Marco aguanta un día entero fingiendo que todavía lo está pensando.
Se levanta, carga sacos, come su pan al mediodía, vuelve a cargar. Se repite el plan de Garrec como un rezo —quieto, aburrido, en regla— y se dice que puede funcionar, que la tarjeta es buena, que la cuota caerá en otro. Hasta se lo medio cree. El truco de mentirse, ha descubierto, es igual al de mentirle a los demás: no dudar.
La verdad se la trae Reno al día siguiente, sin saber lo que trae.
—A los del barrio del mercado ya les pasó la máquina —cuenta el grandote mientras esperan turno en la barcaza, con ese gusto por las noticias que tienen los que no les temen—. Mi cuñada vive allá. Dice que fue rápido, que leyeron tarjetas nomás… menos en las pensiones. —Se acomoda el saco al hombro—. En las pensiones, aguja pareja pa’ los huéspedes nuevos. Todo el que lleve menos de un año, pinchado, sin preguntar. Dicen que así vienen ordenados de arriba: que los robados siempre aparecen entre los recién llegados. —Se ríe—. Lógico, ¿no? Un muerto viejo ya lo conoce todo el mundo.
Marco asiente con la cara de aburrimiento que corresponde y siente, por dentro, cerrarse la última puerta.
Aguja pareja para los nuevos. Ahí muere el plan de flotar. No hay cara lo bastante aburrida, no hay coartada lo bastante sólida contra una regla que no mira caras: lleva cuatro meses en la pensión del tuerto, es huésped nuevo, le toca aguja. La cuenta que lleva días negociándose por dentro se cierra sola, con un clic frío, y lo que queda es lo que quedaba desde el principio, desde que Tino le dejó el recado junto al caldero: el callejón de los Faroles Rotos.
Esa misma noche, después del turno, Marco camina hacia la parte de Veldar donde la luz no llega.
El camino se le hace corto, y eso es lo peor. Los pies se acuerdan solos: qué esquina doblar, qué charco esquivar, en qué tramo empieza a faltar el alumbrado y sobran las miradas. Cinco meses caminando estas calles de fantasma y un mes escaso de jornalero honrado no alcanzan para desaprenderlas. Pasa bajo el primer farol muerto —ese poste ciego, torcido, que alguna vez le pareció solo un poste— y piensa, sin querer, en el farol azul de su ventana, el que nunca se apaga. Aquí ninguno enciende. Nunca lo había pensado dos veces: hay barrios que la luz cuida y barrios donde la luz se murió, y el bajo mundo vive exactamente donde se murió la luz.
En la boca del callejón hay un hombre parado.
No hace nada. Eso es lo que se le queda grabado después: que no hacía nada. No fuma, no espera apoyado en la pared como esperan los que esperan, no lo mira siquiera. Está de pie, quieto de una manera que ningún cuerpo cansado está quieto a esa hora, con una cara lisa, desocupada, sin cara de nada. Marco lo esquiva con el rodeo justo, la mano cerca del cuchillo, y el hombre no se mueve ni un pelo. Diez pasos más allá, cuando se voltea a comprobar, la boca del callejón está vacía.
Miedo de semana de listas, se dice. La ciudad entera anda rara. Sigue caminando.
La trastienda de Doña Sera no ha cambiado nada: la misma lámpara, la misma mesa, los mismos dedos manchados de tinta contando monedas como si el mundo de afuera no existiera. Tino lo hace pasar sin anunciarlo, lo cual significa que estaba anunciado desde hace días.
—El fantasma pródigo. —Sera no levanta la vista hasta terminar la pila que cuenta. Cuando la levanta, hay en sus ojos ese apetito tranquilo que Marco aprendió a preferir sobre el miedo de los demás—. Te tardaste más de lo que aposté. Tino decía tres días; yo dije cinco. —Una sonrisa fina—. Ganamos los dos.
—¿Puedes hacerlo o no? —Marco no se sienta. Es la única dignidad que le queda esta noche y piensa gastarla completa—. Lo de la lista.
—Ya está medio hecho, muchacho. Lo terminé esta tarde, en cuanto Tino te vio doblar hacia acá. —Lo dice sin énfasis, como quien comenta que ya puso el agua a hervir, y eso es exactamente lo que lo hace terrible—. El padrón de los curtidores lo copia un escribiente que me debe más de lo que ganará en toda su vida. En la copia que le llega al verificador, la pensión del tuerto tiene un huésped menos. Ni tachado ni borrado: nunca estuvo. Las máquinas no dudan de los papeles, y los hombres que las cargan, menos. —Junta las manos sobre la mesa—. Ahora hablemos de lo que vale.
—Sé lo que vale.
—Sabes lo que valía. —Sera se reclina—. Los precios subieron con las listas. Y tú ya no eres un flaco cualquiera que cruza puentes: eres el hombre que la máquina no ve, en la ciudad donde la máquina anda pinchando dedos. —Deja que eso respire—. No te quiero para un encargo, fantasma. Te quiero disponible. Cuando mande a avisar, vienes. Llevas, traes, y no preguntas. Como antes.
—Como antes no. —Marco se oye decir, y la voz le sale más firme de lo que esperaba. Lleva dos días ensayando esta frase, la única condición que piensa poner, la única frontera que le queda por defender—: Llevo y traigo. Pero no vuelvo a hacer de ojos. No vigilo a nadie, no aviso de nadie, no me paro en más esquinas a oír cómo le rompen los huesos a un hombre. Cargo lo que sea. Mirar, no.
El silencio dura tres monedas —Sera las cuenta, despacio, sin apuro— y después la mujer suelta una risa corta, seca, casi con cariño.
—Le pusiste nombre a lo que te duele. Eso es de viejo, no de flaco. —Encoge los hombros—. Trato. Cargas, no miras. De todos modos tengo ojos de sobra; fantasmas hay uno. —Y entonces, mientras vuelve a sus pilas de monedas, lo despacha con la última instrucción, dicha al descuido, que le confirma a Marco cuánto sabe esta mujer de su vida—: El día que pase la máquina por los curtidores, tú no estés ahí. Que te vean lejos, con testigos aburridos. Donde almuerzas siempre, por ejemplo. —Levanta la vista un centímetro—. Saludas al manco de mi parte, si quieres. O mejor no. Largo, fantasma. Te aviso.
Marco sale del callejón con la lista arreglada y la sensación exacta de haber firmado algo con la mano dormida: sabe que le va a doler, pero todavía no sabe cuánto ni dónde.
En la boca del callejón, el hombre quieto no está. Ni él ni nadie. Marco camina rápido igual.
La verificación llega a los curtidores cinco días después, un día gris de llovizna, y Marco no la ve.
Hace lo que le dijeron: no estar. Amanece en el muelle, y a la hora en que el turno afloja pide permiso al capataz —medio día sin paga, la excusa de un dolor de muelas que lleva dos días sembrando en voz alta, por si acaso— y se planta en el puesto de Garrec a lavar platos que no le piden. El manco no pregunta. Sirve, cobra, gruñe, y a media tarde, mirando el cielo gris, dice para nadie:
—Hoy friegas como si los platos te debieran plata. —Una pausa—. Quédate hasta que escampe. Va para largo.
Y Marco se queda, lavando despacio, a la vista de todo el barrio que pasa —testigos aburridos, los mejores que existen—, mientras a diez calles de ahí un funcionario con visera y con sueño lee nombres de una lista en la puerta de una pensión que huele a cuero. Todo lo que pasa allá lo sabrá después, por el casero, en versión de vestíbulo: que la fila duró tres horas bajo la llovizna y la gente maldecía la fila, no la aguja —el jornal perdido, el frío, el niño llorando, qué manera de hacerle perder el día a la gente trabajadora—; que el verificador tenía cara de querer estar en cualquier otra parte y pasó tarjetas como quien pela papas; que pincharon a los tres huéspedes nuevos del segundo piso y a una muchacha que se puso a llorar antes de que la tocaran, por puro susto, y por llorar la pincharon también; que todos dieron verde; que el hombre firmó su planilla, cerró su caja y se fue bostezando a la siguiente puerta.
—A ti ni te nombraron —remata el tuerto esa noche, satisfecho como si el mérito fuera suyo—. Ya ves. Te lo dije: al que está en regla, ni lo miran. El Sistema será pesado, pero justo es.
Marco le da la razón con la cabeza, paga su semana por adelantado y sube a su catre con el corazón haciendo una cosa rara: flotando y hundiéndose a la vez.
Pasó. De verdad pasó. Se queda tumbado a oscuras esperando que el alivio llegue entero, como llegó aquella vez a mitad del puente, y el alivio llega, sí —la aguja pasó de largo, nadie gritó su nombre, el Error sigue siendo un secreto entre él y las máquinas—, pero llega aguado, con un gusto raro, como agua que pasó por hierro. Porque la cuenta está clara y él es demasiado bueno haciendo cuentas: no lo salvó la tarjeta, ni la coartada, ni la cara aburrida. Lo salvó un escribiente endeudado y una mujer que colecciona deudas. Lo salvó volver a venderse.
La promesa duró tres semanas. No más trabajos, dijo, en voz alta, al aire frío, para que fuera de verdad. Y ahí está otra vez: disponible. Esperando el aviso de Doña Sera como se espera una gotera: no sabes cuándo cae, solo sabes que cae. Mañana, o pasado, o la semana que viene, Tino va a asomarse por el puesto de Garrec con esa cara de recado, y él va a cargar lo que sea que haya que cargar, sin mirarlo, de una punta a otra de la ciudad que la máquina no le deja habitar de frente.
Tenía razón ella, piensa, y el pensamiento le da más rabia que miedo. Los fantasmas no renuncian. Descansan.
Se acerca a la ventana antes de acostarse, por costumbre. La llovizna ya paró. El barrio duerme, negro y mojado, y al fondo, sobre los techos, el farol azul de siempre arde quieto, frío, fiel como ninguna otra cosa en Milion.
Marco lo mira sin verlo, hace su inventario de todas las noches —el nombre propio, el cuchillo de Bran, dos pizcas de dureza, una astilla de frío, un estallido dormido, una deuda nueva— y se duerme despacio, con el sueño liviano de los que esperan un aviso.
Las goteras, piensa antes de hundirse, no inundan de golpe.
Gotean.