Después del hombre del alero, Marco empieza a verlos en todas partes.
Sabe lo que es eso, o cree saberlo: le pasó con las mesitas, le pasó con las agujas. Uno aprende a temerle a una cosa y de pronto la cosa está en cada esquina, no porque haya más, sino porque los ojos ya saben buscarla. El miedo es un maestro exagerado. Así que al principio se descuenta la mitad de lo que ve, como buen contador de su propio pánico.
El problema es que la otra mitad no se deja descontar.
La mujer del mercado de telas, parada junto a los rollos de lana con una canasta vacía colgada del brazo, la tarde entera —Marco pasa a la ida por un recado del capataz y a la vuelta, tres horas después, y la canasta sigue igual de vacía y los pies en el mismo empedrado—. El viejo frente al puesto de frutas que no compra, no regatea, no mira la fruta siquiera; mira el aire encima de la fruta, con las manos colgando. Los dos de la lluvia, una noche de encargo: parados en mitad del aguacero, separados, sin techo buscado ni apuro, mojándose con la paciencia de los postes. El cargador del muelle viejo con un fardo al hombro que no sube ni baja de ninguna barcaza: cuando Marco pasa hacia su entrega está ahí, y cuando vuelve, una hora larga después, el fardo sigue en el mismo hombro, como si el tiempo fuera cosa de los demás.
Nunca los mismos. Nunca en el mismo sitio. Nunca —y esto es lo que el cuaderno invisible subraya dos veces— siguiéndolo.
Eso es lo que no cuadra con nada de lo que la calle le enseñó. Al que te sigue se le siente el hilo: aparece detrás, guarda la distancia, comete tarde o temprano el error de doblar donde tú doblas. Estos no doblan donde él dobla. No van detrás. Están adelante, o al costado, o al fondo, quietos en el paisaje como manchas de humedad, y es él quien pasa por donde ellos están. No lo siguen, escribe el cuaderno con su tinta fría. Lo esperan.
Lo prueba, porque probar es lo único que sabe hacer con las cosas que lo asustan.
Una noche sin encargo inventa una caminata que no le debe nada a ninguna de sus rutas: barrios donde no ha trabajado nunca, calles elegidas al azar con un método que se inventa sobre la marcha —segunda a la izquierda, primera a la derecha, cruzar en cada fuente—, un recorrido que ni él mismo habría podido predecir una hora antes. Camina dos horas. No siente nada. Vuelve casi decepcionado, casi aliviado, sin saber cuál de las dos cosas pesa más.
Tres noches después le toca encargo, y el azar del recado lo lleva justamente por dos de esas calles nuevas.
En la segunda hay una figura parada bajo un balcón. Quieta. De cara a nada.
Marco pasa de largo con el paso de nadie y el corazón golpeándole las costillas como un preso golpea la puerta, y esa noche, en el catre, revisa la cuenta tres veces buscándole la falla. No la tiene. Caminó calles sin historia, calles suyas de una sola vez, y tres noches después una de ellas ya tenía su mancha de humedad esperando. O la ciudad entera está sembrada de gente rara y él recién aprende a verla —posible, se dice, posible—, o algo tomó nota de su paseo y ajustó el tablero.
Ninguna de las dos explicaciones lo deja dormir bien.
Las hipótesis viejas se le terminan de morir esa semana, una por una, con autopsia y todo. ¿Sonrisas? Los hombres de Drevo lo saludaron el día de paga con la misma sonrisa de oro de siempre, cobraron el piso y le preguntaron si seguía urgido, con esa burla de cobrador que es casi cariño; el que te tantea no te tantea así. ¿Los emboscadores del paquete? Hambre vieja: el hambre no espera semanas ni siembra estatuas; el hambre asalta. ¿El Sistema? Trajo su redada, pinchó sus dedos, llenó su cuota y se llevó su máquina a otros barrios; el Sistema no hace teatro con locos de utilería, porque no lo necesita: puede pararte en una esquina y preguntarle a tu sangre. ¿Sera? Tino se lo dijo derecho, y lo que es peor, se lo dijo con lógica: si ella lo hiciera seguir, no habría picor; habría nada.
Se queda sin sospechosos. Y un hombre con miedo y sin sospechosos hace cosas raras.
Marco empieza a mirarle el pecho a la gente.
Se descubre haciéndolo una tarde cualquiera, en la fila del pan: los ojos se le van solos al pecho del hombre de adelante, buscándole el sube-y-baja, y cuando lo encuentra —ahí está, sube y baja, respira, claro que respira— siente un alivio tan desproporcionado que le da vergüenza. Desde el alero, se le quedó eso: la certeza de que estuvo a diez pasos de un hombre y no le oyó existir. Ahora colecciona respiraciones como antes coleccionaba salidas: el panadero respira, la vieja de las velas respira, el guardia gordo de la esquina respira. Reno respira como un fuelle, gracias a todos los cielos. Y los otros, los quietos, están siempre demasiado lejos para saberlo, y Marco no ha vuelto a acercarse. El truco del mirón ya lo gastó, y no le gustó el cambio.
La deducción llega una noche de insomnio, y no llega por lista: llega por fecha.
Está tumbado haciendo lo de siempre, cuentas, y en vez de contar monedas cuenta días, y de pronto la cuenta se le para sola en algo que había tenido delante todo el tiempo: la redada. Todo esto —el picor, los quietos, el clima— empezó después de la redada. Ni una semana antes tiene registro de nada; su cuaderno invisible es bueno y él lo sabe. Después de la redada. Justo después.
Y eso está al revés.
Porque Marco vio lo que hace una redada, lo vivió desde adentro: espanta a los raros. Los escondidos se evaporaron de las pensiones en una semana; el bajo mundo anduvo un mes caminando de puntillas; hasta los borrachos gritaban menos. Una redada es una marea que barre la playa, y cuando el agua se va, la playa queda limpia y asustada. Así estaba Veldar. Y en esa playa barrida, limpia, asustada, fue exactamente cuando empezó a aparecer esta gente que no compra fruta, que no busca techo, que no dobla esquinas.
O llegaron con la marea, piensa, mirando las vigas. O la marea no los toca.
Y ahí se le seca la boca, porque la segunda opción tiene una pregunta adentro, agazapada, y la pregunta es: ¿qué clase de gente no le teme a una redada con agujas? Le teme todo el mundo. Le temen los limpios, por la fila y el pinchazo; le temen los sucios, por lo obvio; le temió él hasta vender su libertad para esquivarla. La aguja busca la sangre y la sangre no sabe mentir, todo Veldar lo sabe, es la única verdad pareja de la ciudad. Para no temerle a la aguja habría que no tener nada que la aguja pueda…
El pensamiento llega hasta ahí y se niega a dar el paso siguiente. No porque no pueda: porque el paso siguiente no está en ningún estante de su mundo. Marco se queda con la respuesta delante, entera, servida, y no la ve, como no se ve el propio ojo. Los muertos no son una hipótesis para un hombre cuerdo. Son cuentos de camino, como los devueltos del primo de Reno, como el granero quemado. Y Marco, que ha visto fuego detenido en el aire y máquinas que escupen su sangre, se considera todavía, tercamente, un hombre cuerdo.
Tantea, eso sí. Con el cuidado del que tantea un diente flojo.
—¿Tú has visto gente… demasiado quieta? —le suelta a Tino, un mediodía, en el tono de quien comenta el clima—. Por las calles. De noche. Gente que se queda parada mirando nada.
Tino no levanta la vista del plato, pero mastica dos veces más lento, y eso, en Tino, es un discurso.
—En este oficio uno aprende a no ver, fantasma —dice al fin—. Es la primera regla y la única gratis. Te la recomiendo.
Y a Garrec ni le pregunta, porque a Garrec no se le pregunta: se le lava platos cerca y se espera. Pero el manco lo mira una de esas mañanas por encima del caldero, más largo que de costumbre, y suelta su moneda sin que nadie se la pida:
—Andas durmiendo mal otra vez. Se te nota en cómo agarras los platos. —Revuelve, gruñe—. Come más. Las deudas se pagan mejor vivo, flaco. Todas.
El único descanso sigue siendo el río, y Marco lo ordeña.
Va todas las mañanas libres, y alguna madrugada robada también, y en la orilla, donde el clima no llega, la bola de nieve engorda de a gramos. Cinco pizcas de dureza ya, contadas como monedas. Y una mañana helada de niebla, con el agua del rio cortando como cuchillo, se le ocurre la idea nueva: se arrodilla, mete la mano en la corriente hasta que los huesos le duelen, y afloja de ahí, del agua misma, una hebra de frío. Sale mansa, más mansa que la del carbón de hace media vida, y se acomoda en el cuarto del pecho junto a la vieja. Dos astillas de frío ahora. La segunda no la sacó de la desesperación, como aquella noche del camino: la sacó de una pregunta. Porque mientras la guardaba pensó, con una frialdad que lo asustó un poco de sí mismo: el calor en la sangre me salvó la vida una vez. ¿Qué le hará el frío, cosido de golpe, al cuello de un hombre que me esté apretando el mío?
No lo prueba con nada vivo. No se atreve, y no hay con qué, y una parte de él da gracias por las dos cosas. Pero guarda la idea junto a la astilla, afilada y lista, y camina de vuelta a la ciudad sabiendo que acaba de pasar otra frontera chiquita de esas que no tienen vuelta: ya no junta hebras solo para no morirse de frío. Ya piensa en ellas como se piensa en un cuchillo.
Y entonces, cuando ya duerme con el cuchillo de Bran bajo la almohada y el cuaderno invisible lleno, cuando ya tiene el mapa de manchas de humedad de media Veldar y una pregunta sin fondo esperándolo cada noche en el techo del catre…
se acaba.
De un día para otro. Sin despedida, igual que empezó. Un encargo limpio, sin picor. Otro. Una semana entera. Marco no baja la guardia —la primera semana no—, y camina sus rutas con la nuca abierta esperando el clima, y el clima no vuelve. La mujer de la canasta no está en el mercado de telas. El cargador del fardo no está en el muelle viejo. Las calles se van quedando pobladas solo de gente que respira, que compra fruta, que se moja mal en la lluvia, que dobla las esquinas por algo.
La segunda semana, la guardia se le afloja sola, como se afloja un puño que ya duele de apretar. La tercera, se descubre una noche volviendo de una entrega con la cabeza en otra cosa —en el precio de la lana, porque el invierno viene y la capa del muerto ya pide remiendo—, y cae en cuenta de que no escuchó la calle en todo el camino, y de que no pasó nada.
Y la explicación humana, paciente, que llevaba semanas esperándolo en la puerta como un vendedor, por fin consigue entrar y sentarse: eran los nervios. La semana de las listas, el miedo con intereses, la ciudad llena de locos que siempre estuvo llena. Los raros se cansaron, o se fueron, o nunca fueron tantos como sus ojos asustados contaron. Veldar es grande. La gente rara pasa, como pasan las fiebres.
Marco no se lo cree entero —no se cree nada entero, ya no sabe—, pero se lo cree lo suficiente, que es como se creen las cosas que uno necesita creer. Duerme corrido por primera vez en un mes. Cuenta sus monedas para las deudas buenas. Va al río, junta su hebra, vuelve silbando bajito una canción que no sabe de dónde se sabe.
Quizá, piensa una de esas noches mansas, con el farol azul ardiendo fiel al fondo de la calle, quizá la ciudad por fin se olvidó de él.
Nunca ha estado tan cerca de la verdad, ni tan lejos.
Porque hay una sola cosa en Milion que se olvida de un hombre de un día para otro, completa, sin dejar ni el picor: la que ya terminó de decidir sobre él.