El frío del invierno en realidad no me gusta, pero el sentimiento que me da beber algo caliente es incomparable.
Camino por la acera con el vaso entre las manos, dejando que el vapor me suba a la cara, y así el viento que recorre las calles y se cuela entre los edificios se vuelve una cosa soportable, casi amable, algo que uno aprende a llevar como se lleva cualquier otra molestia que no se puede cambiar.
Algunos rayos del sol se filtran entre los balcones y caen a pedazos sobre el asfalto, y yo los piso sin ganas, uno tras otro, como si fueran escalones puestos ahí para llevarme a un sitio al que voy porque toca ir, no porque quiera.
La ciudad a esta hora está a medio despertar.
Las persianas de los locales suben con ese chirrido metálico que a nadie parece molestarle, un señor barre la entrada de una cafetería con movimientos que no llegan a ninguna parte, y los buses pasan medio vacíos, con las ventanas empañadas y las siluetas de la gente pegadas al vidrio como manchas.
Yo bebo otro sorbo. El café me quema un poco la lengua y no me importa; hay cosas que se agradecen justamente porque duelen lo suficiente para recordarme que sigo ahí.
Diez años tropezando le enseñan a cualquiera que la mañana no es más que el rato que hay que atravesar para llegar a la tarde, y la tarde el rato para llegar a la noche, y así.
No es que me queje. O sí, a lo mejor me quejo, pero por dentro, que es donde uno se queja de verdad, sin que le cueste nada.
La vida me salió torcida por una serie de cosas que no dependieron de mí, y con el tiempo he ido haciendo las paces con eso, más o menos, del modo en que se hacen las paces con el clima: no lo perdonas, simplemente dejas de discutir.
En la esquina hay un puesto de siempre, con su toldo destartalado y sus canastas de fruta y dos señoras conversando con la vendedora.
Una de ellas tiene los ojos hinchados y habla bajito, y la otra le pone la mano en el hombro y menea la cabeza. Alcanzo a oír algo del hermano, que si el hermano, que si fue tan de repente, que uno nunca está listo aunque crea que lo está, y la vendedora suspira y dice que así es la vida, que se lo lleva a uno cuando menos lo espera.
Yo bajo la mirada al mostrador. Pido un vaso de frutas —mango, piña, un poco de melón— y la vendedora me lo arma sin dejar de asentir a lo que dicen las señoras, me lo entrega, le pago, doy las gracias y sigo.
El vaso me enfría la mano que tenía caliente por el café, así que me lo cambio a la otra y camino con uno en cada mano, el frío y el calor, hasta que la librería aparece al final de la cuadra, con el letrero ya encendido y la persiana arriba, porque Larris abre temprano y a esa hora el sitio ya respira sin mí.
Empujo la puerta, que ya está abierta, y me recibe el olor de siempre, a papel y a polvo dormido, y la voz de Larris desde el fondo dándome los buenos días sin levantar la cabeza de las cajas de pedidos que abre a esta hora.
Las luces ya están encendidas por secciones, las mesas de novedades puestas, la escalerita de ruedas en su rincón; él llegó antes, como siempre, porque lleva más años que yo en esto y le gusta tener el local listo cuando yo entro.
Dejo el vaso de frutas junto al teclado de la caja registradora, que hace su ruido de tripas cuando la despierto. Me quito el abrigo y lo cuelgo.
Y por un momento, antes de que entre el primer cliente, con Larris tarareando bajito al fondo y la calle todavía quieta al otro lado del vidrio, me quedo en el mostrador sin hacer nada, y esa quietud de antes de que el día arranque, aunque no lo diga en voz alta, es lo que más me gusta del día entero.
No dura.
De la trastienda sale Carles, colorado, frotándose las manos, con esa manera suya de aparecer como si el local le diera alegría con solo verlo.
—¡Ethan! —me dice, como si no me hubiera visto ayer y anteayer y todos los días—. ¿Sabes qué día es hoy?
—Martes —le contesto, porque me gusta hacerme el que no sé.
—Es día de pizza. —Levanta un dedo, solemne, como quien anuncia una festividad nacional—. Día de pizza, Ethan.
Larris asoma la cabeza desde el fondo, entre dos cajas de pedidos que estaba abriendo, y suelta un ruido que no llega a ser palabra, algo entre el aullido y la carcajada, y dice que llevaba toda la semana esperando esto, que ya sabe cuál va a pedir, la de cuatro quesos con esa masa que casi no venden y que hay que rogarle al del teléfono para que la haga.
Carles se ríe con todo el cuerpo. Me apunta con el dedo, de buen humor.
—La última vez me hizo daño, ¿te acuerdas? Toda la noche despierto. Le eché la culpa a la pizza. —Se encoge de hombros, satisfecho de sí mismo—. Pero hoy me la voy a comer igual. Uno no le va a dar el gusto a la pizza de quedarse sin comerla, ¿verdad?
—Verdad —digo, y trago en seco, porque yo también le echo la culpa a las cosas, a las pizzas y a lo que sea, solo que a mí nunca me da por comérmelas igual. Pero eso no lo digo.
Sonrío, que es más fácil, y me pongo a contar el cambio de la caja mientras Carles le explica a Larris, por milésima vez, la diferencia entre una masa que reposa y una que no.
El día empieza a rodar solo, sin que yo tenga que empujarlo.
Entra el primer cliente, un señor que busca un libro cuyo título no recuerda pero que tenía la portada azul, o quizá verde, y era grueso, de esos que pesan; lo acompaño por los estantes un rato, descartamos tres portadas azules y dos verdes, y al final se lleva otro que ni buscaba, contento, y pienso que a lo mejor así se vive mejor, saliendo a buscar una cosa y quedándose en paz con la que aparece.
Entra una señora por su encargo, un libro de cocina para su hija, que no sabe ni hervir un huevo, me dice, y yo se lo armo con el papel bueno, el de las ocasiones, porque a la gente le gusta que un regalo parezca un regalo, y porque envolver bonito lo que va a ser de otro es de las pocas cosas que todavía se me dan.
Entra también un viejo que se planta junto al estante de historia, lee de pie un largo rato y se va sin llevarse nada, y yo lo dejo, porque no molesta a nadie y porque hay que estar muy solo para venir a leer parado en una librería ajena, y de eso yo sé lo mío.
Entre uno y otro cobro, envuelvo, subo a la escalerita a bajar un tomo del estante alto y vuelvo a bajar, enderezo las pilas que la gente deja torcidas, corrijo un cartelito de sección que lleva mal escrito el nombre de un autor desde antes de que yo llegara y que a nadie más le quita el sueño.
Larris, al fondo, canta bajito algo que no afina, se le cae una caja, suelta una palabrota y se ríe él solo. El calentador eléctrico zumba en un rincón sin llegar a calentar del todo.
Le paso un trapo al mostrador. Bebo del vaso de frutas cuando ya el mango se ha entibiado y sabe a poco.
Es una vida tranquila, si uno la mira de lejos. Un cajero de librería, treinta y seis años, dos o tres en el mismo puesto, que es lo más estable que he tenido desde que el mundo decidió por mí que yo no iba a ser lo que iba a ser.
Carles me encontró tirado, más o menos literalmente, y me dio esto, y yo he ido mejorando de a poco, como él dice, aunque a veces pienso que mejorar es solo otra palabra para acostumbrarse.
Las sombras de los estantes se van estirando por el piso, la luz de la calle cambia de ángulo, la campanita de la puerta suena y deja de sonar, y yo estoy ahí en medio, haciendo lo que hay que hacer, que no es poco y no es mucho, y que llena las horas de una manera que no me exige pensar demasiado. Eso también se agradece.
Por la tarde, cuando el sol ya viene de costado y entra dorado por la vitrina y le saca brillo al polvo suspendido, suena la campanita y levanto la vista y es Roger.
Tardo un segundo en creerlo.
Está más lleno de cara, con una chaqueta buena y un maletín que no pega con este barrio, pero la sonrisa es la misma de hace mil años, la de cuando nos sentábamos al fondo del aula a corregirnos las respuestas el uno al otro y a discutir quién iba a llegar más lejos.
—No puede ser —dice, y abre los brazos—. ¿Ethan? ¿Tú aquí?
—Yo aquí —le contesto, y salgo del mostrador, y nos damos ese abrazo torpe de los hombres que fueron muy amigos y dejaron de verse sin haber peleado, solo porque la vida los llevó por pasillos distintos.
Está de paso, me dice. Vino unos días por un asunto del instituto donde investiga, allá, al otro lado, un nombre de ciudad que suena a frío de verdad y no al frío de juguete de aquí.
Habla de su trabajo con una naturalidad que me golpea más que si presumiera: proyectos, un equipo a su cargo, un artículo que salió en no sé dónde.
Me pregunta por mí y yo le señalo el local con la mano, abarcándolo todo, los estantes, la caja, a Larris que nos mira desde el fondo con curiosidad, y le digo que aquí, en esto, tranquilo.
Él asiente despacio, y en sus ojos hay algo que no es lástima pero se le parece, o a lo mejor soy yo que le pongo esa cara a todo.
Charlamos de los de antes, de quién se casó y quién engordó y quién desapareció del mapa, y nos reímos, y por un rato es como si el aula siguiera ahí y afuera no hubieran pasado los años.
Entonces él dice, sin maldad, con esa forma de decir las cosas que solo tienen los que están donde querían estar: «Qué bárbaro lo que era aquella empresa, ¿te acuerdas cómo la soñábamos?».
Y de pronto el local entero —la caja, la voz de Larris al fondo, la campanita— se me va a un segundo plano, y me quedo con esa palabra suya dándome vueltas: soñábamos.
Porque yo también la soñaba. Más que él, quizá.
Era la empresa, la de verdad, la que iba a ordenarme la vida entera, y yo tenía la entrevista, la tenía ganada casi, y llegué tarde. Eso fue todo.
Llegué tarde por una cosa y otra, por el mundo que se pone de acuerdo para plantarle a uno cada obstáculo en el peor momento, y cuando entré al despacho, la señora del escritorio ya tenía la cara del que decidió, y no hubo currículum ni palabras que valieran, porque a la gente así lo único que le importa es el minutero.
Me dijeron que valoraban mucho mi perfil pero que la puntualidad, en fin.
Y salí de ahí y la vida que tenía por delante, esa que ya casi tocaba, se apagó de golpe, como una luz que alguien decide bajar sin avisar.
Un error, y no fue mío, fue del tráfico y de la hora y de la mala suerte que me sigue como un perro, un solo error destruyó todo mi mundo. Después vinieron los diez años. Pero de eso no hay mucho que contar.
—Sí —le digo a Roger, y bebo lo último del vaso de frutas, que ya no tiene frutas, solo el jugo aguado del fondo—. Me acuerdo.
Él no nota nada, o hace como que no, que es lo elegante.
Me deja una tarjeta, me dice que lo llame, que un día de estos comamos, y yo le digo que sí, claro, que cómo no, sabiendo los dos, creo, que no va a pasar.
Se va con su maletín y su chaqueta buena y la campanita suena tras él, y el local vuelve a ser el local.
—¿Un amigo? —pregunta Larris.
—De la universidad —le digo, y no digo más, y él, que es buena gente, lo deja ahí.
La tarde se acaba sin apuro. La luz dorada se va poniendo naranja y después gris, y los postes de luz de la calle se encienden de uno en uno con ese titubeo suyo.
Empiezo a cerrar la caja, cuadro el efectivo, apago las secciones de luces en el orden de siempre, primero el fondo, después el centro.
Carles llega desde la trastienda cargando las cajas de pizza como quien carga un tesoro, y el olor lo llena todo, y hasta a mí, que no tengo hambre de nada, me da hambre.
Ponemos tres sillas alrededor del mostrador. Larris destapa la de cuatro quesos y hace un ruido de felicidad pura.
Carles agarra su porción, me mira, se ríe, y le da un mordisco enorme, en desafío a la pizza que la otra vez le hizo pasar la noche despierto.
Comemos ahí, entre los estantes apagados, con el letrero de afuera ya oscuro y la ciudad andando sin nosotros al otro lado del vidrio.
Larris cuenta una historia larguísima de un libro que se está leyendo, con voces y todo, y yo, metido en lo mío, apenas le escucho un pedazo —un tipo que le grita a todo el mundo una verdad que nadie le cree—, y Carles se ríe con la boca llena, y yo mastico despacio y miro la calle por la vitrina, la gente que pasa apurada hacia sus casas, hacia sus vidas, hacia lo que sea que les espera.
La pizza está buena. El día fue como todos.
Carles me alcanza otra porción sin preguntar, y yo la agarro, y me dejo estar ahí, quieto, entre el olor a queso y el murmullo de Larris, sin pensar en Roger ni en la tarjeta que se me quedó en el bolsillo del abrigo ni en el despacho aquel ni en nada.
Afuera la calle se va quedando sola.
Terminamos sin prisa, doblamos las cajas vacías, apagamos la última luz, y salimos los tres al frío, y la puerta se cierra a mi espalda con su golpe seco.
Carles se va por su lado y Larris por el suyo, y yo me subo el cuello del abrigo y me quedo un momento en la acera, con el sabor del queso todavía en la boca, mirando el letrero apagado. Después camino.
Camino, subo el cuello del abrigo contra el frío, doy dos pasos sobre la acera oscura con el sabor del queso todavía en la boca y el letrero apagado a mi espalda —y entonces, sin que medie nada, sin un parpadeo ni un mareo ni ese segundo en que uno se acomoda a un sitio nuevo, estoy otra vez adentro, con las luces encendidas y el día entrando limpio por la vitrina, Larris al fondo entre sus cajas y la trastienda abriéndose para dar paso a Carles, colorado, frotándose las manos.
—¡Ethan! —dice Carles, de buen humor, como si no me hubiera visto ayer y anteayer y hace un momento en esta misma librería—. ¿Sabes qué día es hoy?
Me quedo quieto, sin entender, porque el vaso de frutas está junto al teclado con el mango todavía firme, sin que yo lo haya comprado esta mañana, sin que haya caminado hasta aquí con uno en cada mano, el frío y el calor; y hace nada yo estaba en la acera oscura, caminando, y ahora afuera es de día, un día entero por delante, cuando recién era de noche y la ciudad andaba sin nosotros al otro lado de la vitrina.
—Es día de pizza —dice Carles, y levanta el dedo, solemne, como quien anuncia una festividad nacional.
No contesto enseguida. Se me ocurre, con esa lentitud mía para todo, que me quedé dormido.
Que me senté a cerrar la caja, o en la silla del mostrador después de comer, y que soñé la calle y el frío y la vuelta a casa, y que ahora Larris me va a despertar con uno de sus ruidos. Es lo más razonable.
A un hombre que atraviesa la mañana solo para llegar a la tarde, y la tarde para llegar a la noche, se le confunden los días con facilidad; a lo mejor no era anoche lo que recuerdo sino la semana pasada, otro martes, otro día de pizza igual a este, que todos se parecen tanto que uno ya no sabe cuál vivió y cuál se imaginó.
Me froto la cara. Larris asoma desde el fondo, entre dos cajas, y suelta ese aullido que no llega a carcajada y dice que llevaba toda la semana esperando esto, que ya sabe cuál va a pedir, la de cuatro quesos.
—La última vez me hizo daño, ¿te acuerdas? —dice Carles, apuntándome con el dedo—. Toda la noche despierto. Pero hoy me la voy a comer igual.
Y le doy la razón, y trago en seco, y dejo que el día ruede, porque es más fácil dejarlo rodar que ponerme a explicar un desconcierto que no sabría ni nombrar.
Rueda. Entra el señor que busca un libro de portada azul, o quizá verde, grueso, de esos que pesan, y lo acompaño por los estantes y se lleva otro que ni buscaba, contento.
Entra la señora del libro de cocina para la hija que no sabe hervir un huevo.
Se le cae una caja a Larris al fondo, suelta la palabrota, se ríe solo. El calentador zumba sin calentar.
Roger empuja la puerta cuando el sol viene de costado y dorado, con su chaqueta buena y su maletín que no pega con el barrio, y me abraza y me pregunta por mí y yo le señalo el local con la mano, y me deja la tarjeta, y se va.
La pizza. La noche. La acera. El frío.
Y estoy otra vez adentro, con Carles saliendo de la trastienda.
—¿Sabes qué día es hoy?
Ya no pienso en el sueño. Un sueño no se repite con la coma en el mismo sitio, con el señor descartando exactamente tres portadas azules y dos verdes antes de rendirse, con la caja de Larris cayéndose en el mismo segundo.
Lo pienso y lo aparto, porque pensarlo de verdad da un vértigo que prefiero no tener, y me digo que estoy cansado, que llevo años cansado, que la mente hace cosas raras cuando uno vive en piloto automático y ya no distingue un martes de otro.
Me lo digo con la misma voz con que me digo que la vida me salió torcida por culpa del tráfico y de la hora y de la mala suerte que me sigue como un perro: la voz que sirve para no mirar de frente.
Pero el día vuelve a rodar igual, y algo dentro de mí, contra mi voluntad, empieza a llevar la cuenta.
El chiste de Carles cae donde cayó. Larris canta desafinado lo mismo.
Y yo, que nunca he tenido nada por delante, me descubro esperando cosas: el aullido antes del aullido, la caja antes de la caja.
Me pesa. Es un cansancio nuevo, distinto del mío de siempre, el de repetir algo que uno ya no eligió repetir.
Hasta que una vuelta —no sé cuántas van, no las cuento, uno no lleva la cuenta de lo que no cree— espero a Carles cuando sale de la trastienda con el dedo en alto, y antes de que abra la boca sé lo que va a decir, palabra por palabra, y lo digo bajito, para mí: la última vez me hizo daño, pero hoy me la voy a comer igual.
Y Carles lo dice. La última vez me hizo daño, pero hoy me la voy a comer igual. Con la misma pausa, con la misma risa de hombre satisfecho de sí mismo, apuntándome con el dedo. Me quedo frío.
Después me planto junto al mostrador cuando entra el señor de la portada azul, y antes de que abra la boca sé también lo suyo, y lo digo para mí: era grueso, de esos que pesan. Y el señor lo dice. Grueso, de esos que pesan. Con la misma mano en el aire midiendo el grosor de un libro que no existe.
Y voy hasta el fondo donde Larris tiene su caja a medio abrir y me quedo mirándola, y cuento por dentro, tres, dos, uno, y la caja se le resbala y suelta la palabrota y se ríe solo, en el instante exacto en que sabía que iba a pasar, y ahí, entre los estantes que ya me sé de memoria, se me acaban las excusas.
No es un sueño. No es cansancio. No me confundí de día. El día se repite.
No sé por qué ni desde cuándo ni hasta cuándo, pero se repite, y yo soy el único que lo sabe, porque Carles sale siempre de la trastienda con la misma alegría intacta y Larris espera la pizza como si fuera la primera vez, cada vez, todas las veces.
Podría asustarme más de lo que me asusto. A lo mejor un hombre con una vida por delante saldría corriendo, gritaría, se agarraría la cabeza.
Yo llevo diez años atrapado en un día que se parecía sospechosamente a este sin necesidad de que nadie lo repitiera, así que lo que siento no es tanto pánico como un fastidio hondo, la sensación de que hasta esto, hasta lo imposible, me tenía que pasar a mí, y encima en la librería, y encima en día de pizza.
Y es entonces, buscando dónde agarrarme, cuando reparo en la hora. Porque uno, cuando el suelo se le mueve, busca un número, algo firme.
Miro el celular en el instante en que Carles sale de la trastienda y marca las 9:22. Lo miro la vuelta siguiente, y las 9:22. Y la de más allá, apostando conmigo mismo a que esta vez será otra cosa, y no: 9:22, con los mismos dos puntos parpadeando, siempre.
No a las nueve en punto, no a la media, no a una hora redonda que uno pudiera achacar a que la librería abre temprano. Las nueve y veintidós.
Y esa noche, cuando ya cerramos y nos comimos la pizza y salgo al frío y camino por la acera oscura, miro el celular antes de que el mundo se doble: 9:22 de la noche. La misma cifra a los dos extremos, como los dos barrotes de una jaula que alguien midió con cuidado.
No entiendo qué tiene esa hora. No entiendo nada.
Pero el número se me queda pegado, se me mete debajo de todo lo demás, y ya no se me va: nueve y veintidós, nueve y veintidós, la hora exacta en que empieza y la hora exacta en que todo vuelve a empezar.
Muerdo la porción que Carles me alcanza sin preguntar. Mastico despacio.
Miro la calle por la vitrina, la gente que pasa apurada hacia sus vidas, y sé, con una certeza fría y sin dramatismo, que esta noche tampoco voy a llegar a ninguna parte.
Que voy a terminar la pizza, a salir al frío de juguete de aquí, a subirme el cuello del abrigo y a caminar unos pasos por la acera oscura — y que, antes de llegar a ningún lado, el mundo se va a doblar, y la trastienda se va a abrir, y Carles va a salir de ella colorado y contento a preguntarme si sé qué día es hoy.
Y yo voy a saberlo. Voy a ser el único que lo sepa.
Lo primero que hace un hombre en su sano juicio, cuando entiende que se quedó encerrado en un sitio, es buscar la puerta. No hay nada raro en eso.
Uno no razona antes de asustarse; primero es siempre el cuerpo, y mi cuerpo, en el instante en que el reloj marca las 9:22 y Carles sale de la trastienda, lo único que quiere es no estar ahí.
Así que la primera vez salgo sin plan, casi de puro reflejo.
Dejo el vaso de frutas junto al teclado con el mango todavía firme, y paso de Carles antes de que acabe la pregunta, hacia la calle, con esa cerradura que se traba y que hoy no me atrapa porque voy saliendo y no entrando.
Lo oigo a mi espalda soltar mi nombre con una sorpresa alegre, «¡Ethan!, ¿y esa prisa?», y no le contesto, porque explicarle sería devolverme, y yo lo que quiero es probar una cosa: si el día se arma solo cuando yo hago mi parte, a lo mejor el día se desarma cuando no la hago.
Me quedo en la acera de enfrente, con el cuello del abrigo subido, mirando la librería como se mira una casa ajena.
Y el día se arma sin mí, tranquilamente, como si yo nunca le hubiera hecho falta. Sigue encendida y abierta, igual que la dejé hace nada, con Larris moviéndose al fondo entre sus cajas.
Por la vitrina veo al señor de la portada azul entrar y salir con otro libro que no buscaba, veo a la señora del encargo, veo a Larris subir a la escalerita de ruedas. El calentador que zumba sin calentar sigue zumbando igual, supongo, aunque yo no lo oiga.
La ciudad camina, los buses pasan medio vacíos con las ventanas empañadas, el señor de la cafetería barre su entrada sin llegar a ninguna parte. Todo ocurre. Yo sobro.
Y cuando el sol viene de costado y se pone dorado en el vidrio, veo entrar a Roger con su chaqueta buena y su maletín que no pega con el barrio, y lo veo buscarme con los ojos entre los estantes y no encontrarme, y hablar un momento con Larris, y encogerse de hombros, y dejar la tarjeta en el mostrador y marcharse.
Todo eso le toma menos de lo que dura un cigarro. Me duele de una manera que no esperaba: no que el día siga sin mí, sino lo poco que le cuesta.
A las 9:22 de la noche estoy sentado en el borde de una fuente seca, a dos cuadras de la librería, lejos del olor a queso y de las tres sillas, convencido de que esta vez, al menos, no habrá pizza para mí, ninguna vuelta, nada — y estoy otra vez adentro, con las luces encendidas y el vaso de frutas junto al teclado, y la trastienda abriéndose para dar paso a Carles.
—¡Ethan! ¿Sabes qué día es hoy?
No sirve no ir a trabajar. El día no me necesita a mí para ser el día.
Lo entiendo con una calma rara, la de quien ya sospechaba que su ausencia no le hace mella al mundo, y en el fondo, aunque no me guste, es una noticia que llevo años dándome.
Entonces pruebo por el lado contrario: si escaparme no funciona, a lo mejor funciona hablar. Se lo cuento a Carles.
Es lo natural: Carles es lo más parecido a un padre que me ha dado esta parte torcida de la vida, el hombre que me encontró tirado y me puso detrás de un mostrador, y si hay alguien en el mundo dispuesto a creerme una locura, es él.
Espero a que salga de la trastienda, a que se ría de la pizza que la vez pasada lo tuvo despierto, y le suelto todo de corrido, atropellándome, que el día se repite, que él va a anunciar el día de pizza y a jurar que hoy se la come igual, que a Larris se le va a caer una caja, que yo ya viví esto docenas de veces.
Carles me escucha con esa cara de bondad ancha que pone para todo. No se ríe de mí. Me pone una mano en el hombro.
Me dice que trabajo demasiado, que descanse, que él a veces también siente que los martes se le confunden, que uno a cierta edad empieza a repetirse.
Y cuando le adivino la caja de Larris tres segundos antes de que caiga, y cae, y Larris suelta la palabrota y se ríe solo, Carles abre mucho los ojos, se queda un momento callado, y después me sonríe con más cariño todavía, como quien le sigue la corriente a un enfermo para no hacerlo sentir peor.
Al final da igual lo que crea. Da igual si me cree del todo, o a medias, o nada.
A las 9:22 de la noche todo lo que hablamos se borra, y a la mañana siguiente Carles vuelve a salir de la trastienda, colorado y contento, a preguntarme si sé qué día es hoy, limpio, entero, sin acordarse de que anoche me puso la mano en el hombro.
Contarlo no deja huella. Es como escribir en el agua.
Es en esas primeras vueltas, mientras hago cuentas con lo que me pasa, cuando el recuerdo empieza a moverse.
No lo llamo yo; llega solo, a pedazos, como cuando uno revuelve un cajón buscando otra cosa y le aparece algo que había guardado sin querer.
Y lo que me aparece es la noche. La noche anterior a la entrevista.
Fue una noche que salió mal desde el principio, aunque entonces no lo pareciera. Yo tenía los nervios de punta —al día siguiente me jugaba la vida entera en un despacho— y Peter y Albert se empeñaron en sacarme a dar una vuelta para bajarme los ánimos.
Peter me puso un trago en la mano nada más llegar, con esa forma suya de arreglarlo todo con alcohol. «Tranquilo, todo irá bien —me dijo, dándome palmadas en la espalda—. Toma, este trago. Te ayudará.»
Y Albert, que siempre fue el sensato de los tres, se metió por el medio: «No deberías beber. Mañana es el día más importante de tu vida y yo mismo me voy a asegurar de que no toques una sola gota hasta que celebremos tu trabajo nuevo.»
Yo me reí y acepté la condición. Y la cumplí: no bebí ni una gota en toda la noche.
Lo único que hacía era agarrar la botella de la mesa y servirme un trago de mentira, de puro juego, un trago que Albert, obligado por su propia regla, se veía forzado a beberse.
Nos reímos con eso hasta doblarnos. Yo, sobrio. Cumpliendo el trato al pie de la letra.
Vuelvo del recuerdo al día, y busco respuestas donde debería haberlas: en los libros.
Estoy en una librería, al fin y al cabo, rodeado de estantes hasta el techo, de miles de historias que alguien escribió sabiendo cómo terminaban. Alguna tendrá que hablar de esto.
Me paso vueltas enteras leyendo, primero al azar, después con método, de la novela a la sección de esoterismo que Carles tiene arrinconada, hasta un tomo grueso de filosofía del tiempo que no entiendo ni queriendo.
Cuando me canso de los libros, me llevo el celular al fondo, junto al calentador, y busco en internet como busca un ahogado: escribo que un día se me repite, que soy el único que lo recuerda, que la gente amanece en blanco.
Encuentro foros de gente a la que nadie le cree, artículos que no explican nada, hasta una película que en el cartel promete justo mi desgracia. Nada me sirve.
Nadie que escriba de un día repetido lo vivió de verdad; se nota, porque todos le encuentran una salida limpia, una lección, un botón que apretar.
Yo no encuentro el botón. Cierro el celular con la sensación de haberle pedido el mapa a alguien que tampoco sabe dónde está.
Se me ocurre que la respuesta, si la hay, la tiene Roger. Roger es la única cosa nueva de este día repetido: el amigo que reaparece de la nada, con su vida ordenada y su chaqueta buena, justo cuando el sol se pone dorado.
Así que la vuelta siguiente lo espero. En cuanto suena la campanita a las cinco de la tarde y lo veo abrir los brazos, en vez de darle el abrazo torpe de siempre lo agarro por los codos y lo interrogo.
Le pregunto qué le pasa a este día, si él nota algo raro, si el tiempo se le ha movido, si vino a decirme algo. Roger se ríe, incómodo, y me sigue la conversación como se le sigue a un viejo amigo que se puso intenso: me dice que solo está de paso, que vino por un asunto del instituto, que no sabe de qué le hablo.
Vuelta tras vuelta le cambio las preguntas: lo dejo hablar sin interrumpirlo por si suelta una pista, o no lo dejo entrar siquiera y me quedo del otro lado del vidrio para ver si el día se altera porque él no cruza la puerta — y no se altera: entra igual la vuelta siguiente, intacto, sin memoria de que anoche lo dejé afuera.
Roger no sabe nada. Roger es un hombre que pasó por casualidad, nada más, y yo le estaba pidiendo que fuera una llave solo porque era la única cara distinta en un día de caras iguales.
El recuerdo insiste, y me da la segunda pieza cuando menos la busco. Habíamos andado por varios sitios, entre risas, y eran las doce de la noche cuando me percaté de la hora.
Nos asustamos los tres y decidimos volver, pero a medio camino Peter empezó a sentirse mal. Se agarró como pudo de una baranda, pálido, y yo me acerqué a preguntarle qué le pasaba.
Intentó hablar, y en lugar de palabras me cubrió los zapatos de vómito. Albert, con medio cuerpo lleno de mis tragos de broma, se moría de la risa mirándonos. «Déjalo vomitar —decía, sin poder parar—, va a estar mejor cuando saque lo que le hizo daño.»
Yo sacudí los zapatos como pude, arrastré a Peter hasta un bote de basura y lo dejé ahí hasta que se le calmó el estómago.
Peter, ese es el detalle que el recuerdo me subraya, Peter fue el que se descompuso, Peter fue el que nos atrasó, Peter fue el que nos dejó tirados en media calle a la una de la mañana. Yo solo lo estaba ayudando.
Vuelvo al día decidido a probar la cosa más grande, la que llevaba rato rondándome y no me atrevía: irme. No de la librería, sino de la ciudad entera.
Si el mundo me tiene amarrado a este martes, a lo mejor es cosa de esta ciudad de frío de juguete, y basta con poner suficiente distancia.
Así que a las 9:22, en vez de perder el tiempo, salgo derecho a la terminal. Me subo al primer bus que sale, uno que va lejos, a un nombre de pueblo que no conozco. Y me voy de verdad.
Veo la ciudad achicarse por la ventana empañada, veo los edificios ceder el paso a los campos, veo carteles de sitios en los que nunca estuve.
Por un rato me late algo parecido a la esperanza, esa cosa vieja que creía perdida: kilómetros y kilómetros, y ninguna librería, y ningún Carles, y ningún día de pizza.
Me bajo en un pueblo cualquiera, camino por una plaza que no es la mía, me tomo un café caliente entre las manos como me gusta, dejando que el vapor me suba a la cara, y pienso, tonto de mí, que a lo mejor ya está, que con irme bastaba.
Miro el reloj. Faltan minutos. Faltan segundos.
Marca las 9:22 de la noche —y estoy otra vez adentro, con las luces encendidas y el vaso de frutas junto al teclado, y la trastienda abriéndose para dar paso a Carles, a cientos de kilómetros de donde acababa de estar, como si la distancia no fuera más que otra cosa que este día no se molesta en medir.
—¡Ethan! ¿Sabes qué día es hoy?
Da lo mismo lo lejos que llegue. El corte me devuelve.
Podría cruzar el mundo entero y a las 9:22 de la noche estaría de nuevo entre estos estantes, oyendo la misma pregunta, con el mango todavía firme.
La pieza que cerraba la noche me llega mientras mastico una porción de pizza que no quiero.
Después de lo de Peter, con el frío arreciando, se me metió entre ceja y ceja que teníamos que tomar un taxi. Albert y Peter se sorprendieron, porque sus departamentos quedaban a diez minutos caminando y no tenía ningún sentido pagar por esa distancia, pero yo no iba a aceptar un no.
Paré el taxi, nos metí a los tres, le di la dirección al conductor. Un recorrido corto y ya.
Albert vivía enfrente de Peter y lo ayudó a subir; un minuto después me bajé yo, subí a mi departamento, me cambié de ropa sabiendo que debía descansar para lo del día siguiente, y me acosté a dormir en el momento.
Y ahí corto el recuerdo, siempre, en el instante en que apoyo la cabeza y todo se apaga. Más allá no quiero ir. Más allá está la mañana, y a la mañana no la miro.
Todavía me queda una cosa razonable por probar, la más ingenua de todas, y la pruebo porque a esas alturas ya he probado las sensatas y ninguna dio.
Me digo que a lo mejor el día pide algo de mí. Que esto es una prueba, una de esas que ponen en los cuentos, y que se abre cuando uno la pasa.
Así que hago el día perfecto. Llego —bueno, aparezco— y soy el mejor cajero que esta librería vio jamás.
Atiendo al señor de la portada azul con una paciencia de santo, le encuentro tres libros mejores que el que ni buscaba. Envuelvo el encargo de la señora con el papel bueno y una cinta que ni sabía que teníamos. Ayudo a Larris a cargar cada caja antes de que se le caiga.
Soy amable, soy puntual, soy impecable. Abrazo a Roger sin interrogarlo, le deseo lo mejor de corazón, le digo que me alegra que le vaya bien, y por un momento hasta es verdad.
No dejo un solo cabo suelto en doce horas. Me porto como si alguien me estuviera calificando.
Y a las 9:22 de la noche, cuando ya cerré y comimos la pizza y salí a caminar al frío de la acera, el mundo se dobla igual que siempre, sin premio, sin puerta, sin una sola señal de que portarme bien valiera un centavo más que portarme mal.
Y ahí, sentado entre los estantes apagados con la porción enfriándose en la mano, hago el recuento de todo lo que probé, que es todo lo que probaría cualquiera con la cabeza en su sitio.
Huir, hablar, buscar en los libros, interrogar a Roger, irme a cientos de kilómetros, hacer el día perfecto: cada cosa razonable, y a cada una el martes le dio lo mismo.
Lo hice todo bien, otra vez, como aquella noche lo hice todo bien y de nada me sirvió, y el reloj vuelve a marcar las 9:22, y la puerta vuelve a abrirse, y Carles vuelve a entrar colorado y contento a preguntarme si sé qué día es hoy.
Y yo lo sé. Claro que lo sé.
Lo que no sé es qué más se le puede pedir a un hombre razonable, cuando ya hizo todo lo razonable y el día, sin apuro, sin rabia, sin motivo que yo alcance a ver, se cierra otra vez a la misma hora y vuelve a empezar.
Lo segundo que hace un hombre, cuando ya probó todo lo razonable y el sitio no lo suelta, es dejar de ser razonable.
No lo decide; se le va cayendo la cordura de a poco, como se le cae a uno la ropa mojada, pesada e incómoda, hasta que se queda sin ella y descubre que debajo tampoco había gran cosa. Yo tardo en llegar ahí, pero llego.
Una vuelta me planto en medio de la librería, con el vaso de frutas junto al teclado, el mango todavía firme, y a Carles preguntándome si sé qué día es hoy, y pienso una cosa muy simple que hasta entonces no me había atrevido a pensar del todo: nada de lo que haga va a durar más allá de las nueve y veintidós de la noche.
Nada deja huella. Y a un hombre al que no le queda huella no le queda tampoco, por primera vez en la vida, ninguna consecuencia.
Empiezo por lo chico, casi con vergüenza, como el que roba una fruta del puesto sabiendo que nadie mira.
Tumbo una pila de novedades y la dejo tirada. Me como el vaso de frutas de un tirón, abro la caja registradora y me meto el efectivo al bolsillo sin cuadrar nada.
Una vuelta le digo a la señora del encargo que su hija nunca va a aprender a hervir un huevo por muchos recetarios que le regale, y me quedo mirándole la cara descompuesta con una curiosidad fría, porque en toda mi vida no había dicho en voz alta lo que pensaba y resulta que se siente algo, aunque sea eso.
Al viejo que lee parado en la sección de historia le cuento que el día se repite, que él va a irse sin comprar nada como todas las veces, y el viejo me mira por encima de los lentes y se va sin comprar nada, como todas las veces.
Digo lo que nunca me atreví a decir, hago lo que nunca me atreví a hacer, y el mundo lo recibe todo con la misma cara que le pone a la lluvia: sin ofenderse, sin acordarse, listo para volver a empezar limpio a la mañana siguiente como si yo no hubiera existido.
De lo chico a lo grande hay menos distancia de la que uno cree. Salgo a la calle a las nueve y veintitrés, con doce horas por delante y una ciudad que a las nueve y veintidós de la noche va a olvidarse de mí, y la ciudad se me vuelve un parque sin reglas.
Entro al mejor restaurante que encuentro, pido lo más caro de la carta, como despacio y me levanto sin pagar, y nadie alcanza a cobrarme antes de que el día se doble.
Me tomo lo que en diez años no me tomé, un trago tras otro, hasta que los postes de luz se me multiplican y el frío de juguete se vuelve gracioso, y a la mañana siguiente amanezco entero, sin resaca, con el mango todavía firme, porque el cuerpo tampoco se queda con lo que la noche borra.
Gasto un dinero que no es mío en cosas que a las nueve y veintidós no van a existir. Rompo el vidrio de una vitrina nada más que por oír el ruido, ese ruido limpio y sin castigo.
Me subo a un bus que va a cualquier parte y me bajo donde se me antoja, y me subo a otro, y a otro, recorriendo la ciudad entera como quien recorre un cuarto vacío.
Grito la verdad en una plaza llena de gente —que estamos todos presos en un martes, que mañana no existe, que da igual lo que hagan— y la gente se aparta de mí como se aparta de un loco, y a lo mejor tienen razón.
Y cansa. Cansa más que el trabajo, más que los diez años, porque a la travesura, cuando se repite, se le gasta la gracia igual que a todo lo demás.
Primero me pongo agresivo sin motivo, le busco pelea a un desconocido en plena calle por el gusto de que algo pase, de que el mundo reaccione, de sentir un golpe que a las nueve y veintidós se va a borrar como se borra todo; y no me hace bien, porque la rabia también se gasta y me deja más solo que antes, con las manos temblando y sin nadie a quien la mañana le vaya a devolver el susto.
Después no quiero ver a nadie: me encierro, dejo que Carles entre a preguntar por el día de pizza y no le contesto, no lo miro, me quedo en el fondo junto al calentador que zumba sin calentar, mirando la pared, contando nada; y esa clase de soledad —la de estar rodeado de gente que te quiere y que a las nueve y veintidós te borra de la memoria— es peor que estar solo de verdad, porque uno los ve, los oye reírse, y sabe que para ellos es siempre la primera vez y para uno ya no es ninguna.
Una vuelta entera la paso en una celda, porque hasta a un hombre sin consecuencias lo pueden arrestar dentro de la vuelta, y me siento en el catre de metal casi agradecido, porque ahí adentro al menos no tengo que fingir que espero algo, no tengo que atender a nadie ni sonreír ni contar el cambio de una caja.
Y a las nueve y veintidós la celda se disuelve y estoy otra vez entre los estantes, con la puerta que se abre y Carles colorado y contento, intacto, sin memoria de que existió una celda.
Y cuando ni eso llena las horas, llego al fondo. Al sitio al que llega un hombre cuando entiende que ninguna puerta abre ni por las buenas ni por las malas, y se le mete entre ceja y ceja que a lo mejor la única que queda es la de salir del todo.
No lo pienso con dramatismo, porque a esas alturas ya no me queda dramatismo: lo pienso con la misma calma con que uno piensa apagar una luz que lleva demasiado tiempo encendida.
Me digo que si el día no cede por nada, quizá cede si yo no estoy para vivirlo. Que así, al menos, se adelanta a otra cosa, a lo que venga después, a cualquier cosa que no sea otra vez las nueve y veintidós.
No es que quiera irme; es que quiero que el día haga algo, lo que sea, que se rompa por una vez, y no se me ocurre nada más grande que ofrecerle. Y lo pruebo.
No hace falta contar cómo; el cómo no tiene importancia. Tiene importancia el resultado, y el resultado es que abro los ojos, a la mañana siguiente, entre los estantes, con las luces encendidas y el vaso de frutas junto al teclado y el mango todavía firme, y la trastienda abriéndose para dar paso a Carles.
—¡Ethan! ¿Sabes qué día es hoy?
Ni por esa. Ni esa era una salida.
No sé si el día me lo impide o si me deja hacerlo y luego me devuelve igual; no lo sé y ya no me importa, porque el resultado es el mismo, y el resultado es lo único que aprendí a mirar aquí adentro.
Da igual: el mango sigue firme y Carles sigue preguntando y yo sigo siendo el único que lo sabe.
Toco ese fondo y me quedo un rato ahí abajo, quieto, sin más ideas, vaciado de todas las cosas que un hombre prueba cuando quiere salir de un sitio, las de la cabeza sana y las de la enferma.
Y es ahí, en el fondo, sin buscarlo —porque las cosas que de verdad importan nunca se dejan buscar—, cuando el recuerdo me suelta la última pieza. La que llevaba todo este tiempo guardándome.
La que empezaba justo donde yo siempre cortaba: la mañana. Meses deteniéndome en el instante en que apoyaba la cabeza en la almohada y me decía que más allá no había nada que mirar.
Ahora, tirado en el mismo fondo del que salgo cada vez, por fin la miro.
Desperté por el sonido de la alarma y la apagué con un ánimo que no me conocía, porque era el día grande, el día para el que me había preparado meses, y me sentía listo. Me quedé un momento boca arriba, saboreando lo que se me venía.
Después estiré la mano y agarré el celular, solo para confirmarme que iba con tiempo de sobra, que todo estaba bajo control.
Y en la pantalla no era la hora de despertarse. Era la hora que yo mismo había marcado para salir, la que me avisaba de que ya debía ir en camino. Las nueve y veintidós.
No sé qué tiene esa hora. No lo sabía entonces y no lo sé ahora, tirado entre los estantes recordándola, pero algo se me remueve cuando la veo escrita en la pantalla de aquel recuerdo, algo que no termino de agarrar, como un nombre que uno tiene en la punta de la lengua y no llega.
Nueve y veintidós. Me mira desde la pantalla de entonces igual que me mira desde el celular de ahora cada vez que Carles sale de la trastienda.
Me asusté. Se me fue el ánimo de un golpe.
Salté de la cama, corrí al baño, me duché a la carrera con el agua todavía fría, me arreglé como pude con las manos torpes por la prisa y salí disparado, ya tarde, con el nudo en el estómago de saber que el día grande empezaba torcido por unos minutos.
Unos minutos que no eran culpa mía, que se me habían echado encima mientras dormía lo que tenía que dormir.
Llegué unos minutos tarde. Desde el pasillo alcancé a ver por el vidrio la sala de conferencias, los otros candidatos sentados, el que exponía adelante, y uno de los reclutadores me hizo la seña de que pasara.
Hice mi presentación, y la hice bien —de eso sí me acuerdo, de que hablé bien, de que me sentí a gusto con lo que decía, de que por un rato pensé que unos minutos no iban a pesar sobre todo lo que yo valía—.
Al terminar, cuando todos se levantaban para irse, uno de los reclutadores me llamó antes de que saliera. Me acerqué. Me miró sin ninguna dureza, casi con amabilidad, que fue lo peor, y me dijo:
—Llegar tarde no es algo que se acepte en esta empresa. Tenlo en cuenta. Pasa un buen día.
Y se fue.
Y yo me quedé parado en una sala que se vaciaba, con la vida entera que tenía preparada apagándose sin ruido, como una luz que alguien baja sin avisar, y salí a la calle con un mal presentimiento que todavía no sabía de qué tamaño era.
Ahí corto. Más allá de esa puerta está todo lo que vino después, y a eso todavía no me atrevo, ni siquiera en el fondo, ni siquiera ahora que ya no me queda nada por proteger.
Vuelvo del recuerdo a los estantes encendidos, siempre encendidos, siempre las nueve y veintidós, con la porción de pizza enfriándose en una mano que no la quiere.
Y hago la cuenta final. La de verdad.
Probé todo lo que hace un hombre razonable, y el día no cedió. Probé todo lo que hace un hombre al que la razón se le acabó —las travesuras, los excesos, el encierro, la rabia, y hasta lo último, lo que no se nombra—, y el día tampoco cedió.
Miré incluso la mañana que llevaba diez años sin mirar, y de mirarla no salió ninguna puerta: solo esa hora en una pantalla que no entiendo y un rechazo que no fue mío.
No me queda nada. Se me acabaron las cosas que se prueban solo, las cuerdas y las locas, y el reloj vuelve a marcar las nueve y veintidós, y la puerta vuelve a abrirse, y Carles vuelve a entrar colorado y contento a preguntarme si sé qué día es hoy.
Y yo lo sé. Sigo siendo el único que lo sabe.
Y por primera vez, ahí en el fondo, con las manos vacías de todo lo que se me ocurrió y de todo lo que no se me ocurriría jamás, entiendo una cosa que hasta entonces me había ahorrado: que solo no voy a salir de aquí.
No fue una decisión valiente. Nada de lo que hice aquí adentro lo fue, y menos esto, que llegó no por coraje sino por el simple cálculo de un hombre que ya se quedó sin nada que perder.
Toqué el fondo solo, probé lo cuerdo y lo loco solo, me hundí solo — y desde ahí abajo, una vuelta cualquiera, levanté la vista y ahí estaba Larris al fondo, entre sus dos cajas de pedidos, cantando desafinado algo que ni él se sabe, riéndose él solo de una palabrota que todavía no había soltado.
El compañero. El que lleva más años que yo aquí aunque me lleve menos vida. El que se lee de un tirón esas novelas donde a alguien lo encierran en un día y nadie le cree, y las cuenta después con voces y todo como si le hubieran pasado a él.
Y pensé, con la lentitud mía para todo: si hay una sola persona en este martes capaz de creerse una locura, es esa.
Espero a que abra la caja. Me acerco.
Y en lugar del rodeo, en lugar de la mano en el hombro y el «trabajas demasiado» que ya me dio Carles y que se borró a las nueve y veintidós como se borra todo, le suelto la cosa entera, sin preámbulo, sin adornarla: que el día se repite, que yo soy el único que lo sabe, que él va a olvidarlo dentro de doce horas sin dejar rastro, que llevo aquí dentro más tiempo del que sabría contar.
Larris deja la caja a medio abrir. No se ríe.
Tampoco pone la cara de bondad ancha de Carles, la del que le sigue la corriente a un enfermo. Pone otra cara, una que no le había visto: la del que quiere creer y se defiende de sus propias ganas.
—Pruébamelo —me dice, y hay un brillo raro en cómo lo dice, casi de esperanza—. Si es verdad, pruébamelo. Dime algo que no puedas saber.
Y ahí es donde no hago lo fácil. Lo fácil sería esperar a que se le cayera la caja y adivinarlo tres segundos antes, o plantarme junto a la registradora a recitarle a Carles palabra por palabra; eso ya lo hice con otros, eso es un truco de feria y él lo tomaría por truco de feria.
A Larris hay que darle lo suyo. Así que lo miro y le digo lo único que sé de él que él no le ha dicho a nadie, lo que le saqué a fuerza de preguntar en alguna vuelta que ya ni recuerdo, cuando andaba tan desesperado que hablaba con todo el mundo por hablar.
—Pintas —le digo—. A escondidas. Le pintaste un cuadro a una muchacha, el mejor que te salió nunca, y se lo diste con todo lo que no te atrevías a decirle metido ahí dentro. —Y le digo el nombre de ella, y lo que ella contestó cuando entendió lo que el cuadro le decía, ese detalle chiquito y doloroso que un hombre solo guarda en el sitio donde no se mira ni a sí mismo.
Larris se pone blanco. Se le apagan las ganas de reírse.
—Eso no se lo he dicho a nadie —dice, muy bajito—. Ni a mi sombra.
—Lo sé. Me lo dijiste tú. En otra vuelta de este mismo día que tú no te acuerdas de haber vivido.
Aquella primera vez, se lo creyó. Así, sin pelearse más consigo mismo, como si en el fondo llevara media vida esperando que algo así le pasara y por fin le tocara.
Se sentó en una de las cajas, se pasó la mano por la cara, y me miró de otra manera, de la manera en que se mira a alguien que acaba de volverse real.
Lo que hizo entonces me dejó sin palabras un momento, a mí, que ya creía que aquí adentro no me quedaba nada por sorprenderme.
—Cárcel tiempo abstracto —dijo.
Lo dijo despacio, las tres palabras, mirándome a ver qué cara ponía yo, que no puse ninguna porque no entendía nada. Y me contó.
Que de chico, o no tan de chico, se había leído un libro donde al protagonista lo agarraba el tiempo y lo obligaba a repetir un día, y donde lo peor no era el día repetido sino que nadie, nadie en el mundo entero, le creía; que aquello lo dejó marcado más que ninguna otra historia, la soledad de ese hombre gritando una verdad en un cuarto lleno de sordos.
Y que ahí mismo, con el libro todavía abierto sobre las piernas, se había inventado una frase. Tres palabras que no significan nada juntas, justamente para que no pudieran salirle a nadie por azar.
Y una promesa privada, de esas que uno se hace a solas y no le cuenta a nadie porque suenan a niño: que si alguna vez, alguna vez en la vida, alguien conocido caía en una cosa así y él llegaba a creerle de verdad, no lo iba a dejar solo.
Que al oír esas tres palabras se pondría del lado de esa persona sin dudarlo, sin hacerla perder el tiempo convenciéndolo otra vez.
—Nunca pensé que fuera a usarla —me dice, y se ríe, pero le tiembla un poco la risa—. Uno inventa esas cosas para consolarse de que el mundo es aburrido. —Me agarra del brazo—. La próxima vuelta, apenas entres, apenas Carles pregunte lo del día de pizza, me la dices. A mí. Cárcel tiempo abstracto. Para saltarme todo esto, para no gastar el día entero convenciéndome. ¿Me entiendes? Yo no me voy a acordar de nada. Pero mi propia contraseña sí la voy a reconocer.
Le dije que sí. Y a las nueve y veintidós de la noche Larris se olvidó de la contraseña, del libro, del cuadro que pinta a escondidas, de mí, de todo.
Pero a la mañana siguiente —y a todas las que vinieron después—, cuando Carles sale de la trastienda y pregunta si sé qué día es hoy, yo no le contesto a Carles.
Voy derecho al fondo, donde Larris tiene su caja a medio abrir y en la cara la misma inocencia intacta de siempre, y le digo, antes que nada:
—Cárcel tiempo abstracto.
Y es una cosa de ver. Al hombre se le cae la sonrisa de golpe, se le endereza la espalda, se le apagan los ruidos que iba a hacer.
Le pasa por los ojos, en un segundo, el susto y después la seriedad de quien acaba de acordarse de una promesa vieja aunque no recuerde habérsela hecho a nadie en particular.
No sabe quién soy en su historia. No sabe que ya hicimos esto docenas de veces. Pero reconoce lo suyo, y lo suyo lo obliga.
—Cuéntame rápido —dice—. Todo. ¿Cuánto tiempo tengo? ¿Qué se borra? ¿Quién más lo sabe?
Y aprendimos a hacerlo comprimido, porque el día no espera. Larris me enseñó eso, vuelta a vuelta, aunque para él fuera siempre la primera.
Que no le contara la historia de mi vida, que le diera solo lo que sirve: doce horas, de nueve y veintidós a nueve y veintidós, todo se borra menos yo, nadie más lo sabe, ya probé huir, ya probé la ciudad entera, ya probé lo que no se nombra.
Con los meses —si es que fueron meses— llegamos a hacerlo en cuatro frases.
Yo entro, suelto las tres palabras, Larris se pone serio, y antes de que Carles termine de reírse de la pizza que la vez pasada lo tuvo despierto, los dos ya estamos hablando bajito al fondo, junto al calentador que zumba sin calentar, como dos que se entienden de toda la vida aunque para uno de los dos sea siempre el primer día.
Es lo más parecido a la compañía que tuve aquí adentro. Y no arregló nada.
Porque probamos, claro que probamos. Todo lo que a mí solo no se me había ocurrido, o no se me podía. Las cosas que piden dos manos, o dos cabezas, o alguien que te sostenga la escalera mientras tú haces la locura.
Salimos juntos a la calle a las nueve y veintitrés, recorrimos sitios que yo nunca me atreví a mirar, hicimos experimentos que él inventaba con esa cabeza suya llena de novelas: quedarnos los dos despiertos al filo de las nueve y veintidós a ver si, acompañado, el corte se sentía distinto, ponernos en dos puntos lejanos de la ciudad para ver si el día nos devolvía juntos o separados, escribir la verdad en cien papeles y esconderlos por todas partes para leerlos la vuelta siguiente.
El día se los tragó todos con la misma calma con que se traga las pizzas. Los papeles amanecían en blanco o no amanecían. Larris amanecía sin memoria.
Y a las nueve y veintidós, esté donde esté y con quien esté, el mango seguía firme junto al teclado y Carles seguía preguntando.
No cede a nada de afuera. Eso ya lo sabía yo solo; con Larris solo lo confirmé por partida doble.
Pero Larris trajo otra cosa, y esa no me la esperaba, y es la que de verdad importó, aunque tardé en darme cuenta y todavía no sé si la agradezco.
Larris pregunta. Es su manía de lector: no le basta con el qué, quiere el porqué, quiere el personaje entero.
Y una vuelta, al fondo, en lugar de proponerme otro experimento, se me queda mirando y me suelta la pregunta que en diez años no me había hecho nadie, porque a la gente que te quiere le da miedo hacértela y a la que no te quiere le da igual.
—¿Y tú por qué estás aquí, Ethan? —me dice—. Aquí, en esto. Un tipo como tú. ¿Qué te pasó?
Le contesto lo de siempre, la cinta que tengo grabada de tanto pasármela: la empresa, la entrevista, el tráfico, la hora, la mala suerte que me sigue como un perro, el mundo que se pone de acuerdo para plantarle a uno cada obstáculo en el peor momento.
Se lo cuento como una injusticia, porque eso es lo que es, una injusticia, un error que me pasó a mí sin que yo lo pidiera.
Y Larris, que no tiene el pudor de los que me conocen porque para él acabo de existir hace media hora, no asiente y me deja en paz.
Me sigue preguntando. Qué perdiste. Quién había en tu vida entonces. Qué se hizo de la gente que querías.
Me hace las preguntas una vuelta y las olvida, y a la vuelta siguiente, apenas le digo las tres palabras y le resumo, vuelve a llegar por el mismo camino, con la misma curiosidad limpia, como un río que da siempre en la misma piedra.
No me suelta soluciones. No me dice qué apretar ni qué decir. Solo pregunta, y me deja ahí, delante de las respuestas que yo mismo esquivo.
Es un catalizador, no una salida. Tardé en aprender esa palabra que a él le habría encantado.
Larris no abre ninguna puerta: me para delante de una que yo llevaba diez años pasando de largo.
Una de esas vueltas, mirando por la vitrina cómo la ciudad camina sin nosotros, me dice algo que no le hago caso entonces y que se me quedó pegado después.
—Esto lo tiene que estar haciendo algo —dice, entrecerrando los ojos como si mirara detrás del vidrio, más allá de la calle—. En las historias siempre lo hay, Ethan. Un día no se dobla solo: alguien lo está doblando. Hay una mano detrás de esto, moviéndolo todo desde un sitio al que no llegas a mirar, y a esa mano nunca le vas a ver la cara.
Y lo dice con un gusto casi feliz, el gusto del lector que le encontró la trampa a la novela antes de la última página. Yo me encojo de hombros.
A mí las teorías de Larris me resbalan, porque Larris ve trama en todo, le pone autor hasta al clima, y porque el número que me tiene preso —nueve y veintidós, nueve y veintidós— no me deja pensar en nada de afuera; se me mete debajo de todo lo demás y ahí se queda, mío, sin explicación que yo alcance.
Larris nunca acierta. Nunca nombra nada. Se queda siempre cerca, husmeando, disfrutando su corazonada de lector, y el día no le confirma ni le desmiente una sola letra.
Se lo dejo. Cada uno se agarra de lo que puede aquí adentro, y él se agarra de que haya un cuento con un dueño.
Lo que Larris sí destapó, sin proponérselo, cavando con sus preguntas donde nadie había cavado, fue lo otro. Lo que yo tenía enterrado más hondo que todo lo demás.
Angie.
No la nombré en ninguna de las primeras vueltas. Ni cuando hablaba solo, ni cuando le contaba mi desgracia a Carles, ni cuando gritaba la verdad en la plaza.
Angie no estaba en la cinta grabada. Angie era el amor de mi vida, mi pareja en la época de la entrevista, la mujer con la que yo iba a estrenar esa vida ordenada que se apagó como una luz que alguien baja sin avisar.
Y a fuerza de que Larris preguntara «quién había en tu vida entonces», una vuelta se me salió el nombre, y detrás del nombre vino todo.
Lo cuento rápido, porque así fue: sin escena, un desgaste largo. Después del rechazo, no me hundí de golpe. Me hundí de a poco, y a ella la hundí conmigo, aunque eso yo entonces no lo veía.
Cada noche era lo mismo. Yo llegaba y descargaba el día encima de ella, la injusticia de siempre, el tráfico, la hora, la señora del despacho que solo miraba el minutero, el mundo que la tenía tomada conmigo.
Ella al principio me daba la razón, me abrazaba, me decía que ya vendría otra cosa mejor. Después empezó a callar. Después empezó a mirarme de un modo que yo tomaba por cansancio y era otra cosa.
Yo seguía, día tras día, mes tras mes, con la misma queja, echándole la culpa al mundo entero mientras el mundo entero seguía andando y solo nosotros dos nos quedábamos quietos en el mismo charco.
No me di cuenta de que a una persona se la puede perder así, no de un portazo, sino de tanto oír a alguien culpar a todos menos a sí mismo.
De todo aquello me quedó una sola escena entera, y esa sí me la sé palabra por palabra, porque es la que llevo diez años sin mirar de frente.
Fue de noche. Ella ya tenía las cosas medio recogidas, aunque yo todavía me decía que no, que era otra pelea de las que se arreglan.
Le solté lo de siempre, que no era justo, que a mí me habían quitado la vida por un error que no fue mío, que si el tráfico, que si la hora. Ella me dejó terminar.
Y después, sin gritar, con una voz cansada que era peor que cualquier grito, me dijo que no se iba porque me hubiera ido mal.
—Me voy —dijo— porque nunca, ni una sola vez, te voy a oír decir que fue tu culpa.
Y agarró sus cosas y se fue, y yo me quedé en el cuarto pensando qué injusta era también ella, cómo era posible que hasta la mujer que decía quererme se pusiera del lado del mundo en vez del mío, cómo todos, hasta ella, se empeñaban en cargarme a mí un peso que no me tocaba.
Así lo pensé esa noche. Así lo pensé durante años.
La perdí de vista poco después; no sé dónde vive, no sé con quién, hace tanto que no cruzo una palabra con ella que ya ni sé si me reconocería la voz.
Y cada vez que el recuerdo me la trae, yo la cuento igual: como una injusticia más, como una que también me falló, como una prueba más de que el mundo se puso de acuerdo. Nunca como lo que fue.
Larris, cuando por fin le conté esto —comprimido, seco, porque el día no espera—, no me dijo nada de nada. Se quedó callado un rato largo, cosa rara en él.
Y después, muy despacio, me repitió la frase de ella. Solo la frase, sin agregarle una coma.
—Que nunca vas a decir que fue tu culpa —dijo, y me miró—. ¿Y lo dijiste alguna vez, Ethan? ¿En diez años? ¿Aquí adentro, que no le cuesta nada a nadie?
No le contesté. Sentí que me llevaba de la mano hasta el borde de una cosa, hasta la única cosa que no había probado en todas las vueltas, la única puerta que no había tocado, y era una puerta que Angie ya me había señalado con el dedo hacía diez años y yo había dado por locura.
Todo lo demás lo intenté. Huir, hablar, los libros, la ciudad, los excesos, el encierro, lo que no se nombra.
Todo menos eso. Todo menos decir en voz alta, una sola vez, las palabras que ella se fue esperando.
Y no la dije. Ni ahí, con Larris mirándome, con el catre de este día repetido y las nueve y veintidós rondando y nada que perder.
Me quedé con la frase de ella atravesada, cargándola como se carga una piedra en el bolsillo, sintiendo su peso a cada paso y sin poder soltarla, porque soltarla habría sido darle la razón, y darle la razón habría sido aceptar que el error, ese error en singular que destruyó todo mi mundo, no me lo hizo el tráfico ni la hora ni la mala suerte que me sigue como un perro.
Que a lo mejor tuvo dueño. Que a lo mejor el dueño era yo.
Larris me llevó hasta ahí. Hasta el borde mismo.
Y a las nueve y veintidós se olvidó de que me había llevado, y Carles salió de la trastienda, colorado y contento, a preguntarme si sé qué día es hoy.
Y yo lo sé. Claro que lo sé.
Sé el día, sé la hora, sé el número, sé la frase de Angie que me anda por dentro sin querer irse. Sé, por primera vez, dónde está la puerta.
Lo que todavía no sé es si voy a ser capaz de abrirla.
Sé dónde está la puerta, y no creo en ella. Así arranca esta vuelta, si a esto se le puede llamar arrancar: con las luces encendidas de golpe y el vaso de frutas junto al teclado, el mango todavía firme, y Carles saliendo de la trastienda para preguntarme, colorado y contento, si sé qué día es hoy.
Lo sé. Claro que lo sé. Sé el día, sé la hora, sé la pizza que a Larris se le enciende en la cara de solo nombrarla, sé el número que me tiene preso.
Y sé, desde ayer —si es que ayer quiere decir algo aquí adentro—, la única llave que me queda sin probar: decir en voz alta que fue mi culpa.
No la pruebo porque crea en ella. La pruebo como se prueba la última llave de un llavero cuando las otras veinte no entraron, sin ganas, casi por descarte, más por terminar de agotar la lista que porque uno espere oír el clic.
Ya intenté huir, y el día se armó sin mí, tan tranquilo, como si yo nunca le hubiera hecho falta. Ya intenté hablar, y lo que hablé se borró a las nueve y veintidós. Ya intenté los libros, la ciudad entera, las travesuras, el encierro, lo que no se nombra.
Probemos ahora decir esto, me digo, con el mismo desdén cansado con que probé todo lo demás; a ver si al día le da la gana de soltarme por oírme decir una frase que llevo diez años tragándome.
No es coraje. El coraje se me acabó hace vueltas, si es que alguna vez lo tuve. Es la desgana de un hombre que ya no tiene nada mejor que hacer con las próximas doce horas, y que mete la última llave sin fe.
Esta vuelta ni siquiera voy al fondo a soltarle a Larris las tres palabras.
Lo dejo con su caja a medio abrir y sus ruidos que no llegan a canción, intacto, con su inocencia de todas las mañanas, porque lo que me queda por hacer no es cosa de dos, ni de escaleras que alguien te sostenga, ni de papeles escondidos que amanecen en blanco. Es una cosa mía, pequeña y vieja, y hay que hacerla solo.
Así que dejo que el día ruede como rueda siempre. El señor de la portada azul descarta sus tres azules y sus dos verdes y suelta lo del libro grueso, de esos que pesan. A Larris se le cae la caja en el segundo de siempre, suelta la palabrota, se ríe solo. El calentador zumba sin llegar a calentar.
Yo cobro, envuelvo, subo a la escalerita de ruedas y bajo, con las manos haciendo lo suyo mientras por dentro no hago otra cosa que esperar las cinco, que es la hora en que suena la campanita y entra lo único nuevo que este martes tuvo jamás.
Roger.
Entra cuando el sol viene de costado y se pone dorado en el vidrio, con su chaqueta buena y su maletín que no pega con el barrio, y abre los brazos y dice que no puede ser, que Ethan, que tú aquí.
Y yo salgo del mostrador y le doy el abrazo torpe de siempre, ese de los hombres que fueron muy amigos y dejaron de verse sin haber peleado, solo porque la vida los llevó por pasillos distintos.
Me sé la charla de memoria, de tantas vueltas: el instituto al otro lado, el frío de verdad, el equipo a su cargo, la manera que tiene de contar su vida sin presumir, que golpea más que si presumiera.
Le sigo la conversación como quien recita, porque a estas alturas podría decir sus frases antes que él.
Charlamos de los de antes, de quién se casó y quién engordó y quién desapareció del mapa, nos reímos, y por un rato es como si el aula siguiera ahí y afuera no hubieran pasado los años.
Y entonces llega, puntual como todo aquí, el momento. Roger suelta lo de siempre, sin maldad, con esa forma de decir las cosas que solo tienen los que están donde querían estar: qué bárbaro lo que era aquella empresa, cómo la soñábamos.
Y aquí, cada vuelta, es donde yo le sirvo mi cinta grabada: que la tenía ganada casi, que llegué tarde por una cosa y otra, que fue el tráfico y la hora y la mala suerte que me sigue como un perro, que un error que no fue mío me apagó la vida como una luz que alguien baja sin avisar.
La lista. La historia que le tengo recitada al mundo entero desde hace diez años, y que no me ha servido de nada, porque las cosas que uno se repite para no mirarse de frente no sirven para eso, solo para seguir sin mirarse.
Esta vez no.
Esta vez, no sé bien por qué —o sí sé: porque ya la dije de todas las formas y ninguna abrió nada, y solo me queda decirla al revés—, cambio la lista por la otra cosa.
Lo miro, y con la voz sin brillo del que ya no espera premio por nada, casi con fastidio, le digo:
—Llegué tarde porque salí la noche antes. Fue mi culpa.
Seco. Corto. Sin el tráfico, sin la hora, sin el perro de la mala suerte. Sin adornarlo.
Y pasa una cosa que no estaba en el plan, porque no había plan, solo el último renglón de una lista larga.
Al oírme —al oír la frase salir de mi boca y quedarse un segundo en el aire de la librería, entre el polvo dorado y los estantes—, descubro que es verdad. No que suene bien, no que me convenga decirla para ablandar al día que me tiene preso: que es verdad, así, sin vuelta.
Nadie me obligó a salir esa noche. Ni Peter, ni Albert, ni el tráfico, ni la hora que a la mañana siguiente me traicionó en la pantalla.
Salir fue lo único de toda aquella historia que yo elegí, la única pieza que puse con mi propia mano, sabiendo que al otro día me jugaba la vida entera en un despacho.
Todo lo demás fue cierto —Peter vomitó, Albert se reía con medio cuerpo lleno de mis tragos de broma, el taxi, la alarma—, todo cierto, y por eso me aguantó diez años la mentira: estaba hecha de verdades.
Pero debajo de todas esas verdades había una sola cosa mía, del tamaño de nada, y era esa, y la acabo de decir en voz alta por primera vez en diez años.
No hay euforia. No se me llenan los ojos, no me tiembla la voz, no se abre ninguna música por dentro.
Es más callado que todo eso, y más hondo: es el ruido pequeño que hace una cosa cuando por fin se acomoda en el sitio donde siempre debió estar.
Angie me lo dijo hace diez años, con las cosas medio recogidas y una voz cansada que era peor que cualquier grito: que se iba porque nunca, ni una sola vez, me iba a oír decir que fue mi culpa. Se fue esperando esta frase.
Y la frase estuvo todo este tiempo aquí, tan cerca, tan pequeña, y yo la cargué como una piedra en el bolsillo antes que soltarla, porque soltarla era darle la razón, y darle la razón era aceptar que el error tuvo dueño.
Lo acepto ahora, tarde, en una librería que se repite, delante de un amigo que no entiende nada. El dueño era yo.
Roger no entiende, claro. Cómo va a entender, si no sabe nada del día que se dobla ni de las vueltas ni del número; para él soy un viejo amigo que de pronto se puso serio en mitad de una charla ligera y le confesó, sin que nadie se lo pidiera, una culpa vieja por una entrevista de hace años.
Se le pone una cara entre la sorpresa y la incomodidad de buena fe, y hace lo que haría cualquier amigo decente: me pone una mano en el brazo, me dice que hombre, que fue hace mucho, que no sea tan duro conmigo mismo, que a cualquiera se le pega la cama un día.
Me resta peso, como se lo restaría yo a lo suyo si los papeles estuvieran cambiados. No sabe que acaba de estar delante de la única puerta que hay en este sitio.
Me deja su tarjeta, me dice que lo llame, que un día de estos comamos, y yo le digo que sí, claro, que cómo no, y la campanita suena tras él, y el local vuelve a ser el local.
Y no pasa nada más. Eso es lo que me quedo mirando, con la tarjeta en la mano: que no pasa nada.
El día no se detiene, no se raja el vidrio, no baja ninguna voz del techo a decirme que ya está, que lo logré. Larris sigue con lo suyo al fondo, ajeno, tarareando algo que no afina.
El sol se pone naranja y después gris, y los postes de luz de la calle se encienden de uno en uno con ese titubeo suyo.
Dije la frase, la dije de verdad, se me volvió cierta en la boca. Y el martes sigue rodando hacia la pizza con la misma calma de siempre, sin darse por enterado.
A lo mejor no era la llave. A lo mejor no había ninguna llave, y esto también, como todo lo que hice aquí adentro, se lo va a tragar la hora.
Empiezo a cerrar la caja. Cuadro el efectivo, apago las secciones de luces en el orden de siempre, primero el fondo, después el centro.
Carles llega desde la trastienda trayendo las cajas de pizza como quien carga un tesoro, y el olor lo llena todo, y Larris destapa la de cuatro quesos y hace su ruido de felicidad pura, y ponemos las tres sillas alrededor del mostrador como todas las veces.
Me siento. Agarro la porción que Carles me alcanza sin preguntar.
No tengo hambre —nunca tengo hambre a esta hora—, pero mastico despacio, porque es lo que se hace, y miro la calle por la vitrina, la gente que pasa apurada hacia sus casas, hacia sus vidas, hacia lo que sea que les espera del otro lado de las nueve y veintidós.
Terminamos, doblamos las cajas vacías, apagamos la última luz y salimos los tres al frío. Carles se va por su lado, Larris por el suyo, y yo me subo el cuello del abrigo y camino por la acera oscura.
No sé si dije lo suficiente. No sé si decirlo sirvió de algo, o si a los pocos pasos la trastienda se va a abrir otra vez para dar paso a Carles, colorado y contento, a preguntarme si sé qué día es hoy, y yo voy a saberlo, y voy a ser otra vez el único que lo sabe, con el mango firme y el vaso junto al teclado y doce horas iguales por delante.
No lo sé. Por primera vez en mucho tiempo hice la única cosa que me quedaba, la que Angie me señaló con el dedo hace diez años y yo di por locura, y no tengo forma de saber si bastó.
Miro el celular, por la vieja maña de buscar un número cuando el suelo se mueve. Las nueve y veintidós.
Y el mundo se dobla.
Cierro los ojos en la acera, con el sabor del queso todavía en la boca y el frío de juguete en la cara, esperando lo de siempre —las luces de golpe, el vaso de frutas junto al teclado, el mango firme, Carles saliendo de la trastienda para preguntarme si sé qué día es hoy—, y los abro en una mañana que no había visto en meses.
No hay corte. No hay salto.
Estoy en la acera, caminando, con el café caliente entre las manos y el vapor subiéndome a la cara, y nadie me depositó de golpe entre los estantes con el día ya armado: simplemente amaneció, y yo vine andando hasta aquí como se viene cualquier día, poniendo un pie y después el otro sobre el asfalto que la luz cruza a pedazos.
El frío de juguete de aquí recorre las calles y se cuela entre los edificios, y por primera vez en no sé cuánto lo agradezco, porque es un frío que va hacia alguna parte, hacia una tarde que después será noche y después otro día.
En la esquina, el puesto de siempre tiene sus canastas de fruta, pero las dos señoras ya no están, ni la de los ojos hinchados ni la que le ponía la mano en el hombro; hay otra gente, otras conversaciones, un martes que se quedó atrás y una mañana distinta que no me sé de memoria.
Llego a trabajar como cualquier día, y Larris ya abrió: el letrero encendido, la persiana arriba, las luces por secciones, él al fondo con sus cajas de pedidos.
La cerradura se traba igual que siempre cuando empujo la puerta, hay que levantarla un poco con el hombro, y esa sí sigue igual, porque hay cosas que no cambian aunque el mundo entero se acomode. Cuelgo el abrigo.
Y cuando Carles sale de la trastienda, colorado, con esa alegría suya de aparecer como si el local se la diera con solo verlo, no levanta el dedo, no anuncia ningún día de pizza, no me pregunta si sé qué día es hoy.
Me dice buenos días. Me dice que llegó tarde el pedido de la editorial, que hay que llamar. Cosas de un día cualquiera.
Miro el reloj de la caja casi por vieja maña, buscando el número que me tuvo preso, y marca las nueve y cuarto, una hora sin filo, una hora que no significa nada. Las nueve y veintidós quedaron atrás, en algún sitio al que no pienso volver y que nunca terminé de entender.
Y ahí, entre los estantes que se me hicieron eternos, me da un vértigo callado, de esos que uno se traga sin que se le note en la cara. Porque soy el único.
Carles no sabe que le repetí el mismo chiste de la pizza docenas de veces; Larris no sabe que se le cayó esa caja delante de mí más veces de las que sabría contar.
Para el mundo entero no pasó nada: fue un martes, y después un miércoles, y así. Los meses que yo cargo no le pesan a nadie más.
Estuve mucho tiempo en un cuarto de doce horas por el que ellos entraban y salían limpios, y ahora salí yo también, con todo eso encima, y no hay dónde dejarlo. Es mío. Como fue mía la otra cosa.
Voy al fondo, donde Larris abre sus cajas de pedidos tarareando algo que no afina. Me paro delante de él.
Y le digo las tres palabras, despacio, como se dice algo que uno debe:
—Cárcel tiempo abstracto. —Y lo abrazo. Corto, torpe, de brazos que no saben dónde ir; y contra su hombro, porque se lo debo aunque él no lo sepa, le digo—: Gracias. Me ayudaste a romperlo.
Larris se queda tieso, las manos quietas sobre la caja a medio abrir, sin devolverme el abrazo.
Y por un segundo pienso que va a pasar lo de siempre, que se le va a enderezar la espalda y se le van a apagar los ruidos y se va a poner serio de golpe, listo para ayudarme como me ayudó tantas veces. Pero no.
Cuando lo suelto levanta la cara, frunce el ceño, y lo que le pasa por los ojos no es la seriedad del que se acuerda de una promesa: es la extrañeza del que oye salir de otra boca una cosa que creía guardada solo en la suya.
—Esas palabras son mías —dice, con una risa nerviosa—. Me las inventé de chico, no se las he dicho a nadie en la vida. ¿Cómo las sabes tú? —Se me acerca, y ya no hay manera de pararlo, porque es lector antes que nada y acaba de encontrar un misterio en su propia librería—. ¿Y romper qué? ¿Yo te ayudé a qué? Ethan. Me lo cuentas todo. Todo, desde el principio, no te me escapas.
Le digo que sí, que un día de estos, y sé, mientras lo digo, que no hay manera de contárselo.
Que puedo darle las palabras, los martes, el número, el mango firme, y aun así nunca va a saber lo que de verdad hizo por mí, porque lo hizo en un sitio que se borró, cientos de veces, sin quedarse él con una sola.
El único que me acompañó aquí adentro me mira con la curiosidad limpia de quien acaba de conocerme. Y así se queda.
Es lo justo, supongo, y es lo triste: que uno cargue solo hasta el agradecimiento.
Angie me cruza por la cabeza mientras Larris insiste. No la busco; hace demasiado que no sé nada de ella, y no sabría ni por dónde empezar.
Solo pienso, seco, que tenía razón hace diez años, con las cosas medio recogidas y esa voz cansada: que el día que yo dijera que fue mi culpa iba a ser otro hombre.
Lo dije. Tarde, como todo lo mío.
Sigo siendo un cajero de treinta y seis años en una librería de barrio, con un pedido que llegó tarde y un compañero que quiere que le cuente un imposible. Por fuera no cambió una sola cosa.
Lo único que cambió está adentro, es del tamaño de nada, y no se lo puedo enseñar a nadie: por primera vez en diez años, un error tuvo dueño, y el dueño lo dijo en voz alta y no se murió de decirlo.
Despierto la caja registradora, que arranca con su ruido de tripas.
Afuera la mañana sigue subiendo, y no sé qué va a traer la tarde, ni la noche, ni el día después de esta noche —y eso, no saberlo, tener un después que no me sé de memoria, es lo más parecido a empezar que me ha pasado en mucho tiempo.
Agarro el teléfono para llamar por el pedido. Hay que atender el día. Este, y el que venga.