Las semanas en el muelle se parecen tanto entre sí que Marco empieza a medirlas no por los días, sino por las manos.
Primero fueron las ampollas. Después, las ampollas reventadas. Después, la piel que se cae y deja la carne viva. Y por fin, hacia la cuarta semana, los callos: una coraza dura y amarilla que le crece en las palmas y le dice, mejor que cualquier calendario, cuánto lleva cargando sacos para Caleb Roan. El cuerpo se le ha endurecido. Los brazos, antes de junco, empiezan a tener cuerda. Ya no es el último de la cuadrilla; aguanta el día entero sin doblarse, y el capataz, que nunca lo elogia, ha dejado de mirarlo dos veces cuando lo ve en la fila.
Es, a su manera pobre y dura, una vida. Marco se aferra a ella. Por la mañana, el muelle. Al mediodía, pan y un trozo de queso comidos sentado sobre un fardo, mirando el río. Por la noche, el catre en la pensión del tuerto. Dos veces por semana, un cuenco en lo de Garrec, más por la compañía áspera del manco que por el hambre. Aprende los nombres de los otros jornaleros, sus chistes, sus deudas. Aprende cuáles son de fiar y cuáles venden a su madre por un trago. Por primera vez desde que despertó, los días se le parecen unos a otros, y descubre que esa monotonía —que antes le habría parecido una condena— es lo más cerca de la felicidad que ha estado.
Dura poco. Las cosas buenas, ya lo sabe, siempre duran poco.
Un día de paga, al caer la tarde, cuando el capataz acaba de repartir las monedas y los jornaleros se desperezan pensando en la taberna, aparecen los otros.
Son cuatro. No trabajan; eso se les nota de lejos, en la ropa sin remendar y en las manos sin callos. Caminan por el embarcadero con la calma de quien sabe que nadie va a pararlos, y los jornaleros, todos a una, bajan la vista y se quedan muy quietos, como un campo de hierba cuando pasa el viento. El que va delante —un tipo de cara ancha y sonrisa de oro— se planta en medio del muelle y abre un saco pequeño.
—Ya saben —dice, sin levantar la voz—. El piso.
Y los jornaleros, uno por uno, en fila, van dejando caer en el saco una parte de lo que acaban de ganar. Sin protestar. Sin mirar. Como quien paga un impuesto tan viejo que ya nadie recuerda discutirlo.
Marco mira a Reno, el grandote de risa fácil que carga a su lado en el muelle desde la primera semana —y que ronca a un par de camastros del suyo en la pensión del tuerto—, buscando una explicación. Reno se la da en voz baja, sin mover casi los labios.
—Los hombres de Drevo. Dueño del muelle, o como si lo fuera. —Suelta unas monedas en el saco cuando le toca, con la naturalidad de la costumbre—. Pagas el piso o no cargas. Así de simple. El capataz nos contrata, pero Drevo es el que decide quién trabaja en su río. —Le da un codazo suave—. Paga y calla, Caleb. Es un mordisco, no te van a matar de hambre. Y a los que se hacen los dignos… a esos sí.
A Marco le hierve algo en el pecho —una rabia vieja, la de la plaza en llamas, la de cada portazo, la de todas las veces que el mundo le ha cobrado por el solo hecho de existir—, pero hace lo que ha aprendido a hacer mejor que nada: la traga. Cuando le llega el turno, deja caer su parte en el saco. Una buena parte. La más de una hora de espalda rota. Y el de la sonrisa de oro ni lo mira; para él, Caleb Roan es una moneda con piernas, ni más ni menos.
El que no calla es un muchacho nuevo, más nuevo que Marco, un campesino recién llegado con la cara todavía llena de la indignación de los que no han aprendido. Cuando le toca, cierra el puño sobre sus monedas.
—Yo me rompí el lomo por esto —dice, y le tiembla la voz de puro miedo y puro orgullo—. No le he pedido nada a ningún Drevo.
El muelle entero contiene la respiración.
Lo que pasa después pasa rápido y es frío de ver justamente porque no tiene nada de furia. El de la sonrisa de oro hace un gesto pequeño, casi aburrido, y los otros tres caen sobre el muchacho como quien hace un trabajo que ya ha hecho mil veces. No hay grita. No hay discurso. Solo el ruido sordo y húmedo de los golpes, el jadeo del chico, una costilla que cede con un chasquido que a Marco se le mete en los dientes. Lo dejan en el suelo del muelle, hecho un ovillo, escupiendo sangre sobre las monedas que tanto defendió —monedas que, de todos modos, le quitan antes de irse—, y se van como llegaron, sin prisa, sin mirar atrás.
Nadie se mueve para ayudarlo hasta que están lejos. Después, dos jornaleros viejos lo levantan con un cuidado rutinario, de los que han hecho esto antes, y se lo llevan. El capataz, que lo ha visto todo desde su garita, no ha movido un dedo. No es asunto suyo. En el muelle de Drevo, no lo es de nadie.
Marco vuelve a su catre esa noche con la paga aligerada y algo más pesado en el pecho que el cansancio. Se queda mirando las vigas, como la primera noche, pero ahora no hay nada parecido a la paz en lo que siente.
Porque acaba de entender, con una claridad que le quita el sueño, la verdad que su pequeña felicidad de jornalero le había tapado: la tarjeta no lo salvó de nada. Le compró un sitio donde estar, sí. Un nombre, un techo, un puente que cruzar. Pero no le compró lo único que de verdad importa en un mundo como este, lo que descubrió en la plaza de la ciudad en llamas el primer día y ha vuelto a olvidar de pura comodidad: que aquí el débil es presa. Siempre. Con papeles o sin ellos. Caleb Roan, dos estrellas, jornalero del muelle, es tan presa como lo era el Olvidado sin nombre que dormía entre sacos de carbón. Le pueden quitar la paga, romperle las costillas, tirarlo al río, y nadie —ni el capataz, ni la ley, ni el Sistema que tan bien sabe cazar anomalías— movería un dedo, porque un jornalero de dos estrellas no le importa a nadie.
Podría pasarse la vida entera así. Cargando sacos, pagando piso, agachando la cabeza, rezando para que ningún día le toque a él la sonrisa de oro. Trabajando de sol a sol para seguir siendo, exactamente, lo que entendió que era: alguien sin lectura, sin peso, sin nada. Una presa con callos.
Y hay otra cosa. Una sola. La que lleva meses sin tocar, la que cerró con llave el día que entró en Veldar y se prometió ganarse la vida con trabajo y no robándosela a otro.
El cuarto de su pecho.
Lleva tanto tiempo evitándolo que casi había logrado convencerse de que no estaba. Pero está. Siempre estuvo. Dentro, doblada y caliente, sigue la explosión que le robó a Bhastiodon y la astilla de frío que le arrancó a un trozo de carbón en la oscuridad de un cobertizo, hace una vida. Poder. La única cosa en todo este mundo que no le pertenece a un muerto, que no es prestada, que no se la dio nadie: que es suya, nacida de él, por mucho que le dé miedo.
Y le da miedo. Por eso la cerró. Le da miedo el rastro: nunca ha visto la prueba de que usarla deje una huella que el Sistema pueda oler, pero tampoco ha visto la prueba de lo contrario, y en esa apuesta solo se puede perder una vez. Le da miedo lo que le hace a las cosas: las brasas quedaron negras, muertas, vacías, y algo muy hondo en él sigue sospechando que a un ser vivo le haría algo peor. Le da miedo, sobre todo, lo que pueda hacerle a él: la sensación, cada vez que tira de esa parte de sí, de que se gasta un poco, de que algo se le borra, igual que se le borró todo lo de antes del muro blanco.
Pero esta noche, por primera vez, pone los dos miedos en una balanza. De un lado, el miedo a su poder. Del otro, el miedo a quedarse así para siempre: indefenso, exprimido, esperando el día en que alguien decida que su vida vale menos que el contenido de su bolsillo. Y la balanza, que durante meses se inclinó hacia la prudencia, esta noche se mueve. Despacio, pero se mueve.
No va a usarlo para Doña Sera. No va a venderlo. Eso lo tiene claro, y no piensa volver atrás. Pero hay una tercera cosa, entre venderlo y enterrarlo, que nunca se había permitido pensar: aprenderlo. Entenderlo. Domarlo en secreto, despacio, lejos de toda mesita, hasta que el día —y ese día va a llegar, lo sabe— en que la sonrisa de oro se vuelva hacia él, no sea otra vez una presa rezando, sino algo que esa gente preferiría no haber tocado.
No para hacerse fuerte de golpe. Eso no existe; ya lo intuye. Sino para dejar de estar tan absolutamente solo frente al mundo, con las manos vacías y un poder dormido que no sabe ni encender.
El primer día libre, en lugar de quedarse en la ciudad, Marco sale.
No por la gran puerta del sur, donde lo verían, sino por un portón lateral de carreteros, mezclado con los que van a cortar leña o a cazar conejos más allá de la muralla. Camina río arriba un buen rato, hasta dejar atrás las últimas casuchas, los últimos ojos, hasta que Veldar no es más que una mancha de humo a su espalda y a su alrededor solo hay juncos, piedra y el rumor del agua. Ningún farol. Ninguna mesita. Ningún registrador con visera. Por primera vez en mucho tiempo, nadie en absoluto que lo mire.
Se sienta junto al agua, toma una piedra del lecho —lisa, fría, mojada— y la sostiene en la palma callosa. Respira. Y, con el corazón golpeándole como aquella noche del carbón, hace lo que se juró no volver a hacer: mira hacia adentro, abre la puerta del cuarto, y dirige esa parte de sí —la que no sabe nombrar— hacia la piedra. No hacia su frío esta vez. Hacia otra cosa. Hacia lo que hace que una piedra sea piedra: su dureza.
Tira.
El dolor le parte la cabeza de lado a lado, tan fuerte que se le nubla la vista y tiene que clavar la otra mano en el barro para no caerse. No pasa nada. Lo intenta de nuevo, más despacio, con menos fuerza y más maña, como quien afloja un nudo en vez de arrancarlo. Y al tercer intento, algo cede: una hebra ínfima de “esto es duro” se desprende de la piedra y se desliza, mareante, hacia el cuarto de su pecho. La piedra, en su mano, queda apenas un grano más quebradiza. Casi nada. Pero él lo siente, y ahora tiene, junto a la explosión y al frío, una tercera forma guardada: una pizca de dureza que no sabría usar ni para defenderse de un niño.
Se queda jadeando junto al río, empapado en sudor, con sabor a metal en la boca y una sonrisa cansada y rara en la cara. Es ridículo. Es lentísimo. Le ha costado un dolor de cabeza brutal robarle a una piedra algo que no le sirve absolutamente de nada todavía. Si la sonrisa de oro lo viera, se reiría hasta llorar.
Pero es un principio. Otra vez, como el carbón, como cada cosa pequeña que ha arrancado de este mundo con sus propias manos, es un principio. Y Marco ha aprendido, a la fuerza, que las únicas cosas que de verdad lo han sostenido en este mundo empezaron todas así: ridículas, mínimas, casi nada.
Vuelve a Veldar al atardecer, mezclado con los leñadores, y cruza el puente con la tarjeta de Caleb Roan como un jornalero cansado más. Nadie nota que el flaco que vuelve del campo trae una piedra inútil en el bolsillo y, en el pecho, la primera grieta de un plan mucho más peligroso que cualquier paquete de Doña Sera.
Desde esa noche, Marco tiene dos vidas otra vez. De día, Caleb Roan carga sacos, paga su piso, agacha la cabeza, es nadie. Pero uno de cada varios días, cuando junta el valor y un día libre, el flaco sin estrellas sale solo más allá de la muralla, se sienta junto al río donde nadie mira, y le roba al mundo, hebra a hebra, con un dolor de cabeza que lo deja temblando, los primeros ladrillos de lo único que tal vez, algún día lejano, lo vuelva algo más que una presa.
No sabe adónde lleva ese camino. Sospecha —y la sospecha es fría— que a ningún sitio bueno. Pero por primera vez desde que entró por la cloaca, el camino es suyo. Y eso, decide mientras se duerme con la piedra quebradiza en la mano, tendrá que bastar para empezar.