Lo llevan a un sitio de la cisterna donde Marco no había estado.
Uno de los túneles muere en una sala redonda y honda, vaciada a pico hace vidas, con las paredes marcadas por el nivel donde llegó el agua cuando el sitio todavía guardaba agua. Está lejos de los nichos, lejos de la fogata, lejos de todo. No hay tendederos ni ollas ni gente. Solo piedra, eco, y en el centro una vieja columna partida, gruesa como tres hombres, que sostuvo el techo cuando el techo pesaba.
Ilo baja despacio, apoyado en Marco para los últimos escalones. Liria viene detrás, callada, con el ovillo bajo el brazo como siempre, aunque hoy no teje. Y contra la pared, quietos, dos de los que no laten: dos hombres de cara vacía, parados a un lado de la entrada como puntales.
—¿Ellos para qué? —pregunta Marco, y no le gusta el hueco que oye donde deberían latir.
—Por si sale mal —dice Liria, sin dramatismo, como quien deja un balde de agua cerca del fuego—. No te van a tocar a menos que se te vaya de las manos y no puedas pararlo. —Le sostiene la mirada—. No se te va a ir. Pero se ponen igual. Ilo insistió.
El viejo ya está sentado en una piedra, recuperando el aire, palmeándose el pecho.
—Este sitio —dice, cuando puede— lo escogí yo. ¿Sabes por qué aquí y no en cualquier lado?
Marco niega.
—Porque aquí puedes hacer todo el ruido de tu clase que quieras, y nadie de arriba lo va a oír. —Ilo señala con el mentón hacia el techo, hacia toda Veldar dormida sobre ellos—. Ahí arriba, muchacho, hay ojos que tú no ves. La luz azul de los faroles, las cosas que se paran en las esquinas y miran sin cara. No miran como la gente. Miran el Pulso. Y lo que tú haces —arrancar, soltar, mover lo que las cosas son— para esos ojos es un grito. Suelta tu explosión en una calle de Veldar y no sé qué te caería encima, pero sé que sería peor que la aguja. —Da un golpecito en la piedra—. Aquí abajo, no. El Rescoldo está en un hueco que esa luz no alcanza; por eso existe, por eso dura. Es el único rincón de Milion donde tu ruido se queda en casa. Aprovéchalo. No vas a tener muchos.
Marco mira alrededor la sala honda con otros ojos. Un refugio dentro del refugio. El único sitio del mundo, quizá, donde puede ser lo que es en voz alta.
—Bien. —Ilo se acomoda—. Ponte frente a la columna. A esa piedra le da igual todo; lleva mil años ahí y aguantará tu berrinche. Vas a soltar la explosión contra ella.
Marco se para frente a la columna partida. De cerca es enorme. Respira. Cierra los ojos y busca el cuarto detrás del esternón, que a estas alturas encuentra sin tantear, como quien mete la mano en un bolsillo conocido. Y ahí está, como siempre: la tormenta. Ocho meses de sentirla golpear. Una masa densa, caliente, apretada, que no es fuego pero fue arrancada del fuego, y que empuja contra la puerta con una paciencia que da más miedo que si forcejeara.
—La siento —dice.
—Claro que la sientes. Llevas ocho meses sentándote contra ella. —La voz de Ilo le llega tranquila desde atrás—. Ahora escúchame bien, porque esto no te lo puedo hacer yo; esto lo haces solo o no lo hace nadie. No la empujes hacia afuera. No se saca a empujones; empujar es lo que has hecho todo este tiempo y por eso no se mueve. Lo que trancaste con miedo se abre con lo contrario del miedo. —Una pausa—. Deja de aguantar la puerta.
—¿Que la suelte.
—Que dejes de aguantarla. Que quites la espalda. Un hombre asustado cree que su fuerza está en apretar; casi siempre está en soltar. Llevas todos estos meses gastando todo lo que tienes en que esa puerta no se abra. Deja de gastarlo. Suéltate tú, y ella se va sola.
Marco traga. Todo su cuerpo, todo lo que aprendió en Milion, le grita lo contrario: aguanta, tranca, guarda, no gastes, no te quedes sin nada. Meses de instinto apretado en un solo nudo. Y del otro lado, la voz del viejo, terca y lenta como su tambor: suelta.
Afloja.
No del todo, la primera vez. Cede un dedo la espalda contra la puerta, con los dientes apretados, y la tormenta se cuela por la rendija —una sentimiento de nada ardiente que le sube por el pecho, por el brazo, buscando salida— y a Marco le entra un pánico viejo, animal, el de la primera noche cuando esto le reventó en las manos sin permiso, y vuelve a apretar. La rendija se cierra. La tormenta queda atrás, golpeando, burlona.
—Otra vez —dice Ilo, sin reproche—. Ya la moviste. La sentí desde aquí. Otra vez, y esta vez no te asustes de tu propia mano. No te va a matar lo tuyo. A ti lo tuyo nunca te ha matado; siempre te ha salvado, aunque no te hayas dado cuenta. La explosión te sacó de la primera noche. El frío te sacó del carbón. La dureza te sacó de la pelea. —Su voz baja, casi dulce dentro de lo áspero—. Deja de tratar tu don como al enemigo, muchacho. Es lo único que te ha sido fiel en este mundo.
Algo en esa frase le desarma a Marco el nudo mejor que cualquier instrucción. No es que el viejo tenga los detalles en su sitio, y Marco lo nota, porque Marco nota esas cosas: no fue el frío el que lo salvó del carbón, fue el calor de unas brasas moribundas; y la explosión de la primera noche no lo salvó de nada, se le metió dentro como un terror sin permiso. Pero corregir al viejo sería perder el punto, y el punto, por debajo de las cuentas mal echadas, se sostiene entero. Se pasó todo este tiempo temiéndole a la única cosa que nunca lo traicionó. Y por debajo del pensamiento, muy hondo, le llega algo que no reconoce del todo como suyo: una especie de asentimiento, como si por una vez algo en él le diera la razón. Es cierto que este cuerpo lo ha sacado vivo de golpes que debieron dejarlo en el sitio, más de una vez, sin que él supiera bien cómo. Lo achaca al cansancio, o a su propia cabeza, que a estas horas dice cualquier cosa. No se detiene en ello.
Cierra los ojos. Encuentra la puerta. Encuentra a la tormenta esperando.
Y quita la espalda.
Entera, esta vez. Suelta el nudo de ocho meses de una sola vez, como quien abre la mano sobre un abismo y deja caer lo que tanto le costó agarrar.
La puerta no se abre. Estalla.
Lo que sale de Marco no tiene color, ni llama, ni forma. Es el puro hecho de reventar, arrancado a una explosión hace media vida y guardado en la oscuridad de un pecho, saliendo por fin a cobrarse el encierro. Le pasa por dentro como un río que rompe un dique, tan rápido que no duele hasta después, y lo abandona por las palmas abiertas en una onda que no se ve pero que curva el aire.
La columna partida, la piedra a la que le daba igual todo, la que llevaba mil años ahí, se parte de nuevo. Un tramo del grosor de tres hombres se descuelga con un crujido hondo, seco, enorme, y se desploma en pedazos que rebotan por la sala redonda mientras el eco del reventón le da la vuelta a las paredes tres veces antes de morir. Una nube de polvo de piedra sube hasta el techo. Un cascote rueda hasta detenerse contra el pie de un quieto, que no se inmuta.
Marco cae de rodillas.
No de dolor. De vacío. El cuarto detrás de su esternón, que durante ocho meses cargó una tormenta, está de golpe una habitación menos llena, y la ausencia se siente física, como cuando se pierde un diente y la lengua vuelve una y otra vez al hueco tibio. Se lleva la mano al pecho. Jadea. Le zumban los oídos —los de verdad— y le tiembla todo, y por las mejillas le corre algo que tarda en reconocer como lágrimas, y que no sabría decir si son de alivio, de miedo, o simplemente el cuerpo desaguándose de todo ese tiempo de aguantar.
La sala se asienta. El polvo baja. Queda el olor a piedra rota y el silencio hondo de después.
Detrás de él, muy quieto, oye a Ilo soltar el aire.
—Ahí está —dice el viejo, y le tiembla un poco la voz de viejo—. Ahí está la puerta, muchacho. Abierta. Fea, de un manotazo, sin gracia ninguna. Pero abierta. —Una pausa—. Y ya sabes por dónde.
Marco mira los escombros de la columna a través de las lágrimas. Piensa, absurdamente, en la primera noche: en Bhastiodon reventando la calle, en el terror puro de sentir eso metérsele dentro sin pedirlo. Acaba de devolverlo al mundo. Por su propia mano, cuando quiso, hacia donde apuntó.
Liria se ha acercado. Se agacha a su lado, y por una vez no sonríe esa sonrisa suya que no tranquiliza. Lo mira con algo más serio, más limpio.
—Lo cargaste ocho meses —dice, bajito—. ¿Cómo se siente soltarlo?
Marco encuentra la voz con trabajo. Mira el hueco en su pecho, el hueco donde estuvo su única fortuna, y después mira la columna partida, que es lo que esa fortuna pudo hacer el día que se atrevió a gastarla.
—Vacío —dice—. Y liviano. —Traga—. No sabía que eran la misma cosa.
Ilo, atrás, se ríe por lo bajo: una risa seca, corta, de papel viejo. Después se pone serio, y cuando habla ya no le tiembla la voz; es la del hombre que midió a miles y sabe leer lo que acaba de ver.
—Ahora mírate bien, que esto era la mitad de la lección. —Se apoya en la piedra para señalarlo con el mentón—. Una sola vez. Un tiro. Y estás de rodillas, vaciado, llorando en el polvo, y ese cuarto va a seguir hueco meses hasta que la suerte te cruce con otro poder de ese tipo, si te cruza. Eso —cabecea hacia la columna rota— es lo más grande que tienes, y lo acabas de gastar entero de un golpe. Un arma que se usa una vez cada media vida no es un arma, muchacho. Es un milagro. Y con milagros no se defiende un hombre; se defiende con lo que puede hacer cualquier martes. —Se recuesta—. Por eso te traje aquí abajo a romper una columna: no para que aprendas a pelear con esto. Para que sientas en el cuerpo lo caro que es, y lo poco que dura, y dejes de creer que ahí guardabas tu salvación. Tu salvación no está en el pecho. Está en la oreja. De aquí en adelante, lo tuyo son las Artes: oír, esconderte, ver venir. Esto —la columna— déjalo para el día que no te quede otra.
Marco asiente despacio, todavía de rodillas, mirando el hueco de su pecho y los escombros por igual.
—Y anota esto también, que es lo otro que enseña el polvo y no lo enseña el tambor. —Ilo lo dice como una sentencia, como algo que Marco va a tener que aprender muchas veces antes de creérselo—: Todo lo que de veras sirve, muchacho, pesa mientras lo guardas y libera cuando lo sueltas.