El signo blanco

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Como cada mañana, Abismo Escarlata salió a limpiar la frontera de Vardén.

—Solo una horda más y terminamos por hoy —dijo Maren, el sublíder del grupo.

Una bola de fuego azul barrió la ladera. Ardía tranquila, sin esfuerzo, y dejó un corte limpio de ceniza donde antes había un enjambre de bestias menores.

—¿Solo aparece pura basura en este lugar? —preguntó Helio, el líder, y remató la pregunta con un bostezo.

—No te quejes y ponte a trabajar.

—Trabajaré cuando aparezca un verdadero reto.

—¿Un reto? Entonces destruye eso de un golpe. —Maren señaló una colina donde una silueta se erguía sobre las patas traseras.

—Un Ursgard. Buen candidato.

Helio estiró el brazo derecho. Un brazalete asomaba debajo del hombro. Pronunció unas palabras en lengua antigua y el brazalete brilló con dos nombres grabados en el aire: Ignifer Corcesca.

Un sonido de vacío silenció el lugar. Apareció una esfera translúcida con una gema en forma de rombo alargado. Helio la sostuvo y notó una vibración extraña, un temblor que no venía de su mano.

—¿Una lanza nueva? —preguntó Maren.

—Sí. Sulong me entregó la gema ayer.

—Se ve fuerte. Mejor ordeno la retirada.

—Espera. Diles que me consigan tiempo. Corcesca demora en encender.

—No les va a gustar. Cambia de lanza y termina con el Ursgard.

—Sabes que no lo haré. Quiero probar esta.

—Cinco minutos —dijo Maren—. Nadie aguanta más que eso.

—Cinco minutos son suficientes —dijo Helio con una sonrisa.

Maren salió impulsado hacia el Ursgard y con un silbido alertó al grupo. En segundos, cada miembro de Abismo Escarlata ocupó su lugar en una formación practicada miles de veces.

—Ursgard. Cinco minutos —comunicó.

No entró con ellos. Se apartó a un flanco, a media colina, donde alcanzaba a ver el terreno entero y las espaldas de los suyos. No atacó. Vigiló, y empezó a contar.

—Uno.

Detrás de la línea, Sara ya tenía las manos abiertas. Sus encantamientos no golpeaban a nada: subían por los hombros del grupo, se pegaban a las botas de Carl, corrían por los brazos de Emil. El aire alrededor de la formación se puso denso y caliente, como el borde de una fragua. Todo lo demás se sostenía sobre eso.

El Ursgard cruzó la distancia en un instante. Carl plantó el escudo y se cerró en defensa; recibió el impacto de lleno. La fuerza lo lanzó por el aire y le abrió la guardia. Cayó de espaldas, rodó, clavó el escudo en la tierra para frenar y se levantó escupiendo polvo.

—Todavía de pie —dijo, y sonrió. Un guardián no cae a la primera.

La embestida dejó al oso adelantado, con las cuatro patas plantadas y el peso volcado sobre Carl. En ese hueco entró Loren.

No lo tocó. Extendió las dos manos hacia el suelo bajo la bestia y algo salió de la tierra, unas correas oscuras que treparon por las patas del Ursgard y se apretaron sobre las articulaciones. El oso tiró para soltarse y las correas mordieron más hondo; cuanto más fuerza hacía, más se hundían.

Atadura Desgarrante.

—Lo tengo. No aguanto mucho —avisó Loren, con los brazos temblando.

—¡Dos! —contó Maren—. Emil, el costado.

El oso, anclado, no pudo girar cuando Emil apareció a su izquierda. Un destello al costado del oso, la mano izquierda apuntando, y con el sonido de un cañón la bestia gritó de dolor.

Rugido Perforante.

El golpe abrió una herida honda bajo las costillas y arrancó al Ursgard hacia arriba, indefenso, con el lomo expuesto al cielo. Ese lomo era la señal de Frank.

Frank ya venía cayendo. Se dejó ir en caída desde lo alto, los dos pies juntos, y aterrizó sobre la columna del oso con un peso que no era el de un hombre. Algo crujió. Las patas de la bestia cedieron contra la tierra.

Presión Férrea.

—¡Tres! —Maren no bajó la voz—. Carl, remata.

El Ursgard estaba clavado: anclado abajo por Loren, hundido desde arriba por Frank. No podía apartarse. Carl tomó impulso, echó el escudo atrás y lo estrelló de frente contra el cráneo de la bestia. La onda partió el aire y sacudió el suelo; el oso quedó aturdido, la cabeza colgando, los ojos vueltos.

Impacto Bruto.

—Cuatro —dijo Maren, más bajo.

Contaba. El oso seguía atacando a Carl, pero cada golpe llegaba más flojo que el anterior. El último apenas lo movió. Una bestia herida debía enfurecerse, no apagarse. Maren no dijo lo que pensaba.

Lejos de la línea, Helio no había entrado en la cacería. Peleaba con otra cosa. La lanza no cedía. La energía de la gema no se dejaba dominar; no lograba formar el vínculo. Apretó la mandíbula. Le corría el sudor por la sien y el aire le salía corto.

—Helio —llamó Maren sin mirarlo—. ¿Cuánto?

—Falta poco.

—No tenemos poco.

Un rugido. El oso se agazapó y extendió las patas delanteras.

—Prepárate, Carl —avisó Emil—. Va a embestir.

Carl lo encajó y se preguntó: ¿se está haciendo más débil?

El oso rugió, afligido, y cayó al suelo. Un rugido distinto, que anunciaba una desgracia.

—¡Atrás! —gritó Maren, y levantó una pared translúcida sobre la línea.

Barrera Reflectante.

Carl sintió un escalofrío y retrocedió. La barrera se hizo pedazos como vidrio. Del Ursgard inmóvil, con la sangre encharcando el terreno, salió por la espalda un cuerpo blanco.

Los cinco minutos se habían cumplido y Helio no estaba listo.

Carl fue el más cercano. Cruzó hacia el cuerpo caído por instinto, el escudo por delante, y la cosa blanca ya estaba sobre él. Una extremidad larga y sin dedos lo alcanzó en el costado, por debajo del corazón. Carl trastabilló. Se llevó la mano a la herida, plantó el escudo y no cedió el paso.

—¡Carl! —Emil no esperó orden.

Llegó a él antes que nadie, lo tomó por el arnés y tiró para arrancarlo de la línea. Carl resistió el tirón, los pies clavados en la tierra.

—Todavía de pie —dijo, con la voz rota. Un guardián no cae.

—De pie y afuera. —Emil no lo soltó. Cargó con su peso y lo sacó a rastras del alcance de la cosa blanca, mientras Carl le empujaba la mano, todavía queriendo volver.

El resto cerró el hueco sobre el caído. Y lo que vino después lo hicieron sin pensarlo, porque lo habían hecho mil veces y acababa de funcionar. La misma cacería, contra la cosa blanca.

Loren extendió las manos y las correas oscuras subieron desde la tierra hacia las piernas de la criatura. Resbalaron. No encontraron dónde morder; se cerraron sobre nada y se deshicieron.

—No agarra —dijo Loren—. ¿Por qué no se agarran?

Frank cayó de lo alto sobre los hombros de la criatura con todo su peso muerto. La cosa blanca no cedió un dedo. Frank rebotó de ella como de una pared y rodó por el suelo.

Emil dejó a Carl en manos de Sim, giró y buscó el costado blanco, la mano izquierda apuntando, y disparó. El sonido de cañón golpeó de lleno en el torso.

La bestia ni se volteó.

Nadie dijo nada. Los mismos cuatro golpes que habían derribado a un Ursgard, y la cosa seguía de pie, quieta, como si no la hubieran tocado.

Helio miró con atención a la criatura. Un cuerpo humanoide sin rostro, extremidades largas sin dedos y una serie de agujeros distribuidos por todo el torso. No se parecía a nada de lo que había visto. En su mano, la gema de la Corcesca se sacudió, y esta vez el temblor tiraba hacia la cosa blanca.

Vio a Carl sostenido por Sim, la mano en el costado. Vio a Frank levantándose despacio, a Loren con los brazos vacíos, a Emil sin saber adónde disparar. Vio a su equipo a punto de perderse.

Sus llamas ardieron rojas —toda la fuerza que era capaz de canalizar— y se lanzó sobre ella. Un estallido de apertura la envolvió y calcinó el terreno alrededor. La criatura no tenía un solo rasguño.

Recién entonces, al ver el rojo, el grupo entendió. El rojo anunciaba el peligro: ese fuego los alcanzaría a ellos también. Abismo Escarlata retrocedió como un solo cuerpo y le despejó el campo.

Helio no se detuvo. Cambió de lanza, y antes de que la primera se apagara ya estaba cambiando otra vez, los nombres atropellándose en su boca.

Un abanico de fuego se abrió con la Partesana y barrió a la criatura en un arco ancho; la lava entera pasó sobre ella y no dejó marca. Sin esperar, la llama se cerró en la punta única de la Brandistocca y él la clavó en los agujeros del torso, uno y otro y otro, buscando el fondo. No entró en ninguno. Cambió de nuevo y la Alabarda cayó a plomo sobre los hombros blancos, un hachazo de fuego con todo el peso encima, y no la movió un dedo.

No paró ahí. Volvió sobre la Partesana, sobre la Brandistocca, fuego sobre fuego sobre la misma cosa quieta, cada forma pisando a la anterior antes de desaparecer. En su otra mano, la gema de la Corcesca seguía muerta, temblando hacia la criatura sin encender, sin responderle.

Cuando por fin se detuvo, el terreno alrededor era ceniza y él respiraba como si hubiera corrido leguas. Las manos le temblaban. La criatura seguía de pie, intacta, en el centro de todo el fuego que había gastado.

Entonces lo entendió. Solo había una lanza que terminaría con ella. La que consume todo y no deja más que ceniza.

Ignifer Falciona.

La nombró para sí, y la mano se le detuvo antes de invocarla. La criatura estaba en la frontera, y los suyos, apenas apartados, seguían dentro del terreno. La Falciona no distinguía amigo de enemigo. La apartó de su cabeza como se aparta la mano del fuego.

Soltó la Corcesca. La esfera se deshizo en el aire, con su gema y su temblor, sin haber encendido nunca.

—No puedo dejarte libre.

Pronunció otros dos nombres. El brazalete brilló de nuevo: Ignifer Roncona. Apareció una esfera de fuego intermitente, con una gema azul con forma de cilindro hueco. De ella se formó una lanza azulada, y de la punta se derramó un mar de llamas que cayó sobre la criatura y la fue cubriendo entera.

El fuego era frío, pero denso.

El mar la aplastó contra la tierra y se cerró sobre ella, latiendo, sin apagarse. La cosa blanca quedó dentro, quieta.

Presión Solar.

—Captura completa.

Podía eliminarla. El método no sería del agrado de los líderes de Vardén, así que la encerró.

—¿Qué es esa cosa? —preguntó Maren.

—No lo se. Pero aguantó mi poder de fuego.

—¿Y Carl? —preguntó Helio sin apartar la vista de la flama azul.

—No esta bien. —Maren se acercó—. La herida tiene más Pulso de lo que puede manejar. Sim esta intentando, pero tampoco puede cerrarla.

Helio miró a los suyos, uno por uno, y empezó a repartir.

—Separen al grupo en tres. Emil, Sim y Loren llevan a Carl a Ilsen; les dicen que va de mi parte y que le quedo debiendo un favor. Frank, Ike y Pel van a Vardén, contactan a los guardianes y piden a Sulong. Sara y Maren se quedan conmigo, a vigilarla.

—Es la primera vez que sueltas una presa así —dijo Maren.

—No estoy soltando la presa. Estoy sacando a Carl.

Se movieron sin discutir. Cargaron a Carl entre dos, partieron los mensajeros hacia Vardén, y en la colina quedaron Helio, Maren y Sara, con la flama azul latiendo en el centro del terreno quemado.

Pasaron tres horas.

La flama azul seguía latiendo, y no lo hacía sola. Helio mantenía un hilo tendido hacia ella, y ese hilo lo iba vaciando despacio, hora tras hora, como una herida que no coagula. Estaba pálido. La respiración le pesaba. Se sentó sobre una piedra sin soltar el hilo, la mirada fija en el fuego frío, y no dijo nada en todo ese tiempo. No se quejó ni una vez.

—Viene alguien —dijo Sara.

Por la ladera subía una figura sola, sin prisa, con el paso de quien no tiene por qué apurarse. Helio la reconoció y se enderezó como pudo.

—No esperaba que viniera usted, paladín Agrerio.

—Sé que pediste ayuda a Sulong. Está ocupado con otros asuntos. —Agrerio no respondió enseguida. Se detuvo frente a la prisión de fuego y la miró un largo rato, dando vueltas despacio alrededor, leyéndola—. Vine yo.

—Le agradezco. No sé cuánto más la sostengo.

—Aguanta un poco más. —Se tomó su tiempo antes de seguir—. Primero, la criatura. Inmovilizarla fue lo correcto; suelta, no habrías podido hacer nada con ella. —Guardó silencio un momento, la vista aún en la flama azul—. Retrocede. Voy a usar una técnica peligrosa.

Helio retrocedió. Agrerio levantó una mano y un viento seco cruzó la colina y apagó las llamas azules de un solo paso. Helio sintió el hilo cortarse y estuvo a punto de caer; Sara lo sostuvo.

—Esto será rápido —dijo Agrerio.

La criatura quedó libre sobre la tierra quemada. Los agujeros del torso se abrieron todos a la vez y se volvieron hacia Helio, como si lo miraran sin ojos.

De la mano de Agrerio salió una línea negra. A gran velocidad, se dobló en un ángulo. Después en otro. Trazó una cara en el aire, y otra, plano sobre plano alrededor de la criatura, cada una asentándose antes de la siguiente, hasta cerrar un cubo. Cuando la última cara se selló, la bestia ya no estaba: solo quedaba el bloque negro, liso, del tamaño de un hombre.

Agrerio pronunció unas palabras y el cubo desapareció sin dejar rastro. Bajó el brazo despacio. La respiración se le había vuelto pesada; se apoyó un instante en la rodilla antes de enderezarse. Seguía en pie, entero pero exhausto.

—¿Qué era esa bestia? —preguntó Helio.

—Una señal del fin —respondió.