Marco vuelve al día siguiente. Y al otro. Y al otro.
Se le hace, sin darse cuenta, la primera rutina de Milion que no es una jaula. En Start Base la rutina fue esconderse; en Veldar, la rutina fue mentir. Aquí abajo, donde no hay sol que marque la mañana, la mañana es el pan de Bruno y el olor a papel mojado del tercer túnel, y Marco la espera como no recuerda haber esperado nada bueno.
El viejo lo hace oír.
Es lento, terco y gastado, igual que su tambor. Primero es solo Ilo, a dos pasos, hasta que oírlo deja de costar la jaqueca entera y pasa a costar apenas media. Después Ilo se levanta —le cuesta, cruje entero— y se aleja un paso cada tantos días, y Marco tiene que estirar la oreja de adentro un poco más, y un poco más, y cada palmo nuevo se paga con la misma púa fría detrás de los ojos. Al cabo de una semana lo oye cruzar el rincón entero. Ilo lo llama “ganar cuerda”: como el ciego que va soltando el bastón un dedo más allá, tanteando, sin fiarse.
—No corras —le repite, cuando Marco quiere estirarse de golpe hasta el fondo del túnel y se gana un mareo que casi lo tumba—. La cuerda que ganas rápido se te rompe cuando la necesitas. Se gana como se gana todo lo que sirve. De a poco, y doliendo.
Marco lo mira raro la primera vez que lo dice. Es, palabra por palabra, la manera en que él ha aprendido a hacerlo todo desde que llegó a este mundo. Se pregunta si el viejo lo sabe, y decide que sí, que un hombre que midió a miles sabe leer también cómo aprende el que tiene delante.
Con la cuerda ganada, empieza a oír la cueva.
No es una cosa, es un mar. La primera vez que lo suelta de verdad —una tarde, sentado al borde de la sala grande, sin buscarlo— casi se marea de lo lleno que está el aire. Cincuenta Pulsos, cada uno con su paso. El de Bruno es hondo y parejo como su horno. El de la partera va rápido, saltarín. El del viejo soldado se apaga y se aviva mientras dormita, peleando batallas que ya perdió. Los niños son puro repique, imposibles de seguir.
Marco descubre que puede reconocer a la gente sin verla, por cómo late, como quien reconoce pasos en un pasillo, y la idea le da al principio un vértigo y después, cuando se acostumbra, algo caliente en el pecho que tarda en identificar y que resulta ser, nada menos, compañía. Nunca en Milion se había sentido tan poco solo. Es cruel que le llegue así, oyendo latir a gente que no lo sabe.
Y hay, contra la pared, el sitio donde el mar se corta.
La fila de quietos no late.
Marco lo comprueba una madrugada, a propósito, porque lo venía esquivando. Estira la oreja de adentro hacia ellos y no encuentra nada: el mismo hueco liso que, sospecha, encuentra la gente cuando lo busca a él. Treinta silencios con forma de hombre, de cara a la piedra. Igual que el suyo.
Se queda ahí, con el frío subiéndole por la espalda, oyendo cómo no suenan, y por fin se atreve a pensar la frase entera que llevaba semanas rondándolo sin dejarla entrar: si el mundo me oye tan poco como los oye a ellos, ¿qué tan lejos estoy yo de esa fila?
No se lo pregunta a Ilo. Hay preguntas que uno no hace hasta estar listo para la respuesta, y esa todavía le queda grande.
Le pregunta otras.
Porque el viejo, resulta, cuando no está haciéndolo sudar con el tambor, habla. Habla como bebe agua un hombre que pasó sed: de golpe, mucho, con años de callar detrás. Y Marco, que ha vivido de juntar retazos de mundo, lo ordeña con cuidado. Así, de a migas entre lección y lección, va entendiendo por fin el motor de la cosa que lleva ocho meses cargando en el pecho sin manual.
—Lo que tú haces —le dice Ilo una mañana, después de verlo fallar tres veces seguidas— no lo hace casi nadie, y por eso yo no debería estar enseñándotelo, porque no sé hacerlo; sé mirarlo. Pero de mirar, sé bastante. —Se limpia los dedos en la manta, dejándola peor—. La mayoría de la gente tiene el Pulso y una sola cosa que sabe hacer con él. Una. De nacimiento. Una manera torcida y única de doblar el mundo, que es suya y de nadie más. Aquí lo llaman de mil formas; yo lo llamo la moneda de cada uno, porque es lo que tienes para pagarle al mundo cuando el mundo te cobra.
—Una moneda —repite Marco.
—Y toda moneda tiene dos caras. —Ilo levanta un viejo disco de cobre de entre su desorden, gastado, y se lo muestra por los dos lados—. Esto es lo que casi nadie entiende, y lo que mata a los que creen que ya se saben fuertes. Tu don no es una cosa. Es una cosa y su reverso. El que quema, si aprende hondo, hiela. El que empuja, jala. Y ojo —gira el disco—, que el reverso no tiene por qué ser el lado bueno. He medido gente que nació en la cara fea de su propia moneda y se pasó la vida creyéndose maldita, sin saber que del otro lado la esperaba un milagro. Y al revés: dones preciosos con un dorso que es una tumba. —Deja el cobre—. Tú tuviste suerte, muchacho, aunque todavía no lo sepas. No todos.
—¿Y cuál es mi moneda? —Marco se lo pregunta con una cautela vieja. Ha vivido tanto tiempo sin nombre para lo suyo que ponerle uno le da casi miedo, como si nombrarlo lo hiciera más real y por lo tanto más peligroso.
Ilo lo mira largo.
—A ver. Cuéntame otra vez qué guardas ahí. —Le señala el pecho con el mentón.
Marco lo ha contado ya, a pedazos, en estos días. Lo cuenta entero. El cuarto caliente detrás del esternón. Las formas que ha ido metiendo ahí: la explosión que le arrancó sin querer al hombre de la primera noche; dos astillas de frío, una de un carbón y otra de un río; una pizca de la dureza de una piedra. Cómo mete y cómo saca. Cómo lo que saca se gasta y no vuelve. Cómo cada hebra le cuesta la jaqueca. Y, porque Marco cuenta todo, cuánto lleva cargándolo: ocho meses, contados uno a uno.
—Ahí está tu error, y es hermoso —dice Ilo cuando termina, y de nuevo le brilla el ojo de registrador—. Tú crees que guardas cosas. La explosión, el frío, la dureza. Cosas. —Niega—. No guardas cosas, muchacho. Ninguna cosa cabe en un pecho. Guardas lo que la cosa era. La idea de estallar. La idea de enfriar. La idea de ser duro. Le arrancas a algo lo que lo hace ser lo que es, lo dejas hueco —como te dejan a ti— y te lo llevas puro, sin la cosa encima. Por eso cuando sueltes la explosión no saldrán las llamas. Sale el estallar a secas. La fuerza, el reventón, el calor, sin fuego que los vista. —Se recuesta, satisfecho de su propio hallazgo—. Guardas conceptos. Eres un ladrón de lo que las cosas son. En cuarenta años no medí a nadie que hiciera eso. A nadie.
Marco se queda muy quieto. Es lo más cerca que ha estado nunca de entenderse. Y por debajo del asombro le sube, fría, la vieja incomodidad de Start Base, la de las brasas que dejó “muertas, como si les hubiera robado el alma”: si su don es arrancarle a las cosas lo que son y dejarlas huecas, entonces su don, hecho y derecho, es hacer agujeros. Como el que él mismo es. El mundo lo dejó hueco y él aprendió a dejar hueco al mundo. No sabe si eso lo consuela o lo asusta más.
—¿Y las dos caras? —pregunta, para no quedarse en ese pensamiento—. Si arrancar es una cara. ¿Cuál es el reverso?
Ilo lo mira un momento antes de contestar.
—Poner —dice—. Lo contrario de arrancar: si una cara vacía, la otra llena; si una guarda, la otra suelta. Y esa mitad la empezamos mañana, porque de nada sirve juntar una tormenta en el pecho si no sabes descargarla. —Entonces sonríe con toda la boca, y no es una sonrisa bonita; es la de un hombre viejo que huele un abismo y le encanta, y se le borra de golpe—. Pero óyeme una sola cosa por hoy. Una cosa es soltarla al aire, contra una pared; otra muy distinta, metérsela a algo que respira: a ti, o a otro. Algo tan grande como lo que cargas, metido en carne, te mataría, y de eso no hablamos todavía. Ya bastante tienes con aprender a usar la puerta.
—¿Usar la puerta?
—La del cuarto. —Ilo da unos golpecitos en su propio pecho, sobre el corazón, como el primer día—. Tú metes cosas ahí bastante bien; torpe, doliendo, pero las metes. Sacar frío para no morirte de frío, eso también lo hiciste. Lo pequeño te sale. —Lo apunta con el dedo manchado—. Pero cargas, algo grande. La explosión. Ocho meses guardándola. Y en ocho meses no la soltaste ni una vez, ni cuando te agarraron. La tienes ahí adentro golpeando la puerta, y tú del otro lado, con la espalda contra ella, aguantando.
Marco no dice nada. Es exacto. La noche de la pensión quiso soltarla y fue como tirar de una campana con las manos atadas: la sentía, enorme, y no encontró de dónde jalar.
—¿Por qué no puedo? —pregunta, y le sale más bajo de lo que quería—. La siento. Sé que está. No sé abrir.
—Porque la metiste ahí muerto de miedo, sin mirarla, de un manotazo, para que no te reventara en la cara. —Ilo lo dice sin dureza, casi con lástima—. Guardaste una tormenta con los ojos cerrados y trancaste la puerta y rezaste. Y una puerta que trancaste rezando no sabes cómo se abre, porque nunca supiste bien cómo la cerraste. —Se encoge de hombros—. Se puede aprender. No es difícil de entender. Es difícil de hacer, porque hay que hacerlo con la tormenta despierta y la mano firme, y a ti te tiembla la mano cada vez que se acerca a lo grande. —Lo mira—. Mañana la abrimos.
A Marco se le seca la boca.
—¿Y si no sé pararla? Si abro y no la puedo cerrar.
—No la vas a poder cerrar. —Ilo lo dice tranquilo, como quien informa del clima—. Eso es lo primero que tienes que meterte en la cabeza antes de mañana, y por eso te lo digo hoy, para que lo pienses toda la noche y no te agarre por sorpresa. Lo que sueltes, se suelta. La explosión que cargas es una sola; el día que abras esa puerta, se va, y no la recuperas a menos que le arranques otra. —Se inclina—. Llevas ocho meses siendo el hombre más pobre de Milion, muchacho: uno que tiene una fortuna en el pecho y se muere de hambre antes que gastarla, por miedo a quedarse sin ella. Mañana vas a gastar tu única moneda grande. A propósito. Mirándola irse.
Se recuesta contra la piedra, pero no cierra los ojos; todavía no da la clase por terminada.
—Y ahora óyeme bien lo que sigue, que es lo que importa. —La voz se le pone seca, de maestro y no de registrador—. ¿Por qué crees que gastamos las mañanas en el tambor y no en el pecho? Porque eso que guardas ahí es una moneda grande y una sola: cara, difícil, de un tiro. La sueltas hoy y a esperar meses a que se cruce otra bestia que valga la pena. Con eso no se vive, muchacho; con eso se sobrevive un martes con suerte. Ocho meses tuviste tu arma grande cargada y no te sirvió ni una vez, porque no supiste dispararla, y aunque hubieras sabido, era un tiro. —Da un golpecito en la manta—. Oír, en cambio, se hace todos los días y no se acaba. Una es tu golpe de suerte; la otra es tu oficio. Mañana te enseño lo cara que sale la primera, para que aprendas con el cuerpo a no colgar la vida de ella. Y después seguimos con la segunda, que es la que de verdad te va a sacar vivo de este mundo. —Ahora sí cierra los ojos—. Anda. Come sentado. Piénsalo.
Marco sale al túnel. La cueva late alrededor, ese mar de Pulsos que ya distingue uno por uno, y él camina entre ellos con la cabeza doliéndole y una tormenta de ocho meses golpeando bajito una puerta que mañana, por fin, va a aprender a abrir.
Esa noche no come sentado. Se le olvida comer.