Capítulo 35

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Duerme catorce horas.

Nadie lo despierta. Cuando por fin sale de su nicho, tambaleándose, con la cabeza como algodón y el cuerpo molido igual que si lo hubieran apaleado, la cueva va por la mitad de su día sin horas. Bruno le pone delante un cuenco sin que lo pida, más lleno que de costumbre, y le dice, tacaño con las palabras como siempre:

—Come. Y no friegues hoy.

Marco lo mira. Que Bruno le perdone el fregado —el fregado con el que se ganó, olla por olla, un sitio— es la manera del hornero de decir algo que no diría ni bajo tortura. Que se enteraron. Que lo de anoche corrió por la cueva. Que el nuevo hizo bajar una columna de mil años y lloró de rodillas en el polvo, y que aquí abajo eso no se cuenta con burla sino con una especie de respeto callado, porque son todos gente que sabe lo que cuesta soltar lo que uno lleva agarrado con miedo.

Come. Sentado, esta vez. Masticando despacio. Se le ocurre, a media cucharada, que le está haciendo caso al viejo sin darse cuenta, y la idea le saca media sonrisa, la primera en mucho.

Pasa la tarde sin oficio, y no sabe qué hacer con ella. La orden de Bruno lo deja raro: las manos, acostumbradas a pagar deudas fregando, no encuentran en qué ocuparse, y un hombre que no está pagando algo se siente, para Marco, un hombre en deuda. Da una vuelta por los túneles. La partera cuenta cabezas al entrar a la sala grande, como siempre, y al pasar a su lado le pone una mano seca en el hombro un segundo, sin decir nada, y sigue. El curtidor, que carga pieles, le hace con la barbilla un gesto mínimo, de igual a igual, que otro día no le habría hecho. Marco lo registra todo con su manía de contar: la cueva lo trata distinto desde anoche, un grado apenas, el grado que separa al que come de la olla del que ya es de la casa. No sabría decir si le gusta o le pesa. Las dos cosas, seguramente. Casi todo, últimamente, son las dos cosas a la vez.

El cuarto detrás del esternón lo lleva presente todo el día, como se lleva presente una muela que faltó. Ahí donde había una tormenta hay ahora sitio vacío. Le quedan las cosas chicas —dos astillas de frío, una pizca de dureza—, migajas que antes le parecían un patrimonio y hoy, al lado del hueco que dejó la explosión, se ven por lo que son: calderilla. Se descubre extrañando la tormenta. No su peso: su compañía. Ocho meses sabiendo que, pasara lo que pasara, tenía en el pecho una carta grande sin jugar. Ahora la jugó, y la mesa está limpia, y la sensación no es la del que ganó sino la del que apostó y todavía no sabe si hizo bien.

Lo encuentra Ilo a media tarde, sin tambor, apoyado en un bastón que Marco no le había visto, dando su vuelta lenta por el borde de la sala grande.

—Andas con cara de pobre —le dice el viejo, mirándolo de reojo—. Ya lo sabía. Todos ponen esa cara el día después. Gastaste, y el cuerpo entero te grita que hiciste una tontería, que había que guardarla, que quién sabe cuándo vuelves a tener algo así. —Se detiene, se apoya en el bastón con las dos manos—. ¿Me equivoco?

—No —admite Marco.

—Es la voz del hombre que fuiste hasta ayer. El que junta. El que no gasta. El que se muere de hambre sentado sobre una fortuna porque gastarla lo aterra más que el hambre. —Ilo cabecea despacio—. La conozco bien esa voz, muchacho. El mundo de arriba se construyó con esa voz. ¿Sabes cómo te miden allá? Por lo que juntas y no sueltas. El que más acumula manda. Convirtieron el miedo a gastar en una religión y le pusieron un número, y con ese número reparten quién vive y quién sirve. —Escupe a un lado, sin rabia, por costumbre—. Toda tu vida en Milion te enseñaron a apretar. Anoche, por primera vez, abriste la mano a propósito. Y hoy tienes cara de pobre porque no sabes todavía que eso que sientes no es haber perdido. Es haber dejado de tener miedo. Tardan años en distinguirlo. Los que nunca lo distinguen se mueren ricos y aterrados, que es la peor manera de morirse.

Marco se queda callado, masticando la idea como masticó el pan. Piensa en el ranking, en las cifras que valen más que la gente, en Sonrisas cobrando el piso como un funcionario, en todo el mundo de arriba organizado alrededor de juntar y no soltar. Y piensa que él, sin quererlo, siempre jugó ese juego: junta nombres prestados, junta monedas en un forro, junta formas en un pecho, junta secretos, junta salidas. Un acumulador de miedo. Anoche gastó, y le duele como una herida, y el viejo le está diciendo que la herida es la puerta.

—¿Y ahora qué —pregunta—. El cuarto está medio vacío. Aprendí a abrir una puerta y lo primero que hice fue quedarme sin lo único grande que tenía.

—Ahora, lo que importa. Y no es el pecho. —Ilo da un golpecito en el suelo con el bastón—. Hasta ayer, cada vez que oías un Pulso ahí afuera, oías un peligro, y salías corriendo o te encogías a rezar. De ahora en adelante vas a oír otra cosa. Vas a oír quién viene antes de que te vea, de qué lado, con qué paso; si conviene esconderse o dejarlo pasar; cuántos hay tras un muro sin asomar la cara. Vas a oír el mundo antes de que el mundo te oiga a ti. —Lo apunta con el mentón—. Eso, muchacho, y no la tormenta que reventaste anoche, es lo que te va a sacar vivo de aquí. El que oye venir al cazador deja de ser cazado. Nada más. Con eso alcanza, y sobra. Lo demás son adornos.

Marco asiente. Pero por debajo del asentimiento, sin poder evitarlo, su cabeza hace lo que hace siempre con lo que le dan: lo dobla hacia donde a él le sirve. Oír quién viene. Sí. Y también —el pensamiento le llega solo, frío, calculado, y no lo llamó— oír qué trae. Qué guarda cada Pulso en su propio cuarto. Qué se le podría arrancar. Qué cabría en el suyo, que quedó vacío. El viejo dijo defensa, y él, sin querer, oyó otra palabra. Oyó inventario.

Se le pone la piel de gallina, y no sabe si de emoción o de asco, y sospecha que de las dos, y sospecha que esa mezcla lo va a acompañar de aquí en adelante cada vez que crezca. Ilo le abrió una puerta para que dejara de ser presa. Es él, Marco, el que ya está mirando por esa puerta con hambre de la otra cosa. La deriva no es del maestro. El viejo enseña a oír para no morir. Lo que Marco haga con ese oído es de Marco, y Marco acaba de descubrir, con un escalofrío, hacia dónde tira lo suyo cuando lo sueltan.

Deja de ser presa. Lo dijo el viejo el primer día, y Marco creyó que era una frase bonita. No lo era. Era medio plan, dicho de una vez, para que lo entendiera cuando estuviera listo: enseñarle a oír, a esconderse, a ver venir, para que nadie volviera a agarrarlo caminando a ciegas. La otra mitad —lo que haría después con las manos libres y el oído fino— esa el viejo no la dijo. Quizá porque no le tocaba a él decirla. Quizá porque ya la veía venir.

Esa noche, tarde, la cueva casi dormida, Marco se sienta al borde de la sala grande, cierra los ojos y suelta la oreja de adentro sobre el mar de Pulsos. Ya no lo marea. Los distingue uno por uno, dormidos: el horno hondo de Bruno cubierto de brasas, el repique flojo de los niños, el ir y venir del viejo soldado peleando en sueños. Compañía, oye. Inventario, oye también. Las dos cosas a la vez, en la misma gente, sin poder separarlas; y aprender a vivir con las dos a la vez es, empieza a entender, lo que de verdad le va a costar hacerse fuerte en este mundo.

Estira la oreja más lejos que nunca, hasta el fondo de los túneles, probando la cuerda ganada. Y en el borde de lo que alcanza, en un rincón apartado por donde no ha andado, encuentra algo que lo detiene.

Un Pulso muy pequeño. Muy tenue. Late lento —lentísimo, más lento que el de Ilo, más lento que el de nadie—, como el de alguien sumido en un sueño del que no tiene ninguna prisa por salir. Y alrededor de ese Pulso pequeño, el aire tiene una calidad rara que Marco no sabe nombrar: una quietud de más, una mansedumbre, como si el sueño de esa persona se derramara un poco sobre todo lo que la rodea y lo arropara.

Se queda un rato tratando de alcanzarlo mejor, y no puede; está en el mismo filo de su cuerda. Piensa, sin razón, en una nana. En una que creyó oír una vez, al borde del desmayo, en un pasillo por donde no entró nadie, y que descartó como invento de una cabeza que se apagaba.

No se lo pregunta a nadie. Todavía no. Pero antes de dormirse, en el nicho de cortina, con el cuchillo de Bran al alcance de la mano por costumbre y el cuarto del pecho liviano por primera vez en ocho meses, Marco anota ese Pulso pequeño y dormido en la lista de cosas que va a averiguar.

La segunda pregunta —qué es— empezó a contestarse hoy. Y contestándola, como le prometió el mundo desde el principio sin que él supiera oírlo, ya se está haciendo, de a hebras, otra cosa de la que fue.

Afuera, sobre toda Veldar dormida, la luz azul de los faroles sigue mirando lo que sabe mirar. Aquí abajo, en la brasa escondida donde esa luz no llega, un hombre al que la luz no puede ver aprende, despacio, a mirar él.