Capítulo 11

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Marco despierta en Veldar con el cuerpo molido, la ropa todavía húmeda y apestando a cloaca, y una certeza nueva clavándole el estómago: que el hambre, cuando uno lleva demasiados días con ella, deja de ser una sensación y se vuelve un pensamiento. El único pensamiento. Empuja todo lo demás —el miedo, el cansancio, hasta la cabeza— a los rincones, y se sienta en el centro de la mente a esperar.

La ciudad, de día, es aún más de lo que parecía de noche.

Marco sale de su callejón a una avenida que ruge. Hay de todo y al mismo tiempo: señoras con vestidos que valen más de lo que ha visto junto en su vida, pasando por encima de mendigos sin bajar la vista; niños que corren entre las piernas de todos vendiendo agua, pan, recados; guardias de capa apostados en las esquinas; carros que estuvieron a punto de atropellarlo dos veces. Olores a perfume y a basura, a pan caliente y a aguas negras, todo revuelto. Veldar no es una ciudad: es cien ciudades apiladas, la de los que tienen y la de los que no, separadas por un palmo de calle y un abismo.

Y Marco, esa primera mañana, pertenece sin lugar a dudas a la segunda.

Lo intenta. Y vaya que lo intenta. Va de puesto en puesto por un mercado interminable —un mundo de gremios, de almacenes, de gritos— ofreciéndose para lo que sea: cargar, barrer, lo que haga falta, a cambio de una moneda o de un pedazo de pan. Y una y otra vez choca con la misma pared, dicha por cien bocas distintas pero con la misma idea detrás:

—¿Tarjeta?

Sin tarjeta no hay trabajo. Sin estrellas, no eres un trabajador: eres un riesgo. Nadie contrata a un hombre que no figura en el registro, porque un hombre que no figura puede robarte y esfumarse sin que el Sistema lo persiga —y a un comerciante de Veldar, descubre Marco, lo único que de verdad le asusta es perder dinero. Aprende, a base de portazos, la primera ley de hierro de la ciudad: que aquí no basta con estar dispuesto a trabajar. Hay que tener permiso para existir, y él no lo tiene.

Al mediodía, el hambre le nubla la vista. Ha bebido agua de una fuente pública para engañar al estómago, pero el agua no engaña a nadie mucho rato. Pasa frente a un puesto de comida —una olla humeante, brochetas de carne dorada— y se queda clavado, mirándolos, con una intensidad que no sabe disimular. Tanto, que el dueño lo nota.

Es un hombre grande y calvo, de cara hosca, al que le falta el brazo izquierdo desde el codo; con el derecho da vueltas a un guiso en un caldero ennegrecido. Mira a Marco de arriba abajo —la capa que le queda grande, las ojeras, el hambre escrita en la cara— y, en lugar de espantarlo como han hecho todos los demás, le señala con la cuchara una pila de platos sucios apilados detrás del puesto.

—Si los lavas todos, y bien, comes —dice, sin una pizca de calidez, como quien anuncia un precio—. Si robas algo, te rompo el otro brazo con el muñón, que para eso todavía me sirve. —Vuelve a su caldero—. Tú decides, flaco.

Marco lava. Lava como si en ello le fuera la vida —y un poco le va—: platos grasientos en una tina de agua fría, hasta que se le agrietan las manos. No es caridad, lo tiene claro. El manco ha cambiado una pila de platos por un cuenco de guiso que le habría costado una moneda servir, y ha salido ganando. Pero cuando, al terminar, el hombre le pone delante ese cuenco humeante y un pedazo de pan, a Marco le tiembla la mano al tomarlo, y entiende que en Veldar hasta los tratos más fríos pueden saber a salvavidas.

Come despacio, en un rincón, vigilando su cuenco como un perro. El manco —Garrec, lo llama una clienta— lo deja estar. Y cuando el ajetreo del mediodía afloja, mientras Marco apila los últimos platos limpios, el hombre le suelta, sin mirarlo, la pregunta que lo cambia todo:

—¿Olvidado, o prófugo?

Marco se queda helado.

—…¿Qué?

—No tienes tarjeta. Se te ve de lejos. —Garrec escupe al fuego—. Los que llegan sin tarjeta son dos cosas: Olvidados, que el Sistema dejó sin papeles por vagos, o prófugos, que se los quitaron por algo. A mí me da igual cuál seas; friegas bien y eso me basta. Pero si quieres durar en esta ciudad más de una semana, flaco, vas a necesitar una tarjeta. Con estrellas y todo. Aunque sean mentira.

—¿Aunque sea… mentira? —Marco no respira.

Garrec por fin lo mira, y en su cara hosca hay algo parecido a la lástima, o al cálculo, o a las dos cosas.

—Esto es Veldar, chico. Aquí se compra y se vende todo, y los papeles también. En los barrios bajos, hacia el río, hay gente que te fabrica una tarjeta tan buena que ni el de la puerta nota la diferencia. Un nombre nuevo, unas estrellas decentes, y de pronto existes, y puedes trabajar como Dios manda. —Vuelve a su guiso—. Eso sí: cuesta un ojo de la cara, y al falsificador equivocado le cuentas tu vida y amaneces en el río con los bolsillos vacíos. Como todo aquí. —Una pausa—. Pero es eso, o lavar mis platos hasta que te mueras de viejo. Que tampoco es vida.

Marco guarda cada palabra como guarda todo, en ese montón cada vez más alto de cosas que pueden salvarlo o matarlo. Una tarjeta falsa. Un nombre que el Sistema no esté cazando. Existir, aunque sea con una mentira, lo suficiente para ganarse el pan sin que cada portazo le recuerde que sobra. Por primera vez desde que entró en Veldar, la niebla del hambre se aparta lo justo para dejar pasar otra cosa: un plan. Borroso, lejano, carísimo, pero un plan.

Necesita dinero. Mucho más del que un cuenco de guiso al día le va a dar. Necesita encontrar la forma de ganarlo en una ciudad que no le deja ni empezar. Y necesita, sobre todo, no morirse de hambre ni que lo encuentren mientras tanto.

Pero ya no es solo huir. Por primera vez en mucho tiempo, Marco tiene algo que se parece a un primer peldaño.

—¿Puedo volver mañana? —pregunta, dejándolo todo apilado y reluciente—. A fregar. Por la comida.

Garrec lo mira un largo rato, como sopesando si un flaco callado y trabajador es un activo o un problema.

—Al amanecer —gruñe al fin—. Y si te veo rondar mi caja, te juro que el muñón hace más daño de lo que parece.

Marco asiente, y por una vez, mientras se aleja del puesto con el estómago por fin tranquilo, no siente solo miedo. Siente algo pequeño, terco, casi olvidado, encendiéndose otra vez en el pecho, junto al cuarto cerrado y a sus cosas ciertas.

Lo reconoce con cierta sorpresa. Es esperanza. Y en Veldar, descubrirá pronto, la esperanza es el bien más caro de todos.