Capítulo 6

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Pasan otros tres días, y Marco aprende algo nuevo sobre el miedo: que cansa.

No es el miedo agudo de una pelea, que viene y se va de golpe. Es un miedo de fondo, sordo, de tener que pensar dos veces cada cosa pequeña. Dónde duerme —nunca dos noches en el mismo sitio, como le advirtió Noa: un par en la fragua, una en el refugio, otra hecho un ovillo entre los sacos de un cobertizo—. Por dónde camina. A quién mira a los ojos. Duerme a ratos, con un oído puesto en la puerta; come poco; se sobresalta con las sombras. Y todo el tiempo, en el fondo del pecho, late ese cuarto cerrado que no se atreve a abrir ni se atreve a olvidar.

Aprende también que Noa tenía razón.

El hombre bien vestido no vino una sola vez. Volvió. Y no vino solo: ahora son dos, a veces tres, que no parecen de aquí —ropa demasiado limpia, modales demasiado suaves— y que recorren el mercado haciendo las mismas preguntas con una paciencia que asusta más que cualquier grito. ¿Han visto a un Olvidado nuevo, un muchacho, llegado hace cosa de una semana? ¿Uno que diera problemas en el salón? Pagan bien por una respuesta. Sonríen mucho.

Marco los observa desde lejos, escondido tras un puesto de fruta, y se le hiela la sangre no por cómo se mueven, sino por lo tranquilos que están. Esa calma solo la tiene quien sabe que, tarde o temprano, va a conseguir lo que busca. El que tiene prisa es el que duda. Ellos no dudan.

Una de esas veces, casi lo agarran.

Va cruzando la plaza con un encargo de Tales cuando, al levantar la vista, se topa de frente con uno de ellos a menos de diez pasos: el de la chaqueta gris, el que parece mandar. Por un instante eterno sus miradas casi se cruzan. Marco siente que el mundo se frena. Cada músculo le grita que corra, y sabe, con una certeza animal, que correr es justo lo que lo delataría.

Así que no corre. Baja la cabeza, encorva los hombros, afloja el paso, y se vuelve lo que ha aprendido a ser esta semana: nadie. Un Olvidado más, gris y encorvado, cargando un bulto para alguien. Pasa a un brazo de distancia del hombre de gris, tan cerca que le llega su perfume caro, y sigue caminando, un paso tras otro, con la espalda ardiéndole como si esperara un grito o una mano en el hombro.

El grito no llega. La mano no llega. Cuando por fin se atreve a mirar atrás, desde la otra punta de la plaza, el hombre de gris se ha girado hacia otro lado y le pregunta algo, con su sonrisa de siempre, a una vendedora de telas.

Marco se mete en el primer callejón y vomita el desayuno contra una pared. Le tiemblan tanto las piernas que tiene que sentarse en el suelo sucio. No lo encontraron. Esta vez. Pero el “esta vez” le sabe a muy poco.

—Son del Registro —le dice Tales esa noche, cuando Marco le describe, todavía pálido, lo que vio. El herrero ha dejado de bromear; desde lo del salón lo trata con una seriedad nueva, casi paternal—. O del Sistema, que viene a ser lo mismo con otro sombrero. Cuando la máquina escupe algo que no entiende, mandan gente a entenderlo. Y a la gente del Sistema no se le dice que no. —Mete un hierro en el agua, más por hacer algo con las manos que por necesidad—. Si te encuentran, no habrá pelea, ni juicio, ni nada. Un día estarás, y al otro no, y nadie en este pueblo preguntará, porque todos saben que preguntar por un desaparecido del Sistema es la forma más rápida de desaparecer también.

Marco traga saliva. Y dice en voz alta lo que lleva días carcomiéndolo:

—Te estoy poniendo en peligro. A ti, a Noa, a todos. Si me encuentran aquí, contigo…

—Cállate y sopla el fuelle —lo corta Tales, sin levantar la vista. Pero el golpe siguiente del martillo sale torcido, y los dos lo notan.

Esa es, quizá, la lección más dura de la semana, más dura que el hambre o que el miedo: que la bondad que ha encontrado no es gratis. Que cada plato de Noa, cada noche bajo el techo de Tales, le cuesta a ellos un riesgo que no le deben a un desconocido embarrado. El mundo no se ha abierto para acogerlo; solo unas pocas personas buenas se han apartado un poco para hacerle sitio, y cada centímetro que le ceden es un centímetro que los acerca al abismo que lo persigue a él.

Esa noche, Marco no duerme en la fragua. No se atreve. Se mete en el cobertizo del carbón, se hace un hueco entre los sacos, y en la oscuridad total, por fin, hace lo que lleva una semana evitando.

Cierra los ojos y mira hacia adentro.

El cuarto sigue ahí. No tiene que buscarlo; siempre supo dónde estaba, igual que uno sabe dónde tiene un diente que le duele. Dentro, agazapada y caliente, todavía late la explosión que le robó a Bhastiodon, doblada sobre sí misma, intacta, esperando. Solo de rozarla con la atención, el corazón se le acelera. Es poder. Es la única cosa en este mundo que es suya, y que podría, quizá, mantenerlo vivo cuando esos hombres de sonrisa tranquila lo arrinconen.

Pero también es lo que lo convirtió en lo que ellos buscan.

Con dedos temblorosos, agarra en la oscuridad un trozo de carbón. Recuerda cómo, sin pensar, estiró algo de sí mismo hacia la explosión y la metió en el cuarto. Lo intenta otra vez, despacio, a propósito esta vez. Dirige esa parte de sí —no sabe cómo llamarla— hacia el carbón frío, hacia lo que sea que lo hace ser carbón: su negrura, su fragilidad, su frío.

Tira.

No pasa nada. Lo intenta de nuevo, más fuerte, y un dolor agudo le atraviesa la cabeza. Aprieta los dientes para no gemir. Al tercer intento, algo cede —una hebra mínima, un hilo de frío que se desprende del carbón y se desliza, ínfimo, hacia el cuarto de su pecho— y el esfuerzo lo deja jadeando, empapado en sudor, con sabor a metal en la boca y la sensación de haber corrido kilómetros sin moverse del sitio.

El trozo de carbón, en su mano, está apenas un poco menos frío. Casi nada. Pero él lo siente.

No entiende casi nada de lo que acaba de hacer. Pero entiende lo suficiente: que la cosa de su pecho no fue suerte de un solo día, que es algo que puede repetir, aprender, quizá algún día dominar. Que con tiempo, a lo mejor, podría dejar de ser una presa. Se queda un buen rato en la oscuridad, jadeando, mirando ese pedazo de carbón como si fuera la primera moneda de una fortuna que no sabe cómo gastar. Después se lo guarda en el bolsillo, como un tesoro, o como una prueba de que no está tan indefenso como creía.

Afuera, las dos lunas suben despacio sobre Start Base: sobre la fragua donde un buen hombre golpea torcido por su culpa, sobre el refugio donde una mujer cansada reparte guiso a los que el mundo desechó, sobre los hombres de sonrisa tranquila que peinan el mercado con paciencia infinita.

El mundo no se ha movido ni un dedo a su favor, y Marco empieza a entender que no lo va a hacer. Que aquí nadie viene a salvarte. Que la bondad que encuentres tendrá siempre un precio para quien te la da. Y que lo único que de verdad va a estar de su lado es lo que él consiga arrancarle al mundo con sus propias manos, empezando por un hilo de frío robado a un pedazo de carbón.

No es mucho. Pero, otra vez, es un principio.

Y mientras el cansancio por fin lo arrastra al sueño, entre los sacos de carbón, una última certeza fría se le asienta en el pecho, junto a las otras: que no va a poder quedarse. Que muy pronto, para no hundir a Tales y a Noa con él, va a tener que irse. Solo. Otra vez.