Capítulo 10

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Veldar no se parece a nada que Marco haya visto.

Lleva dos días viéndola crecer en el horizonte, primero como una mancha gris, después como una línea dentada, y por fin, al coronar la última loma, como lo que es: una ciudad de verdad. Una muralla de piedra oscura, alta como diez hombres, se extiende a lo ancho de todo el valle, erizada de torres. Por encima asoman tejados, cúpulas, una maraña de humo de mil chimeneas que mancha el cielo de la tarde. Es tan grande que a Marco le cuesta abarcarla con los ojos, y de pronto Start Base, que le había parecido un mundo entero, se le antoja lo que es: una aldea, un puñado de tejados perdidos en la nada.

Nunca ha visto tanta gente junta. El camino, en el último tramo, se ensancha y se llena: carretas cargadas hasta arriba, recuas de bestias, columnas de viajeros, vendedores que han plantado sus puestos a las puertas para pescar al que llega cansado. Todos fluyen hacia un mismo punto: la gran puerta del sur, un arco enorme bajo el que cabría una casa, flanqueado por guardias con armaduras que brillan.

Y ahí, justo ahí, está el problema.

Marco se queda un buen rato a un lado del camino, fingiendo descansar, mirando. Y lo que ve le hiela el poco entusiasmo que le quedaba. En la puerta no solo hay guardias: hay mesas. Mesas con hombres de visera y aparatos, igual que en El Último Aliento, igual que en el salón de Start Base. A cada viajero que entra le piden la tarjeta, la pasan por la ranura, miran las estrellas, cobran un impuesto y lo dejan seguir. A los que no pueden pagar, o a los que algo no les cuadra, los apartan a un lado, a un corralito de gente nerviosa custodiada por guardias.

En Veldar, lo primero que te miran en la puerta son tus estrellas, le había dicho el hombre de la cicatriz. Y al que no las tiene, le va mejor entrando por donde no preguntan.

Marco no tiene tarjeta. Y aunque la tuviera, la máquina escupiría su error delante de media guarnición. Entrar por la puerta del sur es, sencillamente, entregarse.

Así que hace lo único que puede: le da la espalda a la puerta grande y empieza a bordear la muralla.

Le lleva el resto de la tarde. La muralla de Veldar es un mundo en sí misma; a su sombra crece todo lo que la ciudad no quiere ver dentro. Casuchas pegadas a la piedra como lapas. Hogueras de mendigos. Niños flacos que lo miran pasar calculando si vale la pena robarle. Marco aprende rápido a caminar como ellos, con la mano cerca del cuchillo de Bran y la mirada baja pero atenta. Aquí, intuye, está la otra puerta. La que no pregunta.

La encuentra al anochecer, en forma de mujer.

Está sentada sobre un bidón volcado junto a un tramo de muralla donde el desagüe de la ciudad vierte un hilo de agua sucia, y lo ve venir desde lejos, como si lo estuviera esperando. Es flaca, de edad imposible de adivinar, con un ojo lechoso y una sonrisa a la que le faltan dientes.

—Primera vez en Veldar —dice. No es una pregunta—. Y sin papeles. —Se ríe de la cara que pone Marco—. No hace falta ser bruja, chico. Los que entran por la puerta grande no vienen a pasear por aquí. —Da una palmada en el bidón, a su lado—. Siéntate. A los que vienen por mi lado de la muralla los puedo ayudar. Por un precio.

Marco no se sienta. Se queda a tres pasos, tenso, con todo el cuerpo gritando que es una trampa.

—¿Qué precio?

—Todo lo que lleves encima, normalmente. —La mujer se encoge de hombros con honestidad brutal—. Pero tú no llevas casi nada, se nota. Así que las monedas que traigas y esa capa, que abriga bien. Por eso te paso por donde paso a las ratas: un boquete viejo bajo el desagüe, oscuro y con mierda hasta las rodillas, pero del otro lado está Veldar y no hay nadie con una mesita preguntando. —Inclina la cabeza—. O te vuelves a la puerta del sur a explicarle a los guardias por qué no marcas en su máquina. Tú decides, que la noche es libre.

Marco la mira, y la mira, y sopesa. Sabe que puede estar vendiéndolo. Sabe que puede meterlo en ese boquete oscuro para que dos matones lo desnuden y le dejen el cuello abierto. El mundo, le ha quedado claro, no regala nada. Pero también sabe —lo siente en el cansancio de los pies, en el hambre, en el precio que pende sobre su cabeza— que no tiene mejores opciones. Que sobrevivir, a veces, es solo elegir el riesgo que te da más miedo enfrentar despierto.

—Las monedas —dice por fin—. La capa me la quedo. Y voy delante de ti, no detrás.

La mujer del ojo lechoso lo estudia un segundo y suelta una carcajada seca.

—Vaya. El conejo tiene dientes. —Se levanta del bidón con un crujido de huesos—. Trato hecho, desconfiado. Las monedas, y delante vas tú, que yo a mis años no pienso correr si la cosa se tuerce.

Lo guía hasta una reja oxidada, medio hundida en el barro bajo el chorro del desagüe, y la aparta lo justo. Del otro lado solo hay negrura y un hedor que hace llorar. Marco respira por la boca, aprieta el cuchillo, piensa en Tales, en Noa, en la promesa que le hizo al viejo Doru, y se mete en el agujero.

El túnel es todo lo asqueroso que la mujer prometió y un poco más: agua helada hasta las rodillas, oscuridad total, ruido de cosas que se escabullen. Avanza a tientas una eternidad, con el corazón en la garganta, esperando en cada paso la emboscada que no llega. Y entonces, adelante, aparece una claridad: una reja rota, y más allá, luz. Ruido. Voces. Olor a comida por encima del de la mierda.

Marco sale a un callejón estrecho, empapado, tiritando y apestando, y se endereza.

Está dentro de Veldar.

Aunque, de entrada, Veldar no se molesta en demostrárselo. Lo que hay al otro lado de la reja rota es más de lo mismo que dejó afuera: callejones torcidos, barro, casuchas recostadas unas en otras como borrachos, ropa tendida de ventana a ventana. Aquí no hay faroles; los pocos postes que asoman están ciegos, rotos o pelados hace años, y la única luz es la que se escapa, amarilla y flaca, por las rendijas de las ventanas. Huele a humo de leña mala, a pescado viejo, a gente amontonada. Es el barrio adonde van a dar las cloacas, y lo parece: la ciudad, entiende Marco, guarda pegado a la muralla lo que no quiere ver, igual que hacía por fuera.

Y sin embargo, cuando levanta la vista por encima de los techos chuecos, ahí está.

Veldar. La de verdad. Tierra adentro, donde el terreno sube, la ciudad se enciende: un resplandor azulado y frío —la misma luz, cae en cuenta con un escalofrío que no sabe explicarse, de los insectos del prado— que sube desde miles de faroles que él no ve, recortando cúpulas, torres, techos de cuatro plantas. Y debajo de esa luz, un rumor bajo y parejo, de voces y ruedas y música revueltas, como un mar oído desde adentro de una cueva. Ahí está la ciudad enorme y viva a la que vino a perderse. La tiene alrededor y, a la vez, comprende mirándola desde su callejón a oscuras, todavía le queda lejísimos.

Marco se queda parado en el barro, calado hasta los huesos, con el estómago vacío y sin una sola moneda, mirando ese resplandor con los ojos muy abiertos —la cara, recuerda con una punzada, que delata a los recién llegados, aunque aquí no haya nadie despierto para leérsela—. Por primera vez en semanas no hay nadie persiguiéndolo de cerca. Tampoco hay nadie que lo conozca, nadie que vaya a darle un cuenco de guiso por lástima, nadie a quien pueda pedir ayuda sin arriesgarse a que lo entreguen. Está más solo que nunca, y a la vez más a salvo que en muchos días: una gota en un mar de miles, justo lo que vino a buscar.

El alivio le dura lo que tarda en pensar en el día siguiente. Porque mañana, cuando salga el sol sobre esta ciudad inmensa, va a seguir sin techo, sin comida y sin una moneda, y Veldar, lo presiente ya, no es de las que perdonan a los que no tienen nada que ofrecerle.

Se mete en las sombras del callejón, busca un hueco entre unas cajas, se envuelve en la capa húmeda del muerto, y se obliga a pensar como ha aprendido a pensar: un paso a la vez. Esta noche, sobrevivir a la ciudad. Mañana, encontrar la forma de que la ciudad lo deje quedarse. Y algún día, lejano pero ya no imposible, dejar de huir.

Por ahora, eso basta. Cierra los ojos en la gran ciudad indiferente, y por una vez, agotado, duerme.