Capítulo 1

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8 de marzo de 2137, 8:50 AM, área de seguridad nivel cinco, zona de equipos avanzados.

Mi primer reporte para esta misión comienza en una zona curiosa de la instalación, un área que me llena de recuerdos.

Dos mecánicos daban los últimos ajustes al modelo final del motor de propulsión en lo que reconocemos como el orgullo de la institución: el fabricador. Su conversación técnica, llena de jerga que reconocí, pero no interrumpí, me llevó a tomar un camino poco transitado pero de mucho interés.

En uno de los extremos del recinto se encuentra una escalera que lleva al lugar donde reposan los circuitos auxiliares del fabricador. El pasillo está lleno de bloques de circuitería fuertemente protegidos por láminas gruesas de un material metálico cuya composición le dio a Gerad Hillmes el mayor reconocimiento que un científico puede obtener en la era del Sistema de Contribución Humano.

Ese año Gerad se llevó varios premios Anderson por crear un metal que convertía el calor en frío y el frío en energía. Lo más impresionante era su estructura polimórfica: el material podía reorganizar su configuración molecular para absorber diferentes tipos de frecuencias energéticas, aunque esa propiedad específica rara vez se mencionaba fuera de círculos especializados.

Hasta este día Gerad es respetado y envidiado por lograr uno de los aportes más significativos para la humanidad. Se le otorgaron suficientes Puntos de Contribución para llegar a lo más alto de la clase alta y garantizar que sus tres generaciones siguientes nacieran con estatus privilegiado.

A pesar de la tecnología que lo rodeaba, el pasillo no había escapado a la monotonía: paredes blancas sin un solo ángulo de interés, suelo de hormigón con una capa de pintura gris oscuro que servía de aislante, luces que apenas cumplían con su función y un aire que llevaba demasiado tiempo circulando por los mismos filtros sucios.

Al final del pasillo, una puerta separa la instalación de lo que considero la habitación más extraña de todas las bases en las que he estado. Con un nivel de acceso cero, solo aquellos con privilegio absoluto pueden adentrarse y ser testigos de las creaciones más terroríficas imaginables por la mente humana. Cada vez que tomo este camino, me detengo en esta puerta pensando que, si alguna vez se llegase a abrir, el mundo conocería su final.

El pasillo gira hacia la derecha y continúa hasta otra escalera que sube y da salida al extremo opuesto de la zona de equipos avanzados. Allí, una puerta da acceso al salón de prototipos.

En esta sala es el único lugar donde puedo usar la primera versión del calibrador, que en mi opinión es mucho mejor que el modelo producido en masa. Entré en la máquina e inició el proceso. Cada vez que me hago una calibración, a mi mente llegan ciertos recuerdos.

Esta vez fueron los malestares.

Después de mi cuarta misión, empecé a soñar con una especie de código. Despertaba en medio de la noche y, sin darme cuenta, caminaba hasta la pizarra de mi habitación para escribir ecuaciones que no recordaba haber aprendido. Secuencias numéricas complejas trazadas con marcador rojo, una tras otra, hasta llenar el tablero completo. Por las mañanas, las borraba antes de que alguien las viera y fingía que no había pasado nada.

También estaban las comidas. Me encontraba moviendo la comida en el plato, organizando los vegetales en patrones geométricos perfectos sin siquiera notarlo. Un compañero una vez me preguntó si estaba jugando con la comida o diseñando un circuito integrado. No supe qué responderle.

Los veteranos no hablaban de eso cuando compartíamos turnos en la sala de descanso, pero sus manos temblaban cuando ajustaban los calibradores antes de embarcar. Lo notaba porque yo también temblaba.

Como su nombre indica, la máquina ajusta ciertos parámetros de la nano-cadena, ese invento revolucionario de 2056 que salvó a millones y luego condenó a billones más al Sistema de Contribución Humano. La ironía no se me escapaba: la misma tecnología que había garantizado mi supervivencia biológica ahora me causaba malestares que ningún médico podía diagnosticar sin arriesgar mi rango de contribución.

Antes de cualquier misión, la tripulación debe someterse a una calibración en el área médica. Lo que no sabía en mi primera misión era que iba a experimentar ciertos malestares que, afortunadamente, pude ocultar gracias al sistema de soporte emocional integrado en mi variante militar de nano-cadena. El Departamento de Regulación Mundial lo comercializaba como “optimización del desempeño bajo estrés”, pero todos los que lo tenemos sabemos la verdad: es una correa invisible que mantiene nuestras emociones “negativas” bajo control.

Lo que tampoco dicen los folletos del Departamento de Regulación Mundial es que la correa cuesta. Cada supresión sostenida descuenta Puntos de Contribución de tu reserva, como si el sistema te cobrara por el privilegio de no sentir. Reportar síntomas neurológicos, además, podría clasificarme como “no apto para servicio espacial”, lo que equivaldría a perder todos los puntos ganados en misiones previas de un solo golpe. Así que hice lo que cualquier persona con rango alto haría: ocultarlo y buscar una solución yo mismo.

Después de varias misiones soportando distintos malestares, alcancé mi límite en lo que llamaron el Alba de Escarcha. La misión más difícil a la que me había enfrentado. Un mes completo en la luna de Júpiter, Ganímedes, enfrentando condiciones que llevaron a tres miembros del equipo a colapsos neurológicos permanentes. Yo sobreviví. Mis contribuciones me valieron el ascenso a teniente y suficientes Puntos de Contribución para respirar tranquilo durante tres meses. Ocho mil de un solo golpe, los justos para seguir sosteniendo el estatus de clase alta que heredé de mi abuelo y que nunca dejo de temer perder.

Durante ese descanso, aproveché mi nuevo beneficio para investigar los registros del fabricador, buscando una solución a lo que, por instinto, estaba convencido de que era el problema. No podía permitirme otra misión con esos malestares. No cuando cada error podía costarme no solo la vida, sino también el prestigio de mi familia, nada era más importante que mantener mi existencia relevante para el sistema.

La lista de prototipos era inmensa. Tardé varias semanas en entender su clasificación. Al final, perdí la cuenta de cuántos planos había descartado antes de encontrar el código: HH-P0, que hacía referencia a todos los proyectos basados en la mejora humana. Con este código, solo bastaron dos días para encontrar la documentación y la ubicación del prototipo del calibrador.

Tuve que realizar todo ese esfuerzo por la simple razón de que un novato recién ascendido no tendría el mismo peso que los veteranos en las diferentes áreas de especialización. Y porque cada consulta médica formal quedaba registrada en mi expediente personal.

En la instalación existen muchos depósitos, veintisiete para ser exactos, y a cada uno se le asigna un código y nivel de seguridad. Para mi fortuna, el prototipo del calibrador se encontraba en el lugar al que siempre había soñado entrar y ver todas las maravillas que ocultaba.

El salón de prototipos.

Las historias que mi abuelo me contaba sobre ese lugar fueron la razón por la que me enlisté. Él hablaba de una época donde la ciencia se hacía por curiosidad, no por acumulación de puntos. Donde los inventos nacían de “qué pasaría si” en lugar de “cuántos Puntos de Contribución me otorgará esto”.

Mi abuelo vivió la transición. Nació en un mundo sin el Sistema de Contribución Humano y se retiró en uno completamente dominado por él. Desarrolló la concentración de Gant tipo-C en la década de 2090, cuando el Sistema de Contribución Humano todavía permitía cierta libertad creativa para científicos de alto rango. Me contaba que en sus primeros años de investigación, los científicos competían por reconocimiento y avance del conocimiento. Para cuando terminó su trabajo sobre los cristales de Viena optimizados para viajes espaciales, competían por sobrevivir a los reportes de estatus semanales.

También me habló de sus teorías más ambiciosas, aquellas que nunca vieron la luz pública. Postulaba que los cristales de cuarzo tenían una “latencia receptiva frecuencial”, una propiedad que iba más allá del simple almacenamiento de energía. Pasó años documentando patrones de resonancia que no encajaban con ningún modelo físico conocido.

Cuando presentó sus hallazgos al Departamento de Regulación Mundial en 2096, los catalogaron como “especulación no productiva” y archivaron toda su investigación. Le advirtieron que continuar esa línea de estudio podría costarle Puntos de Contribución. Mi abuelo guardó silencio, y sus cristales se comercializaron solo como baterías eficientes. Décadas después, yo estaría apostando mi supervivencia a optimizar su creación solo para mantener mi rango.

Sin duda alguna, el salón de prototipos era donde las grandes mentes definían el camino que la humanidad tomaría. Para mi desilusión, el salón había sido olvidado con la creación del fabricador, esa maravilla de estandarización masiva que convertía la genialidad individual en perfección programada.

La primera vez que entré al salón de prototipos, sentí el fuerte enojo elevarse desde mi pecho, como lava buscando erupción. Alguien había tenido la gran idea de reacomodar los prototipos históricos, dando espacio a grandes y toscas máquinas de procesamiento estándar que no hacían más que ocupar espacio.

Entonces, el sistema de soporte emocional lo detectó.

Una sensación de frío hormigueante bajó por mi columna vertebral, y el enojo se disolvió en… nada. Solo quedó la claridad. La eficiencia. Exactamente lo que el Departamento de Regulación Mundial diseñó cuando aprobaron la nano-cadena militar en 2078. Sentí el pequeño descuento en mi reserva, esa mordida silenciosa de Puntos de Contribución que el sistema cobra cada vez que decide por mí qué debo dejar de sentir.

A veces me pregunto cuántas de mis decisiones son realmente mías, y cuántas son el sistema diciéndome que siga siendo productivo.

El lugar estaba en total desorden, y no me quedó otra opción que ordenarlo. Tras varios días, mis esfuerzos se hicieron notar y varios curiosos se unieron en la causa. Gracias a la ayuda de las mentes más brillantes que he conocido —todos rangos altos buscando proyectos que generaran Puntos de Contribución en la categoría investigación— el salón recobró su esplendor y yo obtuve acceso al prototipo del calibrador.

La máquina no distaba mucho de su versión final, o eso pensaba, hasta que revisé los diferentes circuitos superficiales que se diferenciaban sustancialmente del modelo estandarizado. La curiosidad me invadió y, sin darme cuenta, pasé varias horas estudiando la construcción hasta que fui detenido por un guardia preocupado por mi reporte de estatus. “Esto no cuenta como Investigación autorizada”, me advirtió.

Las siguientes semanas las pasé dividiendo mi tiempo entre afinación de cristales energéticos y comparando los planos del prototipo con el modelo final. No estaba obteniendo buenos resultados, y no fue hasta después de una misión de exploración que comencé a fijarme en cierto conjunto de parámetros que, a simple vista, no tenían nada que ver entre sí, pero al revisar mis registros médicos privados, los indicadores, sin excepción, contribuían a mejorar una parte de mi núcleo cognitivo.

Reporté mis hallazgos al área médica y gracias a la ayuda de Simone Lastrada, una increíble doctora y buena amiga, pude crear un perfil con los parámetros ajustados a la perfección. Simone era una de las pocas personas en la base que todavía valoraba la ciencia por encima de los Puntos de Contribución. O al menos fingía hacerlo.

Tenia los parámetros, pero surgió un problema. El modelo final del calibrador no permitía cargar perfiles con más de cierta cantidad de ajustes debido a una política de seguridad creada después que saliera a la luz el proyecto Sonata de Acero. Los desastres causados en 2078 habían dejado cicatrices profundas en los protocolos de mejora humana.

Me vi obligado a probarlo en el prototipo.

Después del mantenimiento y varios ajustes, Simone se encargó de todo el protocolo e inició el proceso. Yo entré en la máquina y, por primera vez, sentí la euforia tan famosa que todos los tripulantes presumían experimentar. Era como si mi cerebro finalmente hubiera encontrado la frecuencia correcta después de años sintonizando estática.

Simone se sorprendió al ver el registro de mi calibración y mi posterior concentración al trabajar. Fui, por varias semanas, sujeto de estudio y, después de completar varias misiones sin malestares, mi perfil fue probado en otros tripulantes.

Lastimosamente, ninguno fue compatible. Incluso algunos reportaron diferentes malestares peores que los originales.

De esos reportes surgieron varios rumores desagradables sobre “el ingeniero que hackea cerebros” y “experimentos no autorizados con nano-cadena”. Para mi sorpresa, el sistema de soporte emocional suprimió cualquier ansiedad que pudiera haber sentido y al contrario de lo que pensaba, los rumores me dieron cierta fama que utilicé para participar en varias misiones.

Después de todo, en el sistema Sistema de Contribución Humano, incluso la controversia genera puntos de contribución si sabes como utilizarla.

Mientras salía del salón de prototipos, seguí pensando en cómo las cosas habían cambiado desde los días de mi abuelo. Ahora, cada proceso está mediado por agentes de procesamiento y protocolos de estandarización masiva que, aunque seguros, han eliminado la chispa de la genialidad individual.

Los agentes de procesamiento actuales eran herramientas increíbles, capaces de optimizar cualquier tarea repetitiva y liberar tiempo humano para creatividad. Al menos esa era la teoría. En la práctica, la mayoría de la gente los usaba para maximizar los Puntos de Contribución en categoría producción mientras su capacidad de pensamiento crítico se atrofiaba lentamente.

La sala del fabricador ahora estaba llena de técnicos que se movían entre sus estaciones de trabajo con esa eficiencia que caracteriza a quienes están acostumbrados a depender de sistemas automatizados a gran escala. Solo un área estaba libre, más bien era evitada: la sección con las escaleras por donde hace un rato había pasado.

Me moví entre las estaciones de trabajo y algo llamó mi atención: una luz intermitente en uno de los paneles de control que no recordaba haber visto antes. Era una estación de trabajo de alta gama, se notaba recién fabricada, a su costado tenia grabado la palabra Astrea y por su construcción era un equipo de monitoreo.

Me detuve frente a ella más de lo que pretendía. El panel parpadeaba en una secuencia que no terminaba de cerrar ciclo —tres destellos cortos, una pausa, otra vez tres— y por un instante me pareció que el zumbido de fondo del fabricador, ese ruido blanco al que dejé de prestar atención hace años, había cambiado de tono. Un semitono más grave, apenas. Como cuando un reactor de cristal pide mantenimiento sin que ningún sensor lo registre todavía. Parpadeé y el zumbido volvió a ser el de siempre. Me dije que era cansancio.

El dispositivo que tenia en el cuello vibro y transmitió un mensaje, la voz era inexpresiva desprovista de cualquier calidez humana, algo que en su momento había configurado sin darle mucha importancia y ahora ya me había acostumbrado: Dirígete al salón D.

Miré en todas las direcciones, pero todos los ingenieros y técnicos estaban ocupados justificando su existencia. Y yo no tenia tiempo que perder, me habían asignado una misión. Volví mi mirada a la estación y la luz seguía, una pequeña señal amarilla que parpadeaba en un patrón regular. Solo alcance a ver tres destellos cortos cuando la voz repitió el mensaje: Dirígete al salón D.

Salí del área de desarrollo y me dirigí hacia los salones de reuniones. Al pasar por las secciones pude notar más seguridad de lo habitual. Guardias adicionales en puntos estratégicos, escáneres activos en todos los accesos, y esa tensión palpable que precede a las misiones difíciles.

Algo estaba por comenzar y por primera vez en meses, el sistema de soporte emocional no pudo suprimir completamente el nudo de ansiedad que se formaba en mi estómago.