Capítulo 17

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La primera vez que Marco le tiende la tarjeta de Caleb Roan a un hombre con visera, está seguro de que es lo último que hará en libertad.

Es un puente. Uno de tantos en Veldar, ancho y viejo, con su mesita a la entrada, sus dos guardias aburridos y su registrador pasando tarjetas con la indiferencia de quien lleva ocho horas haciendo lo mismo. Durante meses, Marco cruzó puentes como este por debajo, por los lados, por las cloacas, por cualquier sitio menos por donde se debía, porque acercar su sangre a una de esas máquinas era entregarse. Y ahora está aquí, en la fila, eligiendo por su propia voluntad caminar derecho hacia la cosa que más miedo le da en el mundo.

Para probar. Tiene que saber. Eligió este puente —pequeño, de barrio pobre, con un solo registrador medio dormido— precisamente porque, si la tarjeta falla, quiere que falle aquí, donde a lo mejor puede echar a correr, y no en la gran puerta del sur rodeado de media guarnición.

La fila avanza. Cada paso le cuesta a Marco un año de vida. Cuenta a la gente que va delante —seis, cinco, cuatro— y se obliga a respirar despacio, a aflojar los hombros, a poner la cara de aburrimiento que ha visto en mil jornaleros que vuelven a casa. Por dentro, el corazón le golpea tan fuerte que jura que el registrador va a oírlo.

Le toca.

—Tarjeta.

Marco se la pone en la mano. Le tiembla apenas, y reza para que el hombre no lo note. El registrador, sin mirarlo siquiera, mete la tarjeta en la ranura de su aparato. La pantalla parpadea.

Y ese parpadeo es el instante más largo de la vida de Marco. Espera el error. Lo espera con todo el cuerpo, como se espera un golpe: la pantalla en rojo, la cara del hombre cambiando, la mano yendo a la alarma, los guardias girando hacia él. Ya lo ha vivido tres veces — en el salón de Start Base, donde Doña Sera, en la trastienda del Escriba— y sabe exactamente cómo empieza.

La pantalla se pone verde.

—Caleb Roan. Dos estrellas. —El registrador recita el nombre de un muerto con un bostezo, le devuelve la tarjeta y ya está mirando por encima de su hombro al siguiente de la fila—. Peaje, dos puntos. Tira.

Marco paga. Cruza. No respira hasta la mitad del puente, y cuando por fin lo hace, el aire le entra como si llevara meses bajo el agua.

Funcionó.

El Escriba tenía razón: la máquina no lo miró a él. Miró la tarjeta, leyó la sangre de Caleb fijada en ella hace dos inviernos, vio a un ciudadano gris y en regla, y lo dejó pasar sin pensarlo dos veces. La cosa que durante meses lo señaló como una anomalía imposible acaba de mirarlo de frente y ver, por primera vez, a un don nadie cualquiera.

Debería sentir solo alivio. Y lo siente. Pero debajo, mientras camina por el otro lado del puente —un lado al que antes solo llegaba arrastrándose por una alcantarilla—, hay algo más, algo que no esperaba: una tristeza fina y rara. El mundo por fin tiene un sitio para él, un nombre, un número de estrellas. Y nada de eso es suyo. Existe, sí. Pero existe como otro.

No importa, se dice. Hoy no. Hoy, por primera vez en su corta memoria, puede caminar por una calle de Veldar sin que cada mesita sea una soga. Y eso, ahora mismo, vale más que su propio nombre.

Lo segundo que hace con la tarjeta es buscar trabajo. Trabajo del de verdad.

Va al muelle, porque el muelle lo conoce —de sus noches de fantasma, de los paquetes que cruzó, de los almacenes donde entregó cosas que no miró—, pero esta vez entra por la puerta de delante, a la luz del día. En el embarcadero norte, un capataz de cuello rojo y voz de trueno contrata jornaleros para descargar las barcazas que bajan por el río cargadas de grano, piedra y madera. Hay una fila de hombres esperando, más anchos que Marco, con las manos llenas de callos. El capataz los va mirando, eligiendo brazos como quien elige fruta.

Cuando llega a Marco, frunce el ceño.

—Estás flaco, muchacho.

—Aguanto —dice Marco, y le sostiene la mirada—. Pruébeme un día. Si no rindo, no me paga.

El capataz gruñe, le pide la tarjeta, la pasa por su propio aparato —y Marco vuelve a morirse un poco, otra vez, hasta que la pantalla se pone verde y el hombre ni se inmuta—. Caleb Roan. Dos estrellas. Un don nadie sano y con papeles en regla; ni un héroe ni un problema. Justo lo que el capataz quiere y justo lo que Marco necesita ser.

—Al alba —dice el capataz, devolviéndole la tarjeta—. Se paga al acabar el día, no antes. Y si robas de la carga, te echo al río con una piedra al cuello. —Ya está mirando al siguiente—. El que sigue.

El trabajo es brutal.

Doce horas cargando sacos que pesan más que él, del barco al almacén y del almacén al carro, bajo un sol que raja la piedra, con el capataz ladrando a la espalda y los jornaleros viejos riéndose del flaco que a media mañana ya tiene las manos en carne viva. Las mismas manos que se le agrietaron lavando platos se le abren ahora del todo; se las venda con tiras de su vieja camisa y sigue, porque parar es no cobrar. Al caer la noche apenas puede levantar los brazos.

Y cuando el capataz le pone en la mano la paga del día, a Marco le dan ganas de reír de pura amargura. Es una miseria. Un día entero de romperse la espalda al sol vale una fracción de lo que Doña Sera le pagaba por cruzar un puente sin mirar un paquete. El mundo, descubre con una claridad fría, le paga al trabajo honrado una limosna, y al trabajo sucio una fortuna. No es un accidente. Es así a propósito: es la forma que tiene el fondo de Veldar de quedarse con sus mejores brazos, ofreciéndoles, por el camino limpio, apenas lo justo para no morirse, y por el sucio, lo bastante para soñar.

Marco hace la cuenta y le sale que, a este paso, juntar de nuevo lo que gastó en la tarjeta le llevaría años. Años de sol y sacos y manos rotas.

Y aun así, esa noche, elige el camino limpio. Porque por primera vez en mucho tiempo se acuesta sin nada turbio pesándole en el pecho. No hay ningún paquete que no miró. No hay ningún hombre tirado en un callejón con su cuchillo en el muslo. No hay nada que esconder salvo lo de siempre, lo que lleva dentro. Solo le duele la espalda, y el dolor de la espalda, descubre, se puede dormir. El otro no.

Con la paga de la primera semana alquila un catre.

No es gran cosa: un cuarto compartido en una pensión del barrio de los curtidores, que huele a cuero y a humedad, con seis camastros pegados y un casero tuerto que cobra por adelantado. Pero tiene techo. Tiene una puerta que se cierra. Tiene, por primera vez desde que despertó en aquella playa, un sitio donde le está permitido estar, un colchón de paja que es suyo mientras pague, un rincón del mundo que no tiene que defender con un ojo abierto.

La primera noche, en el catre, Marco no duerme —pero no de miedo. Se queda mirando las vigas del techo con una sensación que le cuesta nombrar, porque casi no la conoce. Tardará en darse cuenta de que se parece, de lejos, a la paz. Él, Caleb Roan, jornalero del muelle, dos estrellas, vecino de la pensión del tuerto. Es mentira, toda ella. Y es lo más real que ha tenido nunca.

Lo que no le dejan olvidar, ni un solo día, es lo frágil que es.

El Escriba se lo advirtió y Marco lo lleva grabado: sé un don nadie. Así que cuando en el muelle ve una forma más lista de estibar la carga, se la calla. Cuando podría llevarles la cuenta a los descargadores mejor que el capataz —porque tiene cabeza para los números, descubre, y memoria para todo—, agacha la cabeza y carga su saco como el que menos. Se ha pasado meses afilándose hasta el cansancio, aprendiendo a leer una sala en tres segundos, a no fallar un detalle. Y ahora tiene que hacer lo contrario: embotarse a propósito, ser lento, ser gris, ser olvidable. Una máscara nueva sobre la máscara vieja. A veces se pregunta cuántas capas le quedan antes de no encontrar nada debajo.

Y la grieta nunca duerme. Una tarde, volviendo del muelle, una ronda de guardias planta una mesita en mitad de la calle y empieza a pedir tarjetas al azar, como quien echa una red a ver qué saca. A Marco se le hiela la sangre, pero hace lo que sabe: no duda. Tiende la tarjeta, la máquina se pone verde, el guardia le hace un gesto para que siga. Funcionó, otra vez.

Pero al jornalero que va a su lado —un tipo grandote y de risa fácil con el que ha cargado sacos toda la semana— la mala suerte lo señala: el guardia decide hacerle una “verificación a fondo”. Le pinchan el dedo, dejan caer la gota en un aparato, comparan su sangre con lo que dice su tarjeta. Es rutina. El hombre pasa; no es nada; el guardia ya le devuelve los papeles con un gesto de fastidio.

Pero Marco lo ha visto todo, de cerca, con el corazón en la garganta. Y entiende, por fin en el cuerpo y no solo en la cabeza, lo que el Escriba le dijo en la trastienda. El día que un guardia con un mal día decida pincharle el dedo a él y comparar su sangre con la de Caleb Roan, la pantalla se pondrá roja, saltará el error de siempre, y dejará de ser un don nadie en regla para volverse algo mucho peor: un hombre que lleva el nombre de un muerto, justo la clase de cosa que hace que el Sistema mande a sus mejores perros. Su tarjeta lo salva de cien preguntas. Pero basta una aguja para hundirlo. Y eso —lo sabe ahora— no va a cambiar nunca. Va a vivir el resto de su vida prestada rezando para no ser jamás el que sacan de la fila.

Un día, en su tarde libre, vuelve a lo de Garrec.

No a lavar platos. A enseñarle la tarjeta. No sabe muy bien por qué necesita hacerlo, pero lo necesita: que la única persona honrada que conoce en esta ciudad sepa que lo logró. El manco deja la cuchara, toma la tarjeta con su única mano, la mira un largo rato. Lee el nombre que no es el de Marco. Y algo le cruza la cara hosca que no es del todo alegría.

—Caleb Roan —lee en voz alta, despacio—. Así que ahora eres otro. —Le devuelve la tarjeta—. Funciona. Lo veo en que sigues vivo y vienes a presentármela en vez de a esconderte. —Vuelve al caldero, y por un momento Marco cree que ahí acaba la cosa. Pero el viejo añade, sin mirarlo, con esa aspereza suya que es su forma de querer—: Un consejo, que ya sabes que los doy gratis. Una tarjeta te compra un sitio donde estar. No te compra ser alguien. Ese trabajo te toca a ti, y ese no lo hace ningún falsificador. —Golpea el caldero con el cucharón—. No te pierdas dentro del muerto, flaco. Que para llevar el nombre de otro toda la vida, mejor te hubieras quedado sin ninguno.

Marco se queda con eso clavado, como se queda con todo lo que dice Garrec. Y cuando va a irse, el manco le sirve un cuenco de guiso y se lo pone delante sin que se lo pida.

—Por el estreno —gruñe—. La casa invita. Una vez. No te acostumbres.

Marco come en su rincón de siempre, despacio, y por un rato —un rato corto, frente al caldero de un soldado roto que lo dejó lavar platos cuando no era nadie— se siente, casi, en casa.

Esa noche vuelve a su catre en la pensión del tuerto, con la espalda molida, las manos vendadas, una tarjeta con el nombre de un muerto en el pecho y unas pocas monedas honradas en el bolsillo. Tiene un techo. Tiene un trabajo. Tiene un nombre que el Sistema no está cazando. Compró todo eso con casi todo lo que tenía, y le costó más de lo que sabía.

Debería ser feliz. Lo que es, en cambio, es algo más callado: está en reposo, por ahora, de la forma en que descansa un animal cazado —con un ojo abierto, sabiendo que la calma se la prestan, no se la regalan. Porque el cuarto de su pecho sigue ahí, cerrado, lleno de un poder que no se atreve a tocar. Porque en alguna parte, los hombres de chaqueta gris todavía tienen un precio puesto sobre una cara que ninguna máquina puede leer. Y porque una vida prestada, como una capa prestada, le queda bien solo mientras nadie la mire de muy cerca.

Pero esta noche nadie la mira. Esta noche, Caleb Roan, dos estrellas, jornalero del muelle norte, cierra los ojos en un catre que pagó con su trabajo, y el mundo, por una vez, lo deja dormir.

Marco Lichter, muy adentro, donde no llega ninguna mesita, duerme con él.