8 de marzo de 2137, 10:00 AM, área de seguridad nivel dos, zona de reuniones, salón D.
El protocolo de acceso fue más riguroso de lo habitual. Tres verificaciones biométricas, dos confirmaciones de autorización y un escaneo completo que detectó hasta el último componente electrónico en mi equipo personal. El guardia en la entrada revisó mi credencial con una meticulosidad que no había visto en meses.
—¿Misión clasificada? —pregunté, intentando sonar casual.
—Clasificación uno, Ingeniero Gant —respondió sin levantar la mirada—. Acceso temporal autorizado a nivel uno. Protocolo estándar.
No había nada estándar en esto. Las misiones se asignaban según el rango militar de la persona y solo habían dos excepciones: promoción o degradación. Yo conseguí ascender a teniente hace unos meses, así que no tenia sentido otro ascenso y menos saltarse rangos.
Esto era bastante sospechoso, por lo que sabia las misiones de clasificación uno requerían autorización especial incluso para algunos roles de alto nivel y no solo eso, la mayoría de los registros de estas misiones se mantenían fuera de los sistemas públicos.
Un agente de protocolo nos dio la bienvenida y nos entregó unas tabletas con la información de la misión. La interfaz era la estándar del Departamento de Regulación Mundial: eficiente, minimalista, y diseñada para transmitir solo la información necesaria. Nada más.
Observé varios documentos y uno llamó mi atención de inmediato. El archivo principal llevaba el nombre “Ethia - Actualización Sistema Antares”. Abrí el documento y encontré un registro de coordenadas que, a simple vista, formaban una especie de red que rodeaba la Tierra. Once puntos distribuidos estratégicamente en órbitas satelitales.
Solo una, la doceava de la lista, se alejaba del conjunto.
Revisé las coordenadas dos veces. La distancia era considerable. Demasiado considerable para una antena de comunicaciones estándar. Otro indicio sospechoso.
El documento contenía toda clase de información técnica sobre el sistema Antares: especificaciones de hardware, protocolos de instalación, diagramas de circuitería. Todo parecía legítimo. Una misión de mantenimiento estándar, el tipo que se realizaba con cierta frecuencia para mantener la red espacial Lance operativa.
Pero algo no encajaba.
La red espacial Lance había sido modificada cuarenta y siete veces, la mayoría en la década pasada. ¿Por qué otra actualización ahora? ¿Y por qué clasificación nivel uno, el mismo grado que las misiones sin registro publico?
Miré alrededor del salón. Once personas en total, diez de ellas sentadas a lo largo de una mesa rectangular de metal pulido: dos generales, leyendo en sus tabletas con esa concentración característica de quienes ya conocen la información pero la revisan por protocolo; dos mecánicos, uno operando un computador portátil y el otro ajustando una especie de artefacto cuadrado que parecía un módulo de comunicaciones encriptadas; tres personas que no había visto nunca y que, por sus insignias discretas, pertenecían a una facción que no reconocí de inmediato.
Y, por sus expresiones de estudiada neutralidad, mis compañeros de misión: la Capitana Ashwel Wirtz y el Doctor Julián Nix. Junto a ellos, algo apartado, un cuarto rostro que tardé un segundo en ubicar: un hombre delgado, de clase media, con el característico injerto de comunicaciones detrás de la oreja izquierda. Rafael Moura. Lo recordaba de pasada, especialista en sistemas de a bordo y enlace de comunicaciones; el tipo de operador que viaja en cada nave y al que nadie presta atención hasta que la radio falla. Asentí en su dirección por cortesía. Él devolvió el gesto sin levantar apenas la vista de su tableta.
Julián me miró brevemente y asintió. Su rostro no mostraba preocupación, pero conocía ese gesto. Era el mismo que usaba cuando revisaba biomarcadores anómalos que prefería no discutir frente a otros.
La Capitana Wirtz mantenía su atención en la tableta, deslizando el dedo por la pantalla con movimientos precisos. Demasiado precisos. Como si ya hubiera leído el documento completo antes de entrar a la reunión.
El silencio se rompió cuando una mujer entró apresurada al salón. Reconocí inmediatamente su rostro: la doctora Rachel Mann, directora de proyectos especiales en la división de investigación aeroespacial. Autoridad civil con acceso de seguridad nivel uno. Una de las pocas personas en la base cuya autorización superaba la de los generales presentes.
—Llegué lo más rápido que pude —dijo, dejando caer un maletín sobre la mesa—. Fue difícil convencer a los ingenieros de Atlas de liberar los datos de telemetría a tiempo.
Rachel conectó un módulo de información a la consola central y la pantalla principal del salón cobró vida. Un mapa tridimensional del espacio apareció, mostrando el sistema solar con una precisión que sugería procesamiento en tiempo real.
No pude evitar admirar la calidad del renderizado. Los datos fluían con una suavidad que solo era posible con agentes de procesamiento de última generación. Cada planeta, cada luna, cada estación espacial aparecía rotulada con información actualizada.
—¿De dónde sacaste ese mapa? —preguntó el general Robert Moss, frunciendo el ceño—. Los datos de telemetría de ese nivel requieren autorización del consejo aeroespacial.
—Eso es lo de menos —intervino el general Andrew Bane, sin apartar la mirada de la pantalla.
Robert Moss y Andrew Bane. Dos leyendas de la base. Cada uno contaba con un historial de misiones que incluía desde exploraciones a lunas de Júpiter hasta operaciones de rescate en zonas de radiación extrema. Ambos vestían las insignias de general, y su fortuna en Puntos de Contribución los situaba en la cima de la clase alta. Se rumoreaba que entre los dos acumulaban más de medio millón de Puntos de Contribución.
Ambos se miraron por un momento. Moss frunció el ceño con más intensidad, pero Bane negó levemente con la cabeza. Se intercambiaron un par de gestos que no alcancé a interpretar completamente, pero el mensaje era claro: “No ahora. Después.”
Volvieron su mirada a la pantalla.
Rachel sonrió levemente, como si disfrutara del pequeño desacuerdo entre los generales, y navegó por el mapa hasta centrar la vista en una región del espacio entre Marte y Júpiter. La interfaz hizo zoom, revelando una serie de puntos luminosos conectados por líneas vectoriales.
—Este es el proyecto de actualización Antares —explicó Rachel, señalando los puntos—. Como saben, la red espacial Lance ha sido la columna vertebral de nuestras comunicaciones interplanetarias desde 2119. El sistema Antares representa la siguiente generación de nodos de comunicación: mayor alcance, mayor autonomía, y capacidad de procesamiento distribuido que reducirá la latencia en un cuarenta por ciento.
Todo sonaba perfectamente razonable. Técnicamente impresionante, incluso. Pero seguía sin explicar por qué la clasificación de la misión era uno si solo parecía ser una instalación de hardware.
Rachel continuó, mostrando diagramas técnicos de los módulos Antares. Pude reconocer varios componentes: procesadores cuánticos de última generación, antenas de haz dirigido y sistemas de energía basados en reactores de cuarzo compactos.
Espera.
Reactores de cuarzo.
Revisé el documento en mi tableta. Efectivamente, cada nodo Antares llevaba cuatro reactores de cristal de cuarzo tratado con concentración de Gant tipo-C. Los mismos que alimentaban las naves interplanetarias más avanzadas.
¿Por qué una antena de comunicaciones necesitaba ese nivel de energía?
—La instalación se realizará en doce ubicaciones —continuó Rachel, ampliando el mapa—. Once en la red de traslación terrestre estándar, y una en posición avanzada para extender el alcance hacia el cinturón de asteroides.
Ahí estaba. La doceava coordenada.
Miré la ubicación en mi tableta y sentí un escalofrío recorrer mi espalda. La coordenada estaba listada con una precisión extrema, pero sin nombre de referencia planetaria. Solo números.
¿Por qué no mencionar qué había cerca de esa coordenada?
—¿Qué tan avanzada es esa posición? —pregunté, manteniendo mi tono casual.
Rachel me miró directamente por primera vez desde que había entrado.
—Lo suficientemente avanzada para cubrir el cinturón de asteroides —respondió—. Detalles específicos en el paquete de navegación que recibirán al embarcar.
Esa no era una respuesta. Era una evasión.
El general Moss intervino antes de que pudiera presionar más:
—¿Cuál es el tiempo estimado de la misión?
—El tiempo estimado de la misión es de cinco semanas —respondió Rachel—. La distancia y las ventanas de lanzamiento orbital requieren paciencia. La tripulación partirá el día 13 de marzo a las 14:00 horas desde la plataforma B. Primera parada: estación Alpher para instalación del impulsador interplanetario.
Cinco días de preparación completos. Tiempo suficiente para ultimar cada detalle de una misión de esta magnitud.
Uno de los desconocidos en la mesa habló por primera vez. Era un hombre asiático de mediana edad, sin un acento que delatara su procedencia. Vestía un traje civil discreto, pero algo en su postura delataba entrenamiento militar.
—¿Qué nivel de escoltas militares acompañarán la misión? —preguntó.
Rachel dudó por una fracción de segundo antes de responder:
—No habrá escoltas. La misión es de bajo perfil. Mínima atención.
Eso tampoco tenía sentido. Una misión de clasificación uno, con generales presentes en la reunión, ¿sin escoltas militares?
Observé al hombre asiático más detenidamente. Llevaba un discreto dispositivo en el cuello que reconocí inmediatamente: un QT-502, un modelo de potenciador que dejó de fabricarse hace tres décadas, después de que fuera aprobada la ley anti-termas. Esos dispositivos habían sido prohibidos por su capacidad de alterar la temperatura corporal a niveles que podían dañar la nano-cadena estándar.
Sus dos acompañantes, sentados a cada lado, portaban algo aún más preocupante: protuberancias bajo sus chaquetas que sugerían AX-U02, una modificación militar de los AX-707. Esas armas eran ilegales en seis de las nueve facciones espaciales.
Una facción pro-militar. Y Rachel los había invitado a la reunión.
—¿Hay alguna preocupación de seguridad que debamos conocer? —preguntó la Capitana Wirtz, con un tono que sugería que ya conocía la respuesta.
—Ninguna confirmada —respondió Rachel—. Pero como medida de precaución, la tripulación llevará equipo de alto nivel, sumado a protocolos de emergencia actualizados y acceso a comunicaciones encriptadas directas con el comando central.
El mecánico alzó el artefacto cuadrado dando a entender que ese era el dispositivo de comunicación. Todos miramos hacia él. Moura se inclinó hacia delante por primera vez en toda la reunión.
—¿Enlace cuántico o relé convencional? —preguntó, en el tono plano de quien ya está calculando anchos de banda—. Si el relé pasa cerca del cinturón, la latencia me va a comer la mitad de la ventana de transmisión.
—Enlace directo —respondió Rachel—. Usted gestionará las comunicaciones de a bordo y el enlace con tierra. Tendrá los protocolos completos en su paquete.
Moura asintió, satisfecho, y volvió a recostarse. Una pieza más en el tablero. Cadena de mando ordenada: Wirtz al frente, Nix en lo médico, yo en ingeniería, Moura en comunicaciones. Demasiado limpio para una instalación de antenas.
Antes que Rachel pudiera seguir con la explicación el general Bane carraspeó, se reclinó en su silla y cruzando los brazos dijo:
—En otras palabras, esperan problemas pero no quieren decir cuáles.
Rachel mantuvo su expresión neutral.
—Esperamos que todo transcurra sin incidentes. Pero si los hubiera, la tripulación está debidamente calificada para manejarlos.
Miré a Julián. Él era médico de campo, especializado en emergencias neurológicas y trauma por radiación. ¿Por qué necesitaban un especialista neurológico en una misión de instalación de hardware?
La reunión continuó durante otra hora. Rachel mostró más diagramas técnicos, protocolos de instalación, y cronogramas detallados. Repasó también el protocolo de operación en exteriores: ninguna salida de casco fuera de la nave sin pareja asignada —sistema de compañeros, sin excepciones—, ventanas de actividad limitadas, registro de cada apertura de esclusa. Todo parecía meticulosamente planeado. Demasiado meticulosamente.
Pero mi atención seguía con la doceava coordenada situada muy cerca del cinturón de asteroides. Comenzaba a sospechar, habían muchos indicios que me hacían pensar que esta misión era peligrosa.
Cuando la reunión terminó, los generales fueron los primeros en salir, seguidos por los representantes de la facción no identificada. Rachel guardó su módulo de datos y se acercó a la Capitana Wirtz. Hablaron en voz baja durante unos momentos. No pude escuchar la conversación completa, pero capté fragmentos:
“…protocolo Sombra si es necesario…”
”…J.E.N.O.S. no está involucrado…”
“…discreción absoluta…”
¿J.E.N.O.S.?
No reconocí el nombre. Era un nombre que nunca había escuchado, ni leído en algún documento clasificado en todos mis años de servicio. Solo esas siglas, pronunciadas con cuidado, letra por letra.
Pero algo en el tono de Rachel —la forma deliberada en que especificó que no estaban involucrados— me hizo sentir un escalofrío.
Si mencionas explícitamente que alguien no está involucrado en algo, es porque normalmente deberían estarlo.
Y si ese alguien o algo, asumo que una organización que yo nunca había escuchado “debería estar” involucrada en una misión…
No quería pensar en qué tipo de amenazas requerían ese nivel de secreto.
No quería pensar en por qué los estaban dejando fuera.
Pero sobre todo, no quería pensar en qué situación fuera demasiado delicada incluso para ellos.
Salí del salón detrás de Julián. Él caminaba con paso medido, pero pude notar la tensión en sus hombros.
—¿Tú también lo notaste? —pregunté en voz baja.
—¿El hecho de que nos están diciendo aproximadamente un tercio de la verdad? —respondió sin voltear—. Sí, lo noté.
—¿Y aun así vas a ir?
Julián se detuvo y me miró.
—Adam, ambos sabemos que misiones como esta no son opcionales. Si Rachel y los generales quieren que vayamos, iremos. La pregunta no es si vamos. La pregunta es qué vamos a encontrar cuando lleguemos.
Tenía razón. En el sistema Sistema de Contribución Humano rechazar una misión de clasificación uno podía interpretarse como “falta de contribución de alto valor”. Y eso podía costar suficientes Puntos de Contribución para arruinar años de trabajo.
—Entonces prepárate para lo peor —dije.
—Siempre lo hago —respondió Julián, reanudando la marcha.
Regresé a mi habitación en la zona residencial de la base. Era un espacio pequeño pero funcional: una cama, un escritorio con terminal de computadora, una pizarra que usaba para mis cálculos personales, y una pequeña ventana que daba a la bahía de lanzamiento.
Me senté frente a la terminal y abrí un canal de comunicación privado. Escribí la dirección de contacto de Simone Lastrada y comencé a redactar un mensaje:
“Simone, necesito que revises algo. Las coordenadas de esta misión me inquietan. ¿Puedes hacer una consulta discreta sobre zonas restringidas en el sector…”
Borré el mensaje antes de enviarlo.
Si Simone investigaba y dejaba un registro, eso podría vincularse a mí. Y si había algo realmente clasificado en esta misión, hacer preguntas podría costarle sus Puntos de Contribución. No podía hacer eso.
En lugar de eso, decidí investigar por mi cuenta.
Abrí el archivo de navegación que Rachel había mencionado. Como prometió, contenía todo tipo de información con exceso detalle, me dirigí hacia el listado de coordenadas y pude ver las doce ubicaciones.
Revise cada una hasta llegar a la doceava. Situada a dos punto setenta y cuatro unidades astronómicas del sol, la coordenada estaba muy cerca del cinturón de asteroides.
Su descripción era sencilla: Última antena de largo alcance de la red espacial Lance. Unidad de decimo tercera generación. Nombre designado Anchor. Modificada hace once años, misión Erise-3. Estado, activa.
Esta antena era el pilar de las comunicaciones con las colonias de Marte y para evitar cualquier sabotaje estaba en una coordenada difícil de llegar sin una tecnología de propulsión especial.
Mi sospecha por la doceava coordenada fue resuelta, todo resultó en un motivo estratégico. Respiré hondo, exhalé y seguí leyendo el archivo de navegación. Repasé cada detalle y en poco tiempo me convencí que la misión tenia una clasificación militar de uno por el posible sabotaje de la comunicación con las colonias de Marte.
Debía ser eso.
Terminé de leer el archivo y cargué las coordenadas en mi mapa estelar personal. El sistema procesó la información durante unos segundos y luego me mostró la locación de las antenas y una línea punteada que las unía. Miré el mapa y el tiempo de cinco semanas que dijo Rachel me hizo sentido. Estaba sorprendido por lo bien calculado que estaba todo.
Pase un tiempo mirando el mapa hasta que sentí como el sistema de soporte emocional se activó dejando mi pensamiento en blanco. Quede desconcertado y no fue hasta unos minutos después que entendí que había pasado.
Un nombre vino a mi mente: Ceres.
Ceres. El planeta enano que había sido declarado zona prohibida después de los incidentes de 2118 se encontraba muy cerca de la doceava coordenada. El lugar donde siete naves habían sido destruidas sin explicación. El lugar donde docenas de misiones posteriores habían fracasado.
Y no era la primera vez que aquel rincón del cinturón se tragaba naves. Lo que en 2118 llamaron “incidente” tenía un eco más viejo: el Fallo Disonante de 2109, cuando una cadena de naves se perdió en el mismo sector sin dejar restos ni señal. Durante décadas, los registros habían ido enterrando cada pérdida bajo una causa distinta, como si nadie quisiera unir los puntos. Nos estaban enviando a Ceres y nadie nos lo había dicho explícitamente.
Mi pulso se aceleró, pero el sistema de soporte emocional actuó de inmediato.
Pasé las siguientes horas revisando todo lo que pude encontrar sobre Ceres en los archivos públicos. La información era sorprendentemente escasa para un cuerpo celeste que había sido objeto de tanto interés.
Los registros oficiales decían:
2109: Fallo Disonante. Pérdida de una cadena de naves en el sector del cinturón, próximo a Ceres. Causa oficial registrada: error de navegación en cascada. Sin restos recuperados.
12 de enero de 2118: Destrucción de siete naves estacionadas cerca de Ceres. Causa: Desconocida.
2118-2120: Múltiples misiones de investigación enviadas. Todas fracasaron o regresaron sin resultados.
2121: Ceres declarado zona prohibida por tratado internacional. Acceso restringido a personal con autorización nivel uno o superior.
Eso era todo. No había detalles sobre qué causó las destrucciones. No había informes de las misiones fallidas. Solo un vacío de información tan obvio que gritaba encubrimiento.
Intenté acceder a archivos clasificados usando mis credenciales de nivel cuatro, pero cada intento fue bloqueado con el mismo mensaje: “Autorización insuficiente. Requiere acceso nivel dos o superior. Contacte al departamento de seguridad para más información.”
No iba a contactar al departamento de seguridad. Eso dejaría un registro de mi curiosidad.
En lugar de eso, cerré la terminal y me recosté en la cama, mirando el techo.
Tenía cinco días antes del despegue. Cinco días para preparar lo que fuera que necesitaría para sobrevivir lo que nos esperaba en Ceres. Cinco días para terminar lo que llevaba meses desarrollando. Mi propio agente especializado. Meltis.
Por primera vez en meses, el sistema de soporte emocional no pudo evitar que el miedo se instalara en mi pecho como un peso frío y persistente.
Y una pequeña voz en el fondo de mi mente susurraba una pregunta que no podía ignorar:
¿Qué están ocultando realmente?