La cueva se apaga por partes, sin sol que lo ordene: primero las tinas, después los tendederos, al final la fogata grande, que nadie deja morir del todo.
Marco friega la última olla de la cena con el agua ya fría, las manos arrugadas hasta la muñeca, la maña vieja del puesto de Garrec metida en los dedos. Once ollas esta noche; las contó, porque cuenta todo, y porque contar mientras friega es la manera que tiene de no pensar.
La olla no es suya. El sitio junto a las tinas, en cambio, se lo ganó él, noche a noche, olla por olla, hasta que dejó de ser el nuevo que fregaba y pasó a ser, sin más, el que friega. Al principio se la querían quitar; después se la dejaron; ahora, si una noche faltara, alguien preguntaría por él antes que por el fregado.
Vuelca el agua sucia en el desagüe, cuelga el trapo donde va, y se seca las manos en el pantalón mientras el último de los que cenaban se pierde por un túnel lateral.
Queda él, las brasas, y el que no duerme.
Se sienta junto a la fogata grande con el cuenco vacío en las rodillas y el cuchillo de Bran en el cinto, donde vive. La sala enorme respira despacio a su alrededor, roja y baja. Y sin buscarlo, por la costumbre vieja de contar para no gritar, empieza a pasar revista a sus cosas ciertas: la lista que armó una noche de miedo en un prado con dos lunas, cuando el mundo se le acababa de fundar y necesitó tres clavos donde colgarse para no caerse.
Se llama Marco. Está en otro mundo. Nadie puede saber lo que es.
Y se detiene en la tercera, porque la tercera está rota.
Aquí todos saben lo que es. La mujer que manda muertos lo supo desde antes de conocerlo. El viejo al que verá mañana lo espera precisamente por eso. Los cincuenta vivos de esta cueva saben, por lo menos, que el nuevo es raro de los raros —que no marca, que no suena, que la máquina no lo lee—, y ninguno lo ha delatado, ni vendido, ni mirado con el dedo en el gatillo.
La regla que lo mantuvo entero tanto tiempo —escóndete, sé gris, sé nadie— aquí abajo no aplica. Y una regla que no aplica es peso muerto. Marco lleva media vida aprendiendo a soltar peso muerto. Le cuesta, igual, porque una regla que te salvó tantas veces no se suelta sin sentir que uno baja la guardia; pero la deja caer, a ver qué se siente andar sin ella.
Del otro lado de la fogata, el viejo que fue soldado se ha sentado a calentarse las manos, despierto por una vez, o a medias. No le pregunta a Marco qué hace levantado. No le pregunta nada. Escupe en las brasas, murmura algo sobre una guardia que terminó hace treinta años, y se queda mirando el fuego con los ojos de quien vigila un perímetro que ya no existe.
En otro tiempo Marco habría contado las salidas del túnel antes de sentarse cerca de un desconocido; ahora simplemente se queda. Ha aprendido a leer ese silencio: aquí no se pregunta de dónde viene nadie, porque todos vienen del mismo sitio —de más arriba, de haber sobrado— y el camino de bajada duele igual contado que callado. Nadie ahí abajo le ha pedido nunca su historia; ni siquiera Liria, que sabe la mitad.
Al rato el viejo saca del bolsillo un pedazo de pan duro, lo parte con las dos manos y le alarga la mitad sin mirarlo. Marco la recibe. Comen así, callados, cada uno con su fuego. Es lo más parecido a pertenecer que recuerda haber sentido, y le llega justo la noche en que descubre que su vieja lista ya no le sirve.
Así que hace lo que hizo aquella primera noche en el prado, lo que hace siempre que el mundo se le vuelve a fundar: una lista nueva.
Lo primero, sigue llamándose Marco Lichter, y eso no se lo quitó la playa, ni el salón donde chilló el registro, ni Veldar, ni la lona de los muertos; es lo único que nació suyo y ahí sigue, terco.
Lo segundo, el mundo de arriba lo quiere borrado, gastado o vendido, y no por maldad —eso lo entendió hace tiempo— sino por cuenta, porque un agujero en el libro no se odia, se tacha, y eso no va a cambiar por sí solo.
Lo tercero, en el fondo del mundo hay un lugar donde ser nada vale algo; todavía no sabe cuánto cobra ese lugar, pero va a averiguarlo, porque todo cobra, y una cosa gratis a la que no le encuentra el reverso es solo un reverso que aún no ve.
Lo cuarto, va a aprender: qué es, y cómo se abre la puerta de ese estallido que no supo soltar cuando más lo necesitaba, y cómo se deja de ser presa —no un día, no de golpe, sino de a hebras, como todo lo suyo—.
Y lo quinto, lo raro, lo que no se habría atrevido a pensar al llegar: la puerta a casa, dijo ella, será suya el día que pueda sostenerse solo. Marco no le cree. No del todo. Pero por primera vez en Milion tiene ganas de comprobar una promesa en vez de esconderse de ella, y con eso, por ahora, alcanza.
Se queda mirando las brasas un rato largo.
Piensa en Tales, el herrero grandote que le cobró el primer desayuno de este mundo con un fuelle y una frase —el que come, trabaja— y que sin saberlo le enseñó la única economía que Marco entiende de veras.
En Noa, que le dejaba la olla al alcance sin hacerle sentir nunca la limosna, y que ahora estará repartiendo el caldo de otros como repartió el suyo. En Bran, del que no le queda más que el cuchillo, y que es bastante. En el viejo Doru y la medicina que todavía le debe, esas dos monedas que se prometió devolver y que no devolvió, y que piensa pagarle si la vida vuelve a cruzarlo por ese barrio. En Garrec, que a esta hora cree que el flaco se evaporó como se evaporan todos, y que igual le guardaría un cuenco si lo viera asomar la cara.
Gente que le fue prestando pedazos de mundo para que no se muriera, sin llevar la cuenta al dorso. Ninguno le pidió nada a cambio; y sin embargo son los únicos a los que Marco reconoce una deuda, precisamente por eso. La lista de deudas buenas: la única que sí quiere pagar algún día, la única que no pesa.
Una sombra se recorta contra la fogata. Liria se sienta al otro lado de las brasas con el ovillo bajo el brazo, aunque a esta hora ya no teje. Lo mira un momento, con algo que en cualquier otra sería ternura y en ella cuesta nombrar.
—El viejo te espera mañana, después del desayuno —dice, como quien avisa que va a llover—. Sé puntual. Ilo perdona todo menos que lo hagan esperar, y no perdona nada.
—¿Qué quiere de mí?
Liria tarda en contestar. Da vuelta el ovillo en la mano.
—Cuarenta años se los pasó midiendo gente. Poniéndole un número a lo que cada quien vale, a lo que cada quien puede. —Lo mira—. Y le llevé lo único que no tiene número. No te quiere para nada, Marco; eso sería fácil de entender, y de negociar. Te quiere para mirarte. Para saber qué eres, que no es lo mismo que querer usarte. —Se levanta, con esa economía suya de movimientos—. Duerme. Es más peligroso un viejo con curiosidad que uno con hambre: al hambre se le llena el plato y se va. La curiosidad no se llena nunca. Vas a necesitar la cabeza entera.
Y se pierde por el túnel de los muertos, a contar cabezas que ya no las tienen.
Marco se queda solo con el fuego manso. Su primera mañana en este mundo, caminando hacia un pueblo cuyo nombre no sabía, se dijo una cosa sencilla para no volverse loco: un paso a la vez. Primero, dónde estoy. Después, qué soy.
Le tomó ocho meses largos, dos nombres prestados, tres ciudades y todo lo que tenía contestar la primera pregunta. Y la respuesta no era Start Base, ni Veldar, ni el catre de ninguna pensión. Era esto: una brasa escondida debajo del mundo, llena de gente que ya no hace fila.
La segunda pregunta empieza mañana.
Deja el cuenco en la pila, se levanta, y antes de irse a su cuarto mira una última vez la sala enorme: el fuego manso, los tendederos cargados de ropa ajena, la fila de quietos de cara a la pared, el pueblo dormido de los que sobran.
Dónde estoy, ya sé, piensa. Vamos por lo otro.
Y por primera vez desde que despertó en una playa sin memoria, la segunda pregunta no le da miedo.
Le da hambre.