Capítulo 32

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La primera vez que Marco ve a Ilo, piensa que se equivocó de túnel.

El tercero a la izquierda, el que huele a papel mojado, no termina en un cuarto sino en un desorden: pilas de hojas atadas con cordel, tablillas cubiertas de números, frascos de tinta seca, un ábaco al que le faltan cuentas, ruedas dentadas de cobre que alguna vez midieron algo y ahora solo juntan verdín.

En medio de todo eso, sentado en un banco bajo con una manta sobre las piernas, hay un viejo tan flaco que parece uno de sus propios papeles: de tanto doblarse encima de ellos, se quedó doblado. Tiene los dedos manchados de tinta hasta el segundo nudillo y los ojos de un hombre que lleva demasiado tiempo mirando cosas pequeñas de muy cerca.

No levanta la vista cuando Marco entra.

—Llegas tarde —dice.

Marco se queda en el umbral. Vino directo del desayuno, sin demorarse; el pan de Bruno todavía le calienta el estómago.

—Liria dijo que después del desayuno.

—El desayuno de los demás terminó hace rato. Tú comiste como come el que espera que le quiten el plato. —Ahora sí lo mira, de arriba abajo, una sola pasada, como quien lee un renglón—. De pie, rápido, con un ojo en la salida. Eso no es hambre, muchacho. Es un hombre que nunca aprendió a estar seguro en ningún sitio. —Vuelve a sus papeles—. Siéntate. Ahí no. En el suelo, donde te vea la cara.

Marco se sienta en el suelo de piedra. Aprendió a obedecer a los viejos raros; casi siempre saben algo que a uno le falta.

Durante un rato largo, Ilo no le hace caso. Pasa hojas, apunta un número, tacha otro, murmura para sí en un idioma de cifras. Marco espera. Es bueno esperando; media vida en Milion ha sido esperar —el turno, la olla, la noche, el golpe—. Pero justo cuando cree que ha entendido la prueba, que se trata de aguantar sin quejarse, el viejo habla sin levantar la cabeza.

—Sabes por qué te trajeron.

No es una pregunta. Marco contesta igual.

—Porque no marco nada. Porque la máquina no me lee.

—Eso es lo que sabes tú. —Ilo deja la pluma—. Yo pasé cuarenta años en la Casa de Medida de Doreth. ¿Sabes lo que es eso? No. Claro que no. Es el sitio donde se aprende a leer a la gente como yo leo esta hoja: cuánto pesa un hombre, cuánto rinde, cuánto le queda, qué don le tocó y hasta dónde le da. Medí a miles. Recién nacidos, viejos, soldados, soberanos. A todos les puse un número, y el número casi nunca mentía. —Se inclina hacia adelante, y por primera vez algo se le enciende detrás del cansancio—. Y un día Liria baja a mi rincón y me dice: viejo, tengo algo que no tiene número. Y yo, que ya no me levantaba ni para comer, me levanté.

Mira a Marco como se mira un problema que uno esperó toda la vida.

—Cuarenta años poniéndole cifra a todo lo que respira, y me trajeron lo único que no puedo pesar. Así que no, muchacho. No te trajeron porque la máquina no te lee. —Se recuesta—. Te trajeron porque yo quería verlo con mis propios ojos antes de morirme. Lo que guardas en el pecho no lo he medido nunca, y ya me dice más callado que la mayoría de la gente gritando.

Marco no sabe qué hacer con eso. En Milion, ser lo que nadie puede medir ha sido siempre una condena: el registro que falla, el cazador que cobra, la aguja que busca. Es la primera vez que alguien lo dice como quien habla de un tesoro y no de una plaga. Le incomoda más el tesoro. Un tesoro lo van a querer usar.

—¿Y qué es lo que ve —pregunta, con cuidado—, cuando me mira?

—Nada. —Ilo lo dice con algo parecido a la ternura—. Eso es lo bonito. Miro a cualquier persona de esta cueva y la oigo, aunque no quiera; es un ruido de fondo, como el río bajo el puente, uno deja de notarlo pero está. Te miro a ti y hay un hueco en el ruido. Un silencio con forma de hombre. —Junta las manos manchadas—. Y aquí viene lo que tú tienes al revés en la cabeza, y lo vamos a enderezar hoy antes que nada, porque si no, todo lo demás lo aprendes torcido.

Se queda callado hasta que Marco levanta la vista.

—Tú crees que tu problema es que el mundo no te ve. —Ilo niega despacio—. Tu problema es que tú no ves el mundo. No eres invisible, muchacho. Eres ciego o sordo como lo quieras ver.

Marco frunce el ceño.

—Todo lo que respira en este sitio nada en algo. Lo tienen dentro, lo respiran, lo gastan, lo producen. Es lo que la máquina cuenta, lo que la aguja busca en la sangre, lo que el Sistema te cobra cuando te mide. Tiene muchos nombres arriba; casi todos mentirosos. Nosotros, abajo, lo llamamos de la única manera honesta. —Se lleva dos dedos al pecho flaco, sobre el corazón, y da unos golpecitos suaves—. El Pulso.

La palabra le cae a Marco distinta que las otras. No sabe por qué. Es solo una palabra, y sin embargo se le acomoda en algún sitio como una pieza que llevaba floja sin que él supiera de qué mueble era.

—El Pulso —repite.

—Todos lo tienen. Todos lo oyen, algunos lo ven, más o menos, si se enseña. Un cazador bueno huele a su presa a media colina de distancia por el Pulso. Un soldado sabe cuántos hombres hay tras un muro sin ver ninguno. Es el primer sentido que se despierta y el último que se aprende a domar. —Ilo lo señala con la pluma—. Y tú andas por el mundo con ese sentido tapiado. Por eso te agarran. No porque brilles: porque caminas a ciegas entre gente que sí oye. Un sordo en un cuarto lleno de músicos. Chocas con todos y no entiendes por qué todos te esquivan.

Marco piensa en la playa. En el salón donde el registro chilló. En el vaciado de la pensión que lo miró en la oscuridad y supo, antes que él, que ahí había algo raro. Todo ese tiempo creyó que el peligro era ser visto. Nunca se le ocurrió que la mitad del peligro era no ver.

—Bien —dice Ilo, leyéndole la cara—. Ya te cayó la ficha. Odio explicar dos veces.

Se estira hacia el desorden y saca, de entre los papeles, un tambor. Es pequeño, del tamaño de un cuenco hondo, de madera oscura y parche gastado hasta ponerse casi translúcido en el centro, donde mil dedos lo han golpeado. Lo apoya sobre la manta, entre las rodillas.

—Primera lección. La única, en realidad; todo lo demás es esta con adornos. —Posa la palma abierta sobre el parche—. Oír. No con las orejas. Con eso que tienes tapiado. Vas a empezar por lo más fácil que hay, que soy yo, porque estoy viejo y gasto poco y late lento. Cierra los ojos.

Marco los cierra.

—No busques un sonido. No hay sonido. Busca… —Ilo hace una pausa, y por primera vez le cuesta una palabra; la teoría se le da mejor que enseñarla—. Busca dónde estás tú y dónde estoy yo, y el trecho de nada que hay en medio. Y espera a que ese trecho de nada deje de estar tan vacío.

Empieza a golpear el tambor. Lento. Un golpe, silencio, otro golpe. Terco, parejo, gastado, como un corazón que ya no se apura por nada.

Al principio Marco no siente más que el ridículo: un hombre sentado en el suelo de una cueva con los ojos cerrados mientras un viejo le toca un tambor. La cabeza se le va —a las ollas sin fregar, a la puerta sin tranca, a lo que Liria querrá de él, a Doru y su medicina—, y cada vez el golpe seco lo trae de vuelta. Poc. Silencio. Poc.

No pienses, se dice. Oye.

Pero no sabe cómo se hace eso, y el viejo no se lo dice, y el tambor sigue, terco, y pasa un rato que a Marco se le hace larguísimo sin que ocurra nada, salvo que empieza a distinguir, muy despacio, que el tambor y otra cosa no van del todo al mismo paso.

Hay el golpe de la madera, seco, de afuera. Y hay, o le parece que hay, otra cadencia más honda, que no viene del parche sino de más adentro del viejo, un latido debajo del latido, tan tenue que en cuanto lo nota se le escapa, como el nombre que uno tiene en la punta de la lengua.

Estira la atención hacia ahí. Es igualito a asomarse a recordar: el mismo gesto de tender la mano hacia algo que retrocede. Y le pasa lo mismo que cuando intenta recordar. El dolor le llega puntual, una púa fría clavándose detrás de los ojos, la costura vieja que une en él el poder y la memoria y que siempre cobra en la misma moneda.

Aprieta los dientes y aguanta un latido más. Dos. Y por un instante —tan corto que después no estará seguro de no haberlo inventado— el trecho de nada entre él y el viejo deja de estar vacío. Hay algo ahí. Tenue, lento, terco. Vivo.

Abre los ojos de golpe, con una mano en la sien y el aliento corto.

Ilo ha parado de tocar. Lo mira fijo, y en la cara arrugada hay una cosa que Marco no le ha visto a nadie en Milion mirándolo a él: no miedo, no cálculo, no lástima. Asombro puro, casi indecente, el asombro de un hombre viejo delante de algo que no creía que fuera a alcanzar a ver.

—¿Lo oíste —dice, muy bajo—. Aunque sea un parpadeo. Lo oíste.

—Un segundo —jadea Marco—. Menos. Y me duele la cabeza como si me la partieran.

—Claro que te duele. —Ilo suelta el aire, y con el aire se le va el asombro y vuelve el viejo seco de siempre, como si le diera vergüenza que lo hubieran pillado sintiendo—. A ti todo lo que es de tu clase te duele; naciste con la herramienta afilada del lado equivocado. Eso lo veremos otro día. —Aparta el tambor—. Hoy alcanza. Oíste el Pulso de un viejo a dos pasos, con jaqueca y todo, en una mañana. ¿Sabes cuánto tarda un niño de la Casa en llegar ahí? Estaciones. Con maestros, con comida buena, sin una púa clavándole el ojo cada vez.

Baja los hombros y cierra los ojos, de pronto agotado, como si tocar el tambor le hubiera sacado algo a él también.

—Vete. Come otra vez, come sentado esta vez, mastica como si fueras a quedarte. Y vuelve mañana después del desayuno. —Abre un ojo—. El desayuno de la gente, no el de los que esperan que les quiten el plato. Aquí abajo no te lo van a quitar, muchacho. Ve haciéndote a la idea; es más difícil de lo que parece.

Marco se levanta. Le tiembla un poco el pulso y le late la cabeza, pero por debajo del dolor hay otra cosa, una que no sabe nombrar y que se parece peligrosamente a las ganas. Durante ocho meses su rareza fue solo un agujero por donde se le escapaba la vida. Acaba de asomarse por primera vez al otro lado de ese agujero, y del otro lado, resulta, hay un mundo entero sonando que él nunca oyó.

En la puerta del túnel se detiene.

—¿Por qué me ayuda? —pregunta—. Todo el mundo cobra. Usted me acaba de decir que soy lo único que quiso ver antes de morirse. Eso también es un precio.

Ilo no abre los ojos.

—Listo el muchacho. —Una sombra de sonrisa le mueve las arrugas—. Sí. También es un precio. Pero es el mío, no el tuyo: yo pago por mirarte. Lo que tú vas a pagar todavía no lo sabe nadie, ni Liria, aunque ella crea que sí. —Cabecea hacia la salida—. Anda. Y una cosa, para que duermas pensándola. —Se queda callado un momento, buscando cómo decirlo—. Eso que guardas en el pecho, sea lo que sea, no lo he medido nunca, y ya me dice que es caro, y raro, y que no lo sabes usar. No lo has soltado ni una vez, no por lo menos bien; se nota. No se le fía la vida a una cosa así. —Abre los ojos apenas—. Pero oír, oír lo tiene todo el mundo, se enseña, y no se te gasta nunca. Eso es lo que vengo a hacer de ti: no un arma, muchacho. Un hombre que oye. Uno que siente quién viene, de qué lado, con qué paso; que se esconde de verdad; que ningún cazador vuelve a agarrar caminando a ciegas. —Cierra los ojos de nuevo—. La gente cree que defenderse es pegar más duro. No. Un sordo no se defiende con los puños: se defiende dejando de ser sordo. El que oye venir al lobo ya no es presa. Duerme.

Marco se queda un segundo más en el umbral. Después sale al túnel que huele a papel mojado, con el mundo zumbando bajito por primera vez alrededor de una cabeza que le duele, y por dentro repite la palabra nueva como quien aprieta una moneda en el bolsillo para asegurarse de que sigue ahí.

Pulso.