Capítulo 19

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El problema de vivir dos vidas, descubre Marco, es que ninguna de las dos descansa.

La de día tiene horarios de hierro: el muelle no perdona madrugadas. La otra no tiene horario ninguno, y por eso se le mete en todas partes: en la fila del pan, en el rumor del agua contra las barcazas, en el minuto flojo antes de dormirse. Mientras carga sacos piensa en hebras de dureza; mientras roba hebras junto al río, piensa en quién estará contando sus ausencias. Ha aprendido a partirse la cabeza en dos, igual que se partió el nombre —Caleb por fuera, Marco por dentro—, y algunas noches, las malas, ya no está seguro de cuál de las dos mitades es la máscara.

El muelle, al menos, sigue siendo el muelle. Esa semana bajan por el río más barcazas que de costumbre —grano de la cosecha tardía, piedra para la muralla nueva del barrio alto, madera que huele a resina y a lejos—, y el capataz de cuello rojo contrata brazos de sobra y ladra el doble. A Marco le viene bien. El cuerpo ocupado deja la mente en paz, y la paga, moneda a moneda, vuelve a abultar despacio el forro de la capa. No es la fortuna del fantasma. Es plata lenta, limpia y suya, y ha decidido que con eso le alcanza.

Es a mediodía, sentados a la sombra de un fardo con el pan y el queso, cuando Reno le arruina la paz de la semana.

—¿Supiste lo del camino del este? —El grandote habla con la boca llena, pero sin su risa de siempre, y eso solo ya es mala señal—. Otra recua de novatos que no llegó. Salieron de la posada del vado, doce, con guía y todo, y a Veldar no entró ninguno. Segunda vez en el mes.

—Una brecha —dice el viejo Malk, que come de pie porque asegura que sentarse, a su edad, es empezar a morirse—. Se los tragó una brecha, como al pueblo aquel del norte.

—Las brechas dejan restos. —Reno niega despacio—. Huesos, fierros, algo. Esto no dejó nada. Ni un zapato. —Baja la voz, y los demás, sin querer queriendo, se arriman—. Y no es lo peor. Dicen que algunos aparecen después. Meses después, tan campantes, con su tarjeta y su nombre y su cara. Pero cambiados.

—Cuentos —bufa Malk.

—Eso decía yo. —Reno se limpia las manos en el pantalón, muy serio—. Hasta que me acordé de lo del pueblo de mi primo. Allá volvió uno así, hace años. Un muchacho que se había perdido en los caminos. Volvió igualito: saludaba igual, trabajaba igual, se reía igual. La madre fue la única que dijo, desde el primer día, que ese no era su hijo, que al suyo se lo habían quedado, y todo el mundo pensó que la pobre se había vuelto loca de pena. —Una pausa—. Hasta que una noche el muchacho quemó el granero del alcalde, sin apuro y sin cara de nada, y se fue caminando por donde había venido. Nunca lo encontraron.

Nadie se ríe. El sol sigue rajando la piedra igual que hace un minuto, pero a Marco se le enfría el pan en la mano.

—Por eso andan como andan las puertas —remata Reno, señalando con la barbilla vagamente hacia la muralla—. ¿No han visto? Antes te pinchaban el dedo una vez al año, si acaso, y ahora pinchan por cualquier cosa. Dicen que buscan a los robados. Que la cara se puede fingir, pero la sangre no.

Los demás vuelven al pan, al calor, a quejarse del capataz, que es de lo que se quejan los hombres cuando no quieren hablar de lo que da miedo. Marco mastica sin sabor y hace lo que mejor sabe hacer: escuchar, guardar, y no mover un músculo de la cara mientras por dentro una cuenta vieja se le vuelve a abrir.

Más agujas. Eso significa la historia de Reno, quitándole el adorno del misterio. Novatos robados, devueltos con otra cosa adentro, y un Sistema —o su gente, o la gente de su gente— que solo conoce una manera de encontrarlos: pinchar dedos y comparar sangre. La ciudad entera se va a llenar de la única pregunta que Caleb Roan no puede responder. Nadie lo busca a él. Nadie sabe que existe. Y aun así el mundo, sin proponérselo, sin odiarlo siquiera, se las arregla para irle cerrando los caminos uno a uno, como el agua que sube sin fijarse en quién no sabe nadar.

Su día libre cae dos días después, y Marco lo espera como se espera una cita con un acreedor: con ganas y con miedo a partes iguales.

Sale con los leñadores por el portón de los carreteros, como siempre, un flaco más entre los flacos que van a buscarle algo al monte. Río arriba, pasadas las últimas casuchas y la última mirada, el mundo se queda sin gente: juncos, grava, el agua hablando bajito. Su recodo. Lo ha ido haciendo suyo a fuerza de costumbre, como el rincón entre los almacenes, como el catre de la pensión: otro pedacito de mundo alquilado que defiende sin ruido.

Se sienta en la grava, elige una piedra del lecho —lisa, gris, con una veta blanca como una cicatriz— y trabaja.

Abstraer, si es que la cosa tiene nombre, ya no le cuesta lo que le costaba. La primera vez, en el cobertizo del carbón, una sola hebra lo dejó medio muerto. Ahora, si respira entre una y otra, si no arranca sino que afloja —el truco está en aflojar, en convencer a la dureza de que se suelte, no en arrancársela—, saca dos o tres hebras en una mañana, y la jaqueca, aunque puntual, ya no lo tumba. La bola de nieve rueda. Rueda como una canica, piensa, pero rueda.

Y sin embargo, mientras la segunda hebra de dureza se le desliza al cuarto del pecho y la piedra le queda en la mano un poco más quebradiza, la idea que lo viene rondando desde la charla del muelle termina de sentársele delante, cruzada de brazos.

¿De qué le sirve todo esto guardado?

El calor de las brasas lo salvó una noche, sí. Pero lo salvó porque lo usó: lo sacó del cuarto y se lo metió en la sangre. Todo lo demás que ha juntado —el estallido que no se atreve a soltar, la astilla de frío, la pizca de dureza— es un ahorro que no ha gastado nunca. Un arsenal de avaro. Y le viene a la cabeza, con una sonrisa amarga, lo que decía Garrec de los que juntan para una vida mejor y se gastan antes de estrenarla. ¿De qué le sirve al muerto la fortuna?

Si guardar es la mitad de lo que hace, tiene que aprender la otra mitad.

Se mira la mano derecha, la de los callos. Respira hondo. Y hace, a propósito y despacio, lo que solo ha hecho una vez y a la desesperada: busca en el cuarto la pizca de dureza —la primera, la del día que decidió dejar de ser presa— y en vez de tirar hacia adentro, empuja hacia afuera. Hacia la palma.

Es distinto. Es completamente distinto, y lo entiende a la primera puntada. Abstraer es arrancar: un tirón, un dolor de raíz que sale. Esto es coser: la hebra entra por donde él la empuja y va pasando por la carne como un hilo caliente por tela dormida, puntada a puntada, y cada puntada le retumba en el cráneo. Aprieta los dientes. Empuja. La dureza se va quedando —la siente quedarse, asentarse, agarrar—, primero en los nudillos, después en una placa fría que se le extiende por la palma.

Cuando abre los ojos, su mano derecha sigue pareciendo su mano. Pero no del todo.

La piel tiene el mismo color, los mismos callos, la misma cicatriz pequeña de la soga. Lo que cambió está debajo: golpea la palma contra el canto de una roca y el golpe suena sordo, y no duele. Pasa el filo del cuchillo de Bran, con cuidado, por el centro de la palma: el filo deja una línea blanca, fina, como sobre cuero curtido, y la piel no se abre. Marco suelta una risa corta, incrédula, que se le muere enseguida, porque descubre en el mismo movimiento el precio: la yema del pulgar no siente nada. Ni el frío del cuchillo, ni la piedra, ni su propia uña. Hay parches enteros de la mano que se le durmieron, como si la dureza hubiera pagado su sitio desalojando al tacto, y cuando cierra el puño, dos dedos le responden tarde, torpes, de palo.

La mano entera se le siente prestada. Y esa sensación, no sabría decir por qué, le resulta familiar de un modo que prefiere no mirar de frente.

El susto de verdad llega una hora después, cuando la dureza no se va. Se imagina volviendo así a la pensión, al muelle, con media mano de piedra y sin poder explicar por qué; se imagina la cara del capataz, la de Reno, la del verificador de turno, y el pánico le sube agrio por la garganta. Intenta tirar de la dureza de vuelta al cuarto y no encuentra de dónde agarrarla: es como querer descoser con los dedos un hilo ya cosido. No vuelve. No obedece. Está gastándose, la siente gastarse, pero a su ritmo, no al de él.

Se obliga a respirar. Un paso a la vez. Y espera.

El sol se corre de un lado del cielo al otro y, con él, despacio, la dureza se le va escurriendo de la mano como se le escurrió el calor aquella noche: no hacia la piedra, no hacia el cuarto. Hacia ninguna parte. Se gasta. A media tarde la palma vuelve a doler como corresponde, el pulgar vuelve a sentir, y en el cuarto de su pecho, donde antes había una pizca de dureza, hay un hueco.

Marco se queda mirando el río un rato largo, sumando.

Lo que roba, se guarda. Lo que usa, se gasta. No hay manera de tener la moneda y gastarla a la vez. Es tan simple y tan viejo que da risa: su poder, la cosa imposible que las máquinas no saben leer, funciona por dentro igualito que Milion. Una cuenta. Ahorras o vives, dice la tabla de la plaza; guardas o gastas, dice ahora su propio pecho. Como si el mundo entero, hasta en lo más hondo de lo que él es, estuviera hecho de la misma regla.

Le quedan horas de luz, y las usa como un jornalero usa el día de cosecha: pasa por las piedras del recodo aflojando dureza, hebra a hebra, con descansos para que la jaqueca baje de grito a murmullo, hasta juntar tres pizcas nuevas en el cuarto —tres, cuenta, como contaba monedas en el forro de la capa— y hasta que el sabor a metal en la boca le avisa que por hoy no hay más. La última piedra que trabaja se le deshace entre los dedos al levantarla, quebradiza como pan seco, y él la deja caer en la grava con una punzada rara, mezcla de orgullo y de culpa, y empieza a recoger sus cosas, de espaldas al agua.

Por eso no ve lo que baja de los juncos.

Es un insecto de luz azul, de esos que en el prado de Start Base se encendían de noche y que en Veldar nadie mira dos veces. Planea sin prisa sobre la grava, da una vuelta, dos, y se posa exactamente sobre la piedra desmoronada. Se queda ahí un rato largo, quieto, encendido, con esa luz fría que no parpadea, como quien lee un papel escrito en un idioma que casi reconoce. Después se apaga, se eleva, y se va río abajo.

Hacia la ciudad.

Marco echa a andar hacia la muralla con las tres pizcas latiéndole en el pecho, cansado y contento como no recuerda haber estado, sin saber que acaba de dejar detrás, por primera vez, algo peor que un rastro: una pregunta.

Dos días después, la pone a prueba.

Es día de barcazas de piedra, el peor del calendario del muelle: bloques para la muralla nueva, sacos de cascote, la clase de carga que a los flacos les deja las manos como carne de mercado. Marco se encierra un minuto en el hueco de la escalera de la pensión, antes del alba, y cose una pizca de dureza —una sola; ha decidido racionarse como se racionaba el pan— en las dos palmas, repartida lo mejor que sabe. Sale con las manos ajenas y el corazón en la boca.

La mañana es una revelación silenciosa. Los sacos ya no lo muerden. La soga no le abre las grietas viejas. Donde los demás maldicen y escupen, él carga, y el trabajo, por primera vez desde que pisó el embarcadero, se parece menos a un castigo y más a un oficio. Tiene que acordarse de maldecir de todos modos, por el disimulo, y el disimulo casi se le escapa por otro lado:

—¿Y las vendas? —le dice Reno a media mañana, señalándole las manos desnudas con la barbilla—. ¿Tú no eras el que se envolvía como momia?

A Marco la mentira le sale sola, lisa, sin costura, con esa facilidad que aprendió en cinco meses de fantasma y que todavía le da un poco de asco:

—Se me curtieron por fin. —Se encoge de hombros—. Mi viejo decía que la piel aprende, si uno no la deja rendirse.

—Sabio, tu viejo —se ríe Reno, y vuelve a su bloque.

Marco vuelve al suyo con un regusto amargo que no es de la jaqueca. Su viejo. No tiene viejo. No tiene ni el recuerdo de un viejo: tiene un muro blanco donde debería estar, y acaba de sacarle un refrán a ese muro como quien le roba una moneda a un muerto. Mentir con el nombre de Caleb ya casi no le pesa. Mentir con el padre que no recuerda tener, descubre, pesa distinto.

A mediodía, por prudencia pura, se venda las manos igual que siempre. Y hace bien: con la tarde, puntada a puntada en reversa, la dureza se le gasta, y las últimas horas las carga a carne limpia, con las palmas ardiendo como corresponde y una certeza nueva y fría bien guardada: media jornada. Eso dura una pizca repartida en dos manos. La cuenta, siempre la cuenta. Todo en Milion tiene precio, tarifa y horario, hasta lo único que es suyo.

Esa noche, el casero tuerto lo espera en el vestíbulo con la mano abierta —la semana se paga por adelantado, eso no cambia nunca— y con algo menos usual: ganas de conversar.

—Tú estás en regla, ¿verdad, Roan? —le dice, mientras guarda las monedas—. Papeles, trabajo, todo al día.

—Al día. —Marco mantiene la voz aburrida, y algo, muy adentro, se pone de pie—. ¿Por?

—Porque hoy vinieron dos guardias con una lista. —El tuerto escupe hacia la calle, sin especial rencor, como quien comenta el clima—. Preguntando por huéspedes nuevos. Novatos, gente llegada en el último medio año, gente sin papeles. Es por lo de los robados esos de los caminos, dicen. —Se rasca debajo del parche—. Anotaron la pensión. Anotaron todas las del barrio. Y avisaron que la semana que entra, o la otra, vuelven con un verificador y su máquina, a pasar la lista completa. Pensión por pensión. —Le hace un gesto vago, casi amistoso, con la cabeza—. A ti ni te van a mirar, hombre, con tu tarjeta y tu jornal. Es a los escondidos que buscan. Anda, sube, que enfría.

Marco le da las buenas noches con la sonrisa exacta de un jornalero cansado al que ni lo van a mirar, y sube los escalones contando cada uno para no correr.

Después se queda quieto a oscuras, sentado en el catre, mucho rato.

Un verificador. Con su máquina. En este vestíbulo, con la lista del barrio en la mano, la semana que entra o la otra. Y ahí está la broma completa, piensa, la broma que el mundo lleva meses armándole con paciencia de relojero: no vienen por él. Vienen por otros —por hombres vaciados y rellenados por sabrá quién, por robados con la cara intacta y otra cosa adentro—, y justamente porque la cara no delata nada, van a preguntarle a la sangre. La sangre de todos. La aguja no lo busca, y le va a llegar igual. Al mundo no le hace falta cazarlo para acorralarlo; le basta con hacer limpieza.

Se tumba y hace las cuentas, porque contar es lo único que lo calma. Quedarse es apostarlo todo a que al hombre de la máquina le baste la tarjeta verde de Caleb Roan y no le dé por pinchar dedos parejo. Irse es peor: un huésped en regla que desaparece justo la semana de la verificación es una flecha pintada en la puerta, y Caleb Roan no puede esfumarse sin matar también al único nombre que le funciona. Le quedan, hace el inventario, unas monedas en el forro, dos pizcas de dureza, una astilla de frío, un estallido que no sabe soltar y siete, quizá diez días. Un arsenal ridículo y un plazo.

Por la ventana sin cortina entra la luz de la calle. Al fondo, sobre los tejados, arde un farol de luz azul, quieto, frío, sin parpadear. Lleva ardiendo toda la noche. Todas las noches, desde que Marco duerme en este catre. Nunca se ha preguntado quién lo enciende, ni quién lo apaga, ni por qué no se apaga nunca.

Esta noche tampoco se lo pregunta. Tiene, cree, preocupaciones más grandes.

Por primera vez desde que compró su nombre, Marco Lichter se duerme con un ojo abierto.