Un estruendo lo arranca del sueño.
No es un sueño. No sabe qué es. Abre los ojos a un cielo bajo y sucio, partido por columnas de humo negro, y por un instante largo no sabe ni quién es ni cómo llegó ahí. Está tirado sobre algo duro y frío. Piedra. Adoquines.
—¿Una ciudad? —Su voz sale ronca y se pierde bajo otro estallido lejano.
No es la playa. Hace un momento —¿un momento?— había arena tibia, sol, el sonido de las olas. Ahora hay piedra, humo y un frío que se le mete en los huesos. No recuerda haberse levantado. No recuerda haber caminado. Entre el destello blanco del cristal en su mano y este instante solo hay un hueco, y el hueco le late en la nuca como un segundo corazón.
Se incorpora a medias. Le cuesta. El cuerpo le responde con torpeza, como si fuera prestado.
Boom
Una explosión revienta una pared a media calle. El suelo da un latigazo bajo sus manos, y una lluvia de escombros y polvo lo obliga a cubrirse la cara. El instinto le gana a la confusión: se levanta y corre.
No sabe hacia dónde. Solo lejos del ruido. Atraviesa un pasillo estrecho entre dos edificios, salta por encima de un carro volcado, dobla una esquina que escupe humo. El corazón le golpea las costillas. Cada detonación suena más cerca que la anterior, como si algo lo fuera correteando.
Boom
Esta vez el estallido viene de atrás, tan cerca que la onda lo empuja y casi lo tira. Se gira sin dejar de moverse: el pasillo por el que acaba de pasar ya no existe, tragado por el humo y los escombros.
—¿Es… es una guerra? —jadea, y ni él se cree lo que dice.
No hay civiles. Esa es la primera cosa rara que su mente, todavía espesa, alcanza a registrar: ni un herido, ni un niño llorando, ni una madre arrastrando a alguien lejos del fuego. Solo calles vacías, fachadas reventadas y, muy a lo lejos, siluetas que se mueven demasiado rápido para ser humanas, lanzándose unas a otras destellos de colores —rojo, azul, un verde enfermizo— que al estrellarse contra las paredes las deshacen como si fueran de papel. Sea lo que sea esto, no es una guerra de soldados. Es una guerra de monstruos con forma de hombre, y él acaba de caer justo en el medio. Una parte de él, la que todavía no aprende a tener miedo, no puede dejar de mirar.
Sale del callejón a una plaza amplia, abierta, rodeada de fachadas con las ventanas reventadas. Por un segundo piensa que ahí, al menos, hay espacio para respirar.
Entonces algo cae del cielo.
No cae como una bomba. Cae como una persona, derecho y a plomo, y revienta el centro de la plaza con un golpe que parte las losas y levanta una nube de tierra. Marco sale despedido de espaldas y rueda por el empedrado hasta dar contra la base de una fuente seca.
Cuando levanta la cabeza, escupiendo polvo, del cráter se está levantando un joven. Corpulento, ancho de espaldas, con una camiseta rota que deja ver brazos como troncos. Se sacude el polvo de los hombros con calma, como si caer del cielo y abrir un cráter fuera lo más normal del mundo.
A pesar del miedo, a pesar de todo, algo en Marco se queda mirando, fascinado.
—Sí que es otro mundo —murmura.
El joven lo oye. O lo siente. Gira la cabeza y lo encuentra ahí, contra la fuente, cubierto de polvo. Y Marco ve cómo su cara cambia: primero la sorpresa de hallar a alguien vivo, después la curiosidad… y después algo que se afila, que se pone en guardia.
—¿Qué…? —El corpulento entrecierra los ojos. Los mueve de arriba abajo, como quien busca leer un cartel y no encuentra nada escrito—. ¿Por qué no marcas nada?
—¿Marcar? —Marco se aferra al borde de la fuente para ponerse de pie—. No… no sé de qué hablas. Acabo de…
—No tienes rango. —El joven da un paso hacia él, y el suelo cruje bajo su peso—. No tienes lectura. No tienes nada. —La poca serenidad que le quedaba en la voz se le cae de golpe—. ¿Sabes qué son las cosas que no marcan nada, novato? Son las que más matan. Las que se esconden.
—Te juro que no me escondo de nada. —Marco levanta las manos, las palmas abiertas—. Desperté hace nada en una playa, después en esta… ciudad, y no entiendo ni dónde…
Varios anillos rojos empiezan a girar alrededor del cuerpo del joven, lentos primero, después más rápido, zumbando como un enjambre. El aire a su alrededor vibra y se calienta.
—Nada personal. —El corpulento alza un puño, y los anillos se concentran en él hasta volverse un sol pequeño y furioso—. Pero aquí, al que no entiendo, lo borro.
—Espera —dice Marco—. Espera, espera, ¡ESPERA…!
—¡Muere!
El puño baja. El mundo se vuelve luz y presión.
Y entonces pasa algo.
Marco no piensa. No le da tiempo de pensar. Hay un calor enorme cayéndole encima, una muerte blanca a un palmo de su cara, y algo dentro de él —algo que no sabía que tenía, algo viejo y dormido— se estira hacia ella. No con las manos. Con otra cosa. Como quien manota a ciegas en la oscuridad para atrapar una mosca, salvo que lo que atrapa no es una mosca.
Es la explosión entera.
El estruendo no llega.
Marco abre los ojos. A un palmo de su cara, el fuego está detenido. No apagado: detenido. Suspendido en el aire, una flor de luz congelada a media floración, tan cerca que debería derretirle la piel y no siente nada. Por un instante eterno, el fuego y él se miran.
Y después, sin humo, sin chasquido, sin nada, el fuego deja de estar. Como si alguien hubiera borrado esa parte del mundo. Como si nunca hubiera existido.
Un anillo fino, gris, se deshace alrededor de su muñeca y se apaga.
El silencio que viene después es peor que todo el ruido junto.
—Eso… —El corpulento ha retrocedido un paso. Tiene el puño todavía en alto, pero le tiembla, y en su cara ya no hay furia. Hay otra cosa, una que se parece mucho al miedo—. Eso no se puede hacer. Eso no lo hace nadie.
—Tiene razón. No se puede.
La voz llega desde el humo, tranquila, sin ninguna prisa, y por alguna razón eso la hace más temible que cualquier grito.
Un hombre vestido de negro entra caminando a la plaza. Camina como si las explosiones fueran lluvia y a él no le importara mojarse. Delante de él, salido de la nada, un gran escudo translúcido se clava en el suelo, y otro, y otro, formándole un pasillo seguro a cada paso.
—Bhastiodon —dice el hombre—. Retrocede.
El corpulento —Bhastiodon— no le quita los ojos a Marco.
—Zart. ¿Viste lo que hizo? —Su voz ya no es de pelea; es casi de súplica—. Le tiré encima un Estallido completo. Completo. Y él… lo desapareció. Sin más.
—Lo vi.
—Un novato no hace eso.
—No. —Zart se detiene junto a él, y por primera vez Marco le ve la cara: tranquila, gastada, con los ojos de alguien que ha visto demasiado para sorprenderse fácil. Esos ojos están fijos en él, estudiándolo como a un acertijo que no termina de cuadrar—. No, un novato no hace eso.
—Entonces qué es.
—No lo sé. —Una pausa—. Y eso es justo lo que no me gusta. Lárgate, Bhastiodon. Esto ya no es asunto tuyo.
Bhastiodon duda. Mira a Marco una última vez, una mirada larga, de las que uno le echa a algo que piensa volver a encontrar. Después un anillo azul se abre bajo sus pies, lo envuelve, y entre un estallido sale disparado hacia arriba hasta desaparecer en el horizonte oscuro.
La plaza queda en silencio: solo ellos dos y el lejano retumbar de la guerra en otros barrios.
Marco baja las manos despacio. Le tiemblan. Se las mira como si fueran de otra persona.
—¿Qué fue eso que hice? —pregunta, más a sí mismo que al hombre de negro.
—Eso me gustaría saberlo a mí. —Zart saca un aparato plano del bolsillo, del tamaño de un libro pequeño, y lo apunta hacia Marco. La pantalla se enciende, parpadea. Una vez. Dos.
[Error]
[Lectura no disponible]
Zart frunce el ceño. Da unos toques a la pantalla, lo intenta de nuevo. La máquina escupe el mismo resultado.
—Veintidós años haciendo este trabajo —dice, en voz baja, casi para sí—. He leído reyes y mendigos, monstruos y niños. La máquina siempre dice algo. —Levanta la vista hacia él—. Nunca la había visto rendirse con una persona.
Guarda el aparato con un gesto seco, como quien cierra un tema que no le conviene.
—Escúchame bien, porque lo voy a decir una sola vez. —Su tono no es cruel, pero no sobra ni una palabra—. En cinco minutos esta zona se limpia, y a lo que limpian no le preguntan el nombre ni le piden disculpas. No me debes nada y yo no quiero deberte nada a ti. Te saco de aquí, y de ahí en adelante cada quien por su lado. ¿Entendido?
—Yo… sí. Sí, gracias, pero ¿sacarme cómo…?
—Cierra los ojos.
—¿Qué? ¿Por qué tengo que…?
—Ciérralos.
Marco los cierra. Un destello blanco le atraviesa los párpados y le borra el mundo, y por un segundo vuelve a estar en aquel espacio lleno de estrellas, flotando, con esa voz contando porcentajes. Después el suelo cambia bajo sus pies: deja de ser piedra y pasa a ser tierra blanda, hierba.
Cuando abre los ojos, el ruido se ha ido.
Una pradera bañada por la luna se extiende ante él, ancha y quieta, y a lo lejos brillan las luces tibias de un pueblo dormido. El contraste con la guerra de hace un instante es tan brutal que casi le duele.
—Start Base. —Zart ya está de espaldas, mirando otra vez el aparato, con una expresión que Marco no alcanza a verle—. Entra ahí y pide ayuda. Pregunta por el salón.
—Espera, tú… ¿no vienes? —Marco da un paso hacia él—. Ni siquiera sé tu nombre…
—Dos consejos, gratis, y con eso quedamos en paz. —Zart no se voltea—. El primero: no se lo enseñes a nadie. Lo que hiciste hoy, a nadie. Aquí te venden por mucho menos de lo que vales, y no siempre por malos; a veces por hambre. No te fíes de ninguno. —Una pausa, y la voz se le afila—. Ni de mí. —Otra, y algo en ella se ablanda apenas, un grado—. El segundo: averigua qué eres. Rápido. Antes de que lo averigüe alguien que prefiera apagarte a entenderte.
—¿Apagarme? ¿Quién querría…?
Pero el aire ya tiembla alrededor del hombre de negro.
Un destello, y Zart no está.
Marco se queda solo bajo la luna, con la mano izquierda fría como un trozo de hielo y un pueblo dormido al fondo. No sabe quién es. No sabe qué hizo. No sabe por qué un desconocido vestido de negro arriesgó el pellejo por sacarlo de ahí y después le pidió que escondiera lo único interesante que le ha pasado.
Pero por primera vez desde que despertó, una certeza se le asienta en el pecho, nítida y fría:
acaba de hacer algo que no debería existir. Y en alguna parte, alguien ya lo está buscando.