Los primeros días en la fragua de Tales son, sin que Marco se lo espere, los mejores de la corta vida que recuerda. Lo cual no es decir mucho —su vida entera cabe en menos de una semana—, pero hay algo en el calor del carbón, en el repique del martillo, en tener un techo y un rincón con una manta, que le devuelve de a poco la sensación de ser una persona y no un animal acorralado.
Tales no le hace preguntas. Es, quizá, su mayor virtud. Le da un sitio junto a la forja, una manta vieja que huele a humo, y a la mañana siguiente, sin ceremonia, le pone un fuelle en las manos.
—El que come, trabaja —dice—. Tú soplas, yo golpeo. Cuando aprendas a no quemarte solo, hablamos de ascenderte a algo más digno.
Marco sopla. Se quema. Aprende, despacio, a no quemarse. Y mientras lo hace, escucha.
Porque una fragua, descubre, es el mejor lugar del pueblo para entender el mundo sin hacer una sola pregunta peligrosa. Por la puerta de Tales pasa, tarde o temprano, todo Start Base: cazadores que vienen a enderezar una espada mellada, novatos que ahorraron sus primeros puntos para una daga decente, mercenarios que pagan con monedas y con historias. Y Marco, soplando el fuelle en su rincón, calladito, los oye hablar. Así, sin que nadie le dé una clase, va armando el mundo pieza por pieza.
Aprende que las estrellas van de una a diez, y que subir de una a la siguiente es a veces la diferencia entre vivir y morir. Aprende que los Fragmentos no son simples bestias: que salen de “brechas” que se abren donde el mundo está, dicen, mal cosido; que se clasifican por estrellas igual que la gente, y que un cazador de tres estrellas presume durante semanas si mata uno de cuatro. Aprende que casi nadie reúne el millón de puntos para volver a casa, y que de los que dicen haberlo logrado nadie conoce a ninguno en persona —siempre es el primo de un amigo de alguien—, un detalle que se le queda atravesado como una espina.
Una mañana entra un cazador de hombros anchos con una espada partida en dos y la cara llena de cortes a medio cerrar. Mientras Tales chasquea la lengua ante el desastre del arma, el hombre cuenta, todavía con la adrenalina de la pelea en el cuerpo, cómo su grupo limpió una brecha de cinco estrellas a dos días de camino: una cosa con forma de ciempiés del tamaño de una carreta, dice, que escupía un ácido que derretía el acero pero no la piedra. Perdieron a dos. Ganaron, entre los cuatro que volvieron, casi ocho mil puntos.
—Ocho mil —repite el cazador, y en su voz hay codicia y tristeza a la vez—. Por dos muertos. —Escupe al suelo—. Pero subí a tres estrellas. Mi nombre ya sube en el registro mundial. Y el día que junte el millón y vuelva, mi madre, allá en casa, si es que todavía me recuerda, va a saber que seguí vivo todo este tiempo.
Marco, soplando el fuelle, guarda cada palabra. Cinco estrellas. Ácido que derrite el acero. Ocho mil puntos por dos muertos. Un registro mundial donde los nombres suben y bajan como mareas. El mundo se le va dibujando en la cabeza, pieza a pieza, y cada pieza nueva da un poco más de miedo que la anterior.
Y aprende a esconderse. Eso, más que nada. El susto del salón le grabó la lección que Zart intentó regalarle: aquí, lo raro se mira con el dedo en el gatillo. Así que Marco se vuelve pequeño, gris, invisible. Habla poco, mira mucho, guarda lo que oye. Y al cuarto de su pecho —ese cuartito caliente donde duerme la cosa que lo salvó— no se acerca ni en sueños. Tiene miedo de lo que hay dentro. Tiene, sobre todo, miedo de que se le note.
Una tarde, cuando lleva ya cuatro o cinco días soplando el fuelle, Tales le tiende un cesto cubierto con un paño.
—Anda, gánate la cena. —Le da indicaciones para llegar a una casa baja al otro extremo del pueblo, pegada al murito del fondo—. Lleva esto a Noa y dile que se lo manda Rush. Y quédate un rato, si quieres. A los tuyos les viene bien ver caras nuevas.
—¿Los míos? —pregunta Marco.
Tales solo sonríe y vuelve al yunque.
La casa de Noa no tiene cartel, pero no le hace falta. Marco la reconoce antes de llegar por el olor a guiso y por la gente: una docena larga de personas, de todas las edades, sentadas en bancos desvencijados alrededor de una olla enorme, comiendo de cuencos de barro iguales a los del puesto de la plaza. No hay insignias en los hombros. No hay armas a la vista. Y todos, nota Marco con un escalofrío de reconocimiento, tienen algo en la mirada que él ha visto estos días reflejado en el agua: ese vacío detrás de los ojos, ese hueco de quien busca un recuerdo y solo encuentra una pared.
Olvidados. Todos.
—Tú debes ser el chico de Rush. —Una mujer mayor se le acerca, secándose las manos en un delantal. Tiene el pelo gris recogido, una cara surcada de arrugas amables, y unos ojos que, aunque cargan el mismo vacío que los demás, lo llevan en paz, como una cicatriz vieja que dejó de doler—. El que rompió la máquina del salón. —Se ríe de la cara que pone Marco—. Tranquilo. Aquí las noticias vuelan, pero no salen por la puerta. Soy Noa. Dame eso y siéntate. Estás en los huesos.
Le quita el cesto, le pone un cuenco caliente en las manos —el segundo regalo de comida en una semana, y otra vez le tiembla algo por dentro al recibirlo— y lo sienta en un banco entre los demás. Nadie le pregunta nada. Nadie le pide nada. Comen, hablan de cosas pequeñas, se ríen bajito. Es la primera vez, desde el espacio lleno de estrellas, que Marco se siente parte de algo y no un intruso.
—Aquí todos llegamos igual que tú —dice Noa, sentándose a su lado con un gruñido de cansancio—. Sin recuerdos, sin nombre a veces, sin nadie. El mundo nos olvidó antes de darnos la bienvenida. —Revuelve su guiso—. Los demás, los que sí recuerdan de dónde vienen, se pasan la vida juntando puntos para volver a su casa. Nosotros no tenemos casa a la que volver. No tenemos pasado. Solo esto. —Abarca con la cuchara la sala, la olla, las caras—. Así que lo hacemos nuestro. Una familia no se hereda, muchacho. Se construye, a veces con los pedazos que a los demás les sobran.
A Marco se le cierra la garganta. Piensa en su muro blanco, en sus cuatro cosas ciertas, en la soledad del prado. Y por primera vez se le ocurre que quizá no esté tan solo como creía.
—No te creas que somos una bondad del mundo —añade Noa, como si le leyera el alivio en la cara—. En cada ciudad de las que reciben recién llegados hay un techo como este. Y no porque a alguien allá arriba le importemos: importamos tan poco que ni vale la pena matarnos. Un Olvidado no rinde puntos, no sube en la tabla, no le sirve a nadie. Pero un Olvidado muerto de hambre en una esquina espanta a los novatos que sí rinden, y un Olvidado desesperado roba, y el robo da problemas. —Se encoge de hombros—. Así que nos toleran. Nos juntan en un rincón con una olla para que no molestemos. La caridad, muchacho, casi siempre no es más que orden con buena cara. —Revuelve el guiso, y su voz baja un tono—. De los que cruzan esa puerta cada mes, la mitad no llega al siguiente. Se van, se mueren, los reclutan para algo de lo que no se vuelve. Esto no es un final feliz; es un sitio caliente donde esperar el tuyo, con compañía. —Y entonces sonríe, y la sonrisa le deshace un poco la dureza de la cara—. Pero no desprecies la compañía. Es, a lo mejor, lo único en este mundo que de verdad es nuestro.
Junto a la calidez, ahí está la espina de siempre. Porque Noa lo recogió creyéndolo un Olvidado más, uno como ellos: roto, perdido, inofensivo. Y Marco no es inofensivo. Marco es lo que hizo desaparecer una explosión, lo que la máquina no puede medir, lo que un hombre de negro le dijo que escondiera “a nadie”. Esta gente buena le está abriendo su mesa a algo que no entiende. Mentirle a Tales fue feo; callar sentado en el banco de Noa, comiendo su guiso, se siente francamente sucio.
Se promete, sin saber muy bien por qué, que sea lo que sea ese cuarto en su pecho, nunca lo va a usar contra ellos. Es la primera promesa que se hace en su nueva vida. No será la última.
Ya cae la noche cuando se despide. Noa lo acompaña a la puerta y, antes de soltarlo, le aprieta el brazo con una mano sorprendentemente fuerte.
—Una cosa, chico. —Baja la voz para que los de adentro no oigan—. Hoy vino un hombre preguntando. Bien vestido, de los que no se ensucian las botas. Andaba por el mercado preguntando por un Olvidado nuevo, uno que dio guerra en el salón. —Lo mira fijo, y el vacío de sus ojos se afila en algo parecido a la preocupación—. No le dijimos nada, claro. Aquí no se delata a uno de los nuestros. Pero anda con cuidado, y no duermas dos noches seguidas en el mismo sitio. Cuando empiezan a preguntar por uno con esa ropa, rara vez es para invitarle un guiso.
Marco le da las gracias con un hilo de voz, y camina de vuelta a la fragua bajo las dos lunas, con el cuenco vacío en las manos y un frío nuevo instalándosele en la espalda.
Tenía razón Zart. Ya alguien lo busca. Solo que es más rápido de lo que esperaba.