El camino, al cuarto día de seguirlo, por fin le da gente.
Primero es una carreta tirada por una bestia de cuello largo y escamas que Marco mira boquiabierto. Después, un grupo de tres hombres armados que caminan en silencio y a los que se apresura a dejar pasar con la cabeza gacha. Después, más: viajeros solos, familias con fardos a la espalda, un par de jinetes que levantan polvo. El camino, que durante días fue suyo y de los muertos, se ha vuelto un río de vidas que van a alguna parte. Marco, que llevaba tanto tiempo solo que casi había olvidado el sonido de otra voz, no sabe si sentir alivio o más miedo.
Las dos cosas, decide. Siempre las dos cosas.
Al caer la tarde, el camino lo lleva a lo que, después de cuatro días de hierba y árboles azules, le parece casi una metrópoli: un cruce de caminos con un edificio grande de piedra y madera, de dos plantas, establos a un lado y un patio lleno de carretas, bestias y gente. De la chimenea sale humo; por las ventanas, luz, ruido y olor a carne asada. Un cartel desgastado, colgado sobre la puerta, dice EL ÚLTIMO ALIENTO, y debajo, alguien ha tachado y reescrito un par de veces el precio de una cama.
A Marco se le hace agua la boca y le flaquean las piernas a la vez. Tiene las monedas de Bran. Tiene la capa del muerto, que lo hace parecer —espera— un viajero más y no un fugitivo muerto de hambre. Y tiene un hambre de cuatro días que le quita la prudencia. Se cubre con la capucha, respira hondo, y entra.
Adentro, El Último Aliento es un hervidero. Mesas largas llenas de viajeros que comen, beben y discuten a gritos; una tabernera de brazos robustos que sirve cuencos humeantes; en un rincón, dos hombres con la misma insignia —un sol azul bordado— juegan a los dados sin perder de vista la puerta. Marco encuentra un hueco al final de una mesa, lo más lejos que puede de todos, y por una de las monedas de Bran consigue un cuenco de guiso y un pedazo de pan que no está duro. Se lo come tan despacio como puede, para que dure, y mientras tanto hace lo que mejor se le da últimamente: escuchar.
El mundo, descubre, es mucho más grande y mucho más feo de lo que cabía en Start Base.
Oye que el camino lleva, dos días al norte, a Veldar: una ciudad de murallas de verdad, con miles de personas, con un mercado donde se compra y se vende cualquier cosa —incluida, dicen bajando la voz, gente—. Oye que un soberano del este, un tal Hadrian, lleva medio año en guerra con otro por unas minas, y que ambos bandos reclutan a la fuerza a todo novato que atrapan en los caminos. Oye que una brecha de ocho estrellas se tragó un pueblo entero a tres semanas de allí, y que los cazadores que mandaron no han vuelto. Y oye, sobre todo, una palabra que se repite en todas las mesas con el mismo respeto y el mismo miedo: el Sistema. El Sistema sube los impuestos. El Sistema cerró tal ruta. El Sistema se llevó a un hombre de la mesa de al lado la semana pasada y nadie ha vuelto a verlo. Aquí, lejos de todo, el Sistema sigue estando en todas partes, como el clima.
—¿Vas para Veldar? —le suelta de pronto el hombre sentado a su lado, un tipo curtido con una cicatriz vieja en el cuello, sin dejar de mirar su propia cerveza.
A Marco se le tensa cada músculo. Una pregunta inocente, quizá. O quizá no.
—Puede —responde, lo más neutro que le sale.
—Buena época para perderse en una ciudad grande, y mala para andar solo por los caminos. —El hombre por fin lo mira, de reojo, y algo en esa mirada le dice a Marco que lo ha medido entero en un segundo: la capa que le queda grande, las manos sin callos de espada, el hambre mal disimulada—. Un consejo, muchacho, ya que no me lo pides: en Veldar, lo primero que te miran en la puerta son tus estrellas. Y al que no las tiene… —se encoge de hombros y vuelve a su cerveza— le va mejor entrando por donde no preguntan.
Marco no contesta. Pero guarda el dato, como guarda todo, en el montón cada vez más alto de cosas que no sabía y que pueden matarlo.
Y entonces, justo cuando empezaba a relajarse, lo ve: en El Último Aliento también se registra.
Junto a la puerta, en una mesita que antes no había notado, un hombre flaco con visera y un aparato igual al de Irati va llamando a los viajeros de uno en uno. Les pide la tarjeta, la pasa por la ranura, anota algo, cobra un peaje, y los deja seguir. Un registrador de caminos. Marco siente que el guiso se le vuelve piedra en el estómago. No tiene tarjeta. Y si la pidiera y la pasara, la máquina escupiría el mismo error que vació su sangre en Start Base, delante de dos hombres del sol azul y de una sala entera de desconocidos con hambre y con dudas.
No corre —correr es delatarse, eso ya lo aprendió—. Espera. Termina su guiso con una calma fingida, mirando, midiendo el ritmo de la sala. Y cuando un grupo bullicioso de mercaderes entra de golpe por la puerta principal, riendo y exigiendo cerveza, y el registrador flaco levanta la vista hacia el barullo, Marco se pone de pie sin prisa, rodea la sala pegado a la pared y se escurre por la puerta de los establos como una sombra más. Nadie lo detiene. Nadie, cree, lo nota siquiera.
Afuera, en el patio oscuro que huele a bestia y a estiércol, se apoya en un muro y deja salir el aire que llevaba aguantando.
Se queda ahí un buen rato, temblando, mientras el corazón se le calma. Acaba de aprender otra lección del camino, y esta le pesa más que el hambre: que no hay un “lejos” lo bastante lejos. Que podía dejar Start Base, dejar a Tales y a Noa, caminar cuatro días por el vacío… y el Sistema seguiría ahí, en una mesita junto a una puerta, esperando que le tendiera la mano para descubrir que no existe. No se está escondiendo de un pueblo. Se está escondiendo de un mundo entero, y el mundo tiene una mesita en cada puerta.
Mira hacia el norte, donde el camino se pierde en la oscuridad y, dos días más allá, lo espera Veldar: una ciudad de miles, lo bastante grande, quizá, para que un hombre sin lectura se pierda en ella como una gota en el mar. Lo bastante grande para encontrar lo que necesita, sea lo que sea: comida, trabajo, respuestas, o la forma de dejar de ser una presa de una vez por todas.
No se puede esconder para siempre. Eso ya lo tiene claro. Tarde o temprano, el mundo lo va a encontrar. Así que solo le queda una salida, la misma que se le viene perfilando desde la noche del carbón: hacerse lo bastante fuerte como para que, cuando lo encuentren, encontrarlo sea un error que no se puedan permitir.
Se ajusta la capa del muerto sobre los hombros, le da la espalda a la luz y al ruido de El Último Aliento, y echa a andar hacia el norte, hacia Veldar, bajo las dos lunas.
Un paso a la vez. Primero, sobrevivir al camino. Después, dejar de ser una presa.