Capítulo 2

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El silencio, después de tanto ruido, es casi tan violento como las explosiones.

Marco se queda un buen rato sin moverse, sentado en la hierba húmeda donde lo dejó el destello de Zart, esperando a que el mundo vuelva a reventar. No revienta. Lo único que se oye es el viento peinando el pasto, el chirrido de unos bichos que no reconoce, y su propia respiración, que tarda demasiado en calmarse.

Está vivo. Otra vez. Y, otra vez, no sabe muy bien cómo.

Se mira las manos en la penumbra. Le tiemblan todavía. La derecha, magullada de protegerse de los cascotes desprendidos a causa de las explosiones de aquel hombre —Bhastiodon, con sus anillos rojos y su “muere” dicho como quien pide la hora—. La izquierda, fría, con el cristal incrustado en la palma, latiendo despacio, paciente, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Levanta la vista, y el cielo le da el golpe que le faltaba.

Está limpio, sin rastro del humo de hace un rato, y cuajado de estrellas. Pero hay algo que su mente tarda en nombrar, y cuando lo nombra, se le hiela la sangre: no reconoce ninguna. Ni una. No hay allá arriba un solo dibujo que le diga algo, ninguna forma que su memoria quiera completar. Y bajas sobre el horizonte, donde debería haber una luna, hay dos: una grande y pálida, y otra más pequeña y cobriza, como una moneda vieja perdida en el cielo.

—Otro mundo —murmura. Pero esta vez no lo dice maravillado, como en la ciudad. Lo dice despacio, dejando que el peso entero de esas dos palabras se le asiente en el pecho—. Estoy de verdad en otro mundo.

Y entonces, solo, sin nadie gritándole que muera ni nadie sacándolo del apuro, el miedo lo alcanza de lleno.

No es el miedo rápido y caliente de la pelea. Es otro, lento y frío, que sube desde el estómago y se le instala en la garganta. No sabe dónde está. No sabe qué es este lugar. No sabe por qué un cristal le late en la mano ni qué hizo para que el fuego dejara de existir. Y, peor que todo eso, no sabe quién es.

Cierra los ojos y empuja hacia atrás, hacia antes. Lo intenta de verdad, con ganas, como quien mete la mano en un cajón a oscuras buscando algo que sabe que está ahí. Antes de la playa. Antes del espacio lleno de estrellas y la voz que contaba números. Tiene que haber algo. Un nombre que no sea solo el suyo. Una cara. Una casa. Una madre, un amigo, un perro, lo que sea.

No hay nada.

Hay un muro. Blanco, liso, sin una grieta por donde meter los dedos, y cuanto más empuja contra él, más le duele la cabeza, un dolor sordo que le late detrás de los ojos como un segundo corazón. Empuja igual, terco, hasta que el dolor se vuelve insoportable y tiene que parar, jadeando, con los ojos llenos de un agua que no se va a permitir derramar.

—Marco —se dice en voz alta, solo para oír algo que suene humano—. Me llamo Marco Lichter. —Es lo único que el sistema, o el muro, o quien sea, le dejó—. Eso es algo. Empezamos por ahí.

Lo único que el muro no le tragó del todo es eso: el espacio lleno de estrellas. Cuando cierra los ojos, todavía lo ve, borroso, como el recuerdo de un sueño que se deshace al despertar. Flotaba. Una voz contaba números. Y había… ¿cuánto? Una sensación rara, imposible, de haber estado ahí muchísimo tiempo. No horas. No días. Un tiempo tan largo que la palabra “tiempo” se le queda corta; un cansancio metido en los huesos que no se explica con dos días de vida. Cada vez que roza ese recuerdo, algo en él se estremece, como si detrás hubiera una puerta que es mejor no abrir. Así que no la abre. Todavía no.

Se abraza las rodillas. La hierba está fría y el rocío le empapa los pantalones, pero no tiene fuerzas para levantarse. A lo lejos, donde el prado se vuelve negro, brillan unas luces tibias, pequeñas, agrupadas: un pueblo. La salvación, según Zart. “Entra ahí y pide ayuda.” Suena fácil. Todo suena fácil cuando lo dice otro.

Pero entre él y esas luces hay un mar de oscuridad, y en la oscuridad de un mundo que no conoce puede haber cualquier cosa. Decide esperar al amanecer; caminar de día. Es lo más sensato, se dice, aunque sospecha que la verdad es más simple: tiene miedo de moverse.

La noche es larga.

No duerme. Lo intenta, se hace un ovillo sobre el costado, pero cada vez que el cansancio empieza a ganarle, un sonido lo devuelve de un tirón al mundo. Un aullido lejano que no es de perro ni de lobo, demasiado agudo al final, como si la criatura que lo suelta tuviera la garganta mal hecha. Algo grande moviéndose entre los árboles, al borde del prado, que se detiene, olfatea —¿lo olfatea a él?— y sigue de largo. Insectos que se encienden y se apagan en el pasto con una luz azulada, fría, que no había visto nunca.

Cada ruido le dispara el corazón. Y cada vez, la mano se le va sola al pecho, a ese cuarto que descubrió en la ciudad sin querer, como quien se palpa el bolsillo para asegurarse de que la navaja sigue ahí. No sabe usarlo. No sabe siquiera si podría hacerlo otra vez aunque quisiera. Pero saber que está ahí, agazapado, es lo único que le impide salir corriendo a ciegas hacia las luces.

Piensa en Zart. En su cara gastada. En lo último que le dijo, casi de espaldas, como quien suelta algo que no quería decir: “No se lo enseñes a nadie. Lo que hiciste hoy. A nadie.”

¿Por qué? Si lo que hizo fue salvarse de una muerte segura, ¿por qué esconderlo? En su mundo —en el que fuera que tuvo antes del muro blanco— la gente que hace cosas imposibles sale en las noticias, no se esconde en un prado de noche con miedo de su propia mano.

A menos que aquí las cosas imposibles no te hagan famoso.

A menos que te hagan un blanco.

Marco no entiende este mundo todavía. Pero empieza, muy despacio, a entender una regla: que lo que lo mantuvo vivo hoy es justo lo que tendrá que esconder mañana. Que su único as es también su mayor peligro. Guarda esa idea junto al cristal y junto a su nombre, en el pequeño montón de cosas ciertas que tiene.

Tres cosas. Se llama Marco. Está en otro mundo. Y nadie puede saber lo que es.

Es poco. Pero es un principio.

El cielo, por fin, empieza a aclararse por el este, y las dos lunas se desvanecen como si nunca hubieran estado. El miedo no se va del todo, pero la luz lo encoge, lo vuelve manejable. Con las primeras franjas grises los aullidos cesan, los insectos azules se apagan, y el prado se revela ancho, verde, salpicado de flores que tampoco reconoce, hermoso de un modo que le aprieta la garganta justo porque está completamente solo para verlo.

Se levanta. Le duele todo. Tiene hambre, sed, y una capa de rocío y tierra encima que lo hace sentir menos persona y más animal. Pero está de pie.

Mira las luces del pueblo, que con el amanecer se han vuelto tejados, muros y una columna fina de humo de alguna chimenea madrugadora. Parece tranquilo. Parece, desde lejos, un lugar donde a uno podrían darle un plato de comida y una respuesta.

Marco respira hondo, se sacude como puede el barro de la ropa, y echa a andar hacia él.

—Un paso a la vez —se dice, como un rezo pequeño—. Primero, dónde estoy. Después, qué soy.

No tiene ni idea de que, en ese pueblo tranquilo al que camina con tanta esperanza, la primera persona que le sonría va a hacerlo sin saber que le sonríe a la cosa más peligrosa que ha pisado Milion en mucho tiempo. Pero eso será al otro lado del prado. Por ahora solo hay un muchacho cansado, con un nombre y poco más, caminando hacia la luz.