¿Qué preguntas?

~18 min de lectura

Me parece gracioso cómo las personas dicen: “Todos somos especiales.” Lo dicen tranquilos, sin saber que uno de los especiales de verdad los está mirando desde la mesa de al lado. En mi caso, soy capaz de ver algunas cosas curiosas, pero la que más me gusta es la figura que flota sobre sus cabezas. Una esfera con la parte inferior en punta, iluminada en diferentes colores que alguna vez pensé que representaban emociones; pero la realidad es más incómoda, y esa figura se ilumina mostrándome sus pecados. Los observo todos los días y he visto todos los colores, en todas sus variedades. Soy un observador, pero solo me gusta mirar. No estoy interesado en perder mi tiempo en saber las diferencias de cada color o su significado, o eso pensaba, hasta que vi un gris pálido, un gris que pocas veces había visto, un gris alejado de toda la gama fría o cálida, un gris que hasta ahora no me había llamado la atención. Y me siento culpable: el color viene acompañado de un bello rostro.

Yo no era de frecuentar ese tipo de locales, ni siquiera tomo café, pero ella entraba todos los días, a la misma hora. Y por favor, no crean que la estoy siguiendo. Solo tengo esa falsa suerte de encontrarla siempre en el mismo lugar y a la misma hora. Mi restaurante favorito está al otro lado de la calle y siempre me siento en el mismo lugar, en una esquina cerca de la ventana; por eso la veo entrar en ese café. Un día crucé la calle, entré y pedí el primero de la lista, uno amargo que tuve que llenar de azúcar. Ella, por supuesto, entró y, luego de saludar, se sentó al otro extremo del lugar. Era bien conocida porque, con solo un saludo, le llevaron un café y un brownie. El lugar no era tan grande, y aunque ella estaba al otro extremo de donde yo estaba sentado, se encontraba bastante cerca. Los dos guardamos silencio y, mientras yo luchaba por beber el café, ella me dirigió la vista un par de veces. Me puse nervioso, pero el café me ayudó, con su amargura, a calmar mis ansias.

Su presencia duró unos veinte minutos, y yo me quedé un rato observando a las personas, viendo cómo el color de sus figuras variaba entre dos o tres colores y una infinidad de tonalidades. Al cabo de unos minutos, me rendí con el café y salí del lugar. De camino a casa, solo podía pensar en ella y su gris pálido, y en que debí atreverme a hablarle. Un sentimiento que crecería porque el siguiente día tuve un viaje de negocios. Decenas de aburridas y largas conferencias que hubiesen sido un tormento si no fuese por el simple hecho de que yo no necesitaba escucharlas. Mi trabajo era anotar en una lista a las personas que él estaba buscando; esta vez quería soñadores resilientes, y este lugar estaba lleno de ellos. Solo debo elegir a los mejores; esta vez elegí a pesimistas que se atreven a soñar. La lista la terminé en una semana, un nuevo récord personal, y el resto se lo dejé a los reclutadores. Recibí una carta de felicitación, algo que nunca había ocurrido, pero yo solo pensaba en volver y ver ese gris pálido por el que sentía curiosidad. Lastimosamente pasó otra semana, otra lista, otro lugar.

Regresé un martes y sin darme cuenta la costumbre me llevó al restaurante. La comida de este lugar no tiene nada de especial, pero conozco al cocinero desde que era un niño y él siempre sabe qué servirme. La camarera es muy amable y solo con verme avisa de mi llegada y yo solo voy al lugar de siempre a esperar.

Ella entró a las diez y cuarto, como siempre, y yo la vi entrar desde mi esquina, porque la ventana del restaurante da justo a la puerta del café y porque uno se sienta siempre donde se sienta. Esa semana crucé la calle cuatro veces. Pedí el mismo café amargo y lo llené de la misma cantidad de azúcar, cuatro sobres, y no mejoró, y me lo tomé igual, porque me parece de mala educación dejar las cosas a medias. Y por favor, que nadie vaya a pensar que la estaba esperando: yo llevaba un libro, y el libro estaba abierto, y a ratos hasta lo leía.

Lo que hice, más bien, fue lo que hago siempre: mirar. Y mirando encontré un detalle que no había registrado antes, aunque llevo la vida entera registrando.

Las figuras se mueven. Todas. El muchacho de la caja tiene un naranja que se le pone terroso cuando cuenta el dinero y le vuelve el brillo apenas saluda; le conté once cambios en veinte minutos, y no era su mejor día. Una señora que entró con su nieto pasó de un verde sucio a un violeta muy vivo en lo que el niño pidió algo y le dijeron que no. Los niños son un espectáculo aparte: parpadean como bombillas malas. Yo he visto todos los colores, ya lo dije, y he visto todas sus variedades, y lo único que sostiene el catálogo entero, lo único que no falla nunca, es que los colores se mueven. Suben, bajan, se ensucian, se lavan. Un color es una cosa viva encima de una cabeza.

El de ella no.

Lo comprobé con paciencia, que es la única virtud que me reconozco. Martes, miércoles, jueves. Veinte minutos cada día, a veces veintidós. El gris pálido entraba por la puerta exactamente igual que salía. No se encendía cuando se reía —y se reía—, no se apagaba cuando miraba el teléfono y ponía esa cara de quien recibe una noticia mediana, ni cuando se quemaba la lengua, ni cuando le trajeron el brownie. Ni un grado. Ni una sombra. Idéntico al minuto, día tras día, como si alguien lo hubiera dejado ahí puesto y se hubiera ido.

Un color que no varía es un dato raro, como una moneda sin cuño o un pájaro albino, y a mí los datos raros se me quedan pegados. No me pregunté nada. Yo no me pregunto cosas. Simplemente se me quedó ahí, en ese lugar de la cabeza donde uno guarda un número de teléfono que no marcó nunca.

El viernes le hablé, y fue por el café, no por ella. Estaba parado en la caja leyendo la lista de arriba abajo como quien lee un memo que no entiende, y ella, que esperaba su turno detrás de mí, se rio por lo bajo y me dijo que nadie, nunca, pide el primero de la lista, que el primero de la lista es una trampa para los que tienen prisa. Le dije que yo lo había pedido cuatro veces. Me dijo que eso no era prisa, que eso era terquedad, y que la terquedad se cura con leche. Pedí lo que ella me mandó a pedir. Estaba bueno. Todavía no sé cómo se llamaba.

Nos sentamos, porque me lo ofreció y porque no se me ocurrió ninguna razón para decir que no. Hablamos treinta y cinco minutos: quince más de los que ella suele quedarse, un récord, aunque no de los que a mí me pagan. Me preguntó mi nombre y se lo di. Ella me dio el suyo. No lo apunté en ninguna parte y no lo tengo; nunca he necesitado los nombres, a mí lo que me piden son cualidades.

Era graciosa de una manera que no cansa. Se burló de mi corbata con un cariño que no le pedí. Le dijo al muchacho de la caja que le mandara saludos a la hija, y se acordaba del nombre de la hija, y el muchacho se puso naranja brillante otra vez. Dejó propina antes de sentarse, no después, que es una cosa que casi nadie hace. Yo he mirado a muchísima gente y les he visto lo que llevan encima, y puedo decir, con la autoridad de quien lleva un catálogo, que lo que quedaba de esa mujer valía la pena.

Digo quedaba y no sé por qué lo digo.

Porque hubo dos cosas. La primera: a mitad de una historia sobre su abuela, se apagó. No me refiero al color. Me refiero a ella. Medio segundo, quizás menos, la cara puesta en la misma posición, los ojos abiertos, como una máquina que espera. Y después siguió, con perfecta naturalidad, y dijo: «Mi abuela decía que el café amargo es para la gente que tiene prisa». Yo asentí. Cuarenta segundos después —los conté sin querer contarlos, así soy— hizo la misma pausa, el mismo medio segundo de nada, y dijo: «Mi abuela decía que el café amargo es para la gente que tiene prisa». Con la misma entonación. Con el mismo golpe en prisa. No como quien repite algo porque le gustó, sino como quien lo dice por primera vez. Yo asentí otra vez, porque uno no le va a corregir eso a una señora tan simpática, y porque el brownie estaba llegando.

La segunda: me dijo que en dos semanas se mudaba, y me dio la fecha, y me la dio con día y mes, muy contenta, como se dan las fechas buenas. La fecha ya había pasado. Hacía como cinco meses que había pasado. Pensé que yo había oído mal, o que ella se había confundido de mes, que le pasa a todo el mundo, y me tomé mi café con leche, que estaba bueno, y no dije nada.

Se fue a las once menos algo. Me quedé sentado un rato mirando la mesa. Y sentí culpa. No sabría decirle a nadie de qué, ni por qué en ese momento: una culpa sin factura, de esas que llegan solas y se van solas si uno las deja. La dejé.

Después me dediqué a buscar otro gris, que es lo que hace uno cuando le pica una anomalía y no tiene a quién preguntarle. Y no es que no tuviera a quién: es que no se me ocurrió. Preguntar es de gente desocupada.

Saqué mis listas viejas, que las guardo, aunque no debería, en una carpeta de cartón que ya no cierra. Doce años de listas. Nombres, ciudades, cualidades: melancólicos con vocación de mando, fieles que dudan, huérfanos de padre vivo, lo que él pidiera esa temporada. Al lado de cada nombre yo anotaba el color, por costumbre, porque me gusta hacer bien mi trabajo aunque el color no me lo pidan; a mí me piden cualidades, no colores. Aunque, viéndolas así en fila, todas juntas, me doy cuenta de una cosa que nunca me había puesto a notar: nunca he tenido que buscar mucho. La cualidad que él encarga y el color que a mí me brilla caen siempre en la misma gaveta, como si fueran la misma cosa mirada de dos maneras. Cosas del oficio. Los repasé de atrás para adelante en cuatro noches. Ámbares, granates, ese azul de piscina de hotel que abunda tanto en los gerentes medios. Ni ese gris.

Entonces salí a mirar. Y aquí conviene que se entienda que no fue una obsesión: fue un pasatiempo, como el que colecciona placas de carros o cuenta aviones. Fui a la terminal, que a las seis de la tarde da unas quinientas cabezas por hora. Fui al centro comercial un sábado. Fui a la misa de mediodía, que está llena de colores espesos y muy entretenidos. Fui a un partido, aunque no me gusta el ruido. En ocho días conté, sin exagerar y sin redondear hacia arriba, cuatro mil doscientas y pico de figuras.

Ni un gris pálido. Ni uno solo. Ni siquiera algo cercano, algo que uno pudiera meter en la misma gaveta con buena voluntad.

Ella es la única. En una ciudad entera, en doce años de listas, en todos los colores y en todas sus variedades, es la única. Eso, escrito así, no parece nada. A mí me quitó el sueño tres noches, y no me lo quitó como una pregunta, porque yo no tengo preguntas; me lo quitó como me lo quitaría un cuadro colgado torcido en la pared del cuarto.

El lunes fui a la oficina, que es una cosa que hago poco, porque a mí me pagan por viajar.

La oficina es un piso doce con alfombra gris y luz de tubo, y huele a papel caliente. Hay memos. Hay muchos memos: memos sobre el uso de la nevera, memos sobre las horas de la sala de reuniones, un memo que recuerda que el memo anterior sigue vigente. Yo firmo los que me tocan sin leerlos, como todo el mundo, y todo el mundo sabe que todo el mundo lo hace, y eso también está en un memo.

Y en el piso doce se cuenta el chiste. Lo cuenta el de contabilidad, lo cuenta la muchacha de recepción, lo conté yo esa mañana sin darme cuenta de que lo estaba contando: que al jefe le dicen el Sastre. Uno lo dice y el otro se ríe con media boca y sigue caminando. Es un chiste viejo. Nadie sabría ya explicar de dónde salió, y lo repetimos igual, tanto que ya no significa nada, como esas palabras que uno dice en voz alta hasta que se le vuelven un ruido.

En la cafetería, a las tres, me serví el café de la máquina —amargo, y esta vez lo dejé amargo— y me senté frente a Cobo, que lleva aquí más años que yo y que come galletas de soda con una disciplina admirable. Hablamos de nada. Del aire acondicionado. De un pasillo que van a alfombrar otra vez.

Y yo, de buen humor, entusiasmado como se entusiasma un aficionado cuando por fin le saca conversación a otro aficionado, le dije:

—Oye, una cosa. Un gris muy pálido, fuera de gama, ni frío ni cálido. ¿Lo has visto?

Cobo dejó la taza.

No la soltó, no se le cayó, no hizo ruido. La dejó, con las dos manos, en el centro exacto de la servilleta, como quien deja una herramienta que ya no va a volver a usar hoy. Y me miró a la altura de la boca, no a los ojos, y dijo:

—¿Qué preguntas?

No lo dijo molesto. No lo dijo asustado, que conste, porque yo sé leer una cara. Lo dijo como se lee un renglón de un manual. Después recogió sus galletas, incluso las migas, y se fue.

Nadie me volvió a mirar en todo el día. Es una tontería decirlo así, y sin embargo es exactamente lo que pasó: no es que me evitaran, es que si yo entraba a un sitio, las cabezas seguían en lo suyo con un esmero que llamaba la atención. La muchacha de recepción me entregó un sobre sin levantar la vista y me dio las gracias a mí, que era el que estaba recibiendo.

Me fui a las cinco. En el ascensor pensé un rato en qué habría hecho mal, y no se me ocurrió nada, porque no había hecho nada: pregunté por un color. Me encogí de hombros. Uno no puede andar por la vida cargando con los malos días de los demás.

Pasaron dos días y no pasó nada, que es la mejor manera que tiene un asunto de terminarse. El martes lo pasé entero en la calle, mirando gente y adelantando media lista —él quería gente que perdona demasiado rápido, y esa gente se marca sola: se les ve en la manera de pedir disculpas cuando los pisan—. El miércoles temprano recibí un correo de los reclutadores agradeciendo la precisión de mis notas. Dormí bien las dos noches. Comí bien. Me sentí, si me permiten decirlo, bastante orgulloso de mí: uno hace su trabajo, uno lo hace mejor que nadie, y las cosas se acomodan solas.

A las diez y veinte del miércoles sonó el teléfono de la casa, que casi nunca suena, y era recepción, y la muchacha me dijo, con la misma voz con que se cuenta el chiste:

—Te llama el Sastre.

La oficina de él está en el mismo piso doce, al fondo, y no tiene ventanas. Yo eso lo sabía sin haberlo pensado nunca, de la misma forma en que uno sabe de qué lado le queda el corazón. Es un cuarto grande, alfombrado hasta las paredes, con una lámpara de pie que da una luz color mantequilla, y un escritorio de madera oscura donde no hay ni un papel. Huele a limpio. No a limpiador: a limpio.

Él se levantó y me dio la mano, y ahí me pasó una cosa curiosa, y es que mirar encima de una cabeza, que es lo que hago todo el día sin pensarlo, como quien respira, por primera vez en mi vida me costó trabajo. Quise hacerlo y no pude. Los ojos se me iban. Se me resbalaban hacia el cuadro de la pared, hacia el borde de la lámpara, hacia mi propio zapato, y cada vez que los traía de vuelta ya estaban en otra parte, y no era que arriba de él no hubiera nada —eso sería fácil de contar—, era que mirar ahí se parecía a tratar de acordarse de un sueño a mediodía. Como si algo en mí supiera que ahí no se mira, y lo supiera desde antes que yo. Lo intenté tres veces. A la tercera me dio un poco de vergüenza y lo dejé, porque estaba siendo grosero y él estaba siendo amable.

Y era amable. Es la palabra. Me preguntó por el viaje, y se acordaba del nombre de la ciudad. Me dijo que la carta de felicitación no era un formalismo, que la había firmado él mismo, y que en esta casa el trabajo bien hecho se nota aunque no se diga. Me dijo que me sentara. Se sentó en el borde del escritorio, no detrás, con esa confianza que tienen los que nunca han tenido que pedir nada.

—Te ves cansado —me dijo.

Y era cierto. Yo no lo había notado, pero era cierto: lo noté justo cuando él lo dijo, como cuando a uno le señalan una mancha en la camisa. Le dije que había estado durmiendo mal. No le dije por qué, porque el porqué era una tontería de colores y él es un hombre ocupado.

Me sirvió café de una jarra que tenía ahí mismo. Negro. Amargo. No había azúcar en el cuarto y no la pedí. Me lo tomé completo, y sabía a lo que sabe el café, y me sentó bien.

Hablamos. No de mucho. Él tiene una manera de hablar despacio, dejando el final de las frases un poquito abierto, y uno se acomoda ahí adentro como en un sillón viejo. En algún momento se puso de pie y caminó detrás de mí, y siguió hablando, y me apoyó la mano en el hombro, y dijo una frase más. La dijo muy despacio. La dijo como quien enhebra.

No me acuerdo de la frase. Me acuerdo de que era sencilla, y de que me pareció razonable, y de que pensé: qué alivio, era eso nada más.

Le di las gracias por el café. Bajé en el ascensor con dos señoras de legal que hablaban de un cumpleaños. Salí. Crucé la calle.


Del miércoles me acuerdo hasta que crucé la calle. Después, nada. Recuerdo el martes entero, y recuerdo el jueves entero, y entre una cosa y la otra hay una costura que no me molesta mirar. Amanecí el jueves cansado, pero con ese cansancio bueno que da el trabajo terminado, el que se siente en los antebrazos. Me di una ducha larga. Desayuné.

Y la costumbre, que es la que manda, me llevó al restaurante. El cocinero, que me conoce desde que yo era un niño, me vio entrar y no preguntó nada, porque él nunca pregunta: sabe lo que me toca y me lo sirve. La camarera avisó de mi llegada apenas me vio, como siempre, y yo fui a mi lugar de siempre, la esquina cerca de la ventana, y me senté a esperar.

A las diez y cuarto miré la puerta del café.

No entró nadie. Bueno, entró gente: entró un muchacho con audífonos, entró una pareja, entró una señora que se devolvió porque había olvidado el paraguas. Me refiero a que no entró nadie. El muchacho de la caja saludó a todos con su naranja de siempre y sirvió sus cafés, y a nadie le llevó un brownie sin que se lo pidieran.

Me quedé hasta las once. La comida de este lugar no tiene nada de especial, pero estaba buena.

Esa semana entregué otra lista y me llegó una segunda carta de felicitación, firmada, en papel grueso. Dos cartas en dos meses. Nadie en esta empresa tiene dos cartas. La tengo guardada en la carpeta de cartón, la que ya no cierra, encima de las listas viejas.

A veces, en el restaurante, mientras espero a que me traigan la comida, me pongo a mirar las figuras. Están todos ahí: los ámbares, los granates, el azul de piscina de hotel, los niños parpadeando como bombillas malas, subiendo y bajando, ensuciándose y lavándose, moviéndose siempre, porque los colores se mueven. Es un espectáculo gratis y a mí me entretiene.

Soy un observador, pero solo me gusta mirar. No estoy interesado en perder mi tiempo en saber las diferencias de cada color o su significado.