Capítulo 23

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La mirada vuelve nueve días después, en otro encargo, y esta vez Marco no la deja pasar.

Es el mismo picor sin sabor, la misma presencia tranquila que no pesa ni calcula ni elige, y llega igual que la primera vez: sin aviso, a mitad de camino, en una calle cualquiera del lado malo del río. Marco sigue caminando con el bulto al hombro y la cara de nadie, y por dentro abre el cuaderno invisible donde apunta todo, y empieza a trabajar.

Primera anotación: solo de noche. De día, en el muelle, entre el ruido y los sacos, nunca la ha sentido. Ni en el puesto de Garrec, ni en la fila del pan, ni en la pensión. Solo en los encargos, cuando es el fantasma.

Segunda anotación: no es siempre. Un encargo sí y dos no, sin patrón que él encuentre. Como si el que mira tuviera sus propios asuntos y a él le tocara un rato de vez en cuando, de paso, igual que se mira el clima.

Tercera anotación, la que menos le gusta: no se esconde de sus trucos.

Porque Marco tiene trucos, y buenos, y los gasta todos. Dobla en U en mitad de una cuadra, de golpe, como quien olvidó algo: nadie se frena atrás, nadie tuerce el paso. Usa las vitrinas y los charcos de espejo: calles vacías, gente normal. Se mete en una taberna llena por la puerta grande y sale a los dos minutos por el patio de atrás, y camina tres cuadras con el corazón en la boca: el picor lo espera a la cuarta, puntual, sereno, como si el rodeo hubiera sido una cortesía que el otro le concedió. Cambia rutas de una noche a otra, cambia el paso, cambia hasta de hombro el bulto. La mirada ni se acerca ni se pierde. Está, cuando está, a la misma distancia de siempre: en ninguna parte.

Y eso es lo que le eriza la piel de una manera que el peligro común ya no consigue. Porque sus trucos funcionan. Son trucos probados con gente peligrosa de verdad —cobradores, guardias, los predadores de la emboscada—, y funcionan porque la gente, hasta la peor, se comporta como gente: se impacienta, se delata, se acerca o se aburre. Esto no se impacienta ni se aburre. Esto no se comporta como gente.

La hipótesis más barata la prueba primero, porque es lo que se hace con las hipótesis.

—¿La señora me hace seguir? —le pregunta a Tino, una tarde, en voz de mostrador, mientras el muchacho engulle su porción de pie—. Dímelo derecho. No me ofendo. Sus paquetes, su plata: está en su derecho de cuidar la inversión.

Tino deja de masticar. Lo mira con esa cara nueva que se le está poniendo con los años del oficio, mitad lástima, mitad cálculo, y suelta la respuesta que Marco va a rumiar durante días:

—Si te siguiera gente de ella, fantasma, no los sentirías. —Traga—. Y si los sintieras, sería porque ella quiere que los sientas. ¿Los quisiste sentir tú?

No. Marco no quiso sentir nada. Eso es justamente lo que no cuadra: la mirada no se esconde bien ni se muestra bien. No hace ninguna de las dos cosas que hace la vigilancia de verdad. Está, nomás, como está la humedad.

Descarta a Sera a medias, que es lo más que puede descartar a nadie, y sigue con la lista. ¿Sonrisas, tanteándolo por la vieja mentira de la deuda? Los hombres de Drevo no saben mirar sin escupir; su vigilancia huele a tabaco y a amenaza, tiene todo el sabor del mundo. ¿Los que lo emboscaron por el paquete, hace meses, buscando revancha o segunda mano? Esos eran hambre pura; el hambre no espera nueve días entre mirada y mirada. ¿El Sistema? El Sistema no ronda de noche como un pensamiento: llega de día, con lista, con visera y con máquina, y no necesita mirarte de lejos porque puede pararte en cualquier esquina y mirarte la sangre.

Nadie que conoce mira así. Anotación cuarta, y cierre del cuaderno por falta de páginas.

Lo único bueno de esas semanas es el río.

Porque la mirada —quinta anotación, hecha con alivio y con desconcierto a partes iguales— nunca cruza la muralla. Afuera, en el rio, no hay picor, no hay presencia, no hay nada más que el agua y los juncos y las piedras pacientes esperando que les aflojen la dureza. Marco llega a salir un día que no le toca, solo para comprobarlo, y se pasa la mañana entera con el sentido del oficio abierto de par en par, escuchando con la nuca.

Nada. El rio sigue siendo suyo. Sea lo que sea lo que lo mira, es cosa de la ciudad, de las calles, de la noche de Veldar. Y Marco archiva eso también, sin saber qué hacer con el dato, y aprovecha la mañana: cuatro hebras de dureza, una tras otra, con descansos cortos. Ya no cuenta hebras, cuenta mañanas. La bola de nieve no sabe de miradas: rueda.

El encuentro llega al final de la tercera semana, y no lo busca él. O eso se dirá después, aunque nunca del todo seguro.

Es una entrega en el barrio de los hornos, ya tarde. El paquete quedó donde debía, las monedas están donde deben, y Marco vuelve por su ruta segunda —nunca la misma dos veces—, con la ciudad ya apagándose y el picor sin sabor acompañándolo desde hace tres cuadras, tranquilo como un perro viejo que camina al lado de un desconocido.

Y entonces dobla la esquina de la calle de los toneleros, y ahí está.

Un hombre, bajo el alero de una tonelería cerrada. De pie. Las manos colgando a los lados, el peso repartido en los dos pies como no se reparte el peso de nadie que descansa, la cara hacia la calle, hacia ningún punto de la calle. A cuatro pasos del portal hay basura acumulada; a seis, un charco. Nadie espera ahí. No hay nada que esperar ahí. Y sin embargo el hombre está, quieto de una manera que Marco ha visto antes sin verla, en los bordes de los mercados, al fondo de las lluvias, esa quietud que ahora, de golpe, teniéndola a diez pasos, se le revela como lo que es: no es la quietud del que espera. Es la quietud de lo que está guardado.

El picor de la nuca, nota Marco con la boca seca, sigue igual. Ni más fuerte ni más cerca, con el hombre ahí delante.

Podría cruzar la calle. Podría dar el rodeo, llegar a la pensión, archivarlo con los otros. Es lo prudente, y Marco lleva medio año vivo a fuerza de prudencia. Pero lleva también tres semanas de picor sin dueño, de trucos que no muerden nada, de hipótesis muertas, y hay una rabia chiquita y vieja acumulándose debajo del miedo, la rabia del que está harto de no entender. Y tiene, además, un truco que no ha gastado. El más viejo del oficio de correo, el que le enseñó la calle sin maestro: al mirón se le espanta mostrándole que lo viste. El que vigila vive de tu ignorancia; devuélvele la mirada y le quitas el oficio.

Así que Marco hace lo que no debe: se para. En mitad de la calle, a diez pasos, de frente. Y lo mira.

Le mira la cara lisa, desocupada. Le mira los ojos, puestos en un punto que no existe. Le sostiene la mirada como se la sostuvo a Zart, como se la sostuvo a Doña Sera, con el cuerpo diciendo te vi, sé que estás, se acabó tu ventaja.

Nada.

El hombre no le devuelve la mirada. No la esquiva tampoco. No se acomoda, no finge buscar algo en los bolsillos, no le nacen esas cien pequeñas incomodidades que le nacen a cualquiera —al inocente y al culpable, a cualquiera— cuando un desconocido se planta enfrente y lo mira fijo en una calle vacía. La lluvia fina empieza y le moja la cara y no parpadea. ¿Parpadeó alguna vez? Marco no sabría decirlo, y esa duda le va a durar más que toda la escena.

—¿Se te perdió algo? —dice Marco, y su voz suena más ronca de lo que quisiera en la calle muerta.

Nada. Ni un vuelco de los ojos. Fue como hablarle a la tonelería.

Diez latidos. Marco los cuenta, porque contar es lo que hace cuando el suelo se le mueve. Diez latidos suyos, sonando solos en la calle —y esa es otra cosa que anota sin querer y entiende después: solo los suyos—. El hombre bajo el alero está a diez pasos y Marco no le oye nada: ni la respiración, ni la tela acomodándose, ni ese rumor mínimo de existir que hace la gente hasta dormida.

Da un paso atrás. Otro. No le da la espalda del todo hasta la esquina, y después camina, normal, casi normal, con el frío en el estómago subiéndole parejo hacia el pecho, cuatro cuadras, cinco, hasta la pensión, arriba, el catre.

Y ahí, con la puerta cerrada y el cuchillo de Bran sobre las rodillas, se ríe bajito de sí mismo, sin ganas.

Un borracho, se dice. Un borracho de esos que se duermen parados, que los hay; el tío de Reno, según Reno, dormía apoyado en su mula. Un enfermo. Un loco de ciudad, que Veldar los fabrica por docena: gente rota que se queda mirando la nada porque adentro no les quedó con qué mirar otra cosa. La ciudad está llena. Siempre estuvo llena. Uno no se fija hasta que anda con los nervios pelados, y él anda con los nervios pelados desde la semana de las listas.

No lo toma en serio. Esa es la verdad de esa noche, y Marco será muchas cosas pero consigo mismo trata de no mentir: no lo toma en serio. Un hombre raro parado bajo un alero no es, en el inventario de sus miedos, nada al lado de una aguja, un verificador, una Sera, un Sonrisas. Los locos no cobran. Los locos no delatan. Un loco es, en Veldar, lo más inofensivo que te puedes cruzar de noche.

Se acuesta. Sopla la vela. Y está ya en la orilla del sueño cuando el oficio —ese empleado suyo que no duerme nunca, que sigue leyendo salas cuando él ya cerró los ojos— le desliza por debajo de la puerta la nota de la noche, la única que no consigue archivar en ningún cajón:

estuvo parado a diez pasos del hombre. Cara a cara. Más cerca que nunca de la única persona rara de la calle.

Y el picor sin sabor no venía de él.

No venía de ninguna parte. Venía de todas, parejo, sereno, como viene la lluvia, como viene el frío. Como si la calle entera lo estuviera mirando con los ojos que no tiene, y el hombre del alero fuera apenas eso: una gota de algo mucho más grande que todavía no termina de llover.

Marco abre los ojos en la oscuridad.

Tarda en volver a dormirse. Pero se duerme, porque el cuerpo manda, y mañana hay barcazas, y los misterios, en Milion, no le han pagado nunca a nadie un plato de comida.

En el cuaderno invisible, la sexta anotación queda hecha, con la tinta fría que usan las cosas que uno todavía no entiende:

no es un mirón.

Es un clima.