirla.
El mapa no cerraba.
Pasé las páginas despacio. Ahí estaban mis flechas, mi letra apurada, mis giros: izquierda, derecha, de frente, todo en orden, todo mío. Y sin embargo, puestos uno detrás de otro, esos giros no dibujaban un camino. Dibujaban una figura que no podía existir: un trazo que salía de un pasillo, daba la vuelta y volvía a entrar en sí mismo, un recorrido que se mordía la cola en dos lugares distintos y en ninguno tenía sentido. Había pasillos que yo había caminado dos veces en direcciones que se anulaban. Había un tramo que, según mis propias flechas, terminaba dentro del tramo anterior.
Volví a la primera página. La ranura estaba ahí, dibujada, dos rayas y una marca en medio, con la palabra «Entrada» debajo, negra y firme. La miré un rato largo. Aquella ranura no coincidía con nada. Ni con los muros que había ido dibujando, ni con mis primeras flechas, ni con la pared que había seguido con los nudillos tan seguro de que una pared, cualquiera, terminaba llevando afuera. Era una entrada que no daba a ninguna parte de mi propio mapa.
La libreta me estaba diciendo la verdad, y yo la cerré.
Me dije que había dibujado mal. Que en la oscuridad, apurado, con la mano temblando, cualquiera confunde una izquierda con una derecha; que un mapa hecho a ciegas no vale gran cosa; que ya lo arreglaría después, con calma, cuando tuviera el objeto. La cerré más fuerte de lo que hacía falta y me la metí bajo el brazo, y me levanté, y caminé.
Y no llegué a ninguna parte, porque justo entonces sonó el despertador.
No hubo transición. No hubo luces azules, ni voz de bienvenida, ni el hombre saliendo de las sombras para decirme que había fallado. Un pasillo azul, un pie levantado, y de pronto la mejilla pegada a los apuntes, un dolor tirante en el cuello, la lámpara todavía encendida sobre la mesa y el teléfono vibrando contra la madera con esa insistencia estúpida de las cosas del mundo real. La madrugada estaba bien entrada. La hoja se me despegó de la cara.
Me miré las manos. Estaban vacías. No había libreta, ni bolígrafo, ni cordel, ni polvo gris en la palma. Me pasé los dedos por la mejilla y ahí sí había algo: el relieve del cuaderno, caliente, marcado en la piel. Eso era todo lo que traía encima. No me traje nada de allá adentro.
Nadie vino a decirme que había perdido. Eso fue lo raro. La otra vez, en la isla, él había salido de las sombras a mirarme con decepción y a despedirse; esta vez no hubo despedida ninguna, y la misión se quedó ahí, abierta, colgando, como una puerta que uno deja entornada al salir de una casa. No conseguí el objeto. Tampoco fracasé. Me sacaron, y ya.
Me había sentado a estudiar de tarde, me había vencido el sueño pasada la medianoche, y ahí estaba el despertador. Unas horas. Eso fue todo lo que tuve. Pero adentro yo hubiera jurado que caminé un día entero, o dos, y esa diferencia no me alarmó: al contrario, me tranquilizó. En ese mundo el tiempo iba más lento, era la única explicación que me cuadraba, y me la creí sin pelearla.
Después me lavé la cara y volví a los apuntes, porque los exámenes seguían ahí y esa era la parte de mi vida que todavía me pertenecía.
—Y ya —dije—. Eso fue todo.
La habitación seguía fría. Alder no se había movido. Miré la libreta abierta sobre mis piernas, el dibujo del laberinto con sus muros mal cerrados, la letra apurada de aquella noche, y pasé el pulgar por el lomo, donde alguna vez colgó un cordel.
—Esta libreta —dije en voz baja—. La que me trajiste. Me la dio él.
Lo dije y esperé.
Alder no se sorprendió.
Se enderezó. Fue un movimiento pequeño, un despegar la espalda de la pared, y sin embargo por primera vez desde que había entrado en la habitación toda su atención cayó sobre mí de golpe, entera, sin esa parte suya que hasta entonces había estado lejos, ocupada en algo que yo no entendía. De todo lo que le había contado, algo me decía que era esto lo que había venido a oír.
—Así que eso es lo que te dio —dijo.
Entendí la frase. La dejé pasar, y bajé la vista al dibujo del laberinto hasta que las líneas dejaron de significar algo. Alder no volvió a recostarse contra la pared. Se quedó erguido, mirándome, esperando a que yo siguiera hablando.