La noticia de la verificación recorre el barrio de los curtidores como recorre el frío una casa sin puertas: sin prisa, por debajo, metiéndose en todo.
Nadie lo pregona. No hace falta. Marco la ve avanzar en las cosas pequeñas: en la pensión de enfrente, que amanece un día con dos catres vacíos y el casero maldiciendo en la puerta —se fueron de noche, sin pagar, como se van los que no pueden esperar una lista—; en la fila del pan, donde una mujer pregunta en voz baja si es verdad que van a pinchar también a los niños y nadie le contesta; en los guardias de las esquinas, que son los mismos de siempre pero ahora miran distinto, con esa atención de pescador que ya echó la red y solo espera. El barrio entero se ha puesto a hablar más bajo. Hasta las tabernas ríen con cuidado.
Y los escondidos se evaporan. Marco no sabía cuántos eran —nadie lo sabe; esconderse es justamente eso—, pero ahora los cuenta por los huecos que dejan: el viejo que pedía en la esquina del mercado y ya no está, el ayudante del carbonero que un día simplemente no vino, la familia del segundo piso de la pensión de al lado que salió “de visita” con todo lo que tenía en dos bultos. El casero tuerto lo comenta una noche, contando sus monedas, con un desprecio que no le llega a los ojos:
—Ratas. Se creen que afuera hay agujeros para todos. —Escupe hacia la calle—. Dicen que en las puertas están cotejando las listas del censo con el que sale. Al que figura y no sabe decir a qué sale, lo apartan. —Se ríe, seco—. Corrieron toda la vida para acabar corriendo justo hacia la red.
Marco asiente con cara de sueño y por dentro toma nota, frío: el portón de los carreteros. Su portón. El que cruzaba con los leñadores, un flaco más, hacia el recodo del río donde nadie mira. Dos días después la confirmación llega sola, en boca de un aguador: devolvieron a un hombre en ese mismo portón porque su nombre estaba en una lista y no supo decir a qué salía. Lo apartaron, lo anotaron, y ahora el hombre carga esa anotación encima como una marca de hierro.
Así que el río también. Marco lo entiende esa noche, tumbado en el catre, con una claridad que casi le da risa: le han quitado el río sin saber que se lo quitaban, sin buscarlo a él, sin conocerlo. El recodo, las piedras, las horas robadas en que era algo más que un par de brazos de alquiler: todo eso queda ahora del otro lado de una pregunta que no puede responder. Y las dos pizcas de dureza que guarda en el pecho le laten como le laten las monedas en el bolsillo a un preso: suyas, intactas, inútiles.
Le quedan, si el casero contó bien, entre siete y diez días. Hace su lista con la disciplina de quien lleva meses sobreviviendo a base de listas. Quedarse y apostar: que al verificador le baste la tarjeta, que la aguja caiga en otro. Huir: ya vio cómo les va a los que huyen. O encontrar una tercera puerta.
Las terceras puertas, en Veldar, no aparecen. Se compran.
La idea se la da el propio muelle, a la mañana siguiente, cuando el capataz reparte la semana a gritos: barcazas el lunes, cascote el martes, y —ahí Marco levanta la cabeza— el relevo de la cantera, que sale el jueves a la obra de la muralla nueva y no vuelve en quince días. Quince días fuera de la ciudad. Con papeles de obra, comida de obra, catre de obra. Una ausencia con sello, limpia, documentada: no un hombre que se esconde de la máquina, sino un jornalero que estaba justo donde su trabajo decía que estaba.
Espera al final del turno y se lo pide al capataz con la gorra en la mano, como corresponde.
—¿Cantera? —El cuello rojo lo mira de arriba abajo, ni con burla ni sin ella—. Tú aguantas, sí. Pero eso no lo reparto yo, Roan. —Se encoge de hombros, y en el gesto hay una naturalidad que lo dice todo—. Los cupos de afuera los mueve la gente de Drevo. Habla con Sonrisas. Y lleva con qué hablar.
Sonrisas. Así le dicen, se entera Marco esa misma tarde por Reno, al de la cara ancha y los dientes de oro que cada semana pasa el saco por el muelle. El nombre le queda como un guante: sonríe siempre, sonríe a todos, sonríe igual cuando saluda que cuando sus hombres le rompen las costillas a alguien.
Lo encuentra al día siguiente donde siempre está: sentado en un poste de amarre del embarcadero viejo, con un hombre a cada lado, atendiendo su pequeña corte de solicitantes —un cupo, un préstamo, un permiso para vender fruta en el muelle— con paciencia de funcionario, que es lo que es, solo que de otro gobierno. Cuando le llega el turno, Marco pide lo suyo en dos frases, sin adornos. Sonrisas lo escucha con la cabeza ladeada.
—Cantera. —Hace rodar la palabra en la boca como un caramelo—. Quince días de aire de monte, comida caliente y ni una lista que te busque. En semana de verificación. —Los dientes de oro destellan—. Qué casualidad tan trabajadora la tuya, Roan.
—Necesito el jornal —dice Marco, plano—. La cantera paga más.
—La cantera paga igual. Paga más el que quiere ir. —Sonrisas deja pasar un silencio cómodo, de los que él administra—. El cupo vale el piso doble, por adelantado. Y una respuesta: ¿por qué tan urgido?
Y ahí está. La pregunta. Marco lleva la mentira preparada desde anoche, elegida con el cuidado de quien elige una herramienta: una mentira pequeña, sucia y creíble, del tamaño exacto de un don nadie.
—Debo plata. —Baja la voz, deja que le asome la vergüenza—. A gente del otro lado del río. Quiero aire hasta que se calme.
Sonrisas lo estudia un momento largo. Después se ríe, breve y satisfecho, y Marco entiende que ha acertado y que ha pagado un precio a la vez: los hombres como Sonrisas no olvidan una deuda ajena. La archivan.
—Un hombre con deudas es un hombre razonable —dice, con afecto de prestamista—. Vuelve pasado mañana con el doble del piso, y el jueves duermes en el monte.
Dos días. Marco los pasa contando lo que tiene —alcanza, justo, si la semana no trae sorpresas— y haciendo lo que ha aprendido a hacer con la esperanza: usándola en voz baja, sin enseñársela a nadie.
El único a quien deja acercarse a la verdad, y solo hasta la puerta, es Garrec.
Va al puesto un mediodía, lava los platos que ya no necesita lavar, y entre plato y plato lo suelta, casual como una moneda que se cae:
—Tú fuiste soldado. ¿Viste verificaciones, de las de máquina?
El manco no deja de revolver el caldero. Pero hay un medio segundo —Marco lo ve— en que el cucharón pierde el ritmo, y cuando Garrec contesta lo hace sin preguntar por qué, que es su manera de decir que entendió todo.
—Vi tres. —Voz de inventario—. Te digo cómo son y te digo gratis lo que vale: no dan abasto. Sangrar a un barrio entero toma semanas y ellos traen días. Leen tarjetas, casi todo. La aguja la guardan para el que se las pide a gritos: el que tiembla, el que contesta de más, el que contesta de menos, el que mira la puerta. —Golpea el borde del caldero, dos veces—. Y para la cuota. Los de afuera vienen siempre con cuota, y si el barrio no les da culpables, los eligen. —Solo entonces lo mira, un segundo—. Quieto, aburrido y en regla, flaco. El que se mueve en la marea se ahoga. El que flota, aburre. Y a la máquina no le pagan por aburrirse.
Marco asiente, y friega, y guarda. Y cuando ya se va, Garrec añade, de espaldas, revolviendo un guiso que no necesita que lo revuelvan:
—Aquí se come todos los días. —Una pausa—. Si algún día alguien necesita que yo jure dónde comes tú todos los días, eso es lo que hay: aquí. Todos los días.
Marco sale a la calle con los ojos ardiéndole y la garganta cerrada, y camina dos cuadras antes de poder tragar. Una coartada. El manco acaba de regalarle una coartada sin preguntar para qué la necesita, que es la única manera en que un hombre como Garrec sabe abrazar.
El pasado mañana llega, y con él la lección de la semana.
Sonrisas lo recibe en su poste de siempre con la misma sonrisa exacta, y Marco sabe que algo se torció antes de que abra la boca, porque ha aprendido a leer salas y la sala es un hombre con dientes de oro que no le pide el dinero.
—Se llenó el relevo. —Ni una disculpa; una cotización—. Pagaron mejor. Esta semana todo el mundo descubrió el amor por la cantería, fíjate tú. —Abre las manos, tranquilo—. El próximo relevo sale en un mes. Si sigues urgido, ya sabes el camino.
Un mes. Marco asiente —ni un músculo, ni una queja: eso también es no llamar la atención— y ya se va cuando Sonrisas lo llama por el nombre que no es suyo, y le regala, gratis, la única cosa sincera de toda la conversación:
—Roan. —Los dientes de oro, quietos por una vez—. Guarda esa urgencia en algún sitio. En semana de listas, la urgencia se huele. Y no soy yo el peor olfato de este muelle.
Marco camina de vuelta con el doble del piso intacto en el forro de la capa y la advertencia zumbándole en los oídos peor que un insulto. Se ha visto. Se le ha notado. Cinco meses aprendiendo a ser gris, y una semana de miedo le ha bastado para que un cobrador lo lea de lejos. Si Sonrisas lo huele, piensa, qué no olerá un verificador con cuota.
Esa noche cuenta los días que quedan y le salen cuatro. Cuatro días, dos puertas: quedarse quieto y flotar, como dice Garrec, o correr, como las ratas del casero, derecho hacia la red. Ha decidido flotar. Casi ha conseguido creerse que lo decidió por sensatez y no porque no le queda otra, cuando el mundo, que llevaba toda la semana cerrándole puertas, le abre la tercera.
Está cenando de pie en lo de Garrec, al día siguiente, cuando Tino aparece.
Hace meses que no lo ve. El muchacho está más alto y más flaco, y come como siempre, en tres bocados y de pie, pero ya no mira la puerta con descaro sino con oficio, y a Marco le da una pena rápida y vieja, porque conoce ese cambio: lo ha visto en el agua, en su propia cara. Tino espera a que la clienta del mostrador se vaya, se limpia la boca con la manga y se le arrima sin mirarlo, hablando hacia el caldero.
—No vine yo. Me mandaron. —Traga—. Ella sabe lo de las listas. Sabe en qué pensión duermes. Sabe hasta el día que les toca a los curtidores. —Una pausa mínima—. Dice que puede hacer que tu nombre no esté cuando la máquina pase. No preguntes cómo. Tiene gente donde hay que tenerla, siempre la tuvo. Dice que vayas antes del quinto día.
Marco mira su cuenco. El guiso de Garrec, honesto y espeso, de pronto no le pasa.
—Yo ya no estoy en eso, Tino. —Lo dice bajo, y le suena débil hasta a él—. Díselo.
—Se lo dije. —Tino deja dos monedas en el mostrador, ya de salida, y por primera vez lo mira de frente, con algo que puede ser lástima o puede ser envidia, según la luz—. Se rió. Dijo que te dijera exacto así: los fantasmas no renuncian. Descansan.
Y se va, tragado por la calle, como se van los correos.
Marco vuelve a la pensión dando el rodeo largo, el que no pasa por el callejón de los Faroles Rotos, como si la distancia física sirviera de algo contra una mujer que sabe en qué catre duerme. Sube, se tumba, y hace la cuenta que no quiere hacer, porque contar es lo único que sabe hacer cuando el miedo aprieta.
Quedarse quieto es una apuesta: la tarjeta verde, la cara aburrida, la coartada del manco, y que la cuota caiga en otro. Puede salir bien. Salió bien en el puente, aquella primera vez, con las piernas de algodón y la pantalla en verde. Pero si sale mal no hay segunda mano: la aguja, el error, los mejores perros del Sistema, y todos los que lo ayudaron —el manco que jura dónde come, el tuerto que le alquila el catre— hundiéndose con él.
Y del otro lado está la oferta de Doña Sera, que borra la apuesta entera por un precio que conoce de memoria, porque ya lo pagó durante cinco meses: volver a ser el fantasma. Volver a cruzar puentes con paquetes que no mira. Volver a deberle su existencia, pedacito a pedacito, a la única persona de Veldar que sabe exactamente lo que él vale.
Lo que más lo asquea, descubre, tumbado a oscuras con el corazón golpeándole parejo, no es la trampa. Las trampas las entiende; vive en una desde que despertó en la playa. Lo que lo asquea es la parte de él —la que hace cuentas, la que sobrevivió todo esto, la que Sonrisas olió de lejos— que al oír el mensaje de Tino no sintió miedo.
Sintió alivio.
Se duerme, cuando por fin se duerme, sin haber elegido. O elegido a medias, que es peor.
Le quedan cuatro días.