Capítulo 8

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Marco se va de Start Base antes de que el cielo se aclare, cuando el pueblo todavía duerme y hasta los pocos animales callan.

No se despide. Lo piensa —pasar por la fragua, dejarle a Tales una nota que no sabría escribir, asomarse al refugio para ver una última vez a Noa repartiendo su guiso—, pero sabe que si lo hace, no se irá. Y tiene que irse. Así que se traga la despedida, como se ha tragado tantas cosas esta semana, y echa a andar hacia las lomas con todo lo que tiene en el mundo colgado al hombro: la manta de Tales, el cuchillo mellado y las monedas de Bran, un pedazo de pan, y un trozo de carbón con una astilla de frío robado.

Desde lo alto de la primera loma se permite mirar atrás una vez. Start Base, abajo, es apenas un puñado de tejados grises bajo las dos lunas que se apagan, una mancha tibia de humo de chimenea en mitad de la nada. Por una semana fue lo más parecido a un hogar que recuerda haber tenido. Y eso, comprende mientras le da la espalda, es exactamente por lo que no puede quedarse: porque ya empezaba a quererlo.

Lo que hay al otro lado de las lomas es mundo. Demasiado mundo.

Marco no se había hecho una idea del tamaño de Milion hasta que se ve solo en mitad de él. Colinas y más colinas, bosques de árboles cuyas hojas tiran a un azul oscuro, llanuras de hierba alta que el viento peina en olas. Es hermoso, de un modo enorme e indiferente: la clase de belleza que no sabe que existes y a la que no le importaría verte morir. Camina todo el primer día sin cruzarse con un alma. El segundo, igual. La inmensidad, que al principio lo maravilla, empieza a pesarle como una losa: no hay caminos, o no sabe encontrarlos; el sol se mueve y él no sabe leerlo; y la línea entre “voy hacia alguna parte” y “estoy perdido” se le borra sin que se dé cuenta.

El pan se le acaba el segundo día. Al tercero, el hambre deja de ser una molestia y se vuelve una presencia, algo que camina a su lado y le habla. Intenta cazar y descubre que no sabe; come unas bayas rojas y las vomita una hora después, doblado de retortijones. Prueba, incluso, a usar el cuarto de su pecho —¿se le puede robar a una planta lo que la hace venenosa?, ¿se le puede robar a un conejo la velocidad para alcanzarlo?—, pero cada intento solo le trae el mismo dolor de cabeza punzante y nada más. Su poder, descubre con amargura, no sirve de gran cosa cuando uno no sabe ni qué pedirle. La bola de nieve, sin un mundo de gente y de cosas de las que robar, no rueda: se queda quieta, y él con ella, cada vez más débil.

Al cuarto día encuentra el camino. Y en el camino, encuentra al muerto.

Es un sendero de tierra apisonada, ancho, con marcas de ruedas: el primer signo de que otros humanos existen y van a alguna parte. A Marco se le acelera el corazón de pura esperanza. Pero a unos cientos de pasos, tirado en la cuneta como un fardo olvidado, hay un hombre. Y el hombre no se mueve.

Marco se acerca despacio, con el cuchillo de Bran apretado en la mano. El viajero lleva muerto al menos un día; no tiene heridas a la vista, solo la cara cerosa y los labios azules de quien se durmió de frío y no volvió a despertar. Junto a él, una mochila reventada y vacía: alguien ya pasó antes y se llevó lo que valía.

Marco se queda un buen rato mirándolo, con un nudo en la garganta. Hace una semana, el chico que despertó en una playa habría salido corriendo, o habría llorado, o las dos cosas. El que está ahora en cuclillas junto al cadáver, con tres días de hambre en el estómago, hace algo que lo asquea y lo asusta a partes iguales: registra al muerto. Le quita la capa gruesa de viaje, que el otro ya no necesita. Encuentra, en un bolsillo interior que los carroñeros pasaron por alto, un pedernal y un pedazo de pan duro como una piedra. Lo toma todo.

—Lo siento —le dice al hombre, y no sabe muy bien por qué, ni de qué exactamente se disculpa: de robarle, o de seguir vivo cuando él no—. Lo siento.

Es la primera vez que Milion le enseña su lección más simple, la que Noa le insinuó y que el camino le grita: que aquí no hay finales felices repartidos para todos. Que por cada uno que llega a un pueblo y encuentra una olla caliente, hay otro que se duerme de frío en una cuneta y alimenta a los cuervos. Que el mundo no estaba de parte de este hombre, ni lo está de él, ni lo está de nadie.

Esa cuarta noche, el frío que mató al viajero viene por Marco.

Con el pedernal del muerto logra, a duras penas y tras mil intentos, una fogata raquítica al abrigo de unas rocas. Pero la leña que junta está húmeda, y antes de medianoche el fuego se ha reducido a un puñado de brasas moribundas que no dan ni para calentarse las manos. El frío se le mete por la capa robada, por la manta de Tales, hasta los huesos. Empieza a tiritar de un modo que no puede parar. Y recuerda, con una claridad que da miedo, la cara cerosa y los labios azules del hombre de la cuneta.

No quiere amanecer así.

Así que, temblando, hace lo único que se le ocurre. Cierra los ojos, busca el cuarto de su pecho, y dirige esa parte de sí —torpe, exhausta, pero un poco menos ciega que la primera vez— no hacia el frío, sino hacia las brasas. Hacia lo único que esas ascuas todavía tienen para dar: su calor.

Tira.

Le cuesta el doble que con el carbón, porque el calor no quiere quedarse quieto: se le escurre como agua entre los dedos de la mente. El dolor de cabeza llega puntual, feroz. Pero esta vez Marco no para. Aprieta los dientes, y tira, y tira, hasta que algo entra: una oleada de calor seco que se desliza al cuarto de su pecho y se queda ahí, latiendo, vivo. Las brasas, frente a él, se apagan de golpe —negras, muertas—, como si les hubiera robado el alma.

Y entonces Marco hace lo contrario. Toma ese calor guardado y, en vez de soltarlo al aire, lo empuja despacio hacia adentro, hacia su propio pecho helado, hacia su sangre.

El calor se reparte por su cuerpo como un trago de licor fuerte. No es mucho —una hoguera pequeña metida en las venas—, pero es suficiente. El temblor cede. La amenaza azul de los labios retrocede. Marco se queda tumbado junto a las brasas muertas, agotado hasta las lágrimas, con un dolor de cabeza que le parte el cráneo y sabor a metal en la boca, pero vivo y caliente: calentado por dentro con un fuego que él mismo se guardó.

Por primera vez desde la playa, su poder no lo ha salvado por accidente ni le ha servido para destruir. Le ha servido para no morir. Es una diferencia pequeña. Para Marco, tirado bajo unas estrellas que no reconoce, con el calor robado palpitándole en el pecho, es la diferencia entre una maldición y una herramienta.

Antes de que el agotamiento lo tumbe del todo, mira el camino que se pierde en la oscuridad hacia el norte, esa cinta de tierra que alguien apisonó con ruedas y pasos y que tiene que llevar, por fuerza, a alguna parte donde haya gente, comida, un techo. Mañana lo seguirá. Hoy ha aprendido dos cosas que no sabía al amanecer: que el mundo lo dejará morir sin pestañear si él se lo permite… y que él, quizá, empieza a tener con qué no permitírselo.

No es mucho. Pero, una vez más, es un principio. Y los principios, va aprendiendo Marco, son lo único que el mundo no le cobra por adelantado.