Marco pasa su tiempo en Veldar mejor de lo que pensaba, y descubre que en la ciudad, como casi todo, se sobrevive por costumbre.
Sus días empiezan a tener forma. Antes del amanecer ya está frente al puesto de Garrec, ayudando a encender el fuego y acarreando los baldes de agua que el manco no puede cargar con un solo brazo. Lava los platos del desayuno, pela lo que haya que pelar, raspa el caldero. A media mañana, si hay un rato muerto, Garrec lo deja comer un cuenco. Por la tarde vuelve la faena. Y al caer la noche, Marco se retira a su rincón —un hueco entre dos almacenes, tres callejones más allá, que ha aprendido a defender de otros como él— a dormir con un ojo abierto.
No es vida. Pero es una rutina, y una rutina, descubre, es una forma de no pensar. De no pensar en Tales, en Noa, en el viejo Doru y su tos. De no pensar en lo que lleva dentro del pecho. De no pensar, sobre todo, en lo lejos que está de cualquier sitio al que pueda llamar suyo.
Garrec es un hombre de pocas palabras y menos sonrisas, pero no es tonto, y a la semana ya ha notado dos cosas: que Marco trabaja como si lo persiguiera el diablo, y que no roba ni una migaja. Un día, sin ceremonia, le pone en la mano, además del cuenco, dos puntos.
—Por madrugar —gruñe, antes de que Marco pueda decir nada—. No te acostumbres. Y no es por simpático: es que un flaco que se desmaya de hambre lava peor.
Marco aprieta las dos monedas como si fueran de oro. Esa noche, en su rincón, hace algo que no hacía desde que llegó: contar. Dos puntos. Los envuelve en un trozo de tela y los esconde en el forro de la capa del muerto. Su primera fortuna. El primer ladrillo de algo.
Con los días va armando también la figura de Garrec. Que fue soldado, en alguna de las guerras de algún soberano, hasta que una hoja le quitó el brazo y el ejército lo soltó como se suelta una herramienta rota. Que el puesto de comida lo montó con lo poco que le quedaba, en el peor barrio de Veldar, porque era el único lugar donde nadie le preguntaba por qué un manco no se había muerto ya. Garrec no lo cuenta de golpe; lo deja caer a pedazos, entre cliente y cliente, casi sin querer. Pero Marco escucha, como escucha todo, y entiende que él y el manco se parecen más de lo que parece: dos hombres a los que el mundo dio por sobrantes y que siguen, tercos, sin morirse.
Porque el puesto de Garrec, aprende Marco, no da de comer a cualquiera. Da de comer al fondo de Veldar. Por sus tablones desfilan, a lo largo del día, las caras que la ciudad de arriba prefiere no ver: cargadores con la espalda rota, mujeres que trabajan de noche, mendigos que juntan moneda a moneda y, sobre todo, gente que vive de moverse en las sombras. Marco aprende a reconocerlos sin que se lo digan: los que pagan con monedas que no miran, los que se sientan de espaldas a la pared, los que hablan poco y observan mucho. El bajo mundo de Veldar come en lo de Garrec, y Marco, lavando sus platos, se vuelve parte del mobiliario: invisible y atento.
Así es como repara en el muchacho.
No tendrá más de quince años, flaco como un junco, con unos ojos rápidos que no paran quietos. Aparece cada par de días, siempre con prisa, siempre de paso; come de pie, en tres bocados, deja sus monedas y desaparece por algún callejón con un recado o un bulto bajo el brazo. Un correo, deduce Marco. De los que llevan cosas que no se preguntan, de un lado a otro de la ciudad. Una tarde, el muchacho lo descubre mirándolo y, en vez de molestarse, le sostiene la mirada con una media sonrisa descarada.
—¿Te gusta lo que ves, lavaplatos? —dice, sin maldad, casi divertido.
—Perdona. —Marco baja la vista—. No quería…
—Tranquilo. Mirar es gratis. —El chico se traga el último bocado y se limpia la boca con la manga—. Pero si alguna vez te cansas de cobrar en cuencos de sopa, pregunta por Tino en el callejón de los Faroles Rotos. A los que tienen buenos ojos y la boca cerrada siempre les hace falta trabajo. —Le guiña un ojo y se va, tragado por la multitud, antes de que Marco alcance a responder.
Marco se queda con el nombre dando vueltas. Tino. El callejón de los Faroles Rotos. Lo guarda, como guarda todo, aunque algo en el estómago le dice que esa clase de trabajo no se paga solo con monedas.
Una tarde, mientras apila los platos limpios, junta por fin el valor para preguntarle a Garrec lo que lleva días rondándole.
—Esa tarjeta de la que hablaste. La falsa. —Mantiene la vista en los platos—. ¿Cuánto cuesta, más o menos?
Garrec deja de revolver el caldero y lo mira un largo rato, como midiendo si la pregunta es de las que traen problemas.
—Una buena, de las que aguantan que te la pasen por la máquina sin que salte la alarma… —se rasca el mentón con el muñón— no baja de los mil puntos. Y eso, si conoces a quién pedírsela y no te cobra de más por novato.
Mil puntos.
Marco hace la cuenta sin querer, y la cuenta es un golpe en el pecho. Mil puntos. Mil. Él gana dos al día, los días buenos. Aunque no comiera, aunque no le robaran nunca, aunque ahorrara hasta el último punto… son casi dos años. Dos años lavando platos para tener derecho a empezar. Dos años en una ciudad donde, le ha quedado claro, la gente como él no suele durar dos meses.
La esperanza que se le había encendido el día que conoció a Garrec se apaga un poco, como una de esas brasas a las que les robó el calor en el camino.
Y esa noche, en su rincón, por primera vez en mucho tiempo, el cuarto de su pecho le habla.
Porque Veldar está llena de cosas. De habilidades, de fuerza, de bolsas de monedas que pasan a un brazo de distancia. Marco ha visto, en estas semanas, a hombres que parten piedra de un puñetazo, a mujeres que se mueven tan rápido que la vista no las alcanza, a un niño que robó una fruta y se esfumó entre la gente como si se hubiera vuelto humo. Cualquiera de esas cosas, lo sabe ahora, podría tomarla. Guardarla. Hacerla suya. Dejar de ser el flaco que lava platos por dos monedas y volverse, de un día para otro, algo con lo que el mundo tendría que contar.
Cierra los ojos y se obliga a recordar dos cosas. La primera, lo que les pasó a las brasas la noche del camino: cómo se apagaron de golpe, negras, muertas, como si les hubiera robado el alma. Eso le hace a una cosa sin vida. Y algo en él, muy hondo, sospecha que la diferencia entre vaciarle el calor a una brasa y vaciárselo a un hombre es solo cuestión de cuánto se atreva. No quiere averiguarlo. La segunda, más fría: la sospecha, que no puede probar ni se atreve a descartar, de que cada vez que usa lo que lleva dentro deja algún rastro. Nadie se lo dijo. No le hace falta: en un mundo que lo mide todo, lo raro tiene que oler a algo. Y en una ciudad con una mesita del Sistema en cada puerta, un rastro es una soga.
Así que no. Todavía no. El camino corto lo conoce, y sabe a dónde lleva. El largo es de moneda en moneda, de plato en plato, de madrugada en madrugada. Es lento, es injusto, y a lo mejor no llega nunca. Pero es suyo, no le debe nada a nadie, y no les deja rastro a los que lo cazan.
Por ahora, elige el largo. Aprieta sus monedas en el forro de la capa y suma una promesa más a su lista: que va a juntar esos mil puntos aunque le lleve la vida. Que va a comprar su derecho a existir con trabajo, y no robándoselo a otro.
Pero también es honesto consigo mismo, y la honestidad, a esas horas y con ese frío, es despiadada. Dos años es demasiado. Demasiado tiempo para que el Sistema no lo encuentre; demasiado tiempo para que la suerte no se le agote. Lavar platos lo mantiene vivo, pero no lo va a salvar. Si quiere esos mil puntos antes de ser viejo o estar muerto, va a tener que encontrar la forma de ganar más rápido. Y en un barrio como ese, las formas de ganar rápido tienen todas el mismo color: el del riesgo.
Piensa en Tino, en el callejón de los Faroles Rotos, en esa media sonrisa que ofrecía trabajo sin decir de qué. Una puerta. De las que no preguntan por una tarjeta, solo por agallas.
No sabe todavía si va a tocarla. Pero por primera vez desde que entró por la cloaca, Marco deja de ser solo un náufrago aferrado a una tabla y empieza a ser otra cosa, algo más peligroso y más vivo: un hombre con un plan, una cuenta que llevar y el hambre justa para, algún día pronto, arriesgarse.
Mil puntos. Uno a uno, si hace falta.
Apaga su pequeña esperanza para que dure, como quien tapa una brasa para hallarla viva por la mañana, y se duerme contando monedas que todavía no tiene.