Los vestigios de un viajero

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El primer sonido que Connor entendió en aquel mundo fue su propio nombre, y venía dicho al revés, o en un orden que su boca no habría sabido armar, y sin embargo lo reconoció como suyo antes de reconocer nada más, antes incluso de sentir el frío del piso de piedra bajo las rodillas o la luz anaranjada que caía desde antorchas altas como si alguien hubiera decidido que un hombre así debía ser recibido con fuego. Estaba de rodillas en el centro de un círculo. Había figuras alrededor, muchas, envueltas en telas del color de la tierra mojada, y todas lo miraban con esa clase de silencio que sólo existe cuando una multitud contiene el aliento a la vez.

Un hombre enorme dio un paso adelante. Tenía la barba trenzada con hilos rojos y los brazos cruzados de cicatrices, y cuando habló, su voz retumbó en el techo abovedado.

—Ghonga —dijo, y se golpeó el pecho—. Jefe de Arzebia. Y tú eres el llamado.

Connor entendió cada palabra. No debería haber entendido ninguna. Era un idioma de consonantes que chocaban, de vocales que se estiraban como cuerdas, y aun así se le acomodaba en la cabeza con la naturalidad de la lengua con que le habían dicho de niño que se lavara las manos antes de comer. Buscó en su memoria y encontró el instante exacto en que aquello había pasado: una mujer se había acercado con una piedra sostenida entre las dos manos, una piedra que no era piedra sino luz apretada hasta hacerse sólida, y la había puesto contra su frente. La joya del conocimiento, la habían llamado. Y con el idioma se le había ido también el miedo, como si la misma luz que le dejaba las palabras le hubiera vaciado de encima el pánico de estar en un lugar imposible.

Se puso de pie. Le temblaban las piernas, pero se puso de pie, porque en alguna parte de él, muy adentro, había un niño que llevaba toda la vida esperando exactamente esto.

Ese niño tenía siete años y estaba boca abajo en una cama demasiado grande, con un libro abierto sobre la almohada y una linterna escondida bajo las sábanas porque ya lo habían mandado a dormir dos veces. El libro tenía un dibujo: un muchacho común, con ropa común, plantado frente a un ejército de gente que lo señalaba y lo aclamaba, gente que había estado esperándolo sin saber su cara, sabiendo sólo que vendría. Y de un mundo que no era el suyo lo llamaron, y él cruzó, y lo recibieron como se recibe a la lluvia después de la sequía. Connor había leído esa línea tantas veces que la sabía sin mirarla. Se acordaba del olor del papel barato, del calor del bombillo contra la palma, de cómo se tapaba entero para que la luz no se colara por debajo de la puerta y lo delataran. Había apagado la linterna y había cerrado los ojos y había deseado, con la fe entera y sin fisuras de los siete años, que un día una mano lo alcanzara desde el otro lado y lo sacara de su vida pequeña para ponerlo en el centro de algo que importara.

Después la vida hizo lo que hace con esos deseos. Los años le habían enseñado, con paciencia y sin crueldad, que a nadie lo llamaban de ninguna parte, que las manos no venían del otro lado de nada, que la gente común como él seguía siendo común hasta el final y que eso, le decían, estaba bien, había que hacer las paces con eso. Y él había hecho las paces, o había creído hacerlas. Había guardado al niño de la linterna en el cajón donde uno guarda las cosas que ya no van a pasar. Por eso ahora, de rodillas sobre la piedra fría, mientras una tribu entera contenía el aliento por él, lo que Connor sentía no era sólo alegría: era el vértigo de que algo enterrado hacía tanto tiempo se levantara del cajón y estuviera, contra toda razón, de pie frente a él, con antorchas.

Y ahora estaba de pie en el centro de algo que importaba, y le picaban los ojos.

—Te esperábamos —dijo Ghonga, y no había teatro en su voz, sólo el cansancio de quien ha esperado de verdad—. La profecía dijo que vendrías cuando la tribu no pudiera más. El Corrupto ha tomado el paso del río. Nuestras mujeres no paren. Nuestros hijos nacen grises. —Se detuvo, y en su cara pasó algo que Connor no supo leer del todo—. Pero tú estás aquí.

La multitud soltó el aliento a la vez, y el sonido fue como un viento entrando de golpe, y después vinieron los gritos, y los tambores, y alguien le puso en las manos una copa de barro llena de un líquido dulce que le quemó la garganta de un modo agradable. Lo tocaban. Le tocaban los hombros, el pelo, la ropa, como para comprobar que era carne. Una anciana se arrodilló y le besó el dorso de la mano y lloró sobre ella, y Connor, que en su vida había hecho llorar a nadie de alegría, no supo qué hacer con las manos después de eso.

Hubo fuego y hubo carne asada y hubo una música de flautas huecas que subía y bajaba como si respirara. La grasa caía en las brasas y saltaba en chispas, y cada vez que la copa de barro se le vaciaba aparecía una mano que se la volvía a llenar, y él la aceptaba todas las veces, riéndose sin saber bien de qué se reía. Lo sentaron en el lugar más alto. Le pusieron sobre los hombros una piel de un animal que no reconoció, pesada y tibia, y Ghonga alzó su copa y dijo su nombre otra vez —Connor, con esa vocal estirada— y toda Arzebia lo dijo con él, cientos de bocas a la vez, y el niño de siete años, en algún pliegue del hombre cansado que Connor había llegado a ser, abrió los ojos en la oscuridad de su cuarto y sonrió porque por fin, por fin, alguien lo había llamado.

Le presentaron a los niños de la tribu, que lo miraban desde detrás de las piernas de sus madres con los ojos muy abiertos, y una de las madres la empujó hacia adelante para que Connor le pusiera la mano en la cabeza, y él lo hizo, torpe, sin saber si era eso lo que se esperaba, y la niña salió corriendo a contarle a los demás que el héroe la había tocado. Un viejo con un solo diente le enseñó a partir el hueso para sacarle el tuétano y se rió con la boca abierta cuando Connor lo hizo mal y se manchó la cara. Le pusieron delante a un músico ciego, un viejo de manos manchadas que templó su instrumento de tres cuerdas con una paciencia que fue callando a todos, y que le cantó, dijeron, la canción que la tribu guardaba desde antes de sus abuelos, la del que iba a venir. La melodía era lenta, casi un arrullo, y en el estribillo la tribu entera lo acompañó a media voz, los que estaban despiertos y los que ya casi no, y Connor no entendió por qué la letra hablaba de un hombre triste, de un hombre que llegaría cansado de un mundo que no lo había querido; no quiso entenderlo esa noche. Esa noche sólo quiso que durara. Miró las caras alrededor del fuego, todas vueltas hacia él, todas creyendo, y pensó, con una ternura que le apretó la garganta, que iba a hacerlo bien, que iba a merecer esto, que por una vez en la vida no iba a defraudar a nadie.

Más tarde, cuando el fuego bajó y muchos ya dormían tirados en el suelo con las barrigas llenas, una mujer se acercó a él. Era joven, con la cabeza rapada y un tatuaje de espirales bajándole por el cuello, y sostenía una lámpara de oro de la que salía un humo pálido y perfumado.

—Soy Neru —dijo—. Sacerdotisa. El viaje entre mundos rompe algo aquí. —Se tocó el pecho—. Déjame curarte antes de que duela.

Connor asintió. Estaba tan cansado y tan lleno de una felicidad que no le cabía en el cuerpo que sólo asintió. Ella acercó la lámpara. El humo empezó a levantarse hacia él, lento, enroscándose, y Connor levantó la mano para tocar el borde tibio del oro, para agradecerle, para decirle algo, cualquier cosa, con el idioma nuevo que le habían regalado.

Sus dedos no llegaron.

El humo se detuvo en el aire. No hacia atrás: simplemente se detuvo, y con él se detuvieron los tambores lejanos y la cara de Neru y la luz anaranjada, todo congelado un instante como una gota antes de caer, y después el mundo entero se descosió por los bordes y Connor cayó hacia adentro de sí mismo, hacia un lugar sin arriba.

Aterrizó en barro. Lluvia. Una lluvia gorda y caliente que le entró por el cuello de inmediato. Estaba de pie —no de rodillas esta vez— en una trinchera, y a su lado había hombres con armaduras de placas mojadas gritándole cosas que ahora sí entendía, porque el idioma seguía con él, la joya seguía con él, y lo que le gritaban era: avanza, avanza, la línea cae.

No hubo círculo ni antorchas ni nadie que le dijera su nombre. Aquí ya sabían que venía; aquí ya lo habían gastado en sus plegarias. Un capitán con medio rostro quemado lo agarró del brazo y lo empujó hacia una escalera de tablas, hacia el borde de arriba donde el aire silbaba, y le dijo, con la boca pegada a su oído para que se oyera sobre el estruendo:

—Sube y hazlo. Por eso rezamos.

No sé un héroe. No sálvanos. Sólo: hazlo. Como quien le habla a una herramienta que por fin ha llegado. Connor subió porque el hombre lo empujaba y porque abajo era peor, y arriba había un campo abierto y cosas moviéndose en la lluvia, formas que corrían agachadas, y algo dentro de él —algo que no sabía que tenía— se encendió. Levantó la mano sin saber por qué y de la palma le salió una luz que no le pertenecía, un latigazo blanco que barrió el campo y tumbó tres de las formas, y Connor se quedó mirándose la mano con la boca abierta, porque no había decidido hacer eso, porque no sabía que podía. En Arzebia no había hecho nada; lo habían recibido antes de que hiciera falta. Aquí algo le salió de la mano, sin más, y no tenía idea de qué era ni de por qué le salía a él.

Nada de esto le cabía en la cabeza todavía. Hacía un instante había una lámpara de oro y una mujer que iba a curarlo, y ahora había barro, lluvia, hombres muertos, y un suelo que lo había soltado de un mundo para tirarlo en otro sin avisar. ¿Qué se suponía que hiciera? Miró la luz apagándose en su palma, miró al capitán de medio rostro que lo observaba desde abajo —no con gratitud, sino midiéndolo, como se mide algo que cae del cielo y todavía no se sabe si sirve—, y no supo ni por dónde empezar a preguntar. Dio un paso para bajar de nuevo a la trinchera, hacia el capitán, hacia cualquiera que pudiera decirle qué le estaba pasando.

El suelo se lo tragó a mitad del paso. El pie que había levantado no volvió a bajar sobre el barro. Lo bajó sobre arena.

Arena y un sol que golpeaba como un puño. El calor le arrancó el aire mojado de los pulmones y se lo cambió por polvo. Estaba en la boca de una ciudad de adobe, en una plaza, y había gente —siempre había gente— con las caras cubiertas contra el viento, y todos se voltearon hacia él a la vez. Aquí nadie lo empujó. Aquí lo miraron con una esperanza tan desnuda que le dolió más que los gritos.

—Es él —dijo una voz de niño en alguna parte—. Es él, mamá, es él.

Y Connor quiso decir que sí, que era él, pero no sabía qué se suponía que hiciera, no le habían dado tiempo de saberlo en el mundo anterior y en éste ya lo esperaban terminado, ya lo esperaban capaz, y él seguía siendo un hombre común con una luz que no controlaba y un idioma prestado y un pie todavía manchado del barro de otro mundo. Una mujer se le acercó con un bulto en los brazos. El bulto era un bebé, y el bebé era del color de la ceniza, gris hasta las uñas, y respiraba con un silbido finito.

—Cúralo —dijo la mujer—. Por favor. Dicen que tú puedes.

Connor miró al bebé gris y no supo hacer nada. Levantó la mano, la misma con que había tumbado a las formas en la lluvia, y no salió luz, no salió nada, porque no era lo mismo destruir que sanar, y él no sabía la diferencia, él nunca había sabido nada de esto, él sólo había deseado esto, de niño, con los ojos cerrados, y desear no es saber. El bebé silbaba con cada respiración, un ruidito fino y terco, y la madre lo mecía sin darse cuenta de que lo mecía, y detrás de ella otras mujeres empezaban a acercarse con otros bultos, otros niños del color de la ceniza, formando en silencio una fila hacia él, hacia sus manos vacías, y Connor entendió que en este mundo lo habían gastado en su esperanza durante generaciones, que había una fila esperándolo desde antes de que él naciera, y que no le habían dejado ni la noche de descanso que le habían dado en Arzebia; aquí no hubo fiesta, aquí sólo hubo cuenta pendiente.

—No sé cómo —dijo, y su voz sonó pequeña incluso para él—. No sé, yo no…

La cara de la mujer empezó a cambiar. Connor extendió las dos manos hacia el bulto gris, decidido a intentar algo, lo que fuera, a partirse en el intento.

Las manos se cerraron en el aire. No había bulto. No había plaza. No había sol.

Cueva. Oscuridad con vetas rojas. El aire olía a hierro y a algo quemado, y muy cerca, en la penumbra, algo respiraba con un sonido húmedo y enorme.

—¡Héroe! —chilló una voz, y otra, y muchas—. ¡Sálvanos de los demonios!

Los oyó antes de verlos: el desgarro de la carne, un ruido que no debería tener nadie cerca, y después las siluetas apretadas contra la pared del fondo, gente, docenas, y entre ellos y Connor una masa oscura que se movía y se abría en bocas. Levantó las manos. Salió luz. Barrió una boca y la boca gritó con un color, gritó azul, un azul que Connor oyó en los dientes.

No terminó de barrer la segunda boca.

Nieve. Blanca, callada, hasta el horizonte, y sobre la nieve una línea de sangre tan roja que parecía pintada por encima del mundo en vez de dentro de él. Había cuerpos. Estaban acostados como para dormir. Connor dio un paso y la nieve no crujió; sonó a campana. Alguien lejos levantó un brazo hacia él, un solo brazo saliendo de un montón de abrigos, y Connor caminó hacia el brazo, y el frío le entró por la boca con sabor a—

Metal. Ruido. Una fábrica del tamaño de una catedral, correas girando, chispas cayendo como lluvia al revés, y en las pasarelas gente encadenada a las máquinas que giraba la cabeza hacia él toda a la vez, cientos de caras iguales, y ninguna dijo nada porque el estruendo se comía las voces, sólo movieron la boca —sálvanos— y Connor no alcanzó ni a levantar la mano.

Los mundos empezaron a llegar más rápido que sus pasos. Ya no elegía hacia dónde caminar; ya no le daban un piso donde poner el pie antes de quitárselo. Castillo, y un salón con banderas y un rey de rodillas —de rodillas ante él, un rey— y la corona rodando por el suelo hacia sus zapatos. Altar, y una piedra con canales tallados y una fila de gente atada esperando el cuchillo, y todos volteando a verlo con un alivio horrible, llegó, llegó a tiempo, y él sin tiempo. Los sentidos se le cruzaban. La luz de las velas del altar pesaba en las manos. El grito del rey le supo a moneda vieja. El olor de la sangre en la nieve le sonaba, agudo, como una cuerda a punto de romperse.

Hubo más y ya casi no eran mundos. Una cápsula de vidrio con luces que parpadeaban en una lengua de números, y una cara detrás del vidrio empañado moviéndose sin sonido. Vías de tren tendidas sobre la nada, y un tren viniendo, y gente amarrada a los rieles que giraba la cabeza hacia él con la lentitud de un sueño. Un establo tibio que olía a paja y a leche, tan de pronto, tan quieto, con una lámpara colgada y una sombra de mujer inclinada sobre un pesebre, y Connor alcanzó a pensar que ahí, en ese calor, quizá no hacía falta que salvara a nadie, y entonces el establo se apagó como una vela y volvió el ruido.

Perdió la cuenta. Perdió el orden. Ya no era un hombre yendo de un lugar a otro sino un lugar por el que pasaban mundos, y en cada uno había caras y en cada cara había la misma palabra, sálvame, sálvanos, héroe, por favor, y él no había salvado a nadie, ni a uno, ni al bebé gris ni al rey ni a Neru con su lámpara, a nadie, porque nunca le daban el tiempo de un latido completo.

Entonces, entre dos parpadeos, hubo un cuarto pequeño.

Un cuarto de verdad, con paredes y una ventana y una cama, quieto en medio de la marea como una piedra que el río no logra mover. En el rincón había una niña. No más de seis años. Estaba sentada en el suelo con las rodillas contra el pecho y lloraba sin ruido, del modo en que lloran los niños cuando ya llevan mucho llorando, y contra el pecho apretaba un libro. Un libro con un dibujo en la tapa que Connor no alcanzó a ver bien pero que conocía en el estómago antes que en los ojos. La niña levantó la cara. Lo miró. Y aflojó una mano del libro, sólo una, y la estiró hacia él, y su boca formó una palabra que se quedó a la mitad:

—Ayud…

Connor recordó, por un instante, al niño de siete años.

No lo pensó; no le quedaba con qué pensar. Fue más simple y más hondo que un pensamiento: en el centro exacto del dolor, cuando los mundos ya lo golpeaban como un mar golpea una roca que lleva mil años partiéndose, algo en él se agarró de una cama demasiado grande y una linterna bajo las sábanas y un dibujo de un muchacho común al que un mundo entero había estado esperando.

La niña seguía con la mano estirada. Ya no la veía —el cuarto se descosía como todo lo demás— pero la sostenía por dentro, esa mano y esa palabra partida, ayud, y sobre ella, encima, más viejo, el deseo entero de su infancia: que me llamen, que me reciban, que yo importe.

Y ahora entendía —no con la cabeza, con lo poco que quedaba de él— que se lo habían dado. Todo. Lo habían llamado. Lo habían recibido. Lo habían puesto en el centro de todo lo que importaba, de todos los mundos a la vez, y era esto. Era exactamente esto. Nadie le había dicho, a los siete años, con la linterna caliente en la mano, que ser el llamado significaba que todos los que gritaran su nombre serían gente a la que no iba a alcanzar a tocar.

No pidió salvarse. Ya ni siquiera sabía cómo se pedía eso. Lo que hizo, con lo último que era suyo, fue mucho más pequeño: quiso acordarse. Acordarse de que había sido Connor. De que había existido un cuarto y una linterna y un niño que deseaba con toda la fe intacta de los siete años, un niño que no sabía. Quiso guardar al niño. No para volver a él —no había a dónde volver— sino para que existiera todavía, un segundo más, alguien de quien todo esto le estaba pasando.

Yo soy Connor, pensó, y fue lo más parecido a rezar que hizo en toda su vida. Yo soy Connor. Yo deseé esto. Yo—

El pensamiento no llegó a cerrarse.

Algo se abrió en él, hacia afuera y hacia todos lados a la vez, y no fue una puerta sino una represa. Cada mundo que lo había atravesado había dejado algo dentro —la luz de la trinchera, el barrer de las bocas, cosas que había usado sin saber que las guardaba— y todo eso no se había ido a ninguna parte. Se había apilado. Se había apretado. Y ahora, del otro lado de la represa, subía una presión que no tenía nombre y no cabía en un hombre, no cabía en diez mil hombres. La luz de la trinchera se le abrió adentro como un carbón partido, y ardía, y detrás se abrió el barrer de las bocas, y detrás todo lo demás, mundo tras mundo, cada cosa guardada soltando de golpe lo que traía apretado, y todo lo que soltaban era lo mismo, y no paraba.

El espacio se abrió. Ya no eran parpadeos; era todo a la vez. Vio los mundos extendidos como un campo sin fin, cada uno con su gente postrada, y la gente rezaba, y esta vez oyó lo que rezaban, no en una lengua sino en todas, la joya del conocimiento abierta ahora al revés, ya no dándole el idioma de un mundo sino vertiéndole encima el de todos: cada plegaria, cada nombre de cada dios, cada sálvame dicho en cada garganta de cada mundo entrando en él de golpe.

Un rostro. Una anciana con una vela.

Otro. Un soldado sin piernas.

Otro. Una madre. Otro. Un huérfano. Otro, otro, y ya no eran rostros, eran demasiados para ser rostros, se le juntaban en una sola cosa sin cara, una multitud tan grande que dejaba de tener bordes, y todos querían de él exactamente lo mismo y él estiró el brazo —el gesto viejo, el único que le quedaba, el de la mano hacia Neru, el de las manos hacia el bebé gris, el de la niña del libro— estiró el brazo hacia la infinidad para tocar a alguien, a uno, a cualquiera, y no había uno. No quedaba nadie a quien tocar. Tocar es de a uno, y a él lo habían hecho de todos.

Los pensamientos ajenos siguieron entrando. No pedían sólo salvación; traían todo lo suyo, cada uno, las cosas pequeñas por las que la gente reza cuando ya no espera lo grande: que el hijo vuelva, que pare el dolor, que la cosecha aguante, que alguien, cualquiera, esté del otro lado escuchando. Millones de vidas enteras se le vaciaron adentro con sus nombres y sus muertos y el olor de sus cocinas, y él las recibió todas porque no tenía ya con qué cerrarse, y lo que le entraba ya no era un idioma sino el peso completo de cada persona que lo había llamado alguna vez. Ninguna cabía junto a la otra. Todas cupieron de todos modos, apretadas, aplastadas, hasta que dejaron de ser cada una y empezaron a ser una sola cosa demasiado grande, y esa cosa ya no tenía forma de hombre.

La energía empezó a filtrarse.

Lo vio salir de él como un vapor que no era vapor, un color enfermo que no tenía color, un gris que se le desprendía de la piel y se comía la piel al desprenderse. Le subió por los brazos. Donde lo tocaba, dejaba de sentir; primero las yemas de los dedos, esas que nunca alcanzaron el oro de la lámpara, después las manos enteras, después el gesto mismo de estirarse, que se apagó a medio camino y se quedó ahí, quieto, un brazo tendido hacia todos que ya no sabía por qué estaba tendido. El gris avanzaba y detrás del gris no dolía, y eso era lo peor, que no dolía. Connor esperó el dolor como quien espera al menos una compañía y no llegó.

No se apagaba porque algo lo aliviara. Se apagaba porque ya no quedaba suficiente de él para encender.

Sintió —si es que todavía se podía llamar sentir— cómo el yo se le adelgazaba. No se rompía de golpe: se repartía. Se iba diluyendo en la multitud sin cara hasta que costaba decir dónde terminaba Connor y dónde empezaban los millones, hasta que la pregunta misma dejó de tener quién la hiciera. El niño de la linterna se hizo pequeño, y más pequeño, una luz al fondo de un pasillo que se alarga, y Connor manoteó hacia él una vez más, hacia adentro, hacia lo único suyo que le importaba guardar—

Yo—


Hay un lugar sin fondo, y en el fondo que no tiene hay algo despierto.

Apenas. Es una brasa. No sabe que es una brasa; no tiene con qué compararse, no hay otra cosa, no hay antes. Sólo el hecho, muy tenue, de que está. Alrededor no hay alrededor: hay una oscuridad que no es la ausencia de luz sino algo con voluntad propia, algo que la rodea de cerca y la aprieta, no para hacerle daño —no hay daño aquí— sino para contenerla, como se contiene una crecida, como se tapa un pozo del que subiría algo que rompería todo lo que hay afuera si se le dejara salir. La oscuridad tiene la paciencia de lo que no termina nunca. La brasa lo nota sin entenderlo: que está guardada. Que es demasiado para donde sea que estuvo, y que por eso está aquí, donde no hay donde.

No hay compañía. Eso también lo nota, aunque no tiene la palabra. Hubo —no, no hubo, la brasa no recuerda un hubo—; sencillamente, en toda la extensión de lo que alcanza, que es infinita y es nada, no hay nadie más. Está sola del modo en que sólo puede estar sola una cosa que llena por completo el único lugar que le queda.

Intenta sentir y encuentra el gesto pero no la cosa. Como una mano que se cierra en el agua. Algo, muy hondo, fue hecho para sentir, tuvo la forma de sentir, y ahora está esa forma, ese hueco con la forma exacta de algo que ya no llega. No duele. Nada duele. La brasa entiende, con la única certeza fría que le queda, que nada va a doler nunca más, y que nada va a alegrar nunca más, y que esto que es ahora —despierta, guardada, sola, sin fin— es lo que va a ser, y va a ser siempre, y no hay una segunda cosa después de siempre.

En la oscuridad que la contiene se asienta un nombre. No sube de la brasa; baja sobre ella, del silencio, como se posa el polvo. Erigan. La brasa lo recibe sin reconocerlo. No es suyo. No es de nadie que ella recuerde haber sido. Es sólo lo que queda cuando muchos —miles, millones, todas las bocas de todos los mundos que rezaron a la vez— caben apretados en una sola cosa que ya no es ninguno de ellos. No hay triunfo en eso. No hay amanecer. Sólo el peso mudo de estar, indefinidamente, sin sentir, en el fondo sin fondo del único lugar que la existencia le dejó.

Muy lejos, tan lejos que la brasa nunca lo sabrá, en mundos de los que no guarda ni el nombre, quedaron cosas atrás.

En una tierra de tribus, una lámpara de oro que nunca terminó de curar a nadie late una vez en su humo, muy despacio, y espera. En el barro de una trinchera bajo la lluvia, donde una mano soltó una luz que no era suya, hay una semilla que no sabe que es semilla. En una plaza de adobe, junto a un bulto que fue gris, en la nieve al lado de una línea de sangre, en un cuarto pequeño donde una niña todavía aprieta un libro contra el pecho y todavía tiene la mano estirada hacia una puerta por la que ya no entra nadie —en todos esos lugares el mundo quedó hundido, y la hondura sigue ahí, latente, apagada, esperando sin saber qué espera.

El viajero cruzó, y fue recibido, y no llegó nunca. Y por donde pasó, los mundos guardaron la hondura de su paso, sin quererlo él, sin saberlo ellos: semillas de un hombre que soñó de niño con un viaje que tuviera llegada.

Vestigios.