Capítulo 28

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Liria vuelve cuando promete, cosa que en Milion ya la pone en una categoría aparte.

Esta vez trae dos candiles, una banqueta plegable, un bulto envuelto en lona que Marco reconoce antes de que lo abra y decide no mirar, porque mirarlo sería mostrar cuánto le importa… y un tejido a medio hacer. Eso último es lo que más lo descoloca: la mujer que manda muertos se sienta frente a su prisionero, acomoda la falda, saca dos agujas y un ovillo de lana, y se pone a tejer, con la tranquilidad de una abuela que espera que hierva la olla. El escolta quieto se queda afuera, del otro lado de la puerta abierta. Como si no hiciera falta. Como si nunca hubiera hecho falta.

—Bueno —dice ella, sin levantar la vista del tejido—. Pregunta.

—¿Qué?

—Pregunta. Lo que quieras, en el orden que quieras. Las conversaciones donde uno solo habla y el otro solo escucha se llaman sermones, y a mí los sermones me aburren. —Las agujas hacen su ruidito de dientes, tac, tac—. Además, por cómo miras, llevas tres días haciendo una lista. Empieza.

Y lo raro es que sí: Marco tiene la lista hecha, ordenada de la más barata a la más cara, como todo lo que hace. Empieza por la más barata.

—¿Qué son ellos?

—Muertos. —Lo dice sin ceremonia, sin bajar la voz, como se dice “son de Veldar”—. Milion produce muertos como otros mundos producen trigo, muchacho: las brechas, las guerras de los soberanos, los caminos, el frío. La mayoría no tiene quien los llore ni quien los entierre. Yo los recojo. Mi Cadencia los alcanza: les doy oídos para oírme y oficio para servir, y a cambio los trato mejor de lo que el mundo los trató vivos. —Una pausa mínima, y algo detrás de los ojos claros, viejos y cansados, que no llega a la voz—. Nadie sufre. El que sufría ya se fue; lo que queda es la casa vacía. Yo solo abro las ventanas.

Marco deja que eso se asiente. Quiere que le dé asco. Le da. Pero menos del que quisiera, y esa diferencia también la anota, en la columna de las cosas que Milion le ha ido cambiando sin pedir permiso.

—El de la pensión sangró cuando lo corté.

—La casa guarda agua aunque nadie viva en ella. —Liria ladea la cabeza, y el tejido no se detiene—. ¿Te molestó más cortarlo y que no gritara, o saber que no había a quién hacerle daño?

Marco no contesta. Las dos cosas, piensa. Pasa a la siguiente.

—¿Me van a matar?

—Si quisiera un muerto más, ya lo tendría, y tú lo sabes; esa pregunta la traes de adorno. —Sonríe, sin burla, contando puntos con los ojos entrecerrados—. Lo que yo quiero es más raro que un muerto, muchacho. Pero eso va al final de tu lista, así que sigue.

—La gente de la pensión. —Esta le sale más rápida, menos ordenada; lleva tres días atragantada—. Los del cuarto. El casero. ¿Les hicieron algo?

Por primera vez, las agujas se detienen. Liria levanta la vista, y lo mira con un interés nuevo, como quien encuentra una moneda buena en un bolsillo viejo.

—Esa pregunta te la voy a contestar completa, porque dice más de ti que todas las otras juntas. —Reanuda el tejido—. No. Duermen igual que siempre. Mis muchachos velaron su sueño mejor que cualquier sereno, y a la mañana el casero encontró un catre liso y pensó lo que piensan los caseros. Nosotros no rompemos lo que no hace falta romper, muchacho. Ya bastante rompe el mundo solo.

El alivio que siente Marco es inmediato y con culpa incluida, porque se da cuenta de que llevaba tres días sin espacio para pensar en Reno, en su risa fácil, amaneciendo descansado a dos catres de un secuestro. Reno, que a esta hora ya debe estar contando en el muelle que el flaco Roan se evaporó sin pagar, como las ratas. Garrec, sirviendo guiso, sin preguntar, como no pregunta nunca. Anota esa deuda también. La lista de gente a la que le debe una explicación que no podrá dar sigue creciendo.

—¿Quiénes son ustedes?

—Gente que se cayó del mundo de arriba. —Liria se encoge de hombros, y la lana da otra vuelta—. Cada uno de los que viven aquí abajo perdió algo allá arriba, y en casi todos los casos se lo quitó la misma mano. El Sistema nos cobró un taller, un hermano, un nombre, veinte años. Nosotros no le creemos ni el saludo, y cuando se puede, que no es seguido, le cobramos de vuelta. —Lo mira por encima del tejido—. No somos un ejército, si eso te imaginas. Somos menos y somos más: somos los que ya no hacen fila.

—¿Y por qué yo? —Marco se inclina hacia adelante, y ahí está, la pregunta cara, la penúltima—. Yo no tengo nada. Nunca tuve nada. ¿Qué puede querer… esto, de un lavaplatos?

Liria deja el tejido en la falda. Se toma su tiempo, y cuando habla, la dulzura sigue ahí, pero debajo hay otra cosa, precisa como una balanza.

—Yo veo la medida de la gente, muchacho. Las estrellas, el peso, lo que la máquina ve cuando los mira: yo lo veo gratis, desde niña. Y mis muchachos ven lo que yo veo. —Señala con la barbilla hacia la puerta, donde monta guardia el quieto—: Ese marca dos, gastadas. La que te cose la ropa marca cuatro; por eso cose como cose. Todo el mundo marca algo. Todo el mundo suena a algo. —Una pausa—. Hace unas semanas, uno de mis muchachos se cruzó en una calle con un jornalero flaco, y donde en toda la calle había medidas y pesos y estrellas, en ese jornalero no había nada. Un hueco caminando entre la gente. Un agujero con patas, dije yo, con su boca. Me pasé semanas detrás de tus pasos para estar segura, y mientras más segura estaba, más miedo me daba que otra cosa te encontrara primero. Una aguja del Sistema. O la señora de los recados, que te estaba gastando de a poco y te iba a vender entero el día que quemaras. —Recoge el tejido de nuevo, tac, tac—. Así que te traje. Con menos modales de los que me gustan, y lo lamento de verdad, pero el mundo no estaba para invitaciones.

—¿Y cómo me ve la máquina? —pregunta Marco, y le sale bajito—. Usted lo sabe. Sabe por qué no marco. Sabe qué soy.

Liria niega despacio con la cabeza, y hay algo en el gesto que Marco no esperaba: respeto por la pregunta.

—Sé más que tú y muchísimo menos del que necesitas. Y la parte que sé pesa, muchacho. Pesa de verdad. —Lo estudia un momento—. Esa conversación te la debo, completa y sin apuro. Pero no hoy. Las verdades grandes con el estómago flaco hacen daño, y tú llevas demasiado tiempo comiendo miedo. Come primero. Duerme una semana sin contar salidas. Después hablamos de máquinas y de luces, y me lo vas a agradecer. —Y antes de que Marco proteste, cambia el peso de la balanza—: Última de tu lista. Hazla.

Marco la mira. Se rinde a medias, porque tiene razón y porque odia que la tenga.

—¿Qué quieren de mí?

—Todavía no lo sé completo, y no te voy a inventar una respuesta bonita. —El tejido baja de nuevo—. Primero quiero que comas y duermas, porque compré un vivo y me lo están entregando medio muerto. Después quiero que entiendas qué eres: para eso tengo un viejo insufrible que lleva treinta años esperando algo como tú y se muere de ganas de conocerte. Y después, si quieres, cuando quieras, habrá trabajo: del que puedas, del que estés dispuesto, ni un dedo más allá. En ese orden. —Levanta un dedo, y por primera vez su voz se pone seria del todo—: Y óyeme bien esto, porque es la única promesa que te hago hoy: en esta casa nadie te va a obligar a ser un arma. Si un día cargas algo por nosotros, va a ser porque dijiste sí sabiendo qué cargabas. Eso allá arriba no te lo dio nadie. Empieza por notar la diferencia.

El silencio que sigue es largo. Liria lo deja estar, tejiendo, y en algún momento, sin ceremonia, empuja el bulto de lona por el piso con el pie hasta dejarlo contra el catre.

—Tus cosas. Todas. Cuéntalas si quieres; no me ofendo.

Marco lo abre porque no aguanta más. La capa del muerto, con las monedas cosidas donde las dejó. El pedazo de carbón viejo, que cualquiera habría botado y ahí está. La tarjeta de Caleb Roan, ese verde inútil. Y el cuchillo de Bran, limpio, con el filo cuidado por una mano que sabe de filos.

Se queda con el cuchillo en la mano un segundo de más, y odia lo que se le moja en los ojos, y no levanta la vista para que ella no lo vea, aunque sabe perfectamente que lo ve.

—La caridad —dice Marco, con la voz más pareja que consigue— casi siempre es orden con buena cara. Me lo enseñó una mujer que repartía guiso.

—Mujer sabia. Me habría caído bien. —Liria asiente, sin ofenderse—. Entonces te debo el precio, para que la cuenta te cierre. —Deja el tejido, y por primera vez en toda la conversación la dulzura se hace a un lado; no para amenazar: para no estorbar—. No puedes irte, muchacho. No porque yo te encierre: la tranca de esa puerta se levanta esta noche si me lo pides, y te lo digo delante de él para que haya testigo. —El quieto de la puerta, por supuesto, no se mueve—. No puedes irte porque no tienes adónde. Caleb Roan es un catre liso y una deuda sin pagar. Marco Lichter es una recompensa vieja en un pueblo del sur. La señora de los recados cree que su fantasma la dejó plantada, y esa mujer cobra los plantones. Y allá arriba hay una ciudad entera que tarde o temprano nota lo que no puede medir. —Abre las manos—. Quédate. Come caliente. Conoce al viejo. Y el día que puedas sostenerte solo ahí afuera —solo de verdad—, la puerta es tuya y esta vieja te hace la comida para el camino. Aquí no retenemos lo que puede irse. Nos ha costado muy caro aprender a soltar.

Marco la mira, y hace su cuenta, y la cuenta, por una vez, no le da consuelo: le da rabia. Porque es la misma celda de siempre con mejores modales. Sera lo tenía por la lista, Drevo por el muelle, el Sistema por la sangre, y esta mujer dulce lo tiene por el mundo entero: no necesita cadena porque la cadena es todo lo que hay afuera de esta puerta.

Pero también —y esto lo piensa despacio, con cuidado, como quien pisa hielo— ninguno de los otros le devolvió jamás el cuchillo.

—Quiero verlo —dice al fin—. Dónde estoy. Qué es esto.

—Mañana. —Liria recoge sus agujas, su ovillo, su banqueta, con la calma de quien termina una visita que salió bien—. Con luz. Es un decir. —Ya en la puerta se detiene, mira el tejido a medio hacer, y lo alza apenas, como disculpándose por algo—: Medias. Para el invierno de los vivos. A los muertos no hay que tejerles nada; es la única ventaja que tienen. —Y se va, dulce y chiquita, con su escolta quieto detrás, dejando la puerta sin tranca.

Marco se queda solo, con sus cosas recuperadas en el regazo y la puerta abierta que no va a cruzar, y hace la cuenta de la noche, la que no lo deja dormir.

En todo su tiempo en Milion, todos los que descubrieron lo que es quisieron algo enseguida: borrarlo, venderlo, usarlo, cobrarlo. Esta gente sabe lo que es desde hace semanas… y hasta ahora lo único que le han pedido es que coma.

Nadie le ha pedido nada todavía.

Y eso, en toda su experiencia de este mundo, solo puede significar una cosa: que el precio, cuando llegue, va a ser el más grande de todos.

Se duerme abrazado al cuchillo de Bran, con la puerta abierta, sin soñar nada.