Capítulo 15

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La factura que Garrec le había prometido llega una noche de su quinto mes en Veldar. Y llega, como las facturas de verdad, justo cuando Marco empezaba a creer que se había librado de ella.

Para entonces ya casi lo ha logrado. Tras semanas de paquetes que no mira y puentes que no preguntan, los puntos del forro de la capa suman novecientos. Novecientos. La orilla —mil, una tarjeta, un nombre— está tan cerca que algunas noches le cuesta dormir de pura impaciencia. Solo un trabajo más, se dice. Dos, a lo sumo.

Doña Sera lo llama una tarde y le ofrece, justamente, ese trabajo más.

—Esto no es un paquete cualquiera —le dice, y por primera vez en cinco meses Marco la ve algo parecido a tensa—. Lo llevas al almacén viejo del muelle norte, se lo entregas en mano a quien lleve un anillo de hierro, y traes lo que te dé a cambio. Sin mirarlo, como siempre. —Empuja sobre la mesa una bolsa pesada que tintinea—. Doscientos puntos por la noche.

Doscientos. Con eso cruza los mil y le sobra. El último trabajo, de verdad esta vez.

—¿Por qué yo? —pregunta Marco, porque ha aprendido que las pagas grandes esconden riesgos grandes.

—Porque esto lo quiere mucha gente. —Doña Sera no le endulza nada; nunca lo hace—. Y a un fantasma no lo pueden seguir. Cualquier correo mío con tarjeta deja un rastro que los buitres olfatean a una legua. Tú no dejas nada. Por eso vales lo que vales. —Lo mira fijo—. No te hagas el héroe ni el listo. Entregas, cobras, vuelves. ¿Claro?

Marco toma la bolsa. Pesa como una promesa y como una amenaza a la vez.

Sale mal antes de llegar.

Los huele en el aire, en realidad, dos callejones antes: ese silencio que no es de un barrio tranquilo, sino de un barrio que contiene la respiración. Cinco meses de fantasma le han afinado el instinto, y el instinto le grita justo cuando dos hombres salen de un portal por delante y otro le corta la salida por detrás. No son guardias. No llevan insignia. Son lo otro: predadores que saben que los correos de Sera cargan cosas que valen, y que esta noche cargaba una que vale mucho.

—La bolsa, fantasma —dice el de delante, sin levantar la voz, con un cuchillo largo bajo la manga—. Y a lo mejor te dejamos los dientes.

Lo saben. Saben qué es, saben qué lleva. Alguien habló. Marco archiva ese pensamiento —alguien lo vendió— para después, si hay un después, y se concentra en lo único que importa ahora: que está acorralado en un callejón, con tres hombres armados y una bolsa que no es suya, y que correr no es una opción porque ya le cerraron las dos bocas.

Y entonces, por primera vez en cinco meses, el cuarto de su pecho se abre solo.

No lo decide. Es el miedo, el viejo reflejo de la plaza en llamas: ahí dentro, agazapada, sigue la explosión que le robó a Bhastiodon el primer día, intacta, esperando. La siente despertarse, lista. Un solo gesto —soltarla— y el callejón entero, los tres hombres incluidos, dejarían de ser un problema.

Un solo gesto.

Marco aprieta los dientes y no lo hace.

Porque conoce el precio, y el precio no es la conciencia —aunque también—: es el rastro. Una explosión en mitad de Veldar, de la nada, sin causa, es exactamente la clase de cosa imposible que pone a los hombres de chaqueta gris a peinar la ciudad. Soltar lo que lleva dentro es ganar este callejón y perder todo lo demás: el anonimato, los cinco meses, los novecientos puntos, la orilla. Es cambiar tres ladrones por el Sistema entero.

No. Esta pelea la va a ganar como ha ganado todo en Veldar: siendo más listo, no más fuerte.

Lo que pasa después pasa en muy pocos segundos. Marco hace lo último que esperan de un correo flaco y asustado: ataca. Se lanza no contra los dos de delante —eso sería suicidio— sino contra el de atrás, el solitario, con el cuchillo mellado de Bran que lleva meses sin usar para otra cosa que pelar fruta. El hombre, confiado, no lo ve venir. Marco le clava el cuchillo en el muslo, hasta el mango, y la sorpresa y el dolor lo doblan con un alarido.

Es la primera vez que Marco le hace eso a una persona. Siente el cuchillo entrar, la resistencia, el calor de la sangre en la mano, y lo arranca del mismo envión, porque hasta en el pánico hay una parte de él que sabe que ese cuchillo es lo único que le queda de Start Base. Una parte de él, muy lejos, se horroriza. El resto, el que ha aprendido a sobrevivir, ya está corriendo: aprovecha el hueco que dejó el herido para meterse por un pasaje lateral que los otros dos, forasteros en ese barrio, no conocen y él sí, porque se ha pasado cinco meses memorizando cada grieta de esta ciudad como quien memoriza una oración.

Corre. Corre con la bolsa contra el pecho y los gritos a su espalda, dobla donde no debería doblar, salta un muro bajo que ya conocía, se mete por una alcantarilla seca que desemboca tres calles más allá. Cuando por fin se detiene, jadeando, en la sombra de un alero, los pasos de los perseguidores se han perdido. Los despistó. No con magia. Con cinco meses de aprender a ser una rata en el laberinto.

Entrega la bolsa en el almacén del muelle al hombre del anillo de hierro, que no le pregunta por la sangre de la mano ni por la cara descompuesta. Recibe a cambio un cofre pequeño y cerrado. Vuelve por el camino largo, el de los puentes sin mesita, mirando a su espalda cada veinte pasos. Y solo cuando le pone el cofre en la mesa a Doña Sera y ella le cuenta, uno a uno, sus doscientos puntos, el cuerpo le deja de temblar.

—Te siguieron —dice ella. No es pregunta; le ha visto la mano.

—Me esperaban —corrige Marco—. Sabían qué llevaba. Alguien se lo dijo.

Algo cruza la cara de Doña Sera —un destello frío, de cálculo— y desaparece enseguida.

—Eso es problema mío, no tuyo. —Le desliza las monedas—. Tú cumpliste. Hay más trabajo, si lo quieres, fantasma. Del bueno, ahora que sé que aguantas.

Marco mira los doscientos puntos. Con ellos, en el forro de la capa, hay mil cien.

Mil cien puntos. Cruzó la orilla. Lo logró.

Debería sentir alegría. Lo que siente, mientras camina de vuelta a su rincón con la mano todavía manchada y el peso de las monedas tirándole de la capa, es un cansancio que no es del cuerpo. Esta noche le clavó un cuchillo a un hombre. Esta noche estuvo a un gesto de borrar a tres personas del mundo. Y la única razón por la que no lo hizo no fue la bondad —eso lo asusta—, sino la cuenta fría de que no le convenía.

Se sienta en su hueco entre los almacenes y, por primera vez, no cuenta las monedas. Las mira, nada más. Mil cien puntos, manchados de una sangre que no se ve pero que él sabe que está ahí. La pregunta de Garrec vuelve, nítida y cruel: cuando compre por fin esa vida mejor, ¿quién va a vivirla?

No más trabajos. Esa es la última promesa que se hace, y la dice en voz alta, al aire frío, para que sea de verdad: no más. Tiene el dinero. Mañana —mañana mismo— va a buscar al falsificador, va a comprar su nombre, y va a dejar para siempre el callejón de los Faroles Rotos, a Doña Sera, al fantasma en que se estaba convirtiendo. Va a usar la mentira de una tarjeta para volver a ser, despacio, un hombre que no le clava cuchillos a nadie en la oscuridad.

Si es que todavía queda tiempo. Si es que todavía queda hombre.

Aprieta el puño manchado, y bajo las dos lunas, agotado, se permite por una noche creer que la orilla, una vez pisada, será tierra firme.