Capítulo 3

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Start Base, vista de cerca, es más pequeña de lo que prometían sus luces de anoche.

Marco llega a la entrada cuando el sol ya despega del horizonte. Espera, sin saber bien por qué, encontrarse una muralla, un portón, guardias que le pidan cuentas. Nada de eso: solo un murito de piedra a la altura de la cintura, más adorno que defensa, y una abertura sin puerta por la que la gente entra y sale como si tal cosa.

—¿Y los guardias? —murmura, y se siente tonto por preguntárselo al aire.

Cruza el umbral con el corazón en la boca, esperando que alguien lo señale, lo detenga, le exija saber quién es. Nadie lo hace. Nadie lo mira siquiera. Y esa indiferencia, después de una noche entera sintiéndose el centro tembloroso de un mundo hostil, es casi un regalo.

El pueblo despierta a su alrededor. Los puestos de madera se abren a ambos lados de la calle empedrada: un panadero acomoda hogazas todavía humeantes, una mujer cuelga ristras de algo que parece pescado seco pero huele a flores, dos niños persiguen a un tercero entre las piernas de los transeúntes. El aire huele a pan, a humo de leña y a algo metálico que no ubica. Un hombre con una espada tan grande como él camina por el centro de la calle, y la gente se aparta a su paso sin que él lo pida ni parezca notarlo.

Marco lo mira pasar, y por un momento el hambre, el cansancio y el miedo se le olvidan. Hay algo aquí. Una especie de magia que siente aunque no sepa nombrarla: está en la forma en que ese hombre camina, en los símbolos grabados que brillan apenas en las hojas colgadas de un puesto de armas, y sobre todo en una placa de piedra grande, junto a un edificio blanco al fondo de la plaza, cubierta de nombres y números que despiden una luz tenue. Frente a ella hay gente parada, mirando hacia arriba con la cabeza echada atrás, como quien consulta el horario de un tren.

Se acerca, atraído. Los nombres están ordenados de arriba abajo, y junto a cada uno hay un número y unas estrellas. No entiende qué significan, pero entiende lo esencial sin que nadie se lo diga: los de arriba importan; los de abajo, no. Es un marcador. Una tabla de posiciones de algo que todavía no comprende, pero que aquí claramente lo es todo.

Busca, por puro instinto, su propio nombre. No está. Cómo iba a estar.

—Esa es la tabla del pueblo. No te molestes en buscarte; los recién llegados no salen hasta que hacen algo.

La voz viene de su derecha. Marco se voltea y se encuentra con un hombre fornido, de cabello negro y brillante y ojos grises, que le sonríe de oreja a oreja con un cesto de carbón al hombro. Lleva un mandil de cuero curtido, lleno de quemaduras y parches, y un cinturón del que cuelgan martillos, tenazas y bolsitas de clavos. Huele a fragua, a sudor y a desayuno.

—Se te nota de lejos que es tu primer día —dice, divertido—. Tienes la cara de los que todavía miran para arriba. Los que llevan tiempo aquí caminan mirando el piso. —Se cambia el cesto de hombro y le tiende una mano grande y callosa—. Tales Sprada. Todos me dicen Rush. Soy el herrero del pueblo.

Marco duda. Piensa en Zart, en aquel “no te fíes de ninguno, ni de mí”, en las tres cosas ciertas que se prometió cuidar de noche en el prado. Pero el hombre tiene una sonrisa difícil de no devolver, y él lleva sin comer desde que tiene memoria —lo cual, técnicamente, es desde anteayer—, y a veces el cuerpo decide antes que la cabeza.

—Marco —dice, y le estrecha la mano—. Marco Lichter.

Tales se la sostiene un segundo de más. Sus ojos grises bajan a la ropa embarrada, a las manos vacías, al cuello sin placa, y algo en su sonrisa se ablanda.

—No traes tarjeta, ni placa, ni un arma encima, y dormiste en el monte a juzgar por el barro. —Baja la voz, sin perder la calidez—. Eres un Olvidado, ¿cierto?

—¿Un… qué?

—Eso pensé. —Le suelta la mano y le hace un gesto para que lo siga—. Ven. El mundo no se explica con el estómago vacío. Te invito el desayuno y de paso te cuento dónde caíste. Lo último que necesita este pueblo es otro novato desmayándose en la plaza.

Lo lleva a un puesto donde una anciana sirve una especie de guiso espeso en cuencos de barro. Tales paga con una moneda pequeña y le pone uno en las manos, caliente, y Marco se lo come tan rápido que casi se quema, sin vergüenza, mientras el herrero habla.

—Te lo hago corto, que para lo largo no tengo tiempo. A este mundo, Milion, lo traen a uno de afuera. De dónde, nadie lo sabe bien; un día estás en tu vida y al otro despiertas aquí. —Señala con la barbilla la tabla de piedra—. Al que llega le dan una tarjeta y unas estrellas, de una a diez, y las estrellas suben con hazañas que el Sistema registra, no con monedas. Los puntos son otra cosa: mientras más juntes, más arriba en esa tabla, mejor te tratan, mejores trabajos te dan. Sin puntos no eres nadie. Y con un millón… —chasquea los dedos— vuelves a casa.

Marco traga.

—¿Un millón? —Mira la tabla. El número más alto que alcanza a leer desde ahí no llega a cinco mil.

—Un millón. —Tales se ríe de su cara—. Por eso casi nadie vuelve. Pero ese no es tu problema de hoy. Tu problema de hoy es que eres un Olvidado: alguien al que el sistema se saltó. A la mayoría, cuando llega, una voz le explica todo y le deja los recuerdos en su sitio. A ustedes no. Ni explicación, ni recuerdos, ni nada. —Lo mira de reojo, más serio—. ¿De verdad no te acuerdas de nada de antes?

Marco niega despacio, con el cuenco a medio camino.

—Solo un sitio lleno de estrellas. Y mi nombre.

Tales asiente, como si la respuesta confirmara algo que ya temía, y no insiste. Por el camino de regreso, Marco empieza a fijarse en cosas que antes se le habían escapado. Grupos de gente con la misma insignia en el hombro —un sol azul, una mano blanca, otros símbolos que no reconoce— que se cruzan sin saludarse, midiéndose. Un hombre subido a un cajón promete gloria y puntos fáciles a quien jure bandera bajo no sé qué estandarte.

—¿Por qué todos andan en grupos? —pregunta.

—Porque aquí, o perteneces a algo, o eres carne fácil. —Tales saluda con la cabeza a un conocido—. Soberanos, compañías, los hombres del Sistema… y los otros, los que andan diciendo por lo bajo que el Sistema miente y que nadie vuelve de verdad. Cada lado quiere brazos jóvenes, y un novato fuerte vale oro. —La broma se le apaga un momento—. Un Olvidado sin bando y sin registrar, en cambio, es lo más solo que se puede ser en Milion. Por eso, hazme caso en una cosa, aunque no me hagas caso en ninguna otra: cuídate mucho de a quién le das la mano primero.

Marco baja la vista a su propia mano derecha —la que acaba de estrechar la del herrero— y no dice nada. Piensa que, para empezar a hacer caso, ya es un poco tarde. Pero también piensa, mirando la sonrisa fácil de Tales, que de todas las manos que podría haber estrechado en su primer día, hay peores apuestas que la de un herrero que invita el desayuno a un desconocido embarrado.

Guarda eso, también, en su pequeño montón de cosas ciertas. Cuatro, ahora. Se llama Marco. Está en otro mundo. Nadie puede saber lo que es. Y quizá, solo quizá, este hombre grandote no quiere hacerle daño.

Es poco para construir una vida. Pero es más de lo que tenía anoche.

—Lo primero —dice Tales cuando llegan de vuelta a la plaza, señalando el edificio blanco de la tabla luminosa— es que te registres. Sin tarjeta no existes: no puedes tomar trabajos, no puedes ganar puntos, y un sin-registrar pone nerviosa a la gente, ya te lo dije. Es rapidísimo. Una gota de sangre y listo. Ven, conozco a la chica del salón; te trata bien.

Marco mira la puerta blanca, y algo en el pecho se le tensa sin motivo, una corazonada fría que no sabe de dónde sale. No se lo enseñes a nadie, dijo Zart. Pero esto no es enseñar nada, se dice. Es solo una gota de sangre. Es lo que hace todo el mundo, todos los días.

Y aun así, mientras sigue al herrero hacia la puerta del salón, no logra quitarse de encima la sensación de estar caminando, con toda tranquilidad y un cuenco caliente en la barriga, hacia una trampa que nadie ha puesto a propósito.