Capítulo 26

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Lo primero que vuelve es el dolor de cabeza. Lo segundo, la cuenta.

Antes de abrir los ojos, antes de saber dónde está o si le conviene estar, Marco ya está contando: respira y cuenta cuatro, sostiene y cuenta cuatro, suelta y cuenta cuatro. Es el truco más viejo de su vida nueva, el que aprendió en el prado de las dos lunas y perfeccionó en los callejones: primero se cuenta, después se mira, y solo al final, si alcanza, se siente.

Mira.

No hay nada que mirar. La oscuridad es total, pareja, sin ese gris que siempre se cuela por alguna rendija. Está acostado sobre algo firme que no es el piso —un catre, de lona tensa, mejor que el de la pensión, registra alguna parte de él con un humor amargo que no viene al caso— y encima tiene una manta que no es la suya. Gruesa. Limpia. Alguien lo cargó, alguien lo acostó, alguien lo tapó.

Eso lo asusta más que la oscuridad.

Se queda quieto un rato largo, dándole tiempo al cuerpo a que le devuelva el inventario. Le duelen los nudillos de la mano derecha —la pelea, la pizca de dureza cosida al hueso, el pómulo ajeno que cedió— y alguien le limpió la sangre seca con un cuidado que no le gusta pensar. El cuchillo no está. La capa no está. Se toca el pecho por fuera, un gesto inútil y necesario, y después mira hacia adentro, hacia el cuarto, con el corazón apretado…

y lo encuentra intacto. El estallido, dormido y enorme. Las dos astillas de frío. Las pizcas de dureza que juntó mañana a mañana en la orilla del río, menos la que gastó anoche —¿anoche?—. Todo ahí, doblado y caliente, esperándolo.

El alivio que lo recorre es tan físico que le da vergüenza. Le quitaron el cuchillo, la capa, las monedas, el nombre postizo y el de verdad, la ciudad entera. Lo único que no supieron quitarle es lo que lleva donde no llegan las manos. Por primera vez entiende del todo por qué Zart le dijo que lo escondiera: no porque fuera peligroso. Porque es lo único que de verdad es suyo, y a lo suyo, en Milion, siempre viene alguien a ponerle precio.

Después explora, porque quedarse quieto es empezar a gritar.

A tientas, metro a metro, con las palmas leyendo la piedra como quien lee en la oscuridad una carta que no quiere recibir. La celda —porque es una celda, aunque no tenga forma de celda— es un cuarto de paredes curvas, como si alguien hubiera tapiado un pedazo de túnel redondo. La piedra es vieja y está pulida, no picada: agua, piensa, aquí corrió agua mucho tiempo y se fue, y dejó las paredes lisas como el interior de una jarra. La puerta la encuentra por el frío distinto de la madera: gruesa, sin manija por dentro, con una ranura abajo del ancho justo de una bandeja, tapada por una tabla que corre a ras y que, cuando la tantea, no cede —está trancada desde el otro lado; solo se mueve desde afuera—. Empuja apenas, por probar. No cede ni el grosor de un pelo.

Junto al catre, en el piso, la mano tropieza con dos cosas puestas ahí a propósito: una jarra de barro con agua, y un bulto pequeño envuelto en paño. Lo abre. Pan. Todavía tibio.

Se queda con el pan en las manos, en la oscuridad, y no lo come. Lo sostiene como se sostiene una prueba. Alguien horneó, alguien esperó a que enfriara lo justo, alguien bajó hasta aquí —porque es aquí abajo; el aire pesa distinto, huele a piedra mojada y a humo viejo— y lo dejó al alcance de su mano dormida. Nada de eso es descuido. Todo eso es alguien que quiere que siga vivo, y en su experiencia querer que alguien siga vivo nunca ha sido lo mismo que quererle bien.

Come, al final, porque el hambre le gana a la sospecha, que es como suele terminar todo con él. El pan está bueno. Eso también lo anota.

El tiempo, sin luz, se vuelve un animal resbaloso.

Lo mide como puede, con las tres agujas pobres que le quedan: el hambre, el goteo del agua que se filtra en alguna parte y nunca acaba, y las comidas que aparecen sin que nunca oiga venir a quien las trae. Porque después de la primera, nadie vuelve a entrar. Aquella la dejaron adentro, junto a su catre, al alcance de su mano dormida; las que siguen no cruzan la puerta. Aparecen del otro lado: la tabla de la ranura se corre —un roce seco de madera— y la bandeja entra empujada por el hueco y queda al pie de la puerta, sobre la piedra, para que Marco la busque a tientas. Cada una trae su cuenco de agua, su pan, a veces algo más. Cuenta las comidas para no contar el miedo. Una. Dos. Entre una y otra hay huecos que podrían ser horas o podrían ser noches enteras; su estómago opina una cosa y su cabeza otra, y ninguno de los dos tiene reloj. Duerme a ratos, de a pedazos, y cada vez que despierta tarda un latido entero en acordarse de que la oscuridad no es un sueño del que va a salir.

A la tercera comida —o la cuarta— decide que ya está bueno de portarse bien.

Espera junto a la ranura, pegado a la pared, con el cuerpo tenso de las madrugadas en que había que decidir rápido. No va a empujar la puerta —la puerta no se abre, eso ya lo probó—: va a agarrar a quien trae la comida. Cuando la tabla del otro lado se corre y la bandeja empieza a asomar por el hueco, Marco mete los dos brazos por la ranura, hasta el codo, a ciegas, y cierra las manos sobre lo primero que encuentra.

Encuentra manos. Y aferra, con el peso y toda la desesperación que lleva guardada.

Es como aferrarse a la muralla de Veldar.

Lo que tiene agarrado no se inmuta. No hay grito, ni insulto, ni el forcejeo caliente de dos hombres midiéndose; no hay tirón hacia atrás, no hay susto. Las manos que Marco sostiene están frías —frías de un modo que su cabeza registra y aparta a la vez, porque no es el frío del que pasó la noche a la intemperie, es otro—, quietas, sin un temblor, sin ese golpeteo pequeño que late por dentro de toda mano viva. Y entonces esas manos se cierran sobre las suyas sin apuro, con una fuerza pareja, administrada, sin un gramo de más ni de menos, y le devuelven los brazos a su lado del muro como quien acomoda un mueble, y lo sueltan en cuanto está donde debe estar. Esa cortesía es lo peor de todo. A un hombre furioso se le puede leer. A esto no se le lee nada.

La tabla vuelve a su sitio. Y Marco se queda de rodillas contra la puerta, con las manos ardiéndole en el frío y una sensación que no logra soltar: lo que tocó. No lo vio —no hay nada que ver; del otro lado la oscuridad es la misma que de éste—, lo tocó, y el tacto no se le va. Unas manos que no apretaron de más porque no les hacía falta, y que no apretaron de menos porque no tenían prisa. Unas manos sin temblor y sin calor. Unas manos por las que no corría nada.

Vuelve al catre. Cambia de estrategia, porque la única guerra que sabe ganar es la de adentro. Deja de gastar el cuerpo y gasta la cabeza, que es lo que mejor le rinde, y hace lo que hace siempre: arma la lista de quién podría ser.

El Sistema, tacha primero. No. Si fuera el Sistema ya le habrían clavado la aguja, le habrían sacado la gota, y él estaría del otro lado de un error que no saben leer, no acostado bajo una manta limpia con pan tibio al lado. El Sistema no alimenta lo que va a borrar.

Sera, la de los recados. Tampoco. Sera cobra con la lista en la mano y la sonrisa puesta; lo tendría atado en una trastienda haciéndole cuentas, no enterrado bajo la ciudad en un cuarto que huele a agua ida.

Drevo, el del muelle. Menos. Drevo cobra antes de dar, siempre, y lo que no puede cobrar lo rompe; a estas alturas ya le habría mandado a dos a explicarle con los puños por qué el flaco Roan le debía respeto.

Ladrones. Un tajo en un callejón y a otra cosa; nadie roba a un muerto de hambre para después hornearle pan.

Los tacha a todos, uno por uno, con el método terco del que sabe que descartar es la mitad de encontrar. Y cuando termina, se queda con la misma nada con que empezó, salvo por un detalle que no logra encajar en ninguna casilla y que por eso mismo le raspa: el silencio.

No el silencio del lugar —ese ya lo entendió: es un sitio donde la ciudad no llega, sin carretas, sin campanas, sin el rumor parejo de Veldar que después de tanto tiempo ya no oía de tan oído—. El otro. El de ellos. Las manos que traen la bandeja no hablan. No respiran fuerte por el esfuerzo de bajar escaleras. No se aclaran la garganta, no arrastran los pies, no sueltan ese quejido pequeño que suelta todo cuerpo que trabaja. Dos veces, cuando la tabla se corrió, Marco habló hacia la ranura —bajo, después alto, después con la voz rota de pedir— y las dos veces la bandeja terminó de entrar, la tabla volvió a su sitio, y del otro lado no hubo ni el silencio de quien decide callar. Hubo el silencio de quien no oyó la pregunta porque no había nadie a quien la pregunta le sonara.

Marco conoce muchos tipos de miedo. Este es uno nuevo. No es el miedo caliente de la pelea ni el frío de la cacería. Es un miedo lento, de fondo, que sube desde el estómago y se le instala en la nuca, y que tiene que ver con una idea que su cabeza está rodeando desde hace rato sin animarse a pisarla, como se rodea un pozo en la oscuridad.

Porque en todo Milion, se dice, hay una sola clase de gente que no le teme a nada. Que no apura, que no forcejea, que te devuelve a tu sitio con la calma de quien acomoda un mueble. Y no es la gente fuerte. La gente fuerte tiene mucho que perder y lo sabe, y eso se le nota en el cuerpo. Esta calma es otra cosa. Esta calma es la de quien ya no tiene nada que un golpe pudiera quitarle.

Se detiene ahí. No termina el pensamiento. Lo deja a la orilla del pozo, con los pies colgando, porque terminarlo en la oscuridad y a solas es el camino más corto a la locura, y Marco lleva demasiado tiempo aprendiendo a no dar ese paso.

Se envuelve en la manta que no es suya, se hace un ovillo sobre el costado, y espera la quinta comida como quien espera que amanezca en un mundo donde nunca amanece.

La cuenta sigue. El pozo, también.