La puerta se abrió y por segunda vez abandoné toda esperanza.
—Tienes visitas. Compórtate —dijo uno de los encargados.
Cruzó la puerta, y por un segundo fue él. Pero no era él.
—¿Quién eres? —pregunté.
—Me llamo Alder, Alder Rever —respondió alegre—. Al fin te encuentro, Mateo Letto.
Su presencia me hacía temblar hasta los huesos y los días que prohibí recordar tomaron mi mente, pero algo se sentía inusual.
—Si no eres él —dudé—, ¿por qué te siento como él? Responde.
Alder miró al encargado y con un gesto le ordenó retirarse.
—¿Está seguro? —preguntó el encargado.
—Sí, no hay problema. En esta sala vacía puedo manejarlo.
El encargado se retiró y Alder cerró la puerta.
—Debo agradecerte.
Alder sacó una pequeña libreta del bolsillo y la lanzó hacia mí.
—Gracias a tus consejos fui capaz de librarme de ese idiota —agregó.
—Mi libreta. ¿Dónde la encontraste?
—Te seguí la pista. Fue por accidente, pero encontré las marcas que dejaste en la cascada.
—Esas no las dejé yo —me recosté en la pared—, fue Amelia.
—¿Amelia? —preguntó—. A ella no la mencionaste en tu diario.
—Ella… —me quedé en silencio unos segundos— está del otro lado.
Alder se llevó una mano al rostro y se frotó la frente. Su expresión dejó pasar, por un instante, una profunda tristeza. Todos sabíamos lo que era el otro lado, y muchos preferían la muerte antes que ese cruel destino.
—La segunda pista la encontré en el viejo mural —indicó señalando la libreta—. Demoré casi un mes, pero mi tiempo es uno a treinta. ¿Soy genial, verdad?
Noté su intento por desviar la conversación, pero miré la libreta y la acaricié con la yema de los dedos. Recordar a Amelia me hizo pensar en todo lo que pasé hasta este…
—¡Uno a treinta! —Había soltado un grito. Carraspeé y le pregunté—: ¿Cómo es eso posible?
La pequeña ventana de la puerta se abrió y los ojos alarmados del encargado se asomaron.
—Estoy bien —dijo Alder—, no hay nada por qué preocuparse.
—Si tú lo dices. —El encargado me miró.
Yo estaba sentado, recostado a la pared. Bajé la mirada. Había cometido un error: hablar con Alder me hizo olvidar por un instante el lugar donde estaba.
—No volveré a gritar —dije en voz baja, pero lo suficientemente alto para que el encargado me escuchara.
—Ya lo escuchaste —dijo Alder haciendo un gesto de confianza.
El encargado cerró la ventana y se fue. Alder sonrió; sus ojos brillaban con intensidad.
—¿Seguimos? —me preguntó.
—¿Qué usas como conexión? —pregunté sin pensarlo.
—Aún no lo sé —se encogió de hombros—, pero siento que estoy cerca.
—¿Y el método?
—Agua —respondió orgulloso.
Entrelacé las manos y me quedé en silencio unos segundos. Alder me miraba; su rostro reflejaba curiosidad. Tenía que pensar. Uno a treinta era un tiempo realmente exagerado: la mayoría de nosotros, con suerte, podía mantener la relación uno a uno sin sacrificar la cordura. Pero eso explicaba lo otro. No era la cara. Era lo que traía consigo, lo que entraba en el cuarto antes que el cuerpo: la misma presencia de él.
—Dijiste que te libraste de él. ¿Llegaste al final?
—Antes de eso —señaló la libreta—. Quiero saber cómo acabaste en un lugar así.
—Aquí puedo cortar mi conexión —respondí.
—No, no. Tu historia. Cómo llegaste a Babel.
—No es una gran historia, prefiero no hablar de eso.
—Te puedo llevar al final —su expresión cambió a una más seria—, pero antes de eso debo protegerte.
—¿A qué te refieres?
Alder me mostró una llave, pero nunca vi de dónde la sacó. Era alargada y oscura, y lo más inusual es que no lograba distinguir su color. Todo se alejó de golpe, como si estuviera escuchando la conversación sumergido en agua. Apenas habían transcurrido unos segundos —lo sé porque, para concentrarme, empecé a contar—, y por un momento no me sentí yo mismo.
—¿Ya lo entendiste? —su pregunta me sacó del trance—. Esta llave abre una puerta hacia el final, pero no durarás ningún segundo si pones un pie en ese lugar.
—Realmente no quiero hablar de eso. Hay partes que no quiero recordar.
—Sin una historia no hay llave.
—¿Qué relación tiene mi historia con la llave?
—Una vez llegues al final, es tu historia quien te protege. Es difícil de explicar, pero es la verdad.
—Me gustaría pensar que es raro, pero los dos sabemos que en ese lugar todo carece de sentido.
—Eso es correcto —sonrió.
—Será mejor que tomes asiento —dije—, no es una historia corta.
Recordar no era muy agradable. Después de todo, solo pude salvarme. Dejé atrás a tantas personas y al final solo fui objeto de su burla. Pero, en el fondo, sabía que no podía seguir en este lugar. Debía recuperar mi vida y hacerle pagar por todo lo que nos hizo.
Alder guardó la llave, se sentó y se recostó contra la pared. Sus ojos me observaban con atención, transmitiendo su curiosidad. Era la mirada de un niño sediento de conocimiento, pero con la paciencia de un adulto. Se quedó en silencio y esperó mi historia.
—Bueno, estaba en un bus cuando…
—No, no —interrumpió Alder—. Así no. Cuenta la historia completa. Quiero escuchar todo, con lujo de detalle.
—¿No es mejor ir a lo que importa? Así…
—¡No! —exclamó—. Necesito que la historia sea lo más detallada posible. Luego entenderás la razón. Vamos, no te saltes nada.
—Está bien —lo miré intrigado—, si tú lo dices.
Respiré hondo e hice memoria. Aunque había enterrado muchos sucesos, no me resultó difícil recordar. Ese lugar había consumido gran parte de mí y solo me aferraba a lo poco que pude conservar.
Alder fijó su mirada en mí, como si esperara pacientemente a que mis recuerdos tomaran forma frente a él. Con un suspiro me preparé para adentrarme en los rincones más lejanos de mi mente, listo para desenterrar cada detalle, por más doloroso que fuera.
Aquel día desperté antes que el despertador, con el cuerpo pesado y la sensación de no haber dormido. Me levanté de la cama sin ningún ánimo, tomé el celular y revisé la hora. Faltaban pocos minutos para que la alarma sonara, así que me senté a esperar en el borde de la cama, repasando el día que tenía por delante.
La madrugada tiene una tranquilidad incomparable; aunque el silencio no es absoluto, la melodía de la naturaleza crea un ambiente perfecto para descansar. Ese tipo de absurdos razonamientos pasaban por mi mente antes de comenzar mi rutina diaria. Me alisté rápidamente y salí.
Caminé desde mi casa hasta la parada, un tramo no tan largo, pero lo suficiente como para pensar en algunas cosas. El frío se me metía por el cuello de la chaqueta y la neblina se comía las casas a media cuadra, y yo iba pensando en lo maravilloso que sería subir al bus, encontrar un puesto y dormir un poco más. La espera no fue larga. Llegó el que esperaba; no conseguí asiento, pero logré situarme cerca de la ventana, agarrado del tubo.
Son dos horas de camino. Me puse los audífonos, como todos los días, porque dos horas se aguantan mejor con música. Mientras veía cómo se llenaba el bus pensaba en los exámenes. Era una temporada difícil, y los de ese semestre pesaban más que los otros.
Iba en la tercera o la cuarta canción cuando la música cambió sola.
No fue un corte ni un salto de pista. Lo que escuchaba se apagó por debajo, como si alguien le bajara el volumen desde otro cuarto, y encima quedó una melodía que yo no había puesto. Lenta, de pocas notas, con algo metálico atrás.
Pensé en mis amigos: cualquiera era capaz de meterme una canción horrible solo para molestar. Pasé a la siguiente pista. La melodía siguió. Lo intenté otra vez, y otra, y la barra avanzaba y volvía a empezar y la melodía seguía en el mismo punto, como si la canción y la aplicación fueran dos cosas distintas. Cerré la aplicación. Se siguió escuchando.
Ahí me quité los audífonos.
Los tenía en la mano. El cable colgando, las almohadillas hacia arriba, lejos de mi cabeza. Y la melodía seguía, igual de fuerte, en el mismo lugar. El bus tenía sus ruidos —el aire, la gente hablando bajo, una moneda cayendo en la caja— y todos estaban donde debían estar. La melodía no estaba en ninguna parte. Estaba, simplemente.
Apreté el botón lateral hasta que la pantalla se puso negra y sostuve el celular apagado en la mano. La canción llegó al final de la frase, respiró y volvió a empezar.
Se me secó la boca. Estaba apretando el tubo más de lo necesario y llevaba un rato sin parpadear. Ya no era rabia: era una cosa fina que subía por el pecho y no encontraba salida.
Encendí el celular otra vez. No sé bien para qué.
La pantalla se prendió, vibró, y llegó un mensaje de un número desconocido.
Nadie escapa de Babel.
Leí las cuatro palabras y miré por la ventana. Afuera pasaba la neblina, y postes, y un perro cruzando la calle, y estuve mirando eso un buen rato. Borré el mensaje y me volví a poner los audífonos, porque con los audífonos puestos la melodía por lo menos tenía dónde estar. Había dormido mal. Eso era todo. Ya se me iba a quitar.
—Próxima parada: estación…
Llegamos a la estación. Cuando bajó toda la gente que iba para allá busqué un asiento libre, porque faltaba la mitad del camino y quería llegar cómodo. El bus volvió a ponerse en marcha.
La melodía seguía. Ya no la escuchaba, o me había convencido de que no la escuchaba, que para el caso era lo mismo. No tenía tiempo ni ganas de pensar en algo diferente a los exámenes.
El movimiento del bus siempre me causó sueño, y con el cansancio del día anterior encima empecé a quedarme dormido.
Y entonces todo oscureció de golpe.
Lo primero que se fue fue el peso. Sentía el respaldo del asiento en la espalda y un segundo después no lo sentía, y no porque me hubiera movido, sino porque la espalda había dejado de ser mía. El ruido del bus se estiró hasta volverse un solo tono, largo y sin filo. Quise cerrar los ojos y no encontré ojos que cerrar. Y algo tiró: hacia arriba, o hacia adentro, no sé decirlo mejor.
Un sentimiento peculiar. Así lo llamé aquella vez, y así lo seguí llamando cada vez que volvió a pasar. Con eso me bastó.
Fui sacado de mi cuerpo.
De pronto estaba allí parado, sin poder moverme, sobre un fino piso de cristal que me reflejaba de forma inusual. El reflejo despedía una luz intensa que iluminaba gran parte de la sala. Desconcertado, miré hacia los lados, pero no se veía más allá de lo que el reflejo iluminaba. En algún momento la luz de mi reflejo se redujo, y con ella se encogió el poco mundo que tenía. Entonces escuché un silbido que cada vez se hacía más fuerte. Parecía venir hacia mí. Cuando el silbido sonaba justo a mi lado, una figura salió de las sombras.
—Hola, mi querido compatriota —dijo.
La figura era la de un hombre de mediana edad, el típico general militar que podrías ver en una película. De estatura promedio, canoso y con un gran bigote. Vestía un uniforme adornado por varias medallas y estrellas.
—No pareces muy sorprendido por estar en un lugar como este —agregó.
—Quizás esté acostumbrado a esto —contesté.
—¿Acostumbrado a esto?
—A un lugar oscuro con un poco de luz.
—Interesante. Entonces te preguntarás qué es esto. ¿No?
—Quizás solo me pregunte qué hago aquí.
—Bueno, he tomado algo muy importante para ti. Un recuerdo.
—¿Un recuerdo? —pregunté desconcertado.
—Algo que podría mejorar tu vida y la de otros.
—Qué estupidez —susurré.
—Te robé un recuerdo. Por lo menos deberías estar preocupado.
—Si no me siento preocupado, debe ser un recuerdo sin valor. Puedes estar engañándome.
—¿Cómo te llamas?
Al escuchar su pregunta abrí la boca para responder.
No podía recordar mi nombre.
Fui a buscarlo donde debía estar y no estaba. El sudor me bajaba por la frente y me temblaban las manos.
—Ahora te noto un poco preocupado, Mateo —dijo riendo.
Mis ideas se enfriaron y mantuve la compostura.
—Eres un poco rebelde. Solo te diré que hoy es el día en que cambiarás tu vida —continuó.
—Y si llegara a creerte, ¿qué quieres de mí?
—¿Si me creyeras? Sigues haciéndote el fuerte. Me gusta.
Me quedé en silencio.
—Bueno —agregó—, antes que nada, permíteme contarte algo.
» El mundo del que provienes no es el único. Existen infinidades de estos: cada día se crean nuevos y otros dejan de existir. Puede que algunos se parezcan entre sí, pero cada uno cuenta con su toque especial, aunque existen unos más especiales que otros, y esos son los que busco. Más específicamente, algo que hay en ellos. Puedes tratarme como un recolector de conocimientos olvidados, o como un simple coleccionista de objetos raros. Por eso te he robado un recuerdo: quiero que busques algo por mí, un objeto insignificante.
—¿Un objeto insignificante?
—Algo de tu talla —sonrió—. Todo individuo tiene sus límites, y yo conozco los tuyos. Busca el objeto y te devuelvo el recuerdo.
—¿Y si no acepto?
—¿No te has dado cuenta? Ya estás aquí. Ya has aceptado.
—¿He aceptado?
—Sí, nadie escapa de Babel.
Al escuchar esa frase volvió el sentimiento peculiar, y por segunda vez fui sacado de mi cuerpo. Esta vez el viaje fue más extenso: fui impulsado entre luces que cegaban y escuché a lo lejos una voz distinta, pero no entendí lo que dijo.
Un viento fuerte me devolvió el cuerpo. Estaba en una playa.
Un sol intenso y el sonido del mar acompañaban mi letargo. Cuando recuperé los sentidos noté que el brazo izquierdo me pesaba más, y al mirarlo tenía el puño entumecido. Al abrir la mano encontré un pedazo de papel arrugado con números y palabras que no significaban nada. Pero lo que más me sorprendió fue lo otro: en la palma tenía incrustado un cristal rectangular con una cuenta regresiva.
Cincuenta y siete minutos y disminuyendo. Tenía demasiadas preguntas y ninguna manera de ordenarlas. Nada de eso podía estar pasando. Solo había salido de mi casa, tomado un bus, y entonces todo ocurrió. Esperaba que fuese un mal sueño, pero era la realidad —la de otro mundo—, y si era verdad que tenía un recuerdo tan valioso debía saber de qué se trataba. No podía perder el tiempo.
Me puse en marcha. Miré hacia todos lados y a lo lejos vi lo que parecía el casco de un barco sobresaliendo de un bosque pequeño, pero denso. Fijé ese lugar como mi objetivo y comencé a caminar. Una vez salí de la playa, el fuerte viento que la acompañaba cambió a uno más suave y frío. Vi un camino que a simple vista parecía dirigirse hacia aquel barco, así que lo seguí y me adentré en el bosque.
Mientras caminaba estiré el papel, que estaba todo arrugado. Entre los números y las palabras sin sentido había dibujada la forma de un objeto: una lámpara. Supe que era lo que buscaba. Volví a mirar el cristal incrustado en la mano y solo habían pasado cinco minutos. Me pareció poquísimo: tenía la impresión de haber demorado mucho más. Imaginé que en ese mundo el tiempo pasaba más lento.
Me quedé mirando el reloj sin ninguna razón, y de golpe le restaron diez minutos.
Lo miré otra vez, como si mirarlo fuera a devolvérmelos. Apreté el paso, después empecé a correr, y no dejaba de pensar si aquel sujeto estaba jugando conmigo; quizás él manejaba el tiempo en ese mundo y lo atrasaba a su gusto, solo para tenerme corriendo. Entre más me acercaba al barco, más energético y concentrado me sentía. Era como si el barco me llamara. Miré el reloj: habían pasado cuatro minutos. Me quedaba más de media hora. Si era cierto que el objeto estaba en el barco, a ese ritmo lo conseguiría.
Ya cerca, en medio de una concentración de árboles, vi una casa a la que no le di importancia, hasta que una sombra inusual entró en ella.
Me quedé mirando la casa más tiempo del que debía, y terminé cambiando de rumbo. Revisé el reloj: aún faltaba más de media hora. Me alcanzaba.
Entré. Adentro había un aula de clases idéntica a las de la universidad a la que asistía, y en una silla estaba él.
—Te saludo de nuevo, compatriota.
—Solo eres tú —respondí con desánimo.
—¿Esperabas que fuese otra persona? —preguntó con una risa burlona.
—Esperaba hallar a otra persona en este lugar.
—Eso no será posible, amigo mío. Estás solo en esta isla. Mira el tablero.
Fijé la mirada sobre el tablero. Había un mapa de la isla, aunque solo mostraba una parte: reconocí la playa y el bosque. Un punto brillaba por la mitad del bosque. Quizás allí estaba el barco, pensé. Justo después me acordé de la cuenta regresiva, así que miré al sujeto y pregunté:
—¿Y qué haces aquí? Me estás haciendo perder el tiempo.
—Tranquilo, muchacho. Si revisas el reloj verás que el tiempo está detenido. Algo pasó en tu mundo y eso nos da un poco de tiempo extra.
—¿Entonces lo de restarme diez minutos no fue obra tuya?
—No. Yo no le haría eso a un compatriota que me está ayudando.
—Deberías decir obligado.
—Tú aceptaste venir, pero saltemos eso. Los diez minutos fueron obra de tu mundo. Recuerda que estás en un bus que se dirige hacia tu destino; yo solo tomé tu conciencia prestada y le di un nuevo cuerpo físico.
—¿Entonces técnicamente sigo en ese tráfico?
—¡Exacto! Tu tiempo aquí depende de cómo se maneje el tráfico en tu mundo. Por ahora tenemos un lapso de suerte, así que escucha. Una vez entres al barco las reglas cambiarán, y el objeto hará todo lo posible para que no llegues a donde está. Por eso te daré esta brújula. Extiende la mano derecha.
—Espera, ¿qué haces?
—Incrustarte la brújula en la mano. Puede que el objeto intente cambiarla y hacerte caminar en círculos.
Sentí un dolor enorme que se desvaneció en unos segundos.
—¿Y por qué no me explicaste todo desde un principio? ¿Por qué no me transportas al barco y ya?
—No tengo tal poder aquí, muchacho. Lo máximo que puedo hacer es darte la brújula.
Mucho de lo que decía no tenía sentido, y algo en mi cara debió decírselo.
—Créeme, no te mentiría, compatriota. Realmente quiero ese objeto y confío en que lo conseguirás.
—Espero que ese recuerdo valga la pena.
—Lo vale. Mucho más de lo que imaginas.
Una alarma sonó. Parecía provenir del cristal, y al revisarlo el tiempo había comenzado a disminuir. El aula en donde estábamos empezó a desaparecer y aquel sujeto se despidió, dejándome muy en claro que no confiara en nada de lo que viera al entrar en el barco: solo debía seguir la guía de la brújula.
Cuando desapareció del todo me dirigí hacia el navío. Mientras me apresuraba, las preguntas se me iban amontonando. ¿El objeto tenía vida? ¿Qué clase de objeto sería? ¿Tendría algún poder? ¿Por qué no lo buscaba él?
Necesitaba respuestas. En algún punto del camino la motivación que me impulsaba cambió: ya no me preocupaba perder el recuerdo, solo quería saber qué era ese objeto.
A unos metros me detuve sin querer detenerme.
Había visto el casco desde la playa, pero nunca me lo imaginé así. El barco no estaba encallado: estaba incrustado. Le habían metido la proa a un montículo de tierra y la tierra se había cerrado alrededor del metal sin una grieta y sin un solo escombro. Los árboles crecían pegados al casco. Uno de ellos salía de la baranda.
Alrededor del montículo había neblina, y no era la del mar: esta se quedaba quieta a la altura de mi pecho, en un círculo bastante exacto, y de ahí no pasaba. Metí una mano y sentí el frío en la muñeca.
Y todo estaba en silencio. Ni pájaros, ni insectos, ni el mar, que hasta hacía un minuto se escuchaba de fondo. El barco no hacía ruido y, sin embargo, yo tenía la sensación clarísima de estar escuchando algo.
Aparté la mano y seguí caminando.
Cuando estuve más cerca noté que la brújula estaba completamente averiada: la aguja no paraba de dar vueltas, y entre más me acercaba al barco, más rápido giraba. Revisé el reloj para saber si también estaba dañado, pero seguía funcionando con normalidad.
Me quedaba menos de media hora.
Quise entrar, pero a simple vista no había manera de acceder al navío. Di un par de vueltas, revisé el sitio y por fin hallé una: una escotilla, a algunos metros de altura. Aunque el barco estuviera inclinado, subir era complicado.
Traté de escalar el casco y me resbalé a mitad de camino; busqué una piedra afilada para abrir agarres en el metal y solo conseguí rayarlo, cansarme y perder diez minutos.
Sin más ideas decidí tomar impulso. Tomé distancia, corrí y me lancé contra el casco. Subí tres, cuatro pasos por la plancha inclinada, la punta del zapato se me fue de lado y caí. Caí mal. Aterricé sobre el brazo izquierdo y el codo se me abrió contra una piedra, y me quedé boca abajo en la tierra, esperando a que el dolor terminara de llegar. Cuando me senté tenía el antebrazo raspado desde el codo hasta la muñeca. El dolor no era tan fuerte. Tenía cosas más importantes en qué concentrarme.
Volví a intentarlo. Volví a caer, del mismo lado.
Descansé un minuto, me limpié la cara y pensé, alentándome, que la tercera era la vencida.
Subí más que las otras veces. No lo suficiente.
Allí estaba, en el piso, mirando cómo disminuía el tiempo. En el pasado era algo común que fallara. Siempre me esforzaba por triunfar, pero sabía que tenía límites. La motivación que encendía mi cuerpo se estaba apagando. El cansancio me tomaba. El brazo ya no me dolía en un punto: me dolía entero, desde el hombro, y no lo podía cerrar del todo.
Pero algo en mí no quiso rendirse.
Me levanté, reuní toda la determinación que pude, ignoré lo que le pasaba a mi cuerpo y volví a intentarlo. Si no lo conseguía esta vez ya no me quedaría tiempo para buscar el objeto. Tomé toda la distancia que había, fijé la vista en el borde de la escotilla y corrí con todo.
Cuando abrí los ojos estaba colgado del borde de la escotilla, sostenido por el brazo izquierdo.
No me pregunté cómo.
Debía entrar rápido, no iba a durar mucho más colgado de aquel lugar, y luego de un gran esfuerzo pude entrar. Una vez adentro volví a experimentar ese sentimiento peculiar y por tercera vez sentí cómo era sacado de mi cuerpo. Solo para ver cómo mis recuerdos iban saliendo mientras caía entre luces hasta el fondo de aquel barco.
Cuando reaccioné solo me quedaban unos segundos en el reloj. El tiempo se había acabado. Regresé a la primera sala y aquel sujeto volvió a salir de las sombras.
—Has fallado. Esperaba mucho más de ti, compatriota.
—¿Cómo es esto posible? —pregunté agitado—. Aún me quedaban más de diez minutos.
—Te lo expliqué, muchacho: tu tiempo aquí es manejado por el tráfico de tu mundo, y has tenido mala suerte.
—Entonces perdí.
—De verdad esperaba que tú me trajeras ese objeto. —Me miró decepcionado.
—Siento haberte dado esperanzas, pero mi suerte casi nunca me acompaña.
—Ya veo que no. En unos segundos despertarás y, por intentarlo, te daré algo por el esfuerzo. Adiós, mi querido compatriota.
Desperté sobresaltado. Aquel sueño me había dejado con una muy mala sensación. Bajé del bus y me dirigí hacia la universidad. Caminaba y no podía dejar de pensar en que quizás era verdad que había perdido un recuerdo. El sueño había sido muy raro, pero tampoco me sorprendió tanto: mis sueños siempre tienen un toque de rareza. Seguí caminando por el campus y, al llegar a las afueras del edificio, revisé la hora. Seis y cincuenta y dos minutos. Justo a tiempo, pensé; la cafetería abría a las siete en punto y podía agarrar un buen desayuno. Me dirigí a formar la fila, saludé a mis compañeros de salón y me puse a hablar con ellos.
Así terminó mi primera misión. Lo que sigue no lo viví: lo supe después, cuando me devolvieron la parte de mí que se había quedado allá.
—Ya has despertado.
—¿Y por qué estoy aquí? —pregunté confundido.
—He separado una pequeña parte de ti. La próxima vez que vuelvas, estos recuerdos se unirán a ti.
—¿En la próxima?
—Deseo los objetos y solo tú puedes traérmelos, así que espero tu esfuerzo. O quizás olvides algo mucho más importante que la letra de una canción que odias.
—¿Una canción?
—Te dejaré por hoy. Nos veremos muy pronto, muchacho.
Él volvió a las sombras, y yo no tardé ni un día en volver a ese lugar.