Marco no se va.
Se lo promete cada noche —mañana, mañana me voy, antes de que esto les estalle en la cara— y cada mañana encuentra una razón nueva para quedarse un día más. Que tiene que devolverle a Tales el favor de tantos platos. Que Noa le pidió ayuda con la leña. Que no tiene, si es honesto consigo mismo, el más mínimo lugar a donde ir: el mundo entero, más allá de las dos lomas que rodean Start Base, es para él un mapa en blanco, tan vacío como su memoria.
Así que se queda. Y, para cargar con el peso de quedarse, se vuelve útil.
Descubre que tiene buenas manos. No para la forja —eso es lo de Tales—, pero sí para lo pequeño: remendar un banco cojo en el refugio, destrabar la bomba de agua que llevaba meses chirriando, enseñar a los niños más chicos a hacer figuras con un cordel. Son tonterías. Pero en un sitio donde nadie tiene casi nada, las tonterías valen, y por primera vez desde que despertó Marco siente algo que se parece, de lejos, a un propósito.
Por las noches, cuando la olla se vacía y los más pequeños se duermen, los Olvidados hablan. No de antes —eso no lo tienen—, sino de teorías. Marco aprende, escuchando, que cada uno se ha inventado su propia historia para llenar el muro blanco. Una mujer jura que ella eligió olvidar, que su vida de antes era tan terrible que le rogó al Transportador que se la borrara, y que por eso vive en paz. Un hombre cree que los Olvidados son en realidad los afortunados: que recordar de dónde vienes es una cadena, y que ellos son los únicos de verdad libres en Milion. Otro, más amargo, se ríe de los dos: dice que da igual recordar o no, que de Milion no se va nadie —ni los Olvidados ni los que cuentan sus puntos como avaros—, y que el único que todavía cree en el millón es el que no ha visto morir a suficientes. Nadie sabe cuál es la verdad. A lo mejor ninguna. A Marco le sorprende descubrir que la teoría que uno elige dice más de quién es ahora que cualquier recuerdo perdido. Él, por ahora, no elige ninguna. Solo escucha, y guarda.
Noa lo observa trabajar con esos ojos suyos que lo ven todo. Una tarde, mientras Marco aceita los goznes de la puerta, le suelta, sin venir a cuento:
—Te quedas porque no tienes a dónde ir. —No es una pregunta—. Pero te haces útil porque eres bueno. Esas dos cosas no son la misma, chico, y conviene que no las confundas. —Vuelve a su olla—. El día que tengas a dónde ir, lo de ser bueno se queda contigo. Es lo único que nadie te puede quitar.
No todos en el refugio lo reciben con la calidez de Noa. Hay uno, sobre todo, que lo mira torcido desde el primer día: un muchacho de su edad, flaco y nervudo, con el pelo rapado a trasquilones y una cicatriz que le parte una ceja. Se llama Bran, lleva medio año en Start Base —una eternidad, para un Olvidado— y se mueve por el pueblo con la astucia de quien ha aprendido a sobrevivir a base de no fiarse de nadie.
—Tú eres el que rompió el registro —le dice un día, acorralándolo junto a la leñera—. El que tiene a media ciudad preguntando por él. —Escupe a un lado—. ¿Sabes lo que eres, novato? Un imán de problemas. Y los problemas, en este sitio, no caen solo sobre el que los trae. Caen sobre todos. —Lo mira de arriba abajo—. Noa es demasiado blanda para decírtelo, así que te lo digo yo: cuanto antes te largues, mejor para los que llevamos aquí más de una semana.
Marco no sabe qué responder, porque el muchacho tiene toda la razón, y los dos lo saben.
—¿Sabes cuánto ofrecen por ti? —le dice Bran unas noches después, en voz baja, sin mirarlo, mientras cargan agua entre los dos—. Lo soltó uno de los de chaqueta gris en la taberna, como quien no quiere la cosa. Mil puntos. Mil. —Una pausa cargada—. ¿Tú sabes lo que es mil puntos para alguien que no ha sumado diez en su vida? Es comida para un año. Es medicina para el viejo Doru, que se está muriendo de la tos en el rincón del fondo. Es volver a casa, para los que todavía creen que se puede. —Por fin lo mira, y en sus ojos no hay maldad, solo un cálculo cansado—. Aquí nadie te va a vender por cruel. Te van a vender porque tienen hambre. Y eso es mucho peor, porque ni siquiera vas a poder odiarlos.
A Marco se le revuelve el estómago. Hasta ese momento había visto el refugio de Noa como un puerto: un sitio de buenos en medio de un mundo de lobos. Y de pronto entiende que ni siquiera eso es verdad. Que el mundo no se detiene en la puerta de Noa; se cuela por debajo, con forma de hambre, y le pone precio a la cabeza de un amigo en la mente de gente buena que solo quiere medicina para un viejo que tose. Él no es solo un peligro para esta gente. Es una tentación. Cada día que se queda, pone a prueba el alma de los únicos que lo trataron bien.
Esa noche, Marco arma su escaso bulto —la manta de Tales, el trozo de carbón con su astilla de frío robado, un pedazo de pan— decidido, por fin, a irse antes del amanecer. No sabe a dónde. Solo lejos.
Lo encuentra Bran en la puerta de la leñera, esperándolo, con los brazos cruzados.
—Así que al final sí tienes algo de cabeza —dice el muchacho. Pero no se aparta. En cambio, le tiende algo: un trozo de tela enrollado. Dentro hay un cuchillo viejo, mellado, y un puñado de monedas pequeñas—. No es caridad —añade rápido, a la defensiva, antes de que Marco pueda decir nada—. Es para que te largues lejos y rápido y no vuelvas a traer cazadores a mi puerta. Puro interés. —Una pausa, y baja la voz—. Y porque el viejo Doru, antes de que a nadie se le ocurriera ninguna idea rara, me hizo prometerle que te avisara. Dijo que un chico que le arregla la bomba del agua a un montón de desconocidos no merece que lo vendan unos desgraciados como nosotros. —Se encoge de hombros, incómodo—. Así que ya está. Avisado quedas. Vete.
Marco se queda mirando el cuchillo y las monedas, y la garganta se le cierra otra vez, esa garganta que lleva una semana cerrándosele cada vez que el mundo, contra todo pronóstico, le tiende una mano en lugar de un puño.
—Dile al viejo Doru… —empieza, y se le quiebra la voz—. Dile que…
—Díselo tú, cuando puedas. —Bran ya se aleja, una sombra flaca entre las sombras—. Si es que alguno de los dos vive lo bastante. Suerte, imán de problemas.
Y Marco se queda solo en la puerta, con un cuchillo mellado en una mano y, en la otra, la certeza pesada de que está a punto de hacer lo correcto —irse, para no corromper el único sitio bueno que conoce— y de que lo correcto, casi siempre, se parece demasiado a estar otra vez completamente solo.
Mira las dos lunas. Respira hondo. Y, antes de dar el primer paso hacia el mapa en blanco, se permite, solo por esta vez, prometerse una cosa nueva —la quinta de su corta lista de certezas—: que algún día, cuando sea lo bastante fuerte como para no traerle cazadores a la puerta de nadie, va a volver. Y le va a comprar al viejo Doru toda la medicina del mundo.
No tiene ni idea de si podrá cumplirla. Pero hace bien, descubre, tener al menos una promesa que mire hacia adelante, y no solo certezas que lo aten al miedo.