Tarsis

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Llegué a Tarsis, una estación de soporte localizada entre Ceres y Marte. La gran estructura destacaba de otras estaciones por sus dos anillos que captaban la luz solar y creaban un efecto hipnotizante.

Hice mi reporte de llegada, pero sabía que no obtendría ninguna respuesta humana. Tarsis era totalmente automática y solo bastaba con una revisión cada seis a diez meses para validar ciertos parámetros que no podían ser reportados por comunicación a larga distancia. Nunca pregunté por qué una estación que se gobernaba sola necesitaba que alguien viniera en persona tan seguido. La política de la compañía era no hacer preguntas, y a mí me pagaban por no hacerlas.

Mi sistema se conectó con la estación e inició el protocolo de enganche. Siete minutos después, el seguro de la escotilla se abrió. Ajusté mi traje y abrí la puerta. Pude ver cómo el túnel externo encendía unas luces tenues. Avancé y al llegar a la puerta de la estación escuché al sistema comenzar la validación de parámetros y quitar el seguro.

Entré en Tarsis y al avanzar unos metros me di cuenta de que algo no estaba bien. Esta era la quinta vez que visitaba la estación, pero era la primera vez que notaba acumulación de polvo en las instalaciones. Y había un silencio distinto, como si la estación llevara mucho tiempo conteniendo el aliento.

Me dirigí hacia la sala de mantenimiento principal y la sala se iluminó de un tono amarillezco, un signo de advertencia. Me acerqué hacia las pantallas de diagnóstico y noté que estaban apagadas. Intenté reiniciar el sistema de la sala, pero al revisar los mensajes transmitidos a mi traje noté un error que preocuparía a cualquier operador: el sistema interno de la estación había sido desconectado y el externo había sido modificado.

Sin poder saber qué tipo de modificaciones se le había hecho al sistema, no me quedó otra que ir a la sala de control. Me moví por el pasillo central hasta llegar a la conexión que dividía la estación: por un lado, el área de mantenimiento con la sala de máquinas y un pequeño cuarto médico; por otro, el área de control con su sala central y varios cuartos de cómputo especializado en cálculos lumínicos.

Entré a la sala de control. De todas las pantallas, solo había una encendida. Me acerqué para revisar la información que mostraba, pero en ese instante un mensaje llegó al sistema de mi traje y la sala se iluminó de un tono rojo.

El mensaje activó el control maestro de mi traje y se reprodujo un audio a la vez que uno de mis tanques de oxígeno era expulsado de mi sistema de soporte vital.

El mensaje era el siguiente: Si estás escuchando esto, soy tú. No sé cómo explicarlo, pero NO actives el soporte vital. Confía en mí. Por favor.

El tanque de oxígeno salió disparado y se detuvo segundos después de expulsar todo el oxígeno que contenía. Miré el panel de soporte vital del traje y el medidor de oxígeno marcaba que me quedaban unos treinta minutos.

La sala se iluminó con una luz fría y todas las pantallas volvieron a encenderse mostrando diferentes datos de la estación. El contenido de una de esas pantallas heló mi sangre: no solo mi tanque de oxígeno había sido expulsado, mi nave ya no estaba acoplada a Tarsis.

Di un grito ahogado y golpeé el tablero de mando. Tenía menos de treinta minutos para pensar en una solución o me enfrentaría a una horrible muerte.

Miré todos los monitores buscando algún dato que me diera esperanza, pero solo eran parámetros operacionales y valores sistemáticos de la estación. Carajo. Volví a golpear el tablero de mando y los valores en las pantallas cambiaron a transmisiones en vivo de las cámaras de la estación.

El sistema en mi traje me alertó de posible daño en los controles de la sala de control, pero yo ignoré el mensaje al no creer lo que estaba viendo. El sistema de cámaras resaltaba con advertencia la pequeña sala médica que estaba en total desorden.

Mi corazón dio un brinco. Cerré la puerta de la sala de control, me devolví a ver las pantallas e intenté mirar las grabaciones. Al retroceder, pude ver cómo un hombre entraba malherido al cuarto, con quemaduras visibles en su traje, y curaba sus heridas.

Pensaba que mi nave había sido expulsada por un error en el sistema, pero ahora no tenía duda de que él la robó. Aunque le salió mal la jugada: mi nave, al no detectar mi traje, enviaría un mensaje de emergencia a la compañía. Sería reportada la ubicación de la nave y la última ubicación de mi traje.

Solo era cuestión de tiempo para que mi traje recibiera el mensaje de desconexión de la nave, por lo que me puse a revisar las demás cámaras. En una de las salas llenas de computadores faltaba uno. El hueco tenía polvo asentado en los bordes; llevaba ausente mucho más tiempo del que cualquier intruso recién llegado podía explicar. No encajaba con nada. Lo aparté de la mente: no me quedaba oxígeno para misterios viejos.

El tiempo pasó, pero el mensaje nunca llegó.

Miré mi medidor de oxígeno: veinte minutos. Grité y solté un fuerte golpe contra una de las paredes de la sala.

Revisé el registro de mi traje y la última entrada marcaba el abordaje a mi nave. De alguna forma ese hombre había entrado en mi sistema y tomado el control. Bajé comprobando minuciosamente todas las entradas del registro y describían cómo había completado la misión con éxito, excepto por un mensaje de advertencia. Era el audio que escuché a la vez que perdía uno de mis tanques de oxígeno. El sistema lo había transcrito y ahora lo estaba leyendo.

Tarsis tenía un sistema de soporte vital de emergencia, pero solo en dos lugares: en la pequeña sala médica y en este cuarto, los cuales estaban conectados para simplificar la arquitectura de la estación y compartir el soporte. Si activaba el soporte vital podía durar hasta una semana si ponía todos los recursos en esta sala, pero seguro ese desgraciado había intervenido los sistemas de comunicación de la estación, así que mis mensajes no llegarían a la compañía.

Él planeó todo esto y me envió ese mensaje haciéndose pasar por mí para burlarse. Una trampa psicológica. Me está diciendo que no sobreviviré aunque active el soporte vital. Mal nacido.

Golpeé de nuevo una de las paredes.

Respiré hondo para calmarme. No podía desperdiciar más oxígeno, debía pensar.

Me acerqué al panel de control y después de una breve búsqueda confirmé mis sospechas: todas las comunicaciones estaban deshabilitadas. Cambié las métricas de la pantalla por las cámaras en tiempo real y volví a observarlas con detalle. Solo dos cosas estaban fuera de lugar: el pequeño cuarto médico y el ordenador faltante en una de las salas de cómputo.

Sabía de todo sobre Tarsis, pero no sabía para qué servía. La política de la compañía era no hacer preguntas, pero si ese hombre se vio obligado a curarse heridas con su habilidad para dominar los sistemas, Tarsis debía tener un buen sistema de defensa.

La compañía contaba con tres sistemas de defensa: el personal, soldados contratados para custodiar lugares; los esquemáticos, armamento integrado en las estructuras; y los drones, robots militares especializados. Para Tarsis descarté lo primero, y los planos que recordaba no mostraban indicio de esquemáticos. Solo quedaban los drones.

Si había robots en esta estación tendrían un sistema separado, cerrado, accesible solo con nivel uno. El mío era de nivel tres: ni ese hombre ni yo tocaríamos a los drones. Pero a mí no me detectarían como hostil, por el traje, y si encontraba el ordenador que los controlaba podría usarlo para mandar un mensaje de emergencia. Había una esperanza, frágil, y el oxígeno se me agotaba. Mi contador rozaba los diez minutos.

Abrí la puerta de la sala de control y bajé por la conexión hasta la sala principal de mantenimiento. De toda la estación, este sería el lugar más indicado según mi experiencia para tener el subsistema de defensa. La compañía solía ocultar el sistema de defensa como el sistema de propulsión.

No me equivoqué. Me costó varios intentos arrancar el sistema, pero una vez activo solo bastó una breve búsqueda y mi clave de identidad para enlazar la defensa de Tarsis con el sistema principal de la compañía.

Sin perder un segundo envié un mensaje de emergencia detallando la situación y recibí una confirmación en menos de un minuto. La compañía había desplegado a un escuadrón para localizar mi nave y a un equipo de rescate hacia Tarsis.

Sentí un gran alivio y miré mi contador de oxígeno: menos de diez minutos.

Decidí regresar a la sala de control. El viaje le tomaría al equipo de rescate al menos un día. Solo debía activar el sistema de soporte vital en la sala, pero algo me inquietaba. Volví a recordar ese mensaje y no pude evitar pensar en ese infeliz alterando el sistema de soporte vital. ¿Acaso él sabía que yo encontraría la forma de enviar un mensaje de emergencia y por eso dejó una trampa como venganza?

Mi traje me indicó que solo me quedaban cinco minutos de oxígeno restante. Debía tomar una decisión.

La duda invadió mi mente y a cada segundo que pasaba un escenario diferente rondaba por mi cabeza.

El traje que portaba era el de más alta tecnología, especializado para operadores. Tenía muchas funcionalidades para el soporte vital. Incluso era posible sobrevivir en el vacío indefinidamente con suspensión forzada, pero esa cuenta pedía el setenta por ciento del oxígeno de los dos tanques juntos, y a mí ese desgraciado me había dejado uno solo, a medias. La suspensión quedaba descartada antes de empezar.

En mi estado real tenía dos posibilidades: activar el sistema de soporte vital en esta sala u ordenarle al traje una perfusión priorizada con el poco oxígeno y la energía que me quedaban, un procedimiento sumamente peligroso. Casi nadie sobrevivía. Era la última opción de cualquier agente espacial.

Arriesgarme a una trampa o jugarme un porcentaje casi nulo de sobrevivir.

La elección fue simple. Navegué por los controles de Tarsis y dirigí todos los recursos del sistema de soporte vital a la sala de control. Lo activé. Recibí un par de alertas, pero la urgencia me hizo ignorarlas.

En instantes la sala comenzó a llenarse de oxígeno. El traje detectó el oxígeno y abrió una ranura a la altura de la espalda para reabastecer mi propio tanque. Un sentimiento de alivio recorrió mi cuerpo, hasta que escuché el sonido del chispeo de un corto circuito.

La sala explotó.

La fuerza me empujó contra la pared y todos los sistemas del traje se marcaron en rojo. Tarsis apagó al instante el fuego. Me percaté de que el traje había llenado un quince por ciento del tanque de oxígeno. Lo malo es que tenía muchas hemorragias internas. Debía ir al área médica.

El traje me suministró un sedante para el dolor y adrenalina para mantenerme consciente. Con todas las fuerzas que me quedaban y junto a la función de ayuda del traje bajé por la conexión central.

Llegué hasta la pequeña sala que, para mi sorpresa, estaba totalmente ordenada. Entré y por mi mal estado tumbé algunos instrumentos, que se desperdigaron por el suelo con un estrépito metálico. Me tambaleé y justo me sostuve del armario donde estaban los sueros acelerantes, una medicina que acelera la curación natural. Por un segundo, las quemaduras de mi propio traje y el desorden a mis pies me resultaron familiares, pero el sedante diluyó la idea antes de que pudiera sostenerla.

Me recosté en la camilla y perdí el conocimiento.

No sé cuánto tiempo pasó.

El traje me despertó con una descarga eléctrica. Las alertas médicas habían cesado. Mis heridas… estaban mejor de lo que deberían. Pude incorporarme a duras penas.

Recibí otro corrientazo del traje y varias alertas aparecieron. Los mensajes decían que me había enlazado nuevamente con mi nave, a la vez que varias alertas llegaron de Tarsis. En ese momento quedé confuso. Del escuadrón, del equipo de rescate que la compañía había prometido, no había una sola palabra. Como si nunca hubieran existido.

Con otro gran esfuerzo me dirigí hacia la escotilla de salida donde mi nave estaba acoplada. No podía creer que mi nave estuviera allí. En el momento que despresuricé los compartimientos, el sistema del traje me hizo una sugerencia:

Misión terminada. ¿Desea grabar un mensaje?

Miré los anillos de Tarsis girando con ese efecto hipnotizante. Los mismos anillos que vi al llegar. Y por un instante —uno solo— lo vi todo entero: las quemaduras de aquel hombre eran las mías, el desorden del área médica lo había dejado yo, la voz del mensaje era la mía. Entendí por fin por qué el mensaje pedía que confiara. Entendí, también, que no había servido de nada.

Seleccioné Sí.

Si estás escuchando esto, soy tú… —empecé a grabar, y los anillos giraron, y algo detrás de mis ojos se apagó.

Llegué a Tarsis, una estación de soporte localizada entre Ceres y Marte.