Capítulo 16

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A la mañana siguiente, Marco no va al callejón de los Faroles Rotos. Va a lo de Garrec.

El manco lo mira lavar los platos del desayuno en silencio, como siempre, hasta que Marco, con la vista clavada en el agua grasienta, le suelta lo que vino a decir.

—Junté el dinero. Para la tarjeta. —Traga saliva—. Vengo a despedirme del bajo mundo, no a meterme más. Pero necesito un nombre: el de un falsificador que no me deje en el río.

Garrec deja de revolver el caldero. Por un largo rato no dice nada, y Marco teme haber pedido demasiado. Después el viejo soldado suspira por la nariz, ese suspiro suyo que es medio reproche y medio resignación.

—Así que de verdad lo vas a hacer. —Se limpia la única mano en el mandil—. Hay uno. Le dicen el Escriba. Trabaja en una librería muerta de la calle de los Tintes, detrás del mercado de telas. Es viejo, es carísimo y está medio loco de tan precavido, pero es el mejor. Y el mejor es el único que no te vende para cobrar dos veces. —Lo señala con el muñón—. Díle que vas de parte del manco de la sopa. Me debe una de hace años. —Vuelve al caldero, y añade, más bajo—: Y cuando tengas tu nombre nuevo, flaco, no te olvides del viejo. Es lo único que de verdad era tuyo.

La librería muerta de la calle de los Tintes hace honor a su nombre: estantes vacíos, polvo, un olor a papel podrido y a tinta vieja. Tras una cortina, en una trastienda iluminada por una sola lámpara, lo recibe un hombre flaco y encorvado, de manos manchadas y ojos que saltan a la puerta cada pocos segundos, como un pájaro que espera al gato. El Escriba no le da la mano. No le ofrece asiento. Solo lo mira, receloso, hasta que Marco pronuncia las palabras de Garrec.

—De parte del manco de la sopa.

Algo en la cara del viejo se afloja un grado.

—El manco. —Una risa seca, sin humor—. Así que todavía no se ha muerto. —Le hace una seña impaciente para que entre del todo y corra la cortina—. Bien. Una tarjeta. Es lo que todos quieren. —Se sienta tras una mesa cubierta de planchas de metal, sellos, frascos—. Mil puntos, y no se regatea. Por ese precio te entrego un nombre que aguanta cualquier mesita de esta ciudad. Enséñame la mano y el dinero, y en una hora existes.

Marco pone sobre la mesa su pequeña fortuna —mil puntos, casi todo lo que tiene— y tiende la mano izquierda, la del cristal, que el viejo ni mira. El Escriba cuenta los puntos con dedos rápidos, asiente, y saca una tarjeta en blanco, lechosa, igual a la que Irati le tendió hace media vida en Start Base. Y un punzón.

A Marco se le hiela la sangre. Conoce ese ritual. Sabe cómo termina.

—Espere —empieza—. Hay algo que debería…

—Calla. El que sabe del oficio soy yo. —El viejo le agarra la mano y, antes de que Marco pueda apartarla, le pincha la yema. Una gota de sangre cae sobre la tarjeta—. La sangre fija el nombre a tu medida, para que cuando te lean coincida. Es la parte que los chapuceros no saben hacer, y por eso a sus clientes los agarran. Yo no…

Se detiene.

La tarjeta se ha bebido la gota, como tierra seca. Y, igual que aquella mañana en el salón, no pasa nada. El Escriba frunce el ceño, la pasa por una ranura de uno de sus aparatos. La pantalla parpadea, una vez, dos.

[Error]

El viejo se queda muy quieto.

Prueba otra vez. Otra tarjeta, otra gota, otra ranura. El mismo error. A la tercera, deja el punzón sobre la mesa muy despacio, como quien deja un arma, y por primera vez desde que Marco entró, lo mira de verdad. Ya no con recelo. Con algo mucho peor: con miedo de oficio.

—Cuarenta años —dice en voz baja—. Cuarenta años escribiendo a la gente en las tarjetas. He fijado nombres a asesinos, a soberanos caídos, a niños robados. La sangre siempre fija. Siempre. —Se le quiebra algo en la voz—. La tuya no. La máquina no te escribe. Es como… como intentar firmar sobre el agua. —Se echa hacia atrás, lejos de él—. ¿Qué eres tú, muchacho?

Y ahí está, otra vez, la pregunta que lo persigue desde la playa, ahora en boca de un viejo aterrado en una trastienda. Marco no la contesta, porque no sabe la respuesta. Pero ve, en la cara del Escriba, la misma cuenta que vio en la de Doña Sera: el cálculo de qué hacer con algo que no entiende. Y decide, por instinto, hablarle al miedo, no a la codicia.

—No lo sé —dice, con calma—. Y a usted le conviene no averiguarlo. Lo único que quiero es una tarjeta y desaparecer. Si no puede hacérmela, devuélvame el dinero y no volverá a verme.

El Escriba lo estudia un largo rato. Después, despacio, su miedo se transforma en otra cosa: la concentración de un artesano ante un problema que nadie le ha puesto en cuarenta años.

—Devolver el dinero. —Resopla—. No. A un problema interesante no se le devuelve el dinero; se le encuentra la vuelta. —Se levanta, va hasta un arcón con cerradura, hurga—. No puedo escribirte en una tarjeta nueva, porque no te dejas escribir. Pero hay otra forma. Más sucia. Más peligrosa. —Vuelve con una caja de hojalata llena de tarjetas viejas, algunas manchadas, y empieza a pasarlas como quien baraja—. Tarjetas de muertos. Gente que ya estaba escrita, fijada en su propia sangre, registrada y viva a los ojos del Sistema… hasta que dejó de respirar sin que nadie lo reportara. La máquina sigue creéndolos vivos. —Saca una, la examina a la luz de la lámpara—. Esta. Un tal Caleb Roan. Jornalero, dos estrellas, sin familia, muerto de unas fiebres hace dos inviernos en una pensión que yo conozco. Nadie lo lloró, nadie lo borró. Para el Sistema, Caleb Roan sigue caminando por Veldar.

Marco mira la tarjeta. Un nombre que no es el suyo.

—Si la llevas —continúa el Escriba—, cualquier mesita la lee y ve a un ciudadano de verdad, registrado y en regla, porque lo es: la sangre de Caleb ya está fijada en ella, no la tuya. Pasas todos los puentes que quieras. Trabajas. Existes. —Levanta un dedo manchado, y su voz se vuelve grave—. Pero escúchame bien, porque esto es lo que cuesta de verdad. La tarjeta es de Caleb, no tuya. Mientras te lean solo la tarjeta, eres Caleb. Pero el día que alguien te pinche el dedo a ti —en una redada, en un registro a fondo, ante un funcionario con un mal día— y compare tu sangre con la que la tarjeta dice que tienes… no va a coincidir. Va a saltar el mismo error que acabo de ver. Y entonces no serás un Olvidado sin papeles, que es un problema pequeño. Serás un fantasma usando el nombre de un muerto, que es la clase de problema por el que el Sistema manda a sus mejores perros.

Marco sostiene la tarjeta. Caleb Roan. Dos estrellas. Una vida prestada de un cadáver, colgando de un hilo: el hilo de que nadie, nunca, le mire la sangre demasiado de cerca.

No es la salvación limpia que soñaba en su rincón, contando monedas. Es otra máscara sobre la máscara, otra mentira sobre la que ya carga. Lleva meses envuelto en la capa de un muerto; ahora se pondrá encima también su nombre. Pero es existir. Es trabajar sin que cada portazo le recuerde que sobra. Es dejar el callejón de los Faroles Rotos. Es, con todos sus peros, una orilla.

—La quiero —dice.

El Escriba asiente, y se pone a trabajar: raspa, ajusta, sella, con la delicadeza de quien ha hecho esto mil veces y, aun así, nunca para un cliente como este. Una hora después, le tiende la tarjeta, ya con la cara de Marco grabada donde antes no había ninguna, y el nombre de un muerto debajo.

—Un consejo, gratis, que con el manco no cobro —dice el viejo, mientras Marco se la guarda en el pecho como si fuera de cristal—. Sé un don nadie. Caleb Roan era un don nadie, y por eso te sirve. No subas de estrellas, no llames la atención, no hagas nada que haga que alguien quiera mirarte dos veces. Los fantasmas duran mientras nadie los busca. —Vuelve a sus sellos, despidiéndolo sin mirarlo—. Y no vuelvas. Yo tampoco quiero recordar que existes.

Marco sale a la calle de los Tintes con cien puntos, una capa de muerto, el nombre de otro muerto contra el pecho, y algo que no tenía esta mañana: un lugar, por frágil que sea, en el mundo. Levanta la vista. Sobre los tejados de Veldar, las dos lunas empiezan a encenderse en el cielo de la tarde.

—Caleb Roan —prueba, en voz baja, el nombre ajeno. Le sabe a metal y a prestado.

Después, más bajo todavía, solo para él, para que no se le olvide cuál de todos sus nombres es el único que nació suyo, añade:

—Marco Lichter.

Y echa a andar, Caleb por fuera y Marco por dentro, a empezar la vida prestada que acaba de comprar con casi todo lo que tenía —y con un pedazo de sí mismo que ya no sabe si podrá recuperar.