Capítulo 13

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Marco aguanta dos semanas más antes de tocar la puerta de Tino.

Dos semanas de moneda en moneda, de madrugadas frente al caldero de Garrec, de contar y volver a contar las monedas escondidas en el forro de la capa. Cuando por fin las cuenta y le dan diecinueve, vuelve a hacer la cuenta que lo persigue: a este paso, los mil puntos son una vida entera. Una vida que no tiene.

Esa noche, en lugar de volver a su rincón, le pregunta a Garrec por el callejón de los Faroles Rotos.

El manco deja de limpiar el caldero. Lo mira un largo rato con esa cara suya que no dice nada y lo dice todo.

—Así que era eso. —Suspira por la nariz—. Mira, flaco, no soy tu padre. Pero te voy a decir una cosa gratis, de las que te gustan. Por esa puerta entra mucha gente con hambre y sale muy poca con los bolsillos llenos. Lo que se gana rápido se paga caro, siempre, aunque la factura tarde. —Vuelve al caldero—. Si vas, ve con los ojos abiertos. Y no le cuentes a nadie de allá lo que no le cuentas a nadie de aquí.

Marco entiende lo que el manco no dice: que sabe que esconde algo, que nunca le ha preguntado qué, y que ese silencio es la única forma de cariño que un hombre como Garrec puede permitirse.

—Gracias —dice Marco. Y a la mañana siguiente, después de lavar los platos del desayuno, no se queda para los del almuerzo.

El callejón de los Faroles Rotos hace honor a su nombre. Está en una zona de Veldar a la que ni los faroles de luz azul han querido bajar; los pocos que hay cuelgan apagados, rotos, como dientes podridos. Es de día y aun así el sitio parece de noche, encajonado entre edificios que se inclinan hasta robarle el cielo. Huele a humedad y a algo dulzón que Marco prefiere no identificar. Hay figuras en los portales que lo siguen con la mirada sin moverse.

Pregunta por Tino con el corazón en la garganta, listo para salir corriendo. Tarda en aparecer —un chico lo lleva, por una moneda, hasta una trastienda sin cartel—, pero aparece, con su misma sonrisa rápida.

—¡El lavaplatos! —Parece genuinamente sorprendido, y un poco impresionado—. No pensé que tuvieras agallas. —Lo mira de arriba abajo—. ¿Vienes a buscar trabajo, o a buscar problemas? Porque aquí, a veces, son lo mismo.

—Trabajo —dice Marco—. Del que paga.

Tino se ríe.

—Todo el que paga, paga por algo. —Pero le hace un gesto para que lo siga—. Ven. No soy yo quien decide. Decide ella.

Ella es una mujer de unos cincuenta años, sentada tras una mesa en una habitación sin ventanas, contando monedas con dedos rápidos y manchados de tinta. Tiene la cara afilada y unos ojos que pesan a Marco como una balanza en cuanto entra. No se presenta. Tino murmura un nombre —“Doña Sera”— y se aparta a un rincón, de pronto callado y pequeño, y eso le dice a Marco más sobre quién manda ahí que cualquier otra cosa.

—Así que al final viniste. —La mujer habla sin levantar la vista de las monedas que cuenta—. Tino me habló de ti hace días. Un chico con buenos ojos y la boca cerrada, dijo, lavando platos por sopa en un puesto del barrio. Sin tarjeta, casi seguro, o no estarías lavando platos por sopa. —Por fin lo mira, y esos ojos lo pesan como una balanza—. Empezaba a pensar que Tino se había equivocado contigo, que no te atreverías a cruzar esa puerta. —Una sonrisa fina, sin calor—. ¿Sabes lo que veo cuando miro a un Olvidado sin papeles, muchacho? Veo a alguien sin pasado, sin familia, sin nadie que pregunte por él si desaparece. En mi negocio, eso no es un defecto. Es una carta de presentación.

Le hace una seña a un hombre apostado junto a la puerta, que se acerca y le pasa a Marco, por delante del pecho, un aparato pequeño parecido al de los registradores. Marco se tensa entero —ya conoce esa sensación, ya sabe lo que viene—, pero no echa a correr. No tiene a dónde.

El aparato parpadea. Una vez, dos.

Y no dice nada.

El hombre frunce el ceño, lo intenta otra vez, sacude el aparato. Doña Sera, que no se pierde detalle, deja por fin sus monedas sobre la mesa.

—Vaya, vaya. —Se reclina en la silla, estudiándolo con un interés nuevo, casi hambriento—. No es que seas un Olvidado sin papeles. Es que no estás. La máquina no te ve. —Ladea la cabeza—. ¿Tienes idea, muchacho, de lo que vale en esta ciudad un hombre al que las máquinas del Sistema no pueden leer?

Marco no contesta. El instinto le grita que esto es exactamente lo que Zart le dijo que escondiera, que acaba de mostrar su única carta a la persona más peligrosa de la habitación. Pero también ve, en los ojos de Doña Sera, algo que no es la furia ciega de Bhastiodon ni el miedo de Irati. Es codicia. Y la codicia, ha aprendido, es más fácil de manejar que el miedo. La codicia, al menos, te quiere vivo.

—Vale más que dos puntos al día —responde, sosteniéndole la mirada.

Doña Sera suelta una carcajada seca, sorprendida.

—El flaco tiene lengua. —Se inclina hacia adelante—. Bien. Te explico cómo funciona esto, una sola vez. En Veldar, todo lo que se mueve deja rastro. Cada correo registrado que cruza un puente, cada tarjeta que pasa por una de esas mesitas, le cuenta al Sistema quién llevó qué, y a dónde. Por eso lo que de verdad vale la pena mover —lo lleva alguien que no deje rastro. Y tú, muchacho, eres lo más parecido a un fantasma que ha entrado por esa puerta en años.

—¿Qué tendría que mover? —pregunta Marco, y la voz le sale más firme de lo que se siente.

—Eso no se pregunta. —La sonrisa de Doña Sera se afila—. Esa es la primera regla, y la única que importa. Llevas un paquete del punto A al punto B, sin abrirlo, sin mirarlo, sin saber qué hay dentro. Lo que no sabes no te lo pueden sacar, ni con halagos ni con hierro. Entregas, cobras, y olvidas. —Saca de un cajón un fardo del tamaño de un ladrillo, envuelto en tela encerada y atado con cordel—. Treinta puntos por cruzarlo hasta el otro lado del río y dejarlo donde te diga Tino. Treinta. Por una tarde de trabajo. —Lo desliza por la mesa hacia él—. ¿O prefieres quedarte con los cuencos de sopa?

Treinta puntos. Más de lo que juntó en toda su vida, por una tarde. Marco mira el paquete y siente, a la vez, el tirón del hambre y el peso de algo más oscuro. No saber qué lleva no lo hace inocente; lo sabe. Pero saber qué lleva tampoco lo haría menos hambriento.

Toma el paquete.

—Buen chico —dice Doña Sera, y vuelve a sus monedas como si él ya hubiera dejado de existir—. Tino te explica el camino. Y muchacho… —añade, sin levantar la vista—: un fantasma que cumple vale una fortuna. Un fantasma que falla, o que habla, deja de ser un fantasma y pasa a ser solo un cadáver sin nombre que a nadie le importa. Que tengas buena tarde.

El cruce es la tarde más larga de su corta vida.

Tino lo lleva hasta la orilla del río y le señala, al otro lado, el barrio adonde tiene que llegar. Entre uno y otro hay un puente, ancho y viejo, y a la entrada del puente —cómo no— una mesita, dos guardias y un hombre con visera que pasa las tarjetas de todo el que cruza. Marco se queda mirando desde lejos, con el paquete pegado al pecho bajo la capa del muerto y el sudor frío corriéndole por la espalda. Un correo normal, con su tarjeta, cruzaría en un parpadeo… y dejaría escrito para siempre que llevó algo por ese puente, a esa hora.

Él no. Él es el fantasma.

Se mete en una fila de jornaleros que vuelven a casa, encorvado, con la mirada baja, convertido otra vez en nadie. Cuando llega su turno, el hombre de la visera le tiende la mano sin mirarlo siquiera.

—Tarjeta.

A Marco se le seca la boca. Hace lo que ha aprendido a hacer: no dudar.

—Me la robaron anoche —dice, con la voz justa de cansancio y vergüenza—. Vengo de declararlo. Soy jornalero de los muelles, pregunte a cualquiera.

El hombre chasquea la lengua, fastidiado, y por un instante eterno Marco ve la balanza inclinarse: o lo deja pasar como a un pobre diablo más sin papeles, o lo manda al corralito de los que no cuadran. Detrás de él, la fila protesta por la demora. El guardia bufa.

—La próxima vez, sin tarjeta no cruzas. —Le hace un gesto brusco—. Tira. Que estás frenando a todos.

Marco cruza el puente con las piernas de algodón y el corazón martilleándole en los oídos, esperando a cada paso un grito a su espalda. No llega. Del otro lado, en un portal oscuro, un hombre al que no le ve la cara toma el paquete sin una palabra y, con un gesto seco de la cabeza, le indica que ya puede irse. Ni una moneda cambia de manos: el pago, le había advertido Tino, se cobra al volver, y lo suelta la propia Doña Sera, que no paga hasta tener confirmada la entrega.

Marco vuelve a cruzar el río —esta vez por un puente sin mesita, más abajo, como le indicó Tino— y no respira de verdad hasta que el callejón de los Faroles Rotos se lo traga otra vez. En la trastienda sin ventanas, Doña Sera le cuenta en la mano treinta puntos, fríos, sin apenas levantar la vista del recuento. Le tiemblan las manos. Tiene ganas de vomitar y de reír al mismo tiempo. Lo logró. Y lo logró con lo único que el mundo le dejó: con ser un agujero, una falla, un hombre que no existe.

Esa noche, en su rincón, suma sus monedas con dedos torpes. Cuarenta y nueve puntos. En una sola tarde ha ganado lo que en el puesto de Garrec le habría costado más de dos semanas. A este paso —un paquete que no mira por aquí, un puente que no pregunta por allá—, los mil puntos dejan de ser una vida entera y se vuelven meses. Unos pocos meses, y un nombre que el Sistema no esté cazando. Y trabajo honesto, después. Y un techo.

La esperanza vuelve a encenderse, más fuerte que nunca.

Pero junto a ella, en la misma mano, sostiene esas monedas y una pregunta que no se atreve a contestar: qué llevaba en ese paquete. A quién ayudó, sin saberlo, a hacer qué. Recuerda las palabras de Garrec —lo que se gana rápido se paga caro, aunque la factura tarde— y entiende, con un frío nuevo, que acaba de firmar algo. Que Doña Sera no le compró una tarde de trabajo: le compró un pedacito, el primero, de lo único que de verdad es suyo. Su rareza. Su secreto.

Guarda las monedas en el forro de la capa, junto a las otras, y se obliga a pensar como ha aprendido a pensar: un paso a la vez. Los mil puntos. Ahora están más cerca.

Solo espera que, cuando por fin los tenga, todavía quede algo suyo que comprar con ellos.