Capítulo 14

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Los meses pasan en Veldar como pasa el agua por una alcantarilla: sin que nadie los mire, llevándose cosas.

Marco se vuelve, sin propónerselo del todo, el mejor fantasma de Doña Sera.

Al principio son paquetes. Después, paquetes más grandes, más pesados, más peligrosos. Cruza puentes vigilados con la calma de quien no tiene nada que esconder, porque ha aprendido que el secreto no está en esconderse, sino en ser tan poca cosa que nadie quiera mirarte dos veces. Aprende los horarios de los guardias, cuáles se ablandan con una moneda y cuáles no, qué puentes tienen mesita y cuáles no, por qué callejones se puede correr y en cuáles te esperan. Aprende a leer una sala en tres segundos: quién manda, quién tiene miedo, quién va armado. Aprende a mentir sin que se le mueva un músculo, a llorar a voluntad si hace falta, a desaparecer entre la gente como una gota en la lluvia.

Aprende, en una palabra. Gana experiencia. Mucha.

Solo que no es la experiencia que soñaba aquel chico que despertó en una playa convencido de que se iba a un mundo de aventuras. No es la destreza de un héroe. Es la de un ladrón. La de un contrabandista. La de un hombre que vive de no existir. Cada truco nuevo que aprende es útil, y cada uno es una pequeña rendición: un pedazo más del muchacho que fue, cambiado por un pedazo del fantasma que necesita ser.

Y los puntos se acumulan.

En el forro de la capa del muerto, que ya casi no le queda grande, las monedas dejan de ser un puñado y se vuelven un peso. Cincuenta puntos. Luego cien. Luego doscientos cincuenta. Marco las cuenta cada noche, no por avaricia, sino por la misma razón por la que un náufrago cuenta las brazadas: para saber cuánto le falta para la orilla. A los dos meses tiene cuatrocientos. La orilla —mil puntos, una tarjeta, un nombre, una vida— deja de ser un sueño y empieza a parecer un sitio al que de verdad podría llegar.

El problema es lo que tiene que llevar para llegar.

Una tarde de su tercer mes, Marco entrega un paquete pequeño y pesado en una casa buena de un barrio bueno, de esos a los que normalmente no lo dejarían ni acercarse. No lo mira, no pregunta, cobra y se va, como le enseñaron. Pero dos semanas después pasa por esa misma calle en otro recado, y la casa buena tiene las ventanas tapiadas y un lazo negro en la puerta. Pregunta, como quien no quiere la cosa, a una vendedora de la esquina. El señor de la casa, le cuenta ella bajando la voz, apareció muerto una mañana; dicen que fue el corazón, que murió durmiendo. Pero todo el mundo sabe que al que le debe mucho dinero a la gente equivocada, el corazón se le para muy puntual.

Marco sigue caminando con el estómago revuelto. No sabe si lo que llevó aquella tarde fue el veneno, o el aviso, o solo el dinero que le pagó a quien lo hizo. No quiere saberlo. Pero el no querer saberlo ya no lo protege como antes. Esa noche cuenta sus puntos —cuatrocientos treinta ahora— y, por primera vez, le saben a algo. Le saben a metal y a otra cosa peor.

Aún va a lo de Garrec. No por el cuenco —ya no lo necesita—, sino por algo que no sabe nombrar. Un par de mañanas por semana, antes del primer recado, se planta frente al puesto y lava los platos del desayuno como cuando no tenía nada. El manco no le pregunta de dónde sale el dinero de la capa nueva, ni los zapatos que ya no se le caen a pedazos, ni los ojos más duros. Garrec nunca pregunta. Pero un día, mientras Marco apila los platos, el viejo soldado le suelta, sin mirarlo:

—Te estás poniendo bueno en algo, flaco. Se te nota. —Revuelve el caldero—. Lo único que espero es que todavía te acuerdes de por qué lo empezaste. Porque he visto a muchos cruzar esa puerta para comprarse una vida mejor, y casi todos, para cuando juntan el dinero, ya no tienen vida que mejorar. Solo trabajo. —Le da un golpecito en el hombro con el muñón, lo más parecido a un abrazo que es capaz de dar—. Tú todavía te acuerdas. Se te ve. No dejes que se te olvide.

Marco no contesta. Pero esa noche, en su rincón, saca el trozo de carbón con su astilla de frío —el de Start Base— y lo sostiene un buen rato en la oscuridad, como quien sostiene un retrato. Se acuerda de Tales, de Noa, del viejo Doru y su tos, de la promesa que mira hacia adelante. Sigue ahí. Enterrada, pero ahí. Y mientras le quede una cosa enterrada que valga la pena desenterrar, se dice, no está perdido del todo.

El cuarto mes le trae la noche que de verdad le cuesta dormir.

Doña Sera lo manda, por primera vez, a algo que no es llevar un paquete. “Solo mira”, le dice. “Tú eres bueno mirando.” Lo planta de vigía en una esquina, de noche, mientras tres de sus hombres entran en un taller a “conversar” con un herrero —un herrero, justo, y Marco no puede no pensar en Tales— que se atrasó con lo que debía. Marco mira, como le pagaron por mirar. Oye lo que pasa adentro: el ruido sordo, las súplicas, el llanto de alguien más pequeño. No usa lo que lleva en el pecho —no se atreve, nunca se atreve—. No entra. No hace nada. Solo mira, y avisa con un silbido cuando dobla la esquina una patrulla, y al final cobra sus monedas y se va.

No hacer nada, descubre esa noche, también es hacer algo. También se paga.

Camino a su rincón, Marco se da cuenta de que no ha vomitado. De que las manos no le tiemblan. De que, en algún momento de estos cuatro meses, se acostumbró. Y eso —acostumbrarse— lo asusta más que cualquier cosa que haya visto. El muchacho de la playa habría llorado. El fantasma solo cuenta los puntos: quinientos diez. Ya pasó la mitad.

Se sienta en su hueco entre los almacenes, saca su pequeña fortuna y la cuenta otra vez bajo las dos lunas, despacio, como un rezo. Quinientos diez puntos. La orilla está cerca. Unas semanas más, unos cuantos paquetes que no mirará y un par de noches que preferiría olvidar, y tendrá los mil. Tendrá su tarjeta, su nombre, su derecho a existir.

Lo único que ya no tiene tan claro es lo que la pregunta de Garrec le dejó clavado: si, cuando por fin compre esa vida mejor, va a quedar todavía alguien adentro con ganas de vivirla. O solo un fantasma muy bueno en su trabajo, con los bolsillos llenos y la boca llena de un sabor a metal que ya no se le quita.

Aprieta las monedas. Mira al norte, hacia ninguna parte. Y se promete, terco, lo único que le queda por prometerse: que va a llegar a la orilla antes de ahogarse. Que va a comprar sus papeles antes de gastarse del todo.

Faltan cuatrocientos noventa puntos. Y, en algún callejón de Veldar que todavía no conoce, un falsificador que aún no sabe que existe.