Capítulo 4

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El salón es, con diferencia, el edificio más bonito de Start Base: paredes encaladas de blanco, suelo de mosaico que dibuja un sol de muchos rayos, columnas talladas con enredaderas de piedra. Después del barro de la noche y el bullicio polvoriento de la plaza, entrar ahí es como meterse en una iglesia. Marco baja la voz sin darse cuenta.

—Tranquilo —dice Tales, divertido por su cara—. No muerden. Casi nunca.

Tras un mostrador largo, una joven de trenza y voz dulce sella documentos con una sonrisa que parece venir de fábrica. Un cartelito de madera, sobre el mostrador, dice IRATI.

—¡Rush! —saluda al ver al herrero—. ¿Se te rompió otra vez el yunque, o por fin vienes a invitarme ese almuerzo?

—Ninguna de las dos, linda. Te traigo trabajo. —Tales le pone una mano en el hombro a Marco—. Olvidado nuevo. Hazle la tarjeta antes de que se me asuste y salga corriendo.

Irati lo mira, y la sonrisa de fábrica se le ablanda en una de verdad.

—Bienvenido a Start Base. —Saca de un cajón una tarjeta rectangular, lisa, de un blanco lechoso, y un pequeño punzón de plata—. No te preocupes, es rapidísimo. Una gota de sangre; la tarjeta lee tu medida y te pone tus estrellas, de una a diez. Todos empezamos con una, así que no te ofendas cuando la veas. —Le guiña un ojo—. La mano, por favor.

Marco le tiende la izquierda antes de pensarlo. La del cristal. Irati no parece notarlo —o si lo nota, calla, acostumbrada quizá a rarezas peores— y le pincha la yema del índice. Un pinchazo mínimo. Una gota gorda y roja se hincha en la punta del dedo.

Y por un segundo, con la gota temblando y la tarjeta esperando debajo, a Marco lo asalta otra vez esa corazonada fría, la misma de la puerta. No se lo enseñes a nadie. Pero ya tiene la mano tendida, ya hay una gota de su sangre a punto de caer, y retirarla ahora, delante del herrero y de la chica amable, sería una locura que no sabría explicar.

Deja caer la gota.

La tarjeta la bebe al instante, como tierra seca, y la mancha roja desaparece en el blanco lechoso sin dejar rastro.

Y no pasa nada.

Irati espera, todavía sonriendo. La tarjeta sigue en blanco. Su sonrisa no se mueve, pero los ojos sí: un parpadeo, un destello de extrañeza.

—Qué raro —dice, ligera—. A veces tardan un suspiro. —Pasa la tarjeta por una ranura del aparato que tiene al lado. La pantalla parpadea, una vez, dos.

[Error]

[Sujeto no clasificable]

—Mmm. Tarjeta defectuosa, pasa cada tanto. Probamos con otra.

Saca una nueva. Otro pinchazo —Marco aprieta los dientes—, otra gota, la misma ranura.

[Error]

Esta vez la sonrisa sí se le cae.

Irati levanta la vista del aparato y lo mira. Después mira a Tales. Después otra vez a Marco, despacio, como buscando el chiste, como esperando que alguien diga “es broma”.

—Tales —dice, y su voz dulce ha bajado una octava—. ¿Tú cuántas veces has visto que el registro falle?

El herrero, que hasta ese momento sonreía, se pone serio de golpe.

—Nunca —dice, despacio.

—Nunca. —Irati traga saliva—. El registro no falla. No puede fallar. Es lo primero que aprende un niño aquí: todo el que pisa Milion tiene una medida. Una. Hasta el más débil, hasta el más raro. Todo el mundo. —Vuelve a mirar a Marco, y por primera vez no lo ve como a un novato perdido, sino como a otra cosa, algo que no encaja en el orden limpio de su mostrador—. Todo el mundo menos tú.

El salón, que zumbaba bajito de conversaciones y sellos, ha ido bajando de volumen sin que Marco se diera cuenta. Y ahora, en el silencio nuevo, la última frase de Irati queda colgando en el aire como un olor. Dos personas de la fila se han girado. Un hombre con armadura ligera, apoyado en una columna, se endereza despacio.

Marco siente las miradas posarse sobre él, una a una, pesadas. Y entonces lo oye: a su espalda, una voz que le susurra a otra, bajito, pero no lo bastante.

—¿Un sin-lectura?

No sabe qué significa exactamente. Pero entiende el tono. Es el mismo con que Bhastiodon dijo, en la plaza en llamas, que las cosas sin lectura son las que más matan. Un tono que ha aprendido a reconocer en dos días: el del miedo, justo en el instante antes de volverse otra cosa.

Se le seca la boca. El guiso que se acaba de comer se le revuelve en el estómago. Quiere explicarse, decir algo, pero ¿qué va a decir? No tiene nada. Ni él sabe qué es. “Perdón, parece que su máquina no me encuentra” no es una frase que vaya a calmar a una sala que empieza a mirarlo como se mira a un perro que podría tener rabia. Por primera vez lo entiende en el cuerpo y no solo en la cabeza, eso que Zart trataba de meterle: que aquí, ser distinto no te hace especial. Te hace un problema. Y a los problemas, en un mundo donde la gente mata por puntos, se les busca solución rápido.

La mano grande de Tales se posa en su hombro, firme, y el herrero da medio paso al frente, poniéndose sin disimulo entre Marco y la fila, entre Marco y las miradas.

—Bueno, bueno —dice, en voz alta y tranquila, con esa voz de quien apaga fuegos en una fragua todos los días—. Una máquina que se traga dos tarjetas no es un milagro, es una mañana de martes. Irati, anótalo para que lo revise el técnico cuando pase. —Le da a Marco un apretón en el hombro que es también un empujón suave hacia la puerta—. Y yo me llevo al chico antes de que el susto le quite el desayuno que le acabo de pagar. Camina, novato. Despacio, y mirando al frente.

Marco camina. Despacio. Mirando al frente, aunque siente cada par de ojos del salón clavado en la nuca como agujas.

Afuera, el sol y el ruido de la plaza lo reciben como una bofetada de normalidad. Tales no afloja el paso hasta que han doblado dos esquinas y se han metido por una calle que huele a carbón. Solo entonces se detiene, suelta el aire que llevaba aguantando, y lo mira con una cara nueva. Ya no es la del vendedor simpático; es algo más serio, y más preocupado.

—Muchacho —dice, frotándose la nuca—. En veinte años no había visto a esa máquina rendirse con nadie. —Una pausa larga—. ¿Hay algo que quieras contarme?

Y Marco, que lleva dos días aprendiendo a marchas forzadas que su único as es también su mayor peligro, mira a ese hombre grande que acaba de escudarlo sin pedirle nada a cambio, y hace lo más difícil que ha hecho desde que despertó.

Miente.

—No —dice—. Ojalá. Te juro que entiendo todavía menos que tú.

No es del todo mentira. Y esa es justo la parte que le revuelve el estómago.

Tales lo mira un rato largo, con esos ojos grises que parecen pesar lo que ven. Marco le sostiene la mirada a duras penas. Por fin, el herrero asiente, despacio, como quien decide creer algo no porque se lo crea, sino porque le conviene a los dos.

—Está bien —dice—. Pero hazme un favor: por un tiempo, no te alejes mucho de la fragua. Y si vuelves a ver esa cara del salón en alguien por la calle, te metes en el primer sitio con puerta y me buscas. ¿Entendido?

Marco asiente, con la garganta apretada de gratitud y de culpa a partes iguales.

Lo que ninguno de los dos ve, mientras se alejan calle abajo, es que de vuelta en el salón Irati no ha anotado nada para ningún técnico. Espera a que la fila se distraiga, se mete en la trastienda, y de una caja con llave saca un aparato distinto, más pequeño y más viejo, con un solo botón rojo. Lo mira un buen rato, mordiéndose el labio. Le cae bien el chico; parece bueno.

Después piensa en su propio nombre, en lo bajo que está en la tabla, en lo que le pasa a la gente que le esconde cosas al Sistema. Y pulsa el botón.

En alguna parte de Start Base, en una habitación que Marco no conoce todavía, otro aparato responde con un campaneo bajo y grave, y alguien levanta la vista de sus papeles.