20 de marzo de 2137, Día 7 del viaje, Sala de Máquinas.
Me encontraba realizando una inspección rutinaria de los blindajes de los reactores cuando Julián entró. Se quedó mirando el brillo azulado de los cristales de cuarzo a través del vidrio reforzado.
—Es increíble pensar que esas rocas nos empujan a través del vacío —comentó Julián.
—No son solo rocas —respondí, pasando la mano por el panel de control—. Son cristales de cuarzo tratados con concentración de Gant tipo-C. Mi abuelo diseñó el proceso original.
—Cierto. He leído sobre él.
—Hay algo que no está en los libros de texto —murmuré, bajando la voz casi inconscientemente—. Mi abuelo tenía una teoría que el Departamento de Regulación Mundial censuró. Él creía que los cristales, al ser sometidos a la concentración de Gant, adquirían una especie de… latencia receptiva.
—¿Latencia receptiva? —Julián arqueó una ceja—. ¿Te refieres a consciencia?
—No, nada parecido. Pero él decía que el cuarzo resonaba con “frecuencias que no están en este universo”. Que si los exponías a suficiente energía, dejaban de ser baterías y empezaban a comportarse como… receptores. El Departamento de Regulación Mundial lo llamó “inestabilidad teórica” y prohibió esa línea de investigación.
—Suena a historia de fantasmas para ingenieros —soltó una carcajada Julián.
—Sí —forcé una sonrisa, aunque un escalofrío me recorrió la espalda—. Solo historias.
Julián se fue. Yo me quedé un momento más frente al vidrio reforzado, mirando el brillo azul de los cristales.
Y entonces lo noté.
El zumbido del reactor —ese ruido de fondo constante que llevaba siete días escuchando sin escuchar— había bajado de tono. Apenas un semitono, igual que en la base, frente a la estación Astrea. Me quedé inmóvil. El indicador de frecuencia de salida estaba perfectamente nominal. Nada en los sensores registraba un cambio. Y aun así, mi oído insistía en que el cristal cantaba un poco más grave que ayer.
Puse la palma sobre el vidrio. Por un segundo me pareció que el zumbido del cristal bajaba de tono —un semitono más grave, el mismo que había creído oír en el fabricador—, y que el frío del vidrio me vibraba en los dientes, como un diapasón demasiado cerca del hueso. Parpadeé. El sonido volvió a ser el de siempre.
Saqué la tableta.
—Meltis, registro de frecuencia de los cuatro reactores, últimas setenta y dos horas. Busca desviaciones de tono o patrones de pulso no atribuibles a la regulación de carga.
—Procesando… —una pausa más larga de lo normal—. Frecuencias de salida nominales en los cuatro reactores. Pero hay algo, Adam. Detecto una micro-modulación armónica de baja amplitud en el reactor tres. Periódica. No corresponde a ningún ciclo de regulación de carga, ni a ninguna firma de fallo que tenga catalogada. No debería estar ahí.
—Será el sensor —dije en voz baja.
—Lo descarté antes de mencionártelo. La modulación aparece idéntica en los tres sensores redundantes del reactor tres. Un fallo no se replica con esa precisión en tres instrumentos independientes. Esto es real. El cristal está haciendo algo que su diseño no contempla, y lo está haciendo en compás.
Un fallo de sensor. Eso era lo que yo quería que fuera. Eso era lo que cualquier ingeniero habría querido anotar en su reporte para poder irse a dormir.
Pero Meltis acababa de quitarme esa salida. No minimizaba. No me dejaba minimizar a mí. Guardé la tableta y no escribí nada.
Los siguientes días fueron rutinarios.
La séptima antena estaba instalada y funcionando perfectamente. Había completado la calibración en seis horas y cuarenta minutos, hora y media menos que el tiempo estimado. Cumplí también con el protocolo de exteriores: ni una sola salida de casco sin Moura o Julián de pareja en la esclusa, ventana de actividad cerrada al minuto, cada apertura registrada. Wirtz lo exigía con una rigidez casi obsesiva, y por una vez no me molestó.
Estaba guardando mi equipo cuando la voz de Wirtz sonó en mi comunicador.
—Ingeniero Gant, ¿puedes confirmar el diagnóstico de interferencia que enviaste hace diez minutos?
Revisé mi tableta. Había enviado un análisis completo de patrones de interferencia electromagnética que Meltis había procesado en segundos, pero que había deliberadamente retrasado diez minutos antes de enviarlo para que pareciera humanamente posible.
Toqué el comunicador en mi casco.
—Confirmado, Capitana. Las interferencias son causadas por la proximidad a Ceres. Fluctuaciones en su campo magnético débil interactuando con los sistemas de las antenas.
—¿Cómo llegaste a esa conclusión tan rápido? Julián y yo llevamos una hora tratando de identificar la fuente usando los escáneres estándar.
Mierda. Había enviado el informe demasiado pronto de todos modos.
—Experiencia previa, Capitana —improvisé—. Vi patrones similares durante una misión en las lunas de Saturno hace dos años. Reconocí la firma electromagnética.
Hubo una pausa en la comunicación. Una pausa que duró demasiado tiempo.
—Tus informes técnicos han sido… excepcionalmente precisos en esta misión, Ingeniero. Más de lo usual. Y completaste la instalación de la antena siete hora y media antes del estimado.
—¿Es eso un problema, Capitana?
—No. Solo una observación.
Pero pude escuchar la pregunta no formulada en su voz: ¿Cómo estás haciendo esto?
—Si hay alguna preocupación sobre mi desempeño, Capitana…
—No hay preocupación sobre tu desempeño, Gant. Al contrario. Tu eficiencia es… impresionante. Wirtz fuera.
La comunicación se cortó.
Me quedé flotando cerca de la antena recién instalada, mirando las estrellas del cinturón de asteroides a mi alrededor.
Wirtz había notado.
Julián había notado.
Ambos sabían que algo estaba diferente. Que estaba procesando información más rápido. Trabajando con mayor eficiencia. Mostrando capacidades que, aunque no imposibles, estaban en el límite superior de lo humanamente normal.
Y solo habíamos instalado siete antenas de doce.
Todavía faltaban cinco días de viaje hacia la coordenada doce. Cinco días en los que los síntomas del calibrador prototipo probablemente empeorarían. Cinco días en los que tendría que trabajar aún más duro para parecer normal.
Esa noche, de vuelta en la nave, esperé hasta que todos estuvieran en sus camarotes. Luego sellé la puerta de mi habitación, activé la supresión de audio, y saqué mi tableta.
—Meltis —susurré—, necesito que reduzcas la velocidad de tus análisis cuando otros estén monitoreando. Wirtz está empezando a notar que trabajo demasiado rápido.
—Entendido —respondió la voz de Meltis desde el NOC-930, apenas audible—. Implementando retrasos de procesamiento variable. Los análisis futuros tomarán entre setenta y ciento veinte por ciento del tiempo que tomaría a un ingeniero humano de alto nivel.
—Bien. Y necesito que introduzcas errores menores ocasionales en tus cálculos preliminares. Nada que afecte el trabajo final, pero suficiente para que parezca que estoy revisando y corrigiendo. Los humanos cometen errores. Si soy demasiado perfecto, levantará sospechas.
—Protocolo de “humanización” entendido. ¿Tasa de error aceptable?
—Tres a cinco por ciento en cálculos preliminares. Cero por ciento en trabajo final. Haz que parezca que estoy mejorando mis números conforme trabajo, no que los obtengo perfectos desde el inicio.
—Parámetros establecidos. Adam, ¿puedo hacer una observación?
—Adelante.
—El hecho de que necesites instruirme para parecer más humano sugiere que tú mismo estás teniendo dificultad manteniendo esa apariencia. Tus patrones de trabajo se están optimizando a niveles que exceden capacidades humanas normales.
—Lo sé.
—¿Es intencional?
—No —admití—. Es el calibrador. Está acelerando mi procesamiento cognitivo. Reorganizando mi cerebro. Y no puedo detenerlo.
—Recomendación: Informa al Doctor Nix. Podría haber opciones médicas.
—No. Si reporto deterioro neurológico, me sacan de la misión. Pierdo todos los Puntos de Contribución ganados. Y probablemente me prohíben usar el calibrador prototipo permanentemente.
—Entendido. Entonces el objetivo es ocultar los cambios el mayor tiempo posible.
—Exacto.
Guardé la tableta y me acosté en mi litera, pero sabía que no dormiría.
No porque no pudiera. Sino porque tenía miedo de lo que mi cerebro haría mientras dormía.
Qué ecuaciones escribiría en las paredes de mi subconsciente.
Qué patrones geométricos trazaría en la oscuridad detrás de mis párpados.
Y si cuando despertara, todavía sería completamente yo mismo.
O si algo nuevo—algo más eficiente, más optimizado, menos humano—estaría tomando control gradualmente.
Instalamos once módulos Antares en once ubicaciones diferentes. Cada instalación tomaba entre seis y nueve horas, incluyendo verificación de sistemas y pruebas de comunicación. El trabajo era técnico pero no complicado. Julián bromeaba sobre cómo esta era la misión mejor pagada en Puntos de Contribución que había tenido en años por hacer tan poco.
Pero yo no podía relajarme.
Cada noche, cuando los demás dormían, yo me quedaba despierto revisando datos. Monitoreaba mis propios biomarcadores a través de Meltis, buscando cualquier señal de las anomalías que había experimentado en misiones anteriores.
Y las encontraba.
No eran obvias. Solo pequeñas desviaciones. Mi actividad neuronal durante el sueño mostraba patrones que no debían estar ahí. Secuencias de disparo sináptico que no correspondían a ningún estado de sueño normal.
—Meltis, compara estos patrones con los registros del calibrador prototipo.
—Correlación detectada: ochenta y siete por ciento de similitud con patrones registrados después de calibraciones de nivel profundo.
—¿Qué significa eso?
—Hipótesis: Tu cerebro está procesando información en niveles que normalmente no son accesibles durante el sueño. Posible optimización cognitiva residual del perfil personalizado. Alternativa: Posible degradación neurológica progresiva enmascarada como optimización.
O ambas cosas a la vez.
No había forma de saberlo sin una evaluación completa, y eso requeriría reportar las anomalías. Lo cual no iba a hacer.
Hubo algo más esa semana, algo que no anoté en ningún reporte. Una madrugada me crucé con Moura en el corredor de comunicaciones. Estaba de pie frente a su consola, a oscuras, tarareando. Una melodía baja, repetitiva, de cuatro o cinco notas que subían y volvían a caer. No la reconocí —y reconozco casi cualquier cosa que haya pasado por los altavoces de una nave—. Le pregunté qué era.
Se sobresaltó, como si despertara.
—¿Qué cosa? —dijo.
—La canción. La que tarareabas.
Me miró sin entender. No recordaba haber tarareado nada. Se disculpó, dijo que llevaba demasiadas horas con los auriculares puestos, y se fue a su camarote.
Me quedé solo en el corredor. La melodía seguía dándome vueltas en la cabeza, completa, perfecta, como si llevara mucho tiempo ahí esperando a que alguien la cantara. Y no se me escapó que tenía la misma estructura —cuatro notas, una pausa, repetición— que el pulso del reactor tres.
Me dije que era sugestión. Que llevaba demasiados días pensando en las teorías de mi abuelo.
Me dije muchas cosas esa noche.
3 de abril de 2137, 9:40 PM, sala de descanso de la nave Novak.
Por primera vez desde el despegue, los cuatro coincidimos a la misma hora en la sala de descanso.
No fue planeado. En una nave tan pequeña uno aprende los horarios de los demás sin proponérselo, y los nuestros se habían ido separando solos, como si cada uno hubiera decidido en privado que era más fácil cenar a solas que sostener una conversación. Pero esa noche, después de la undécima antena, el azar nos juntó: Wirtz con una taza de café que no bebía, Julián con su tableta de biomarcadores apoyada contra el salero, Moura todavía con el injerto de comunicaciones parpadeando detrás de la oreja, y yo, organizando los vegetales sintetizados en círculos concéntricos sin darme cuenta de que lo hacía.
—¿Estás jugando con la comida o diseñando un circuito? —preguntó Wirtz, con una media sonrisa que no le llegó a los ojos.
Miré el plato. Órbitas. Había vuelto a dibujar órbitas. Desordené los guisantes con el tenedor antes de que Julián pudiera mirarlos demasiado tiempo.
—Solo pensando —dije.
Comimos en silencio un rato. Era la clase de silencio que se ha vuelto una habilidad: cada uno masticando con una concentración exagerada, atento a no decir lo que no se podía decir. Moura tarareaba algo muy bajo, casi inaudible, y se detuvo en seco cuando se dio cuenta. Julián soltó un chiste sobre que esta era la misión mejor pagada en Puntos de Contribución que había tenido por hacer tan poco, y los tres sonreímos en el lugar exacto donde se espera una sonrisa. Nadie se rió.
Y debajo de todo, en el hueso, el zumbido de los reactores. Para los demás era el ruido de siempre, esa nota constante que se deja de escuchar al segundo día. Para mí había bajado otra vez. Un semitono. Lo medía contra el recuerdo de cómo sonaba la nave la primera noche y ya no coincidía. Los sensores seguían marcando frecuencia nominal. Mi oído seguía insistiendo en que el cristal cantaba más grave, como si afinara hacia abajo, hacia algo.
Fue ese sonido, creo, el que me hizo hablar. La certeza física de que algo nos esperaba al final del semitono y que llevábamos semanas fingiendo que no.
—¿Cuánto tiempo más vamos a seguir fingiendo que no sabemos a dónde vamos? —dije.
No levanté la voz. Lo dejé caer sobre la mesa como se deja una herramienta, sin énfasis, y aun así el efecto fue inmediato. Julián dejó de masticar. Moura levantó la vista de su plato por primera vez en toda la cena. Y Wirtz —Wirtz puso la taza sobre la mesa con un cuidado tan deliberado que entendí que llevaba horas conteniéndose.
—Ingeniero —dijo, en tono de advertencia.
—Doce coordenadas —continué—. Once en órbitas de traslación estándar. Una a dos coma siete unidades astronómicas, a menos de quinientos mil kilómetros de una zona prohibida por tratado desde hace dieciséis años. Reactores de cuarzo en una antena de comunicaciones. Un neurólogo de trauma en una misión de instalar hardware. Sin escoltas, pero con una facción pro-militar invitada a la reunión. —Hice una pausa—. Todos en esta mesa hicimos la misma cuenta hace semanas. Lo único que no hemos hecho es decir el nombre en voz alta.
El silencio que siguió fue distinto a los anteriores. Más denso.
Vi a Moura mover los labios un instante, como si fuera a decir la palabra, y vi cómo no la dijo. Vi a Julián cerrar los ojos. Y vi lo que pasaba en sus rostros cuando el sistema de soporte emocional se activaba: esa fracción de segundo en que la expresión se aplana, las pupilas se quedan fijas, el cuerpo registra un pico de miedo y la nano-cadena lo borra antes de que llegue a la cara. Lo conocía bien. Lo sentía en mí en ese mismo momento, ese tirón frío que me alisaba el pecho cada vez que el corazón intentaba acelerarse.
Y entendí, mirándolos, lo que el sistema nos hacía. No solo nos quitaba el miedo. Nos quitaba la posibilidad de tenerlo juntos. Cada uno sentía el terror a solas, durante el segundo que tardaba la máquina en suprimirlo, y luego volvía a la mesa con la cara en blanco, sin saber que el de enfrente acababa de pasar por lo mismo. Cuatro personas asustadas, cada una convencida de estar fingiendo mejor que las otras.
—Lo dijiste —murmuró Moura. No era un reproche. Casi sonaba aliviado—. Lo dijiste de verdad.
—Alguien tenía que hacerlo.
—No. —Wirtz cortó el aire con la mano—. Nadie tenía que hacerlo. Y nadie va a repetirlo. —Bajó la voz, pero la firmeza era la de quien se aferra a un protocolo porque es lo único que le queda—. ¿Saben lo que es admitir, en un registro, frente a tres testigos, que dedujiste el destino de una misión de clasificación uno y aun así embarcaste? Eso no es miedo. Eso es insubordinación latente. Es una nota en cuatro expedientes. Es la diferencia entre que sus familias cobren una pensión de servicio o una penalización por deserción.
—Entonces es verdad —dijo Julián en voz baja.
Wirtz no respondió. No podía. Y esa fue su respuesta.
Lo entendí en ese momento, mirándola: ella sabía más que nosotros. Las instrucciones selladas que Rachel le había entregado, las que solo podía abrir después de la undécima antena —y la undécima antena la habíamos terminado esa tarde—. Wirtz cargaba la confirmación que el resto solo sospechábamos, y el mismo sistema que nos prohibía nombrar el destino le prohibía a ella decírnoslo. Estaba sentada a una mesa con tres personas que iban a morir con ella y no tenía permiso de confirmárselo. La autoridad, en este sistema, no era un privilegio. Era una mordaza con galones.
—Es Ceres —dijo Moura. Lo dijo él, al final, el único que nadie había seleccionado por ningún perfil especial, el único enviado solo a mantener los enlaces y los sistemas de a bordo—. No me miren así. Yo no tengo un cerebro modificado ni una especialidad rara. A mí me mandaron a hacer mi trabajo, y mi trabajo es saber qué hay del otro lado de cada canal que abro. —Se encogió de hombros, y había en el gesto una calma que daba más miedo que cualquier grito—. Llevo tres días oyendo algo en la estática que no es estática. Sé perfectamente a dónde vamos. Lo que no entiendo es por qué seguimos comiendo como si no.
—Porque no hay nada que hacer con saberlo —dijo Wirtz, y por primera vez su voz se quebró en el borde—. ¿Quieren que lo diga? Bien. No podemos rechazar la misión. Rechazar una clasificación uno es falta de contribución de alto valor. Es perder todo. No solo nosotros. Los nuestros. —Miró su café frío—. Yo tengo dos hijos en Europa-Norte. Cada Punto que gano en una misión como esta es un año de educación garantizada para ellos, un rango protegido, un futuro que no depende de que yo siga viva. Si deserto, lo pierden. Si muero cumpliendo, lo conservan. —Levantó la vista—. Así que no, Gant. No vamos a dejar de fingir. Fingir es lo único que nos queda que sí podemos elegir.
Nadie habló durante un largo rato.
Fue Julián, el psicólogo, quien puso nombre a lo que estábamos haciendo, porque era su oficio y porque no podía evitarlo.
—Hay un término para esto —dijo despacio—. Para una sala entera de gente que comparte una certeza y finge no compartirla. Lo estudiamos en formación, en el contexto de poblaciones bajo coerción crónica. —Soltó una risa sin humo—. Nunca pensé que lo vería en una mesa de cuatro. Todos lo sabemos. Todos sabemos que el otro lo sabe. Y aun así el primero que lo diga en voz alta carga con haberlo dicho. Así que no lo decimos. Nos protegemos del sistema fingiendo delante de los únicos que entienden.
—¿Y cómo se cura eso? —preguntó Moura.
Julián lo miró un momento.
—No se cura —dijo—. Se sobrevive. O no.
El reactor zumbó, un semitono más bajo, y esta vez juré que también Moura ladeó la cabeza, como si lo hubiera oído.
Fue Moura, otra vez, quien lo dijo. Lo dijo sin dramatismo, como quien menciona un trámite pendiente.
—Yo ya grabé el mío.
No hizo falta que explicara qué. Todos sabíamos a qué se refería. Es una de esas costumbres que nadie enseña y todos aprenden: antes de una misión de la que no se está seguro de volver, uno graba un mensaje de contingencia. La nave lo guarda sellado. Si los sensores biométricos confirman tu muerte —ausencia de señal vital sostenida, misión marcada como pérdida—, el sistema lo libera y lo envía a los contactos que designaste. No antes. Nunca antes. La ley es estricta con eso: un trabajador vivo que manda un mensaje a la Tierra consume ancho de banda, deja registro, levanta preguntas, cuesta Puntos. Un trabajador muerto ya no le cuesta nada al Departamento de Regulación Mundial. Así que el sistema, que te niega una llamada de despedida mientras respiras, te concede la última palabra solo cuando ya no puedes saber si llegó.
Es lo más cerca que nos dejan estar de decir adiós. Una carta que solo se entrega si fracasas en volver para entregarla tú mismo.
—Yo no grabé nada —dijo Julián—. Le diría a mi madre la verdad y eso la mataría antes de que la matara la noticia. —Una pausa—. Prefiero que reciba la versión oficial. Limpia.
Wirtz no dijo si había grabado el suyo. No hacía falta. Una mujer que organiza toda su vida alrededor de lo que les quedará a sus hijos cuando ella no esté había grabado ese mensaje probablemente la primera noche.
Y yo pensé en Simone. En el mensaje que había empezado a escribirle en la base y había borrado antes de enviarlo, porque preguntar costaba Puntos que no eran míos para gastar. Pensé en que, si me pasaba algo allá afuera, lo único que le llegaría de mí sería un archivo que yo ni siquiera había tenido el valor de grabar. El sistema me había estrangulado las palabras en vida y se las entregaría a ella, intactas y vacías, solo si yo desaparecía.
Decidí, en ese momento, que grabaría el mío esa noche. Y supe que no le diría a nadie que lo había hecho. Igual que ellos. Cada uno con su propio rito, a solas, fingiendo delante de los demás que no nos estábamos despidiendo.
Wirtz se puso de pie. Recogió su taza, todavía llena, y la dejó en el reciclador con un cuidado innecesario.
—Mañana revisamos los protocolos de exteriores otra vez —dijo, y su voz había vuelto a ser la de la Capitana, plana y operativa—. Quiero los trajes presurizados verificados antes de las nueve. Moura, los enlaces redundantes. Gant, el blindaje de los reactores. Descansen.
Era una orden trivial. Tareas que ya habíamos hecho. Pero todos entendimos lo que significaba en realidad. Significaba no sigan. Significaba hasta aquí. Significaba les agradezco que lo dijeran y necesito que dejen de decirlo.
La vimos salir. Después salió Julián. Después Moura, que al pasar a mi lado me apretó el hombro una sola vez, breve, y no dijo nada.
Me quedé solo en la sala de descanso, frente a un plato de vegetales vueltos a ordenar en órbitas sin que yo lo notara, escuchando el reactor cantar su semitono hacia abajo.
Cuatro sillas en torno a la mesa. Esa noche estaban las cuatro ocupadas, y por primera vez en semanas habíamos sido, durante unos minutos, cuatro personas en lugar de cuatro funciones.
No volvería a pasar.
Pero eso todavía no lo sabía.
11 de abril de 2137, 3:40 PM, puente de mando de la nave Novak.
Toqué discretamente mi tableta mientras revisaba los sistemas de navegación, escribiendo el comando: “Tiempo restante hasta coordenada 12.”
La respuesta de Meltis apareció en mi tableta: “Dos horas, diecisiete minutos hasta las coordenadas designadas. Aproximación a zona restringida de Ceres en una hora, cuarenta y dos minutos.”
Me recliné en mi asiento, observando las estrellas a través de las ventanas del puente. En algún lugar adelante, invisible todavía, estaba Ceres. El planeta enano que había sido declarado prohibido. El lugar donde siete naves habían sido destruidas.
Y nosotros íbamos directamente hacia él.
—Ingeniero Gant —la voz de la Capitana Wirtz interrumpió mis pensamientos—, tenemos un problema.
Me giré hacia su estación. En su pantalla principal, un mensaje parpadeaba en rojo:
ALERTA: Red de comunicación inestable. Interferencia de origen desconocido detectada.
—Moura —llamó Wirtz por el intercom—, ¿qué tienes en comunicaciones?
La voz de Moura llegó desde la cabina de enlace, tensa.
—Estoy perdiendo los canales de tierra uno por uno, Capitana. No es ruido normal. La interferencia entra por debajo del piso de señal, donde no debería haber nada. Estoy intentando aislarla.
Escribí el comando en mi tableta: “Identificar fuente de interferencias.”
Hubo una pausa. La pantalla de mi tableta se quedó en blanco por un momento—una pausa que no había programado en el protocolo de respuesta de Meltis.
El texto apareció finalmente: “Patrones de interferencia no están registrados en ninguna base de datos conocida. No corresponden a ninguna fuente natural o artificial documentada.”
Escribí otro comando: “¿Qué tan cerca estamos de la fuente?”
“Aproximadamente un millón ochocientos mil kilómetros. La interferencia aumenta de forma exponencial a medida que nos acercamos.”
La Capitana Wirtz y yo intercambiamos miradas, Julián entró en la sala de mando.
—¿Qué fue esa alerta? —preguntó Julián.
—Fallas en el sistema de comunicación —respondí—. Una frecuencia de origen desconocido entrando por debajo del piso de señal. Estamos perdiendo los canales de tierra.
Julián no fingió sorpresa. Ninguno de nosotros lo hizo. Después de aquella noche en la sala de descanso, ya no quedaba versión oficial a la que aferrarse; solo el silencio que habíamos acordado mantener, y ese silencio acababa de volverse insostenible.
—Entonces ya empezó —dijo en voz baja.
El puente de mando se quedó callado. Wirtz miró el último canal parpadeando en rojo en su pantalla, y algo en ella cedió: ya no había tierra que pudiera escucharnos, ni protocolo que castigara lo que dijéramos a partir de ahora. Por primera vez podía hablar sin que le costara los galones.
—Ya no importa quién lo dedujo —dijo—. Voy a decirles lo que decían las instrucciones selladas, porque a partir de este momento no hay nadie del otro lado que pueda penalizarnos por saberlo. La coordenada doce no es una antena. Nunca lo fue. Vamos a recuperar un dispositivo dejado por una misión anterior cerca de Ceres, y a evaluar qué pasó con una estación de investigación que perdió contacto hace tres meses. Ascensión-7. Oficialmente, nunca existió.
El rostro de Julián se endureció, pero asintió, casi con alivio. Saber el nombre de lo que te espera es, a su manera, una piedad.
—Búsqueda y rescate —murmuró—. O recuperación. ¿Qué hacemos?
—Sin comunicaciones será difícil, pero podemos evaluar la situación una vez lleguemos al lugar —dijo Wirtz.
Me detuve un minuto a pensar.
Esta misión seguro no seria registrada en los archivos públicos, pero si regresáramos sin nada se inventarían cualquier cosa para penalizarnos.
—Concuerdo con la capitana —Miré a Julián—, si regresamos con las manos vacías de alguna forma nos van a penalizar.
Julián miró la pantalla un momento más de lo necesario. Luego asintió
—Si llegamos a las coordenadas —continué— y encontramos al objetivo de búsqueda, podemos cumplir la misión. Si no recolectaremos pruebas y regresaremos, con suficientes datos la penalización será menor. ¿Qué opinan?
Los dos asintieron.
—Decidido —dijo Wirtz—, iremos a la doceava coordenada.
—Nos acercaremos lo suficiente para evitar la zona prohibida y evaluaremos la situación.
La voz de Moura volvió a entrar por el intercom, esta vez más baja, casi para sí mismo:
—Capitana… acabo de perder el último canal de tierra. Estamos sordos. —Una pausa—. Y hay algo raro. La interferencia tiene… estructura. Se repite. Cuatro pulsos, una pausa. Como si alguien estuviera tarareando dentro de la estática.
Sentí que la sangre se me iba de la cara. Cuatro pulsos, una pausa. El reactor tres. La melodía de Moura en el corredor.
No dije nada.
Mientras la nave continuaba su trayectoria hacia Ceres, una última transmisión llegó desde el control de misión terrestre, a duras penas, deshilachándose en estática. La voz de Rachel Mann sonó entrecortada a través de los altavoces:
—Novak-7, protocolo Sombra activado. Proceder con extrema precaución. Todas las comunicaciones con la Tierra quedarán suspendidas hasta completar la misión. Buena suerte.
La transmisión se cortó.
Y el silencio del espacio se sintió más profundo que nunca.